Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 47.- ALL´INFINITO
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47.- ALL´INFINITO

ANGELO

ÁNGELO.

Un año después.

Un año ha pasado, el tiempo se ha consumido con rapidez y nos ha traído hasta hoy, hasta el momento tan ansiado.

Hoy es diecinueve de diciembre, el día de nuestra boda.

El Santuario San Camillo de Lellis nos da la bienvenida con su impresionante construcción.

Las altas columnas de piedra y los vitrales que dejan pasar la luz de la tarde convierten el interior en un sitio solemne, casi irreal.

El murmullo de los invitados llena el aire, pero yo apenas soy consciente de ello.

Mi atención está fija en el altar.

En el punto exacto donde dentro de unos minutos Daphne aparecerá.

Mis manos se encuentran entrelazadas frente a mí, intentando ignorar la ligera tensión que se acumula en mis hombros. No es miedo exactamente. Es algo más profundo. Algo parecido a vértigo.

—Bambino…

La voz de Jackie llega suave a mi lado. Giro la cabeza y la encuentro observándome. Durante años fue más madre para mí que cualquier otra persona en este mundo.

—Estás pensando demasiado —dice con una pequeña sonrisa.

—¿Se nota tanto? —. Exhalo una risa breve.

—Solo para alguien que te ha visto crecer desde que apenas alcanzabas esta altura —responde, colocando una mano cálida en mi brazo.

—Es extraño —admito finalmente—. Pasé tantos años convencido de que algo así nunca sería para mí… que ahora que está sucediendo no termino de creerlo.

—Eso ocurre cuando la vida finalmente decide recompensarte un poco —murmura.

Niega suavemente con la cabeza.

—Has pasado demasiadas tormentas, Ángelo. Has cargado con más de lo que le correspondía a un hombre tan joven. Pero aun así nunca dejaste de cuidar de los demás. Eso es lo que hacen los hombres buenos.

Jackie me mira durante un momento más largo, como si estuviera recordando algo.

—¿Recuerdas aquella noche? —pregunta de pronto. Frunzo el ceño.

—¿Cuál? —Su sonrisa se vuelve más suave, casi melancólica.

—La noche en que me preguntaste porque no te dejaban ser feliz.

—Nana…

—Y mírate ahora. La mujer que amas está a punto de caminar por ese pasillo para convertirse en tu esposa.

Jackie acomoda con cuidado la solapa de mi saco.

—Así que tal vez el mundo nunca intentó impedir que fueras feliz.

Una pequeña pausa.

—Tal vez solo estaba esperando a que encontraras a la mujer correcta para serlo.

Justo en ese momento, las primeras notas de la marcha nupcial comienzan a llenar el santuario.

El sonido del órgano se eleva entre las columnas de piedra y los murmullos de los invitados se desvanecen de inmediato.

Las conversaciones se apagan, las cabezas se giran hacia la entrada y un silencio expectante invade el lugar.

Jackie aprieta mi brazo con suavidad.

—Y creo que acaba de llegar —susurra.

Lía es la primera en aparecer es Antonella, va vestida del mismo color de Bella y Lía, un vestido en color rosa, hecho de seda que las hace lucir como de la realeza.

Soy consciente de la mirada que me dedica mientras avanza por la alfombra roja, un “aguanta un poco más” se lee en sus labios mientras se coloca en su sitio.

Jodi es la segunda en aparecer y me siento necesitado de verla, de mirarla de una vez.

Cuando su recorrido acaba, me enternezco al ver a Lía.

Camina con un encanto natural, dando sonrisas a las personas de su alrededor y algo en mí estalla cuando consigo leer lo que dice el pequeño letrero:

“Tío Ángelo, prepárate. Aquí viene el amor de tu vida”

Mi visión se nubla en el segundo en el que ella aparece, viene del brazo de Antoni, sonriendo de una manera en la que nunca la había visto. Camina con paso seguro, eliminando cada vez más la distancia entre nosotros.

Y Dios, luce tan…sublime. El vestido la hace lucir tan preciosa como no pude imaginar, como toda una diosa.

Conforme se acerca intento grabarme su imagen, intento tatuarla en mi memoria.

Mis ojos recorren cada detalle del vestido que tiene puesto, el corsé se ajusta perfectamente a su cintura, los diamantes incrustados destellan con cada movimiento, y la falda voluminosa del vestido tiene rosas bordadas en tonos rosas y pasteles.

La piel de sus hombros queda al descubierto con las mangas caídas y brilla cuando un rayo de luz la golpea, lleva su cabello suelto, libre, y una preciosa corona la deja ver como lo que es: toda una reina.

Me veo en la necesidad de tallarme los ojos para eliminar las lágrimas y recomponerme antes de que ella llegue, porque, Dios santo, es tan bella, y va a ser mi esposa.

La mujer que camina hacia mí, que está cada vez más cerca, que luce tan sublime, tan perfecta, va a ser mi esposa.

Pronto está solo a unos pasos de distancia, tan cerca que no resisto el yo avanzar los pasos que faltan y una risa divertida me deja saber que se ha dado cuenta de eso. Cuando extiende la mano y sus dedos tocan mi piel, creo que en verdad puedo desmayarme.

—Estás preciosa, mia regina —susurro con la voz cargada de emoción—. Tan preciosa como nunca.

—Y tú no te quedas atrás, mi sexi italiano —pronuncia.

El azul de sus ojos reluce mucho más, hay una expresión radiante en ella, la sonrisa de sus labios es sincera, genuina, es como el gesto más bonito que he visto jamás.

Afianza el agarre en mi mano y da un paso hacia adelante, no aparta la mirada de mis ojos mientras ambos giramos hacia el padre, y luego colocamos la mirada al frente, dispuestos a empezar con la unión que perdurará por el resto de nuestras vidas.

DAPHNE.

¿Es así como se siente ser extremadamente feliz?

El hombre frente a nosotros sigue hablando, lo hace de una manera fluida, alegre, y cuando nos mira, me obligo a prestar atención porque sé que el momento ha llegado.

Antonella se acerca con los anillos, Ángelo me sonríe mientras repite exactamente las palabras que el padre dice.

—Ángelo, ¿Aceptas a Daphne como tu esposa, para amarla y respetarla, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, todos los días de tu vida hasta que la muerte los separe?

Su mirada se ilumina de una forma preciosa, mientras asiente y desliza el anillo por el dedo indicado.

—Sí, acepto —su voz brota cargada de emoción mientras una sonrisa se apodera de sus labios.

—Daphne, ¿aceptas a Ángelo como tu esposo, para amarlo y respetarlo, para estar con él en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, todos los días de tu vida hasta que la muerte los separe?

Él sigue sonriendo, haciéndolo de una forma tan radiante y en ese instante, en ese momento tan sublime y magnífico…

Le doy el sí, para el resto de mi vida.

—Sí, acepto —las palabras brotan de forma segura, sin ninguna duda.

—Por el poder que la iglesia me confiere, yo los declaro, marido y mujer —un estallido de gritos y aplausos nos envuelve—. Puede besar a la novia.

Ángelo no lo duda, su firme mano se posiciona en la parte trasera de mi espalda, inclina el cuerpo hacia adelante apoderándose de mis labios y me sostiene contra él.

Es un contacto de segundos, pero se siente tan bien, se siente tan bien como nunca lo imaginé. Nos hemos besado muchísimas veces, pero ahora, ahora todo se siente absolutamente mágico.

Cuando se aparta, una sonrisa preciosa me recibe.

—Hola, esposa.

La palabra causa un mar de emociones en mi sistema, un torbellino de sensaciones magnificas que me hacen creer que puedo perder la cabeza. Mi corazón se acelera de una forma inigualable mientras yo respondo:

—Hola, esposo.

Si creí que la iglesia estaba decorada de manera tan increíble, el jardín en el que se llevaría a cabo la recepción lo supera por mucho más.

—Por Dios —ahogo un grito mientras Ángelo me conduce hacia el interior, una de sus manos está en la parte baja de mi espalda mientras entramos.

Hay un camino de luces que guían exactamente hacia el centro, varias carpas se encuentran distribuidas por el inmenso espacio, la música suave que suena dota al lugar de un ambiente casi mágico.

La organizadora se acerca en ese segundo, nos sonríe mientras mantiene una especie de cuaderno entre sus manos.

—Señores Lombardi, es hora de su baile de novios.

Como si sus palabras pudieran invocar el momento, la pista del centro se enciende. Las luces blancas iluminan el camino de flores azules y rosas, que nos guían hasta el centro. Cuando la música del vals suena, Ángelo gira hacia mí.

—Señora Lombardi, ¿me haría el honor de bailar esta pieza conmigo?

Mi corazón da un vuelco furioso, la visión se me nubla ante la emoción de verlo tan apuesto, extendiendo una de sus manos hacia mí.

—Será un entero placer —respondo colocando la mano sobre la suya.

Con un agarre firme nos conduce hasta el centro, todo desaparece, es como si de cierta manera una burbuja hubiese sido creada a nuestro alrededor.

Él coloca la mano en mi cintura, apegándome a él. Yo posiciono la mano derecha sobre su hombro, y fijo la atención en su rostro.

No deja de sonreír, incluso con los labios juntos su sonrisa ladeada lo hace lucir tan apuesto.

A pesar de lo frío del ambiente, su cercanía me resulta cálida, tan cálida como siempre. Nos movemos al compás de la música, a un ritmo lento, suave y en determinado punto, dejo descansar mi cabeza contra su hombro.

—Ti voglio tanto bene, tesoro.

—All´infinito —respondo—. Sempre all'infinito.

No sé en qué punto alguien ha encendido luces de bengala, en el momento justo en el que la música acaba, nuestros desastres están a pocos pasos de distancia sosteniendo las luces, y los destellos dorados nos hacen sentir el momento tan mágico, tan extraordinario.

—All´ infinito —repite—Siempre hasta el infinito.

Y justo ahí, sé que lo que he encontrado en Ángelo, no será comparado nunca más en la vida con otra cosa tan maravilloso.

Sé que lo amo, que estoy tan perdida en él. En lo que significa, en la manera en la que me hace sentir, sé que, a partir de ahora, ambos vamos por nuestro algo mejor.

Tenemos nuestra familia, tenemos a nuestros desastres, nos tenemos a nosotros. Y eso es suficiente.

O bueno, casi.  Por ahora, en este preciso momento, teníamos lo suficiente para poder decir que nuestro final de cuento de hadas nos ha alcanzado.

Un cliché en la vida real, un cliché que, sin duda, estaba lejos de terminar.