los descendientes del CEO (LOS DECENDIENTES DEL CEO 3) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Sin embargo, los quince años no solo traían medallas y contratos internacionales; también traían las complejidades propias de la edad. Y ahí radicaba el nuevo dilema.

De las tres, solo una de ellas tenía novio: Melissa.

Aitana y Ángela permanecían enfocadas al cien por ciento en la estrategia y el rigor técnico, pero Melissa había dejado entrar una variable externa a su vida. Para un hombre como yo, que a mis casi veintinueve años controlaba cada centavo y cada movimiento del consorcio para asegurarles un futuro perfecto, la aparición de este muchacho era un factor de riesgo que requería mi supervisión directa. Se esperaba que este primer amor no se convirtiera en un obstáculo para su carrera internacional, justo ahora que Europa las esperaba.

El día de la premiación nacional, en el camerino privado que les había asignado, el ambiente era una mezcla de euforia y tensión. Gabriela estaba ahí, ayudando a Ángela y a Aitana a quitarse los tocados de la cabeza con esa empatía y sencillez que la caracterizaban, felicitándolas por el triunfo.

Yo permanecía de pie junto al gran espejo, con los brazos cruzados, observando a Melissa, quien miraba discretamente la pantalla de su teléfono con una sonrisa que no tenía nada que ver con la medalla de oro que colgaba de su cuello.

-Ganaron las nacionales, Melissa. El contrato para el internado en el extranjero se activa el próximo mes -solté con mi habitual voz profunda y calculadora, rompiendo el murmullo del camerino-. Espero que tu atención esté puesta en el nivel que les van a exigir en Europa.

Melissa levantó la mirada, guardando el teléfono de inmediato. A sus quince años, ya tenía ese carácter fuerte que Gabriela y yo le habíamos ayudado a moldear, pero frente a mí, todavía mostraba el respeto debido a su protector.

-Lo sé, Eithan -respondió con firmeza-. He ensayado cuatro horas diarias desde los once años. Un campeonato internacional es lo que siempre he querido. No voy a descuidar mi rendimiento.

-Mejor que así sea -sentencié, dando un paso hacia ella, arreglándole de manera sutil el cuello de su chaqueta del equipo-. No tengo nada en contra de que experimentes esa etapa, pero en mi tablero no se permiten las distracciones. Tu novio tiene que entender que a partir de hoy, tu agenda le pertenece a la danza y al imperio que respalda tu apellido. Si ese muchacho se vuelve un obstáculo, un peso o una razón para que dudes en subirte al avión, yo mismo me voy a encargar de sacarlo de la ecuación. ¿Fui claro?

Aitana y Ángela guardaron silencio, sabiendo que cuando el CEO del consorcio hablaba con esa frialdad ejecutiva, no era un juego.

Gabriela, que conocía perfectamente mi necesidad de control pero también entendía el corazón de una adolescente de quince años, se acercó a nosotros con esa soltura sensual y segura que la caracterizaba. Apoyó una mano en mi brazo, aligerando la presión en el aire con una mirada directa y sincera.

-Déjala respirar un segundo, Villarroel -intervino Gabriela, con esa lengua floja que no le temía a mis advertencias-. Melissa es inteligente y tiene tu misma sangre competitiva; sabe perfectamente lo que se está jugando en Europa. El amor a los quince años no tiene por qué ser un obstáculo, a veces es solo el impulso para querer brillar más en el escenario.

Miré a Gabriela de reojo, midiendo su argumento, y luego regresé mis ojos a Melissa.

-Tienes el respaldo de Gabriela y tienes el mío -concluí, suavizando apenas un milímetro la postura-. Disfruta tu victoria hoy. Pero recuerda quién eres y lo que nos costó llegar hasta aquí. Eres una Volkov entrenada por un Villarroel; el mundo las espera, y nadie, absolutamente nadie, las va a bajar de ese avión.

El examen del pretendiente

La advertencia en el camerino no fue una simple línea diplomática. Soy un hombre de acción, y en mi mapa de riesgos no dejo cabos sueltos, mucho menos cuando se trata del futuro de Melissa. Por eso, el fin de semana posterior a la victoria nacional, ordené una cena privada en el restaurante de nuestro club corporativo. El objetivo era simple: pasar por el escáner al novio de mi hermana.

A sus quince años, Melissa llegó al brazo de un muchacho de su misma edad, un joven de buena familia, educado y deportista. El pobre chico vestía un traje impecable, pero el temblor en sus manos delataba que sabía perfectamente a qué mesa se estaba sentando.

Frente a él no solo estaba Damián Volkov, quien mantenía una postura madura y silenciosa; frente a él estaba yo, a mis casi veintinueve años, reclinado en la cabecera con la mirada gélida y calculadora que usaba para quebrar a los proveedores internacionales.

Gabriela estaba sentada a mi lado. Su presencia era un contraste perfecto: vestía un conjunto elegante que resaltaba su sensualidad natural, y mantenía esa sonrisa atenta y empática que intentaba aligerar la tensión de la mesa, aunque su mano entrelazada con la mía bajo el mantel me recordaba que ella también estaba atenta a cada palabra. Aitana y Ángela observaban la escena desde el otro extremo con discreción, divertidas por el suplicio de su cuñado.

-Así que… Europa -solté a mitad de la cena, cortando mi corte de carne con una precisión milimétrica-. El próximo mes las trillizas se instalan en el internado de alta competencia. Melissa va a tener un régimen de ocho horas de ensayo diarias, giras por el continente y nulo acceso a distracciones superficiales.

El muchacho tragó saliva, enderezando la espalda para intentar mostrar seguridad.

-Lo sé, señor Villarroel -respondió el chico, con la voz un poco tensa pero directa-. Melissa me lo dejó claro desde el principio. Yo admiro su talento y sé que su carrera es lo primero. No pretendo ser una carga; de hecho, mis planes de estudio también apuntan a una universidad en Francia el próximo año. Queremos apoyarnos.

Revisé su expresión con detenimiento. No bajó la mirada, no tartamudeó y sus intenciones se sentían sinceras. Un punto a su favor.

Antes de que mi soberbia dictara una respuesta más dura, Gabriela intervino con esa lengua afilada y segura que tanto me volvía loco. Le dedicó al muchacho una sonrisa genuina.

-Me alegra escuchar eso -dijo Gabriela, inclinándose un poco hacia adelante con esa naturalidad y sencillez que desarmaba a cualquiera-. Porque aquí el director del consorcio tiende a ver contratos donde solo hay dos adolescentes queriéndose. Melissa tiene un carácter fuerte y una disciplina implacable, pero también se merece tener a alguien con quien compartir sus logros a la distancia, sin presiones.

Miré a Gabriela de reojo. Ella me apretó la mano por debajo de la mesa, cruzando sus ojos con los míos con esa complicidad madura y sexy que me decía: Ya pasó la prueba, déjalo en paz.

Exhalé un suspiro imperceptible y relajé los hombros, dando por terminado el examen.

-Bien -sentencié, mirando fijamente al novio de mi hermana-. Mientras entiendas que el boleto de avión de Melissa es innegociable y que su enfoque debe permanecer impecable para las internacionales, no seré yo quien se interponga en su relación. Tienes el beneficio de la duda.

Melissa soltó un suspiro de alivio contenido y le dedicó una mirada de profunda gratitud a Gabriela y luego a mí. Sabía que convencer a Damián o a Eliza era fácil, pero tener la aprobación de su hermano mayor era el verdadero blindaje.

Al final de la noche, mientras caminábamos hacia el estacionamiento, Gabriela se colgó de mi brazo con esa sensualidad elegante y provocativa de siempre. Se pegó a mi hombro y me susurró al oído con un tono divertido:

-Estuviste a nada de pedirle su historial crediticio y sus antecedentes penales, Villarroel. Eres un tirano adorable cuando te lo propones.

-Cuidar de ellas a los once años era fácil, Gabriela -le respondí, rodeando su cintura con mi brazo y atrayéndola hacia mí-. A los quince, el tablero se vuelve más complejo. Pero mientras te tenga a ti para recordarme dónde termina la oficina, creo que puedo lidiar con los pretendientes del imperio.

Gabriela se rió, plantándome un beso lento y seguro en los labios bajo la luz de la luna. A mis casi veintinueve años, el Consorcio estaba en la cima, mis tres hermanas menores estaban listas para conquistar Europa con la frente en alto, y yo ya no caminaba solo en la tormenta.

La ecuación perfecta

Seis meses. Ese fue el tiempo que nos tomó pasar de aquellas salidas casuales como amigos a consolidar la relación más sólida, magnética y real de mi vida. A mis veintinueve años, yo no era un hombre de rodeos ni de pérdidas de tiempo; si algo funcionaba con la precisión y la excelencia con la que Gabriela y yo funcionábamos, el siguiente paso era inevitable.

Estaba planeando pedir su mano. Querías casarme con ella.