los descendientes del CEO (LOS DECENDIENTES DEL CEO 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

Su nombre era **Gabriela**.

Si alguien me hubiera dicho hace un año que yo, Eithan Dimitri Villarroel Villavicencio, terminaría cayendo ante una mujer con la lengua tan afilada como su intelecto, me habría reído en su cara. Gabriela provenía de una familia de la alta sociedad, de un linaje asquerosamente bien posicionado que competía en las grandes ligas financieras. Tenía el estatus, el apellido y los millones para ser una heredera frívola más del montón.

Pero estaba a años luz de ser interesada.

Lo que me atrapó de ella fue esa extraña e imprecisa mezcla de sencillez y seguridad que derrochaba sin el menor esfuerzo. Gabriela era directa, sincera y poseía una empatía tan genuina que a veces me desarmaba; no le interesaba mi puesto como CEO absoluto del consorcio, ni le impresionaban los trajes de diseñador que yo portaba a mis casi veintinueve años. Me miraba a los ojos y veía al hombre, no al imperio.

Pero que no se malinterpretara su amabilidad: Gabriela tenía un carácter fuerte y una lengua implacable. No se guardaba nada, no le temía a mis silencios corporativos y sabía perfectamente cómo ponerme un alto cuando mi soberbia amenazaba con devorar la habitación. Era un torbellino de contradicciones que me volvía loco. Extremadamente sexy, destilaba una sensualidad elegante y madura que se intensificaba cuando estábamos a solas. Su forma de tratarme -atenta, protectora a su manera, pero desafiante- era el único cabo suelto que yo no quería amarrar.

Aquella noche de viernes, pasé a buscarla para cenar. Al verla salir de su casa con un vestido negro ajustado que remarcaba sus curvas y una sonrisa confiada, sentí un vuelco en el estómago que ningún trato multimillonario me había provocado jamás.

Se subió al auto, se inclinó hacia mí con esa sensualidad innata y me plantó un beso corto en los labios, dejando el rastro de su perfume en mi espacio.

-Llegas dos minutos tarde, Villarroel -soltó de inmediato, con esa lengua floja y divertida que tanto la caracterizaba-. ¿Qué pasó? ¿Se te complicó asustar a algún inversionista o simplemente te estabas asegurando de que el peinado te quedara perfecto?

Solté una risa genuina, acomodando el espejo retrovisor mientras ponía el auto en marcha.

-El tráfico de la ciudad, Gabriela. Incluso el director del consorcio tiene que lidiar con los mortales de vez en cuando -le respondí, mirándola de reojo con una sonrisa de lado.

-Ya, claro. Alimenta tu ego -replicó ella, acomodándose en el asiento de piel y estirando la mano para entrelazar sus dedos con los míos. Su tacto era cálido, atento-. Hablando en serio… ¿cómo estuvo tu semana? Melissa me mandó un mensaje diciendo que el ensayo de ballet estuvo pesado y que andabas con la cabeza en mil proyectos.

La calidez y la empatía en su voz me hicieron relajar los hombros por primera vez en quince días. Gabriela se había ganado a las trillizas con una facilidad pasmosa; a sus catorce años, mis hermanas menores veían en ella a una mujer segura de sí misma a la cual admirar, alguien fuerte que no se dejaba pisotear por nadie, ni siquiera por mí.

-Un par de firmas pendientes con Damián Volkov y auditorías internas -resumí, apretando suavemente su mano-. Pero ya se acabó la semana laboral. Hoy mi atención te pertenece.

Gabriela me miró de reojo, sus ojos brillando con esa sensualidad directa que me quemaba la piel. Se inclinó un poco más hacia mi hombro, con voz baja y provocativa.

-Más te vale, Eithan. Porque si pretendes hablar de la bolsa de valores durante la cena, te voy a dejar con la palabra en la boca y tendré que buscar una forma mucho más… física de recordarte que estás fuera de la oficina.

Una sonrisa calculadora y decidida apareció en mi rostro. Con cualquier otra persona, esa audacia habría sido una falta de respeto; con Gabriela, era el combustible que me hacía querer dejar el mundo entero en pausa solo para descubrir hasta dónde era capaz de llevar su carácter. Ella no le temía al monstruo de los negocios; lo dominaba con pura presencia.

Choque de voluntades

La cena con Gabriela fue, como siempre, un desafío constante a mi necesidad de control. Ella manejaba el arte de la conversación con una soltura envidiable; pasaba de un análisis brillante sobre las tendencias del mercado inmobiliario a un comentario mordaz sobre el mesero arrogante que nos atendía, sin perder un ápice de esa elegancia sensual que me tenía atrapado.

Al terminar, la llevé de regreso a su residencia. El trayecto estuvo lleno de esa complicidad silenciosa que habíamos construido desde que éramos simplemente amigos. Al estacionar el auto frente a la imponente fachada de su casa, Gabriela no se apresuró a bajar. Se giró en el asiento, cruzando las piernas, dejando que la luz de los faros públicos delineara su silueta con una provocación sutil pero letal.

-Sé lo que estás haciendo, Eithan -soltó de repente, con esa franqueza directa que siempre me tomaba por sorpresa.

-¿Ah, sí? -arqueé una ceja, reclinándome contra el respaldo-. Ilumíname, Gabriela. ¿Qué se supone que estoy haciendo?

-Estás calculando -dijo ella, estirando una mano para delinear el borde de mi mandíbula con la punta de sus dedos. Su tacto era suave, pero su mirada era un escáner impecable-. Estás intentando descifrar en qué casilla de tu vida encajo. Te da pánico que algo no tenga una estructura financiera o un contrato de por medio. Te asusta que yo no necesite nada de tu imperio.

Su lengua afilada dio justo en el blanco, y mi sonrisa de lado fue la única respuesta que necesitó. Gabriela me conocía demasiado bien. No se dejaba deslumbrar por el apellido Villarroel ni por el poder que yo ostentaba a mis casi veintinueve años.

-No me asusta, me intriga -le respondí, acortando la distancia entre los dos, atrapando su mano antes de que se apartara-. Estoy acostumbrado a que la gente juegue bajo mis reglas. Tú pareces disfrutar rompiéndolas.

-Porque tus reglas son aburridas fuera de la oficina, Villarroel -susurró ella, con una voz cargada de esa sensualidad directa y segura que me encendía la sangre-. A mí me interesa el hombre que dobla el orgullo por sus hermanas de catorce años, no el tirano que hace temblar a los socios de su padre.

Se inclinó hacia delante, eliminando cualquier rastro de aire entre nosotros. Su boca rozó la mía en un beso lento, profundo, donde su carácter fuerte se mezcló con una entrega sumamente sensual que me obligó a perder los estribos por un maldito segundo. Cuando se separó, me dedicó una sonrisa de suficiencia, sabiendo perfectamente el efecto que causaba en mí.

-Nos vemos el domingo -sentenció, abriendo la puerta del auto con absoluta parsimonia-. Melissa me invitó a ver sus nuevas coreografías en la academia y le prometí que iría. No me hagas llegar tarde.

Bajó del auto con esa seguridad imponente y caminó hacia su entrada, balanceando las caderas con una gracia que me dejó congelado frente al volante.

El domingo llegó más rápido de lo esperado. Cuando entré al auditorio privado de la escuela de ballet, la escena que me topé me demostró que Gabriela ya era una pieza fija en mi tablero familiar. Sentada en la fila intermedia, lejos de la distancia fría que yo mantenía con Eliza Alejandra y Damián Volkov, Gabriela reía a carcajadas con las trillizas.

A sus catorce años, Melissa, Aitana y Ángela la rodeaban con total confianza, enseñándole los nuevos broches de cabello y las mallas que les había comprado para la gala. Gabriela las escuchaba con una empatía y una atención sincera que a nuestra madre biológica le costaba proyectar debido a la tensión del pasado.

-¡Eithan! -exclamó Ángela al verme entrar, agitando la mano-. ¡Mira, Gabriela vino y nos trajo los tocados especiales que necesitábamos!

Caminé hacia ellas, abotonándome el saco del traje, recuperando mi postura imperturbable. Al llegar a su lado, Gabriela levantó la mirada, sosteniéndome el desafío con esos ojos inteligentes.

-Llegas justo a tiempo, jefe -me dijo, con un tono formal que escondía una burla cómplice-. Les estaba diciendo a tus hermanas que su técnica es impecable, pero que les falta un poco de tu arrogancia para adueñarse por completo del escenario.

-Mi arrogancia no se hereda, Gabriela, se aprende con los golpes -respondí, colocándome detrás de su asiento, apoyando una mano en el respaldo, muy cerca de su hombro, marcando territorio frente a los pocos maestros que nos miraban con curiosidad.

-Bueno, entonces yo me encargaré de enseñarles el encanto -replicó ella, guiñándole un ojo a Melissa-. Porque si se quedan solo con tu carácter, van a ahuyentar a todos los críticos antes de que empiece la música.

Las trillizas soltaron una risita al unísono. Observar la escena me dio una extraña sensación de paz. A mis casi veintinueve años, ver a la mujer que me volvía loco integrándose con las tres únicas personas que yo había jurado proteger, me hizo entender que el imperio Villarroel-Volkov ya no era un lugar solitario. Gabriela no era un cabo suelto; era el eslabón más fuerte que había entrado a mi vida.

El peso de la corona 2

El tiempo no se detiene para nadie, y mucho menos en el umbral del éxito. A sus quince años, las trillizas ya no eran promesas en el mundo de la danza; eran realidades contundentes. Nos encontrábamos en la semana de las competencias nacionales, el filtro definitivo de la escuela de ballet de alto rendimiento donde las había inscrito desde los once años. El trato con el destino era simple y brutal: si lograban ganar en esta etapa, el boleto directo a las competencias internacionales en Europa ya era suyo.

Como era de esperarse, la disciplina de hierro que les infundí dio frutos. El trío Volkov Villavicencio arrasó en el escenario de Bellas Artes, dejando claro que nadie tenía la gracia, la precisión, ni esa imponente soberbia que compartían conmigo a la hora de adueñarse de la pista. Ganaron. El pase internacional estaba asegurado en sus manos.