Capítulo 7
“Seis años.” El tiempo en el mundo de los negocios se mide en transacciones y gráficas de rendimiento, pero en la vida real, se mide en centímetros de estatura y en la madurez de las miradas.
A mis veinticinco años, el Consorcio Villarroel-Volkov ya no era solo el más poderoso del país; bajo mi mando, se había convertido en un imperio transatlántico. Mi nombre, Eithan Dimitri Villarroel Villavicencio, infundía un respeto absoluto en cualquier mesa de negociaciones de América y Europa. La soberbia de mis diecinueve años se había transformado en una frialdad ejecutiva implacable, y la juventud cansada de mi padre, Mateo, o la vieja guardia de Damián ya eran solo ecos en los libros de historia de la empresa.
Pero mientras yo consolidaba mi lugar en la cima, el verdadero cambio ocurría lejos de las oficinas. Las trillizas ya tenían once años.
Ya no eran las niñas de cinco años que se escondían detrás de la falda de Eliza Alejandra con las mejillas pintadas de chocolate caliente. Melissa Elizabeth, Aitana Vanessa y Ángela Estefanía ahora cruzaban el umbral de la adolescencia. Eran despiertas, observadoras y, sobre todo, entendían perfectamente quién era el hombre que las resguardaba de las tormentas del mundo.
Aquella tarde de viernes, las tres entraron a la presidencia corporativa. Ya no necesitaban que nuestra madre las trajera de la mano; conocían el camino de memoria. Vestían sus uniformes del colegio privado y cargaban sus mochilas, pero la dinámica seguía siendo la misma: en cuanto cruzaban la puerta, la rigidez con la que yo trataba a los ministros y directores se esfumaba por completo.
-Buenas tardes, hermano mayor -dijo Aitana, la más formal de las tres, sentándose en una de las sillas frente a mi escritorio de diseño.
-Trajimos las boletas de calificaciones -anunció Melissa con una sonrisa de suficiencia, deslizando tres carpetas idénticas sobre la madera-. Dijiste que si manteníamos el promedio impecable, nos dejarías revisar el proyecto de la nueva fundación artística.
Sonreí de lado, una expresión que solo ellas lograban arrancarme. Revisé los documentos con la misma atención con la que auditaba un contrato multimillonario. Excelencia pura. Las miré con un orgullo profundo y genuino. Durante estos seis años, me había asegurado de que recibieran exactamente la misma educación, el mismo rigor y las mismas oportunidades que yo tuve que buscar a golpes. Las había criado para ser fuertes, para ser mis iguales, no para ser herederas de adorno.
-Impecable, como siempre -sentencié, cerrando las carpetas-. El lunes les asignaré un espacio con el director de proyectos para que analicen los presupuestos de la fundación. Si van a llevar el apellido Volkov en la sociedad, tienen que demostrar el cerebro Villarroel que les inyecté.
Las tres sonrieron al mismo tiempo, un gesto idéntico que siempre me causaba gracia.
En ese momento, Ángela se quedó mirando un cuadro en la pared y luego regresó sus ojos hacia mí. A sus once años, ya empezaba a notar las tensiones ocultas del pasado familiar.
-Eithan… papá Damián dijo que hoy habría una cena en la casa por el aniversario de él y de mamá -mencionó con timidez-. Mamá no se atrevió a decirte nada porque sabe que no te gustan esas reuniones, pero… ¿vas a ir?
La pregunta flotó en el aire de la oficina. Seis años habían pasado, y aunque mi relación con Eliza Alejandra y Damián Volkov era estrictamente diplomática y cordial por el bien de las finanzas y de las niñas, yo seguía manteniendo una distancia saludable. No olvidaba el pasado, ni pretendía hacerlo. Todo lo que construí y protegí seguía siendo **por ellas**, no por sus padres.
Me puse de pie, ajustándome el saco del traje y miré a mis tres hermanas menores, las tres razones por las cuales este imperio valía la pena.
-No voy a ir por el aniversario de ellos, Ángela -les respondí con voz firme pero tranquila, rodeando el escritorio para quedar cerca de ellas-. Pero voy a ir porque prometí que nunca las dejaría solas en una mesa importante. Así que vayan a cambiarse. Su hermano mayor las va a acompañar a esa cena, y más vale que Damián tenga listo su mejor vino, porque hoy celebramos sus calificaciones, no el pasado de los adultos.
Disciplina en el escenario :
A los once años, las trillizas dieron un paso que cambiaría por completo su rutina y su forma de ver el mundo. Decidieron que querían entrar en una estricta escuela de ballet de alto rendimiento. Cuando Eliza me lo mencionó con timidez, temiendo que yo lo viera como un gasto innecesario, no lo dudé ni un segundo. Fui yo mismo quien firmó las inscripciones en la academia más prestigiosa y exigente de la ciudad, asegurándome de que tuvieran a los mejores instructores.
No lo hice por capricho. El ballet, al igual que el mundo de los negocios, requería una disciplina militar, resistencia al dolor y una gracia impecable bajo presión. Eran exactamente las cualidades que yo quería que Melissa, Aitana y Ángela desarrollaran para enfrentar el futuro.
Las cosas se mantuvieron estables hasta que el tiempo volvió a hacer de las suyas. Tres años pasaron volando, y las trillizas cumplieron los catorce años.
A esa edad, la escuela de ballet ya no era un pasatiempo; se había convertido en un campo de alta competencia donde se preparaban para sus primeras presentaciones importantes frente a la alta sociedad y los críticos de arte. A sus catorce, ya no eran unas niñas que jugaban; eran jovencitas estilizadas, con una postura imponente que reflejaba la rigidez de su entrenamiento y la seguridad que yo les había inculcado desde los once.
Aquel sábado era el ensayo general de la gala de invierno. Damián y Eliza estaban sentados en las primeras filas del auditorio privado de la academia, pero las trillizas no dejaban de mirar hacia la entrada del teatro. Sabían perfectamente que su verdadero escudo no faltaría a la cita.
Las puertas del fondo se abrieron y entré yo, a mis veintiocho años, con la misma presencia imperturbable de siempre. Al verme llegar con mi traje impecable, los directores de la escuela se apresuraron a recibirme con reverencias. Caminé por el pasillo central ignorando los saludos corteses de los adultos y me concentré únicamente en el escenario, donde Melissa, Aitana y Ángela permanecían en posición, con sus zapatillas de punta y sus vestuarios listos.
Al verme, las tres rompieron la rigidez de la coreografía por un segundo para dedicarme una sutil sonrisa de alivio. Su hermano mayor estaba ahí.
Me senté a unas filas de distancia de sus padres, manteniendo la separación de siempre. Damián me miró de reojo y asintió en silencio, reconociendo mi puntualidad. Eliza me dedicó una mirada llena de gratitud, una que volví a ignorar fríamente. Mi presencia en ese auditorio no era para validar la familia feliz que ellos intentaban proyectar.
Cuando la música comenzó a sonar, las trillizas se movieron con una precisión asombrosa. Cada salto, cada giro y cada postura reflejaban los tres años de sudor y esfuerzo que habían entregado en esa barra desde los once años. Eran perfectas. Observarlas me hizo darme cuenta de que el plan estaba funcionando: no compartían mi apellido de sangre paterna, pero se movían con la misma soberbia y elegancia con la que un Villarroel dominaba una junta de accionistas.
Al terminar el ensayo, los aplausos resonaron en el teatro vacío. Bajé los escalones del pasillo y me acerqué al borde del escenario justo cuando ellas bajaban corriendo a recibirme, con la respiración agitada por el esfuerzo.
-¿Qué tal lo hicimos, Eithan? -preguntó Melissa, limpiándose el sudor de la frente, buscando mi aprobación antes que la de nadie más.
-Tuvieron un ligero desfase en el tercer pirouette, Aitana -les señalé con voz tranquila pero firme, extendiéndoles tres toallas limpias que mi asistente cargaba-. Pero la presencia y la fuerza fueron perfectas. Nadie en este auditorio pudo quitarles los ojos de encima.
-Es por el entrenamiento -sonrió Ángela, acomodándose las cintas de sus zapatillas-. Nos enseñaste a nunca bajar la cabeza en el escenario.
-Exacto. El escenario o la sala de juntas, es exactamente lo mismo -les respondí, mirándolas con un orgullo implacable-. A partir de los catorce años el mundo se vuelve más competitivo, pero ustedes ya tienen la disciplina necesaria para aplastar a cualquiera que intente interponerse en su camino. Vayan a cambiarse, las invito a cenar. Hoy el jefe está orgulloso de sus bailarinas.
El pacto de la excelencia
La cena posterior al ensayo general no fue en un lugar cualquiera. Las llevé al restaurante más exclusivo de la zona hotelera, un sitio donde habitualmente cerraba tratos millonarios con inversionistas extranjeros. Mientras Melissa, Aitana y Ángela, impecables en sus vestidos de cóctel a sus catorce años, revisaban el menú con absoluta naturalidad, me dediqué a observarlas. El ballet les había otorgado una elegancia innata, pero era la seguridad que yo les había inyectado lo que realmente intimidaba al resto de los comensales. No agachaban la mirada ante nadie.
-El director de la academia habló con papá Damián después de que te fuiste -comentó Aitana, dejando su copa de agua sobre la mesa con delicadeza-. Dijo que hay cazatalentos de la Escuela Superior de Música y Danza que vendrán a la gala del próximo mes. Quieren reclutar a las mejores para un internado de alto rendimiento en el extranjero.
La mesa se quedó en silencio por un segundo. Melissa y Ángela intercambiaron una mirada rápida antes de clavar sus ojos en mí, buscando mi veredicto. A los catorce años, la posibilidad de salir del país para perseguir una carrera profesional era el verdadero punto de quiebre entre un pasatiempo y una forma de vida.
-¿Y qué opina Damián? -preguntó mi voz, arrastrando las palabras con esa frialdad ejecutiva que me caracterizaba.