los descendientes del CEO (LOS DECENDIENTES DEL CEO 3) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Mi vida con Gabriela está consolidada, la amo y su presencia directa y sensual sigue siendo mi cable a tierra. No debería estar pasando esto. Pero ahora, cuando Aitana entra a la habitación con esa postura estilizada y perfecta que le dio el ballet, ya no veo solo a mi hermana menor. La miro con un deseo punzante, prohibido, que me quema la garganta. Su presencia me altera de una forma que destruye toda mi lógica corporativa. Me estoy confundiendo demasiado, perdiendo el control de la única ecuación que juré mantener impecable.

Aquella noche, en la penumbra de mi biblioteca privada, me encontraba sirviéndome un trago para apagar el ruido de mi cabeza cuando escuché el leve sonido de sus pasos. Me giré lentamente, sosteniendo el vaso con fuerza.

Ahí estaba ella, a sus dieciocho años, parada bajo el marco de la puerta. Ya no vestía el uniforme ni los tutús de la adolescencia; llevaba un vestido ligero que delataba la mujer en la que se había convertido. No dijo nada. Solo se quedó ahí, mirándome con esa intensidad gélida y provocativa que me obligó a sostener el aliento, mientras el silencio de la casa recordaba que Gabriela aún no llegaba.

El límite de la razón

Ella estaba ahí parada sola, entró a mi habitación sin poder decirle una sola palabra. La vi casi semi desnuda, se me deformó un nudo en la garganta. Se me empezaron a cruzar pensamientos indebidos. Maldita sea, pensé. Me ganaron los pensamientos. Se me nubló la vista. No pensé en ese momento en el lazo de sangre. La tomé de la cintura.

Me saqué el miembro y me folle a mi hermana oh dios su coño apretado se siente increíble demaciado rico

Tapé su boca para que no se escuchara no tardé ni 20 minutos en derranarme dentro de ella la cargué y me la senté en los hombros la limpié y la dejé en el piso la saqué de la habitación me fui a lavar los dientes me metí a bañar me cambié El aire en la habitación se volvió irrespirable. La vi ahí, parada frente a mí con una determinación que desafiaba cualquier lógica que yo hubiera construido durante años. Mis manos, generalmente firmes y calculadoras, temblaban imperceptiblemente al costado de mi cuerpo. La lucha interna era un incendio: por un lado, la lealtad, el código de honor y el inmenso respeto que sentía por Gabriela; por el otro, una atracción peligrosa, oscura y nacida de una cercanía que nunca debió sobrepasar la línea del afecto fraternal.

-Aitana, sal de aquí -logré articular, aunque mi voz sonó ronca y desprovista de su habitual autoridad ejecutiva.

Ella no se movió. Su mirada era un espejo de mi propia perdición, una mezcla de desafío y una vulnerabilidad que no supe descifrar. En ese momento, la culpa me golpeó como un mazazo. Recordé a la niña de once años a la que juré proteger; recordé el esfuerzo que me costó convertirlas en mujeres de éxito, el blindaje de sus fideicomisos, el orgullo de verlas triunfar. Cada paso que di para convertirlas en mis iguales se sentía ahora como el camino que nos llevó a este abismo.

El pensamiento de que esto estaba ocurriendo en mi propio hogar, bajo el mismo techo que compartía con Gabriela, me provocó una náusea profunda. La traición no era solo hacia el lazo de sangre, era una fractura total de mi moralidad, de todo lo que representaba el apellido Villarroel.

-No sé qué crees que estás haciendo, pero esto no puede pasar -dije, dando un paso atrás, creando una distancia física que sentía como un salvavidas-. Has crecido, has madurado y tienes el mundo entero frente a ti, pero esto… esto es una destrucción absoluta de todo lo que hemos construido. No voy a permitir que destruyas tu futuro, ni el mío, por un impulso que no tiene ni pies ni cabeza.

Caminé hacia ella, pero esta vez con la intención de cerrar la puerta que ella había dejado abierta, de recuperar el control antes de que fuera demasiado tarde. Mi mente intentaba desesperadamente recuperar la frialdad que me caracterizaba, intentando ver a la Aitana de hace años, pero la imagen frente a mí me sacudía.

-Vete -repetí, esta vez con más firmeza, aunque sintiendo que cada fibra de mi ser estaba al límite-. Si esto sale de esta habitación, si este momento llega a oídos de Gabriela o de los demás, no habrá fortuna ni poder en este mundo que nos salve de la ruina. Esto se termina aquí, Aitana. No me obligues a tomar medidas que nos marcarán a ambos para siempre.

Me quedé allí, solo, después de que ella salió, con el corazón martilleando contra mi pecho con una violencia que jamás había sentido en ninguna junta directiva. El silencio de la casa, que antes era mi refugio, ahora se sentía como una sentencia. Sabía que el daño ya estaba hecho; la confianza, el núcleo de nuestra dinámica familiar, se había fracturado en ese instante. Ahora, el verdadero reto no era solo alejarla, sino ocultar este abismo frente a la mujer que, en menos de una hora, entraría por esa misma puerta llamándome esposo.

Todo pasó tan rápido lo mismo que le hice mi hermana se lo tuve que hacer a mi esposa estoy en un dilema que hice dios mío!!

La facturar del espejo