Capítulo 5
Las semanas posteriores a la firma de la fusión no fueron una luna de miel corporativa; fueron una maldita guerra de trincheras. Las oficinas del nuevo consorcio -ahora rebautizado bajo la imponente firma que yo mismo diseñé- se convirtieron en mi campo de batalla diario. Los viejos aliados de Mateo me miraban con desconfianza por mi juventud; los hombres de confianza de Damián esperaban el menor de mis descuidos para demostrar que su jefe tenía razón y que yo solo era un adolescente jugando a ser Dios.
Pero no les di el gusto. Pasaba dieciséis horas al día sepultado en auditorías, reestructurando departamentos y recortando las estrategias obsoletas que Damián tanto defendía. Me gané el respeto a base de pura tiranía intelectual: si alguien dudaba de mí en una junta, lo destrozaba mostrando números, proyecciones y fallas en sus propios reportes. A mis diecinueve años, me había convertido en el CEO más temido del país.
Sin embargo, el verdadero frente de batalla no tardó en trasladarse al plano familiar. Era inevitable. La noticia de que el hijo “olvidado” de Elisa ahora controlaba no solo el legado de su padre biológico, sino también el imperio de su padrastro, cayó como una bomba atómica en la casa de las tres hijas.
Estaba revisando los informes de la bolsa en mi nueva oficina de presidencia cuando mi secretaria anunció por el intercomunicador que tenía visitas que no estaban en la agenda. No hizo falta que me dijera los nombres. Escuché los pasos apresurados y los reclamos en el pasillo antes de que la doble puerta de madera se abriera de golpe.
Eran ellas. Mis tres hermanas.
Crecieron rodeadas de lujos, bajo el ala protectora de Elisa y Damián, ajenas por completo al desierto en el que a mí me tocó madurar a la fuerza desde los catorce años. Al verlas entrar dispuestas a reclamar, me recliné en mi silla de piel negra, entrelazando las manos y observándolas con una frialdad absoluta.
-Vaya, qué sorpresa -solté, arrastrando las palabras con una ironía que cortaba el aire-. No recuerdo haber autorizado visitas familiares en el horario de máxima productividad de la empresa.
La mayor de ellas dio un paso al frente, con la mirada encendida en rabia y la voz temblando por la indignación.
-¿Te crees muy listo, verdad, Santiago? -reclamó, golpeando con su bolso el borde de mi impecable escritorio-. Nos enteramos de lo que hiciste. Manipulaste a Damián, manipulaste a mi mamá para quedarte con todo. ¡Esa empresa también nos pertenece! ¡No tienes ningún derecho a dejarnos fuera y a adueñarte de nuestras vidas de la noche a la mañana!
Las otras dos se mantuvieron detrás, apoyando el reclamo con miradas llenas de resentimiento. Mantuve la expresión completamente imperturbable. Dejé pasar unos segundos de silencio incómodo, disfrutando el poder de la situación, antes de ponerme de pie lentamente.
Caminé hacia el enorme ventanal que mostraba la ciudad a mis pies y luego me giré para verlas de frente, ajustándome el saco del traje.
-¿Manipular? -repetí, soltando una risa seca que las hizo retroceder un paso-. No confundan mi capacidad con manipulación. Su madre me entregó esto en bandeja de plata porque sabe perfectamente la deuda que tiene conmigo. Y Damián firmó porque reconoció que yo soy el único capaz de evitar que su legado se vuelva obsoleto. En cuanto a ustedes… -las escaneé de arriba abajo con desdén- ustedes solo han sabido gastar el dinero que otros sudan.
Di un paso hacia la mayor, invadiendo su espacio con esa postura imponente que tanto intimidaba a los accionistas.
-Se los advertí a Elisa y se los repito a ustedes: mi relación con ella es una cosa, pero ustedes no forman parte de mi ecuación. No tienen acciones, no tienen voz y, a partir de hoy, tampoco tienen influencia aquí. Si quieren dinero o estatus, vayan a llorarle a su papá Damián. En mi imperio, ustedes no son nadie.
Llegados cruzados