Capítulo 9 #2
Aitana bajaba justo detrás, vistiendo un deslumbrante traje en azul zafiro. Su porte era la definición viva de la elegancia y el rigor técnico del ballet; su vestido parecía flotar con cada paso que daba, proyectando una seguridad fría y analítica que a todos en el consejo de administración les recordaba a mí.
Finalmente, Ángela cerraba la escalinata luciendo un vestido en color oro champaña. Su diseño, brillante y sofisticado, resaltaba esa empatía y luz propia que la caracterizaban, pero con la postura militar y firme de una verdadera heredera de la dinastía.
El impacto visual de ver a las tres campeonas internacionales, cada una brillando en su propio color, hizo que el salón estallara en aplausos genuinos. Damián Volkov y Eliza Alejandra las miraban desde la pista con los ojos llorosos, conmovidos por el paso del tiempo.
Las trillizas bajaron los escalones con una gracia impecable, pero sus ojos no buscaron la aprobación de los críticos ni de los inversionistas. Sus miradas se clavaron directamente en la cabecera de la pista, donde Gabriela y yo las esperábamos.
Me adelanté unos pasos, extendiendo los brazos para recibirlas en el centro del salón. Las tres se acercaron y, rompiendo por un segundo el protocolo rígido de la alta sociedad, me rodearon en un abrazo cerrado.
-Lo logramos, hermano mayor -susurró Melissa contra mi oído, con su medalla internacional bien grabada en el carácter-. Regresamos como reinas.
-Nunca dudé de que lo harían -les respondí con una voz profunda, pero cargada de un orgullo salvaje y legítimo-. El color de sus vestidos es diferente, pero la sangre competitiva y la fuerza que les inyecté es la misma. Hoy este salón les pertenece.
Me separé un poco y miré a Gabriela, quien se acercó con una sonrisa llena de calidez y orgullo, extendiéndoles las manos a sus tres cuñadas.
-Están espectaculares, niñas -les dijo Gabriela con sinceridad, guiñándole un ojo a Melissa mientras miraba de reojo al novio de esta, que suspiraba aliviado al fondo-. Europa las hizo mujeres seguras de sí mismas, y hoy nadie en este país puede eclipsar el imperio que representan.
Con los tres vestidos -carmesí, zafiro y oro- llenando de color el centro de la pista, dio inicio el vals familiar. A mis veintinueve años, bailando con mis tres hermanas menores en sus quince años y sabiendo que Gabriela me esperaba al borde del escenario para seguir controlando el tablero, entendí que el regreso de las trillizas no era el final de una etapa, sino la confirmación de que los Villarroel-Volkov habíamos conquistado el juego por completo.
El eco del origen
La música de los quince años seguía resonando en el gran salón, pero mi mente, impulsada por la champaña y la madurez de ver a mis hermanas convertidas en tres reinas con sus vestidos carmesí, zafiro y oro, decidió hacer un viaje inesperado hacia el pasado. Me apoyé en el barandal de la terraza privada que daba al jardín, observando el bullicio de la alta sociedad a través del cristal.
De pronto, el peso de mis veintinueve años se disipó y me encontré recordando el invierno en que todo cambió de verdad. Tenía veinticinco años.
En aquel entonces, el Consorcio Villarroel-Volkov era un monstruo que yo controlaba con una soberbia implacable, pero mi vida personal era un desierto de desconfianza. Las trillizas apenas tenían once años. Recordé con una nitidez asombrosa la tarde en que entraron a mi oficina con sus uniformes escolares, arrastrando los pies y entregándome aquellas boletas de calificaciones perfectas solo para ganarse el derecho de revisar los planos de la fundación artística.
A los once años, ellas eran pequeñas, vulnerables a las decisiones de los adultos y al peso de un pasado familiar que no les pertenecía. Pero ya mostraban destellos de esa inteligencia afilada. Fue en ese momento exacto de mi vida, a los veinticinco, cuando tomé la decisión innegociable de no ser un espectador en su crianza. Me propuse inyectarles el carácter Villarroel, sacarlas de la comodidad mediocre que Damián y Eliza les ofrecían, y prepararlas para las tormentas. Las obligué a mirar al mundo de frente.
-Sabía que te encontraría aquí, monopolizándote a ti mismo -la voz de Gabriela interrumpió mis pensamientos, trayéndome de vuelta al presente.
Se paró a mi lado, dejando que el aire de la noche moviera los pliegues de su vestido negro. Se inclinó contra mi hombro con esa sensualidad natural y directa que me encendía la sangre, sosteniendo dos copas de vino. Su mirada inteligente leyó de inmediato la nostalgia en mis ojos.
-Estabas pensando en el inicio de todo esto, ¿verdad? -preguntó con esa empatía sincera que siempre me desarmaba.
-Pensaba en cuando tenían once años, Gabriela -admití, tomando la copa y entrelazando mis dedos con los suyos-. Cuando yo tenía veinticinco y el imperio era solo números fríos. Ellas llegaron a mi escritorio buscando un hermano mayor, y yo les di un escudo. Verlas hoy en la pista, tan seguras, tan dueñas de sus propios pasos… me hace ver que cada auditoría, cada pelea con el consejo y cada minuto de rigidez valió la pena.
Gabriela sonrió de lado, esa sonrisa sexy y directa que me volvía loco, y me dio un beso corto pero posesivo en los labios.
-Tú les diste el carácter, Eithan, pero ellas te dieron una razón para no convertirte en el tirano solitario que tu padre quería que fueras -soltó con su lengua afilada y certera-. A los veinticinco años plantaste la semilla, y hoy, a tus veintinueve, estás cosechando un imperio que no solo tiene dinero, sino lealtad real.
Miré a través del cristal. En la pista, Melissa, Aitana y Ángela reían juntas, defendiendo sus colores y su espacio con la misma arrogancia elegante que yo les había enseñado desde la niñez. El pacto del tiempo se había cumplido. A mis veintinueve años, el pasado de los adultos ya no tenía poder sobre nosotros; el tablero era nuestro, y las niñas de once años se habían convertido, finalmente, en las dueñas del juego.
El quiebre de la línea
Tres años en el exilio voluntario de los negocios internacionales cambian a cualquiera, pero nada me preparó para el desorden que encontré al volver. A mis veintiséis años, el peso del consorcio y mi vida de casado con Gabriela deberían haber sido los únicos ejes de mi existencia. Sin embargo, el tablero que con tanto esmero blindé comenzó a agrietarse desde adentro, en la zona más oscura y privada de mi mente.
Las trillizas cumplieron los dieciocho años. La mayoría de edad llegó acompañada de una madurez arrolladora, pero en Aitana, esa madurez tomó un tinte peligroso.
Al principio, intenté racionalizarlo. Su constante cercanía, sus consultas sobre cada decisión de su carrera y la forma en que buscaba mi aprobación antes que la de nadie más me parecieron una evolución natural de aquella admiración que sembré en ella cuando tenía once años. Pensé que era el respeto hacia el hermano mayor que le había servido de escudo. Pero el instinto de un Villarroel no se equivoca con las intenciones, y sus ojos empezaron a hablar un idioma que no tenía nada que ver con la familia.
Ya no me miraba igual. La devoción limpia se transformó en una fijeza pesada, densa, una mirada que me recorría con una intención diferente, una que desafiaba la línea invisible que nos separaba.
El pánico -un sentimiento que jamás permitía en mi oficina- me obligó a actuar de la única forma que sé: con frialdad ejecutiva. Armé un viaje de negocios de casi un mes, inventando auditorías en las sucursales del extranjero solo para poner distancia, para limpiar el aire y convencerme de que todo era una alucinación mía, una mala jugada del cansancio y el control.
Pero la distancia fue un error. Cuando regresé, la contención se rompió por completo.
Ahora Aitana es una sombra constante. Está pegada a mí todo el día, buscando pretextos para entrar a mi oficina, rozando mi brazo al pasarme los informes de la escuela de danza, permaneciendo en mi espacio más de lo estrictamente necesario. Su apego se volvió asfixiante y, a la vez, magnético. Lo peor no es su actitud; lo peor es lo que provocó en mí.