los descendientes del CEO (LOS DECENDIENTES DEL CEO 3) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Pero planear una propuesta para Gabriela era un reto que me tomó semanas estructurar. Ella provenía de una familia muy bien posicionada, estaba acostumbrada al lujo y a la opulencia de la alta sociedad, pero debido a su sencillez y su carácter sincero, un restaurante cliché de cinco estrellas con un violinista o un helicóptero privado la habrían hecho rodar los ojos. Gabriela odiaba la cursilería predecible y los despliegues de falsa modestia. Necesitaba algo directo, seguro de sí mismo, elegante pero, sobre todo, algo que solo a ella le podría gustar.

Recordé una de nuestras conversaciones más sinceras al principio de nuestra amistad, cuando me confesó, con esa lengua floja tan suya, que su lugar favorito en el mundo no era ninguna playa exclusiva de Europa, sino la biblioteca antigua y privada que el Consorcio Villarroel mantenía en el casco histórico, un espacio con techos altos de madera, luz tenue y miles de tomos de historia que nadie más pisaba. A ella le fascinaba el olor a papel viejo, la quietud y la complicidad de estar solos en un lugar con tanta historia.

Ahí monté el escenario. No hubo arreglos gigantes de flores extravagantes, sino una iluminación perfecta con velas, un par de sillones de piel idénticos a los de mi oficina y una mesa pequeña con su vino favorito y la comida que solíamos pedir cuando nos desvelábamos hablando.

Para los toques finales, recluté a mis tres mejores aliadas. A sus quince años, las trillizas estaban a solo días de tomar el avión para sus competencias internacionales en Europa, pero se negaron a irse sin antes dejar a su hermano mayor bien asegurado. Melissa, Aitana y Ángela se encargaron de esconderse entre los pasillos de los libreros de la segunda planta para documentar el momento, conteniendo la respiración y la emoción con la misma disciplina que usaban en la barra de ballet.

Cuando Gabriela cruzó la puerta de la biblioteca, vestida con un traje sastre color vino que resaltaba toda su sensualidad y porte, se detuvo en seco. Miró el espacio iluminado, las velas, y luego me miró a mí, que la esperaba de pie en el centro con un traje impecable pero sin la corbata, mostrando esa faceta que solo ella conocía.

-Villarroel… -soltó, y una sonrisa brillante, directa y llena de esa empatía que me volvía loco apareció en sus labios-. Esto no viene en ningún manual de corporativos. ¿Qué estás tramando?

Caminé hacia ella con total seguridad, atrapando su mano y entrelazando mis dedos con los suyos. Su tacto, como siempre, me bajó las revoluciones al instante.

-Trato de no ser aburrido fuera de la oficina, como me lo exigiste una vez -le respondí con una sonrisa de lado, guiándola hacia el centro del lugar-. Sé que no te interesan los diamantes por su valor, ni los despliegues públicos para la prensa. Por eso te traje aquí, al único lugar donde el ruido del imperio no entra.

Gabriela me miró fijamente, con esos ojos inteligentes leyéndome el pensamiento. Su carácter fuerte pareció ceder un milímetro ante la sinceridad de mis palabras, volviéndose sumamente atenta.

-Empezamos esto como una amistad, Gabriela, y la variable del tiempo hizo lo suyo -continué, con una voz profunda e inquebrantable-. Me has visto ser un tirano, un escudo para mis hermanas y un hombre obsesionado con el control. Y lejos de asustarte, me pusiste un alto con esa lengua afilada que tienes. Eres la única persona capaz de caminar a mi nivel sin dejarse eclipsar por mi apellido.

Saqué el estuche de terciopelo negro del bolsillo de mi saco y lo abrí frente a ella, revelando un anillo de diseño sobrio, elegante y único.

-Quiero que dejes de ser mi novia y te conviertas en mi esposa. No te ofrezco una vida tranquila, porque el consorcio nunca lo es, pero te ofrezco mi lealtad absoluta y el control total de este tablero. ¿Te casas conmigo?

Gabriela se quedó en silencio por dos segundos, mirando el anillo y luego mis ojos. Para mi sorpresa, la chica de la lengua floja y directa se quedó sin palabras por un instante, con una emoción genuina brillando en su rostro. Se inclinó hacia mí, acortando la distancia con esa sensualidad madura que me encendía la sangre, y me plantó un beso lento, seguro y posesivo en los labios.

-Por supuesto que sí, Eithan -susurró contra mi boca, recuperando su tono audaz-. Alguien tiene que asegurarse de que no privatices la mitad de la ciudad por puro orgullo. Además… me encanta cuando te pones formal para pedirme cosas innegociables.

Desde la planta alta, un sutil y ahogado chillido de emoción delató a las trillizas. Gabriela levantó la vista hacia los libreros del segundo piso y soltó una carcajada limpia y contagiosa.

-¡Ya pueden salir, niñas! ¡Su hermano mayor por fin cerró el trato más importante de su vida! -exclamó Gabriela con humor.

Melissa, Aitana y Ángela bajaron corriendo los escalones de caracol, olvidando toda la elegancia del ballet por un segundo para rodearnos en un abrazo. A mis veintinueve años, mirando a mi futura esposa y a las tres hermanas que había protegido desde los once, entendí que mi imperio estaba completo. Ya no solo tenía poder; ahora tenía un hogar indestructible.

El pacto ante el mundo