los descendientes del CEO (LOS DECENDIENTES DEL CEO 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

La ceremonia y la fiesta de matrimonio no podían ser un evento cualquiera; debían reflejar la posición del Consorcio Villarroel-Volkov y, al mismo tiempo, la esencia de lo que Gabriela y yo habíamos construido. Nos casamos en una hacienda histórica privada a las afueras de la ciudad, un lugar blindado para la prensa pero imponente para los cientos de empresarios, inversionistas y miembros de la alta sociedad que asistieron.

Gabriela lucía espectacular. Su vestido de novia, lejos de ser el clásico diseño ampon e incómodo, era una pieza de satín ceñida al cuerpo que desbordaba elegancia y esa sensualidad natural que siempre me había vuelto loco. Cuando caminó hacia el altar, con la frente en alto, segura de sí misma y sosteniéndome la mirada con una sonrisa sincera, entendí que el tablero de mi vida estaba finalmente completo.

A sus quince años, las trillizas fungieron como las damas de honor principales. Melissa, Aitana y Ángela, vistiendo vestidos idénticos en tono verde esmeralda, caminaron con la gracia y la postura perfecta que la escuela de ballet les había otorgado desde los once años. El novio de Melissa también estuvo presente en la ceremonia, manteniendo un perfil bajo y respetuoso, ganándose un asentimiento de aprobación de mi parte.

Durante el banquete, la rigidez diplomática que yo solía mantener con Damián Volkov y Eliza Alejandra se transformó en una tregua madura. Sentados en la mesa de honor, Damián levantó su copa hacia mí en un brindis silencioso, reconociendo al hombre de veintinueve años que no solo había salvado el imperio, sino que había protegido a sus hijas como si fueran de su propia sangre.

Cuando llegó el momento de nuestro primer baile como esposos, Gabriela rodeó mi cuello con sus brazos, pegando su cuerpo al mío con esa sensualidad elegante que me encendía la sangre.

-Lo lograste, Villarroel -susurró contra mi oído, con esa lengua floja y divertida que tanto amaba-. Lograste sentar a toda la crema y nata del país en un solo lugar y ninguno se ha atrevido a hablar de negocios en toda la noche.

-Es el beneficio de ser el dueño de la mesa, señora Villarroel -le respondí con una sonrisa de lado, apretando su cintura-. Hoy no hay contratos. Solo tú y yo.

Gabriela sonrió, plantándome un beso lento y posesivo frente a todos los invitados, demostrando que ella no le temía al poder de mi apellido; ella lo dominaba con pura presencia.

La prueba de fuego

La luna de miel tuvo que ser breve, porque el destino de las trillizas no esperaba. Apenas una semana después de la boda, llegó el día en que Melissa, Aitana y Ángela debían abordar el avión con rumbo a Europa para integrarse al internado de alta competencia internacional tras haber ganado los nacionales. Pero antes de ir al aeropuerto, la familia entera debía asistir a la última gran reunión del consejo de administración del consorcio, una junta de etiqueta donde se ratificarían los fideicomisos internacionales que yo había blindado para ellas.

Cuando las puertas de la gran sala de juntas se abrieron, Gabriela entró del brazo conmigo. A sus veintinueve años, mi presencia como CEO absoluto era indiscutible, pero ahora, con Gabriela a mi lado aportando su carácter fuerte, empatía y esa seguridad implacable, el ambiente en la sala cambió por completo. Detrás de nosotros entraron las trillizas, impecables con sus trajes sastre juveniles, listas para despedirse de la mesa directiva.

Sin embargo, la atmósfera se sentía extrañamente densa. Al fondo de la mesa, un grupo de inversionistas extranjeros de la vieja guardia, aliados históricos que Mateo Villarroel había dejado en Europa, miraban a las quinceañeras con evidente desdén.

-Es un honor tener a las campeonas nacionales aquí -dijo el director de la firma europea, un hombre mayor y soberbio, deslizando unos documentos por la mesa-. Pero antes de firmar la transferencia de fondos para su estancia en el internado de ballet en Francia, el consejo tiene una objeción. Nos parece que financiar un proyecto artístico de esta magnitud con el capital de la constructora matriz es un desvío innecesario. Al fin y al cabo… las señoritas Volkov no son Villarroel de sangre. Su carrera no debería ser prioridad para este consorcio.

La sala se quedó en un silencio de muerte. Eliza Alejandra contuvo el aliento y Damián Volkov tensó la mandíbula, listo para saltar. Pero no hizo falta.

Antes de que yo pudiera usar mi frialdad ejecutiva para destruirlos, Gabriela dio un paso al frente, apoyando ambas manos sobre la mesa de cristal. Su mirada directa y sincera se transformó en un destello de autoridad pura.

-Es curioso que hable de ‘prioridades’, caballero -soltó Gabriela, con su lengua afilada y una sonrisa gélida que congeló al viejo inversionista-. Porque la verdadera prioridad de esta mesa debería ser entender quién toma las decisiones aquí. El capital que respalda a Melissa, Aitana y Ángela no es un desvío; es una inversión aprobada por el director general y respaldada por mí. Si tienen un problema con que tres jóvenes con el apellido Volkov demuestren la disciplina que este consorcio exige, la puerta está abierta. Pero no vengan a cuestionar el patrimonio de mis cuñadas en nuestra propia mesa.

Los inversionistas se quedaron mudos ante el carácter fuerte de mi esposa. Miré a Gabriela de reojo, sintiendo un orgullo profundo y salvaje. Ella acababa de marcar la línea con la misma soberbia y elegancia que yo utilizaba.

Me incliné hacia adelante, reforzando el golpe.

-Ya escucharon a mi esposa -sentencié con una voz profunda que resonó en las cuatro paredes-. Las trillizas se van a Europa hoy con el respaldo total del imperio. Firmen la ratificación ahora mismo, o los dejo fuera de la fusión transatlántica antes de que termine el día.

Sin margen de error, los hombres firmaron los documentos con las manos temblando de frustración. Las trillizas sonrieron al unísono, mirando a Gabriela con una profunda admiración a sus quince años; habían encontrado en su cuñada a la mujer fuerte que siempre necesitaron ver.

Al salir de la corporación rumbo al aeropuerto, Melissa se acercó a Gabriela y la abrazó con fuerza.

-Gracias, Gaby. Prometo que en Europa no vamos a dejar que nadie nos baje la cabeza -dijo Melissa con los ojos brillantes.

-Sé que no lo harán, hermosa -respondió Gabriela con dulzura y empatía, acomodándole el cabello-. Tienen la disciplina de la danza y el carácter de los Villarroel. El mundo es de ustedes.

Las vi caminar hacia la zona de abordaje junto a Damián y Eliza, listas para conquistar las internacionales. Gabriela se pegó a mi hombro, rodeando mi cintura con su brazo, destilando esa sensualidad y seguridad que me habían enamorado desde que éramos amigos.

-Hicimos un buen trabajo con ellas, ¿verdad, jefe? -me preguntó, mirándome de reojo.

-El mejor de mi vida, Gabriela -le respondí, besando su frente-. Pero ahora que el nido está vacío, creo que es hora de que la directiva del consorcio se concentre en su propio legado.

El regreso de las reinas

El tiempo en Europa había pasado a la velocidad de un giro perfecto sobre el escenario. Seis meses después de que abordaran aquel avión, las trillizas regresaron a México con el trofeo de las competencias internacionales en sus manos. Habían conquistado el viejo continente, pero había una fecha innegociable en el calendario del consorcio que las obligaba a volver con la frente en alto: su fiesta oficial de quince años.

Aunque ya habían ganado medallas y su madurez era indiscutible, latradición familiar exigía una celebración de gala. Y como el hermano mayor que las había protegido desde que tenían cinco años, yo me encargué de que el evento fuera el acontecimiento más espectacular del año. No escatimé en nada.

El gran salón del club privado del consorcio estaba transformado en un palacio de cristal y luces tenues. La alta sociedad, los socios que alguna vez intentaron bajarles la cabeza y los críticos de arte esperaban ansiosos la entrada de las debutantes.

Gabriela estaba a mi lado, vistiendo un espectacular diseño negro con un escote asimétrico que derrochaba una sensualidad elegante y madura. Su carácter fuerte y su presencia segura capturaban las miradas de media habitación, pero su atención estaba puesta en mí. Me acomodó el cuello del esmoquin con esa atención sincera y esa mirada cómplice que me bajaba las revoluciones.

-Estás tenso, Villarroel -soltó con su habitual lengua afilada, esbozando una sonrisa sexy-. Cualquiera diría que estás a punto de firmar la quiebra del consorcio en lugar de ver bajar a tus hermanas.

-No estoy tenso, Gabriela. Estoy vigilando -le respondí de lado, rodeando su cintura con mi brazo para pegarla a mí-. El novio de Melissa anda por ahí y sigo sin perderlo de vista.

-Déjalo respirar, tirano. Hoy es una noche para celebrar -rió ella, plantándome un beso corto pero posesivo en los labios justo cuando los violines del salón callaron, anunciando el inicio del protocolo.

Las enormes puertas dobles del segundo piso se abrieron de par en par. La música de gala comenzó a resonar y los murmullos del salón se extinguieron de inmediato.

Ahí estaban ellas. A sus quince años, Melissa, Aitana y Ángela aparecieron en la cima de la gran escalinata de mármol. Tal y como lo habían planeado, y rompiendo con el cliché de la vestimenta idéntica de las trillizas, cada una portaba un vestido de gala de un color completamente diferente, reflejando la fuerte personalidad que yo les había ayudado a forjar desde los once años.

Melissa abría el desfile portando un imponente vestido en tono rojo carmesí. El diseño, estilizado y con sutiles destellos, combinaba perfectamente con su carácter fuerte y decidido. Caminaba con la soberbia de quien sabe que ya tiene el mundo y a su primer amor bajo control, sin que nada opaque su carrera.