los descendientes del CEO (LOS DECENDIENTES DEL CEO 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

(Perspectiva de Eithan)

Los días siguientes se convirtieron en un ejercicio de actuación magistral que me estaba consumiendo por dentro. Cada vez que Aitana entraba en una habitación, mi pulso se aceleraba y la mirada se me desviaba involuntariamente hacia ella, buscando una respuesta que me aterrorizaba. Ya no era la hermana pequeña que corregía en sus *pirouettes*; era un espectro que recorría mi casa, recordándome que el hombre que juró ser el escudo invulnerable de su familia había tambaleado.

Lo peor era el contraste. Gabriela seguía siendo el ancla, la mujer directa y segura que me amaba con una franqueza que ahora sentía como un reproche silencioso. Cada vez que ella me besaba, cada vez que nuestras manos se entrelazaban con esa complicidad que habíamos construido desde la amistad, el peso de mi secreto me oprimía el pecho. Yo estaba viviendo una mentira, y Aitana era el recordatorio viviente de mi caída.

Aitana, por su parte, se movía con una frialdad perturbadora. Ya no buscaba mi aprobación con la misma desesperación de antes; ahora me observaba desde la distancia con una madurez que me resultaba ajena. Su mirada ya no pedía permiso, simplemente exigía espacio en mi mente.

Una tarde, mientras revisaba unos documentos en la sala de juntas de la casa, ella entró sin tocar. No dijo nada, simplemente se sentó frente a mí, observando cómo mis manos se movían sobre los planos del consorcio.

-Tu café está frío, Eithan -dijo ella con una voz calmada, casi gélida.

Levanté la vista. La vi, con esa postura perfecta que el ballet le había tallado durante años, y por un segundo, el deseo prohibido luchó contra el horror de lo que significaba nuestra sangre. Me obligué a verla como el monstruo que me estaba destruyendo el juicio.

-No necesito el café, Aitana -respondí, intentando que mi voz mantuviera el tono de mando que usaba con mis subordinados-. Necesito que entiendas que la estructura de esta familia ha cambiado. No puedes seguir entrando a mi espacio personal como si nada hubiera pasado aquella noche.

-¿Y qué pasó, exactamente? -preguntó ella, inclinándose hacia adelante, retándome-. ¿Tienes miedo de que Gabriela se entere de que no eres tan perfecto como ella cree? ¿O tienes miedo de que, en el fondo, tú también quieras que el muro se caiga?

Me levanté de golpe, dejando que la silla chocara contra la pared. El sonido resonó como un disparo.

-¡Basta! -rugí, perdiendo por fin la compostura-. No voy a permitir que uses eso en mi contra. Soy tu hermano mayor, te he dado todo, te he protegido de un mundo que intentó destruirte, y lo único que he hecho es darte las herramientas para que seas una mujer libre. Pero no eres libre para destruir mi matrimonio, ni para corromper la única dinámica que me mantenía cuerdo.

Aitana se puso de pie lentamente, sin apartar la mirada. Su sonrisa, cargada de una amargura impropia de sus dieciocho años, me confirmó que el lazo que nos unía se había transformado en algo parasitario.

-Ya no puedes verme como antes, ¿verdad? -susurró, acercándose a mí hasta que pude sentir el perfume que yo mismo le regalé en su último cumpleaños-. Lo sé porque te veo temblar cuando me acerco. Eres el hombre más poderoso que conozco, Eithan, pero en este momento, no tienes el valor de admitir que ya no eres el protector… ahora eres parte del problema.

Se dio la vuelta y salió de la sala con una elegancia que me pareció una burla. Me quedé solo, respirando con dificultad, sintiendo que cada pilar de mi vida comenzaba a ceder. Había construido un imperio sobre la base de la disciplina, el orden y la lealtad, pero todo se estaba desmoronando por culpa de un deseo que no podía nombrar.

Esa noche, cuando Gabriela llegó y se apoyó en mi hombro, sentí que la estaba traicionando solo con existir. Me pregunté cuánto tiempo más podría sostener la fachada antes de que el imperio Villarroel se desplomara sobre nosotros.