los descendientes del CEO (LOS DECENDIENTES DEL CEO 3) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

-Él y mamá dicen que estamos muy chicas para irnos solas -respondió Ángela con un ligero deje de frustración-. Que el apellido Volkov nos puede asegurar maestros privados aquí sin necesidad de alejarnos de la familia.

Una sonrisa cargada de desdén se dibujó en mi rostro. Típico de Damián y de Eliza Alejandra: querer meter a las niñas en una caja de cristal, protegiendo su propio apego antes que el potencial de sus hijas. Querían mantenerlas como las herederas perfectas de la casa Volkov, cómodas, seguras y dependientes. Pero yo no las había formado para ser el adorno de nadie.

-El apellido Volkov les dará comodidad, pero la comodidad engendra mediocridad -sentencié, reclinándome en mi silla y cruzando los brazos-. Si esos críticos las eligen por su talento, ustedes se van. Yo mismo me encargaré de revisar los contratos de la institución, de blindar sus fideicomisos internacionales y de ponerles la mejor seguridad en Europa o donde sea que tengan que ir.

Las tres trillizas sonrieron de inmediato, sintiendo el respaldo del verdadero pilar de sus vidas. Sabían que mientras su hermano mayor estuviera de su lado, las opiniones de sus padres pasaban a segundo término.

-¿No te importaría que nos fuéramos lejos, Eithan? -preguntó Melissa en voz baja, mostrando por un breve instante la vulnerabilidad de sus catorce años.

La miré fijamente, suavizando apenas un milímetro la dureza de mis ojos.

-Mi trabajo es ser su escudo y su plataforma, no su jaula -les respondí con una firmeza inquebrantable-. Pasé desde los once años asegurándome de que tuvieran las mismas herramientas y el mismo carácter que yo. No hice todo esto para que se queden escondidas bajo la sombra de Damián y Eliza. Si el mundo les queda chico, vayan y conquisten otro. Su hermano mayor va a seguir aquí, controlando el dinero y el poder para que nadie, absolutamente nadie, se atreva a cerrarles una puerta.

Al levantar nuestras copas para brindar, las trillizas Volkov Villavicencio ya no eran solo las niñas de la casa; eran tres jóvenes que entendían que su destino no dependía del pasado de sus padres, sino de la disciplina que compartían con el hombre de veintiocho años que se sentaba a la cabecera de la mesa.

El eslabón imprevisto

A mis casi veintinueve años, mi vida era un mecanismo de relojería perfecto. No había espacio para las variables que no pudiera controlar, ni para los impulsos que no pasaran por un riguroso análisis de costo-beneficio. El trabajo en el Consorcio Villarroel-Volkov absorbió mi juventud, y la protección de mis hermanas menores a sus catorce años consumía el resto de mi atención. Para mí, las relaciones afectivas eran transacciones superficiales que terminaban tan rápido como empezaban.

Hasta que ella apareció en mi radar.

Al principio, no fue nada del otro mundo. La conocí de la manera más casual posible, lejos de las salas de juntas y los eventos de etiqueta. Nos caímos bien. Para un hombre acostumbrado a que todos le dijeran que sí por miedo o por interés a su posición como jefe de la dinastía, su honestidad desinteresada fue un golpe directo al ego. Empezamos a salir simplemente como amigos.

Para mí, era una novedad tener a alguien con quien tomar un café o discutir de temas triviales sin la necesidad de usar mi postura de CEO frío y soberbio. Era solo una amistad, o al menos eso me repetía a mí mismo cada vez que mi asistente agendaba mis cenas libres para verla.

Sin embargo, el tiempo y la convivencia constante empezaron a desgastar esa línea que yo mismo había pintado. Las salidas casuales se fueron juntando, una tras otra, volviéndose más frecuentes, más necesarias. De pronto, ya no nos veíamos solo para pasar el rato o hablar de la universidad o sus proyectos; empezamos a salir con una intención distinta. Las miradas se prolongaron, las conversaciones se volvieron más profundas y la complicidad de amigos mutó en algo mucho más denso y magnético.

Estábamos saliendo como algo más. El protector imperturbable estaba dejando entrar a alguien a su terreno más privado.

Aquella tarde, me encontraba en mi oficina terminando de revisar unos presupuestos cuando el sonido de tres pares de zapatillas de ballet me indicó que las trillizas venían llegando de su ensayo en la academia. Melissa, Aitana y Ángela entraron con la energía habitual de sus catorce años, pero esta vez, Melissa traía mi teléfono personal en la mano, el cual me había dejado olvidado en la mesa de la sala de espera.

-Te llegó un mensaje -dijo Melissa, arrastrando las palabras con una sonrisa pícara que delataba que había leído la pantalla de reojo-. Dice que te espera a las ocho en el lugar de siempre. Y no tiene el nombre de ningún accionista, hermano mayor.

Aitana y Ángela compartieron una mirada de complicidad, conteniendo la risa al ver que, por primera vez en años, me quedé callado por un segundo.

-¿Quién es ella, Eithan? -preguntó Ángela, apoyando los codos en mi escritorio, con los ojos abiertos por la curiosidad-. Mamá dice que nunca sales con nadie más de dos veces, pero ya te hemos visto sonreírle al teléfono varias veces este mes.

Me recuperé al instante, tomando el teléfono de las manos de Melissa y guardándolo en el bolsillo de mi saco con total parsimonia. Recliné mi silla y las miré con una ceja levantada, recuperando mi aire de autoridad.

-Es una amiga -respondí, intentando sonar tajante.

-Las amigas no te hacen cancelar juntas con los alemanes a las siete de la noche -contraatacó Aitana con la misma astucia que yo mismo le había enseñado a usar en sus argumentos.

Solté una risa seca, rindiéndome ante la perspicacia de mis tres hermanas menores. Al final del día, las había criado para ser inteligentes y observadoras.

-Las cosas están cambiando -admití, mirándolas con seriedad pero sin perder la calidez-. Empezamos como una amistad, sí. Pero las cosas se fueron juntando y… ahora estamos saliendo como algo más. Es una buena chica.

Las tres trillizas se miraron entre sí y, para mi sorpresa, sus expresiones se suavizaron con una madurez que iba más allá de sus catorce años. Habían pasado toda su vida viéndome ser el escudo de todos, cargando con el peso del apellido Villarroel y blindando el de ellas, siempre solo, siempre alerta.

-Nos parece perfecto, hermano grande -dijo Melissa, acercándose para poner una mano en mi hombro-. Ya es hora de que alguien cuide de ti, de la misma forma en que tú nos has cuidado a nosotras desde que éramos unas niñas.

Sonreí de lado, sintiendo el peso de sus palabras. A mis casi veintinueve años, el imperio estaba consolidado, mis hermanas estaban seguras bajo mi ala, y por primera vez en mi vida, me estaba permitiendo descubrir qué pasaba cuando dejaba que alguien más caminara a mi lado.

El enigma de Gabriela