los descendientes del CEO (LOS DECENDIENTES DEL CEO 3) Capítulo 6
40%

Capítulo 6

Llevar el nombre de Eithan Dimitri Villarroel Villavicencio a los diecinueve años implicaba cargar con una doble herencia de sangre, poder y abandono. Mientras yo me partía el alma absorbiendo la empresa de mi padre, Mateo Elízar Villarroel Hernández, el mundo exterior seguía girando. Pero la fusión con el imperio de Damián Volkov Mata no era solo un movimiento de millones en la bolsa de valores; era abrir la puerta a la vida que mi madre, Eliza Alejandra Villavicencio Martínez, había construido lejos de mí.

Estaba en mi oficina cuando la puerta se abrió de golpe. No era una junta ejecutiva, ni una amenaza de los socios. Era ella. Eliza entró a la presidencia corporativa, pero esta vez no venía sola. Detrás de ella, tomadas de las manos y mirando el enorme lugar con ojos de asombro y timidez, venían las trillizas.

Melissa Elizabeth, Aitana Vanessa y Ángela Estefanía Volkov Villavicencio.

Apenas tenían cinco años. Tres niñas idénticas, vistiendo ropa impecable, cuidadas, amadas y protegidas bajo el cobijo del apellido Volkov. Las miré desde mi escritorio de piel negra y sentí un vuelco amargo en el estómago. El contraste era devastador. Cuando yo tenía catorce años, me tocó madurar a golpes, entender de contratos y convertirme en un hombre a la fuerza porque mi madre se había ido. Ellas, a sus cinco años, tenían una infancia perfecta. Tenían a Eliza de tiempo completo. Tenían las preferencias que a mí se me negaron.

Eliza se detuvo frente a mi escritorio, con una mirada que suplicaba un puente entre sus dos mundos. Las tres niñas se escondieron un poco detrás de sus piernas, intimidadas por mi postura rígida y el traje impecable de Villarroel que yo portaba.

-Eithan… -pronunció mi madre con la voz suave, tratando de romper el hielo-. Ellas son tus hermanas. Sé que pusiste condiciones sobre no mezclar las dinámicas, pero… Damián y yo queríamos que las conocieras. Al final del día, aunque lleven el apellido Volkov, también son mis hijas. Son tu sangre.

Me puse de pie lentamente, derrochando esa soberbia y seguridad que me caracterizaba. Caminé rodeando el escritorio y me detuve a unos pasos de ellas. Las trillizas me miraron hacia arriba, viendo en mí a un gigante desconocido, al hermano mayor que nunca estuvo en sus fotos de cumpleaños.

Miré a Eliza con una sonrisa helada.

-Son unas niñas, mamá -solté, remarcando la palabra con ironía-. Ellas no tienen la culpa de tus decisiones, ni del imperio que Damián Volkov construyó para ellas. Tienen derecho a su dinero, a sus lujos y a la vida que les diste. Pero bajo mis condiciones, tú y Damián van a mantenerlas al margen de mis negocios. Yo soy un Villarroel; ellas son Volkov. Voy a fusionar las empresas y las voy a hacer asquerosamente ricas a través de los fideicomisos de su padre, pero no me pidas que juegue a ser el hermano mayor feliz. Mi infancia terminó a los catorce años por tu culpa, mientras que la de ellas apenas empieza con tu bendición.

Eliza bajó la mirada, con los ojos cristalizados por el impacto de mis palabras directas y llenas de un resentimiento que el tiempo no iba a curar tan fácil. Las trillizas, sin entender el peso del drama de los adultos, solo se abrazaron más fuerte a las piernas de su madre, frente al nuevo dueño de su legado familiar.

Salgan todos

Capitulo 9:

Mis palabras fue sepulcral. Eliza se quedó ahí, con las lágrimas contenidas, pero lo que realmente me detuvo el corazón fue la reacción de abajo. Una de las trillizas -Melissa, si la memoria no me fallaba por las pocas fotos que había visto- soltó la falda de su madre. Con la inocencia que solo se tiene a los cinco años, caminó esos dos pasos que nos separaban y me tomó de la manga del saco con sus manitas pequeñas.

-¿Tú eres mi hermano mayor? -preguntó con los ojos muy abiertos, completamente ajena al veneno corporativo y al dolor del pasado-. Mamá dijo que eras un príncipe que cuidaba los edificios altos.

La miré hacia abajo. Su mano pequeña contrastaba drásticamente con la fina tela de mi traje de diseñador. Luego miré a Aitana y a Ángela, que la observaban con timidez desde atrás. El nudo en mi garganta se volvió insoportable, pero esta vez no era de rabia. Era de una cruda revelación.

Ellas no tenían la culpa.

Ellas no planearon el abandono de Mateo, ni el desierto en el que me tocó crecer a los catorce años. No eran mis enemigas en esta guerra de adultos; eran solo tres niñas que compartían mi misma sangre y que no se merecían cargar con el peso de mis traumas. Mi mente fría y calculadora de CEO se apagó por un maldito segundo, dejando salir la humanidad que aún vivía muy en el fondo.

Exhalé un suspiro pesado, dejando caer los hombros. Me agaché lentamente, quedando a su altura, rompiendo toda la postura soberbia que había mantenido frente a los accionistas. Eliza contuvo el aliento, sorprendida.

-Sí -les dije, y por primera vez en semanas, mi voz no sonó como una amenaza, sino extrañamente suave-. Soy su hermano mayor. Me llamo Eithan.

Las otras dos trillizas, al ver que el gigante de traje no iba a gritar, se acercaron tímidamente. Ángela estiró su mano y me tocó el hombro, como asegurándose de que fuera real.

Me puse de pie de nuevo, pero mi mirada hacia Eliza ya había cambiado. Seguía habiendo una distancia enorme entre nosotros, pero el muro de hielo se había agrietado.

-Mantengo mis condiciones sobre el consorcio, Eliza -sentencié, mirándola fijamente-. El negocio es el negocio, y con Damián Volkov y con Mateo las cosas se van a arreglar en la mesa de juntas. Pero ellas… ellas están fuera de este pleito.

Caminé hacia mi escritorio, tomé el intercomunicador y llamé a mi secretaria.

-Traiga tres chocolates calientes y galletas a la presidencia, ahora mismo. Y cancele mi junta de las cuatro -ordené.

Me giré hacia mis tres pequeñas hermanas, esbozando una sonrisa ligera, la primera sonrisa real en cinco años.

-Si van a estar en mi oficina, tienen que aprender las reglas del jefe -les dije, ganándome una risa de las tres-. A partir de hoy, nadie las toca, nadie les falta al respeto y nadie las hace llorar. Tienen al hombre más poderoso de esta ciudad para protegerlas. ¿Entendido?

Las trillizas asintieron con entusiasmo. Eliza se tapó la boca con una mano, llorando en silencio, pero esta vez de puro alivio al ver que, a pesar del monstruo en el que el mundo de los negocios me había convertido, todavía quedaba un hermano mayor dispuesto a ser el escudo de su familia.

Retratos de una nueva realidad

Esa misma tarde, después de que el chocolate y las galletas se terminaran, Eliza sacó de su bolso un pequeño álbum de fotografías físicas. Quería mostrarme lo que me había perdido, pero sobre todo, quería que viera cómo habían sido las ceremonias y los cumpleaños de Melissa, Aitana y Ángela desde que nacieron.

Me senté al borde del escritorio, hojeando las páginas. Vi fotos de sus fiestas de tres años, las ceremonias con pasteles enormes, decoraciones temáticas y globos de colores. En cada imagen, las trillizas sonreían con una pureza que a mí me arrancaron a los catorce años. Al principio, una punzada de amargura me recorrió el pecho al ver la presencia constante de Eliza y Damián en esas celebraciones, pero al mirar de reojo a las niñas, que ahora intentaban descifrar los planos de construcción que tenía sobre la mesa, la rabia se disipó por completo.

Ellas no tenían la culpa de nuestro pasado. No tenían la culpa de haber nacido en una cuna diferente, bajo el techo de un hombre que no era mi padre.

Desde ese preciso momento, las acepté por completo en mi vida. No me importaba que viniéramos de padres distintos ni que tuviéramos orígenes tan despares; para mí, la línea divisoria entre el apellido Villarroel y el apellido Volkov se borró cuando se trataba de ellas. Eran mis hermanas menores, y punto.

Pero dejé algo muy claro en mi mente y en mi actitud: todo lo que hiciera a partir de ahora, cada movimiento en el imperio, cada protección y cada espacio que les abriera en mi mundo, lo hacía únicamente por ellas, no por sus papás. Ni Eliza ni Damián iban a usar a las niñas como un puente para ganarse mi afecto o para ablandar mis decisiones corporativas. Mis cuentas con los adultos seguían siendo frías, calculadoras y distantes, pero con las trillizas era otra historia. Me propuse una meta inquebrantable: tratarlas exactamente como mis iguales, dándoles el mismo respaldo y la misma seguridad, sin distinciones.

Estaba en mi oficina, observando una de las fotos del álbum que me había quedado, cuando Damián Volkov entró a la presidencia sin avisar. Me miró fijamente, notando el álbum sobre el escritorio y luego clavó sus ojos en los míos, buscando descifrar al joven soberbio que ahora cuidaba de sus hijas.

-Me enteré de que estuviste con las niñas -dijo Damián, cruzando los brazos y manteniendo su porte de hombre de negocios-. Eliza me contó lo que pasó aquí.

Me recliné en mi silla, cerrando el álbum de golpe con un sonido seco, recuperando al instante mi postura de CEO imperturbable.

-Las trillizas están bajo mi ala, Damián -le responí con una voz helada-. Pero no te equivoques. Esto no cambia el trato que tú y yo tenemos en la mesa de juntas, ni suaviza mis condiciones sobre la fusión. Lo que hago, lo hago exclusivamente por mis hermanas. A ustedes dos no les debo nada.

Damián arqueó una ceja, midiendo el tamaño de mi orgullo, pero en el fondo sabía que, con un Villarroel como yo protegiendo a las herederas Volkov, sus hijas estaban más seguras que nunca.

La primera línea de la diferencia

Capitulo 11

Haber aceptado a las trillizas en mi vida no me hizo más blando; al contrario, me dio un motivo real para ser el doble de despiadado. Si antes peleaba por orgullo y por demostrarle a Mateo Villarroel que yo era superior, ahora lo hacía para asegurar que el patrimonio de Melissa, Aitana y Ángela estuviera blindado contra cualquiera que intentara usar la fusión para desestabilizarnos.

La prueba de fuego llegó apenas una semana después.

Los antiguos socios de la constructora de mi padre, hombres de más de cincuenta años que aún resentían que un joven de diecinueve llevara las riendas de la corporación fusionada, intentaron una jugada sucia. Convocaron a una junta extraordinaria aprovechando que Damián Volkov estaba fuera del país atendiendo unos asuntos en Europa. Pensaron que, al estar solo frente al consejo, me entraría el pánico.

Cuando entré a la sala de juntas principal del Consorcio Villarroel-Volkov, la atmósfera se sentía tensa. Cinco hombres trajeados me miraban con sonrisas hipócritas desde sus asientos.

-Santiago… perdón, Eithan -corrigió uno de ellos con evidente sarcasmo, deslizando un documento grueso por la mesa-. Hemos estado revisando las cláusulas de los fideicomisos que se anexaron con la fusión. Nos parece que destinar el treinta por ciento de las acciones preferentes a las tres hijas menores de Volkov es un riesgo innecesario para los inversionistas originales de tu padre. Al no ser Villarroel de sangre, esas niñas no deberían tener prioridad sobre el flujo de capital de la constructora matriz. Venimos a proponer una reestructuración.

Escuché cada palabra sin mover un solo músculo de la cara. El argumento era simple: querían aprovechar la rivalidad de apellidos para hacerme dudar y, de paso, quedarse ellos con ese porcentaje simulando pérdidas. Qué idiotas.

Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en la mesa de cristal. La sonrisa que les dediqué hizo que las expresiones de superioridad de esos hombres se borraran de inmediato.

-Es curioso que mencionen la palabra “riesgo” -solté, con una voz profunda que resonó en las cuatro paredes de la sala-. Porque el único riesgo real que veo aquí es la incompetencia de ustedes para entender cómo funcionan mis reglas.

-Muchacho, estamos cuidando el legado de Mateo… -intentó interrumpirme otro de los socios, alzando la voz.

Golpeé la mesa con la palma de la mano, un solo golpe seco que los hizo callar al instante. Me puse de pie, abotonándome el saco con una parsimonia absoluta, destilando toda la soberbia y autoridad que me pertenecían por derecho.

-El legado de Mateo Villarroel es mío porque yo me lo gané, y el de Damián Volkov me lo entregaron en bandeja de plata. Las tres niñas de las que hablan no son solo “las hijas de Volkov”; son mis hermanas menores. Y en este imperio, lo que es de ellas no se toca. Si vuelven a proponer una sola reducción a sus fideicomisos, mañana mismo ordeno una auditoría forense a cada una de sus sucursales. Sé perfectamente de qué cuentas han estado desviando fondos para sus gastos personales los últimos tres años bajo el cansancio de mi padre. ¿Quieren jugar a los números conmigo?

Los rostros de los cinco hombres se tiñeron de una palidez absoluta. Intercambiaron miradas de terror puro. No esperaban que el hijo abandonado tuviera los expedientes de todos bien guardados en su escritorio.

-La junta terminó -sentencié, tomando mi tableta y caminando hacia la salida-. Firmen la ratificación de los fideicomisos tal y como la diseñé. Mis hermanas van a tener exactamente lo mismo que yo, porque yo lo decido. Y si a alguno no le gusta ver a un Villarroel protegiendo el futuro de las Volkov, la puerta de salida está abierta. Pero se van sin un solo peso.

Salí de la sala dejando atrás el caos de sus murmullos desesperados. Mientras caminaba por el pasillo hacia mi oficina, miré el fondo de pantalla de mi teléfono: era la foto que me había quedado del álbum, donde Melissa, Aitana y Ángela sonreían frente a su pastel de cumpleaños. Sonreí de lado. Sus papás no me importaban, pero por esas tres niñas, yo estaba dispuesto a quemar el mundo corporativo completo.