Capítulo 4
Elisa se quedó muda, paralizada en su lugar. La respiración se le atoró en la garganta al escucharme. Buscaba en mis facciones un rastro del niño sumiso que recordaba, pero solo encontró a un tiburón corporativo sediento de poder. Mi soberbia no era un escudo defensivo; era un arma, y la estaba usando con una seguridad tan aplastante que a ella la dejó completamente desarmada. Vio en mis ojos que ya no había vuelta atrás: el hijo que dejó se había transformado en un hombre capaz de devorarse el mundo entero sin pestañear.
No esperé a que asimilara el golpe. Me di la vuelta y salí de ahí, dejándola a solas con el eco de mi advertencia. El juego ya había comenzado.
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Al día siguiente, la sala de juntas del piso más alto del edificio corporativo se sentía como un coliseo romano. El silencio era denso, interrumpido únicamente por el leve sonido del aire acondicionado.
En la cabecera de la mesa de cristal se encontraba Damián. Vestía un traje de diseñador impecable, proyectando esa calma imperturbable de quien lleva décadas dominando el mercado. Sin embargo, cuando la puerta doble se abrió y entré yo, sus ojos se entrecerraron analizándome. Detrás de mí, Elisa entró con pasos dubitativos, colocándose en un punto neutral, visiblemente tensa por el encuentro de los dos hombres de su vida.
Caminé con paso firme, sin titubear, y tomé asiento justo frente a Damián. Coloqué mi portafolios sobre la mesa y clavé mi mirada en la suya. No había respeto en mis ojos, solo ambición pura.
-Santiago -saludó Damián con una voz profunda, extendiendo una mano en un gesto extrañamente cortés-. He oído que aceptaste la propuesta de inmediato. Debo admitir que tienes agallas para querer cargar con un peso de este calibre a tus diecinueve años.
Ignoré su mano extendida y, en su lugar, deslicé una carpeta con los balances que mis auditores habían revisado a primera hora de la mañana. Una sonrisa ladina se dibujó en mi rostro.
-No confundas agallas con capacidad, Damián -le respondí, recostándome en la silla con total prepotencia-. Tu imperio es grande, pero tus estrategias ya se están quedando obsoletas. Mateo está cansado y tú estás llegando a tu límite. Yo no vengo a cargar un peso; vengo a aligerarles la carga y a demostrarles cómo se maneja un monopolio moderno.
Damián endureció la mandíbula, y por un instante, la máscara de madurez y diplomacia se le resquebrajó, dejando ver la molestia de su orgullo herido. Elisa contuvo el aliento a un lado de la sala.
-Aquí están las cláusulas de la fusión -continué, golpeando suavemente el bolígrafo contra el contrato-. Firme aquí, padrastro. Firme y observe cómo el hijo que Elisa dejó atrás se convierte en el dueño absoluto de todo lo que ustedes construyeron
Damián sostuvo el bolígrafo a escasos centímetros del papel, congelado por la insolencia de mis palabras. El silencio en la sala se volvió tan cortante que parecía que el cristal de la mesa iba a romperse en cualquier momento.
Miró de reojo a Elisa, quien observaba la escena con las manos entrelazadas, debatiéndose entre el orgullo de ver la fuerza de su hijo y el temor de la tormenta que yo estaba provocando. Damián regresó sus ojos a los míos. La molestia inicial en su rostro se transformó lentamente en una mueca de fría aceptación. Era un hombre de negocios; sabía reconocer a un depredador cuando lo tenía enfrente, por muy joven que fuera.
-Tienes la boca muy grande, Santiago -dijo Damián con una calma que pretendía ser amenazante, aunque la tensión en su mandíbula lo delataba-. La soberbia es un combustible peligroso a los diecinueve años. Te da velocidad, pero si no sabes frenar, te vas a estrellar contra la pared más cercana.
-Entonces siéntate en primera fila y mira cómo manejo, padrastro -le respondí, sosteniéndole la mirada sin parpadear-. Porque yo no sé frenar.
Damián soltó una risa seca, casi inaudible. Apoyó la punta del bolígrafo en el documento oficial y, con un trazo firme y elegante, plasmó su firma en la última hoja del contrato de fusión. El sonido del papel siendo firmado retumbó en mis oídos como el disparo de salida.
Cerró la carpeta con un golpe seco y la deslizó de vuelta hacia mi lado de la mesa.
-Ya está hecho. A partir de este segundo, las dos empresas más grandes del país son una sola entidad bajo tu mando -declaró Damián, inclinándose hacia adelante, apoyando los codos en la mesa-. Ya tienes el juguete que querías. Ahora demuestra que puedes mantenerlo a flote, porque en el momento en que cometas un solo error, los mismos tiburones de la junta que hoy te ven con curiosidad te van a despedazar vivo. Y yo no estaré ahí para salvarte.
Me puse de pie, abotonándome el saco del traje con una parsimonia absoluta, tomando la carpeta firmada bajo el brazo.
-No necesito que me salves, Damián. Necesito que me dejes el camino libre -sentencié. Miré a Elisa por un breve instante, dedicándole un asentimiento frío-. Nos vemos en la próxima junta de accionistas… mamá.
Me di la vuelta y caminé hacia la salida. Con cada paso que daba hacia la puerta de la sala de juntas, sentía el peso del nuevo imperio consolidado sobre mis hombros, pero en lugar de aplastarme, me hacía sentir invencible. Había iniciado una guerra en dos frentes: el corporativo contra Damián y el emocional contra Elisa. Y no pensaba perder ninguno de los dos.
El peso de la corona