Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 48.- EPÍLOGO
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48.- EPÍLOGO

DAPHNE

Sabía que quería tener hijos con Ángelo, aunque no hablamos de exactamente, cuando.

Así que cuando apenas unos meses después de nuestra boda, descubrí que estaba embarazada… fue una absoluta sorpresa.

O tal vez no del todo.

Ángelo mostró una faceta nunca antes vista, si con los desastres se convertía en alguien paternal, cuando mi embarazo comenzó a notarse, él se convirtió en un hombre tan atento y cuidadoso que me llenaba de ternura.

No creí que pudiera lucir tan nervioso por algo, pero parece ser que el ultrasonido para descubrir el sexo de nuestro bebé podría acabar con él.

Estamos en el consultorio del médico, Ángelo mira la pantalla que se muestra a un costado como si intentara descifrar el mayor de los misterios.

En palabras del médico todo estaba en orden y mi embarazo se estaba desarrollando de la manera esperada, me había hablado de los cambios y explicado todo lo relacionado con nuestro bebé.

Sin embargo, cuando estábamos a punto de saber el sexo, él pareció notar algo.

—¿Todo en orden? —inquiero cuando el doctor se ha quedado en silencio.

—Daphne, ¿has sentido movimientos en diferentes partes del vientre? —inquiere.

—Solo un par de veces —respondo. Ángelo y yo compartimos una rápida mirada—. ¿Por qué? ¿Ocurre algo?

—Necesito hacer una ecografía —informa—. Aguarda un segundo aquí.

Se quita los guantes y se aleja de la camilla en la que me encuentro.

—¿Crees que algo vaya mal? —inquiero hacia Ángelo cuando el doctor está lo suficientemente lejos.

—Claro que no, mia regina —sonríe de manera cálida mientras acaricia mi cabello—. No tienes por qué preocuparte por nada.

—Pero debió…—dejo de hablar cuando noto que el doctor ha vuelto.

Viene con un artefacto que no reconozco, lo miro con atención mientras parece prepararse y luego se coloca un par de nuevos guantes.

Él se acerca hasta tomar mi mano, me sonríe otra vez y su gesto consigue envolverme en calma.

Ambos miramos a la pantalla y trato de contener mis nervios cuando el examen se vuelve más profundo, hasta que el doctor sonríe.

—Oh, y ahí están —Ángelo voltea con rapidez cuando el doctor habla, y es una sola palabra que nos desconcierta.

Dijo “están” en vez de “está”.

—¿Están? —inquiere mi esposo.

—Era difícil ver el sexo, porque no es un único bebé.

—¿Cómo…es…es más de uno? —mi voz sale temblorosa, llena de incredulidad.

—Sí, en realidad, son tres.

—¿Qué? —Ángelo tartamudea, no sé en realidad que es lo que me sorprende más, la noticia del doctor o el semblante que mi esposo coloca y que de pronto parece ser que la sangre abandona su rostro.

Él doctor mira por un corto tiempo más, y tras colocar unas pequeñas líneas en la pantalla, nos dedica una sonrisa.

—Son dos varones, y una niña —dice—. Felicidades, señores Lombardi, serán padres de trillizos.

Y justo ahí sucede lo impensable:

Ángelo Lombardi se desmaya.

ÁNGELO

Abro los ojos de golpe, intento incorporarme, pero alguien me detiene.

—Tranquilo —la voz de Daphne se cuela por mis oídos y siento sus manos empujarme el torso—. Tranquilo.

—¿Qué…? —cuando la enfoco, ella tiene el semblante preocupado.

—¿Te sientes bien? —asiento medio aturdido—. Amore, te desmayaste.

Cuando dice aquello es cuando recuerdo, el embarazo, el hecho de que no es un bebé…sino tres.

Trillizos.

Son tres.

Santo Dios.

—Señor Lombardi, parece que fue una noticia impactante —el doctor ingresa a la habitación mirándome con una sonrisa divertida—. ¿Se siente bien?

—Sí —me incorporo con lentitud, bajando los pies de la camilla—. Lo siento.

—Pierda cuidado, es una reacción normal en realidad —admite—. Puede recuperarse aquí y cuando se sienta estable para caminar, pueden irse.

Cuando el doctor y la enfermera se marchan, Daphne me mira. Al inicio creo que está enojada por el semblante serio que tiene, pero tras un par de segundos estalla en carcajadas.

—¡Me diste un susto! —reprocha empujando con ligereza mi cuerpo, pero sin dejar de reír—. Y al doctor también.

—¿Puedes culparme? Son tres…tres bebés.

—Lo sé —dice con suavidad—. Tendremos a otros tres desastres.

Sonrío, creer que sería uno solo era emocionante, pero saber que en realidad son tres personitas creciendo en su interior lo hace más impactante.

—Joder, mia regina, son tres —repito bajando la vista a su vientre. Coloco la palma sobre él y como si fuese esa una señal, hay un movimiento por todo el vientre.

—Míralos, parece que los tres han decidido moverse —responde ella soltando una risa—. Realmente nos sorprendieron, ¿no es así?

—Dos mini Ángelos —dice con una sonrisa tirando de sus labios—. Y una mini Daphne.

—Que seguro será igual de preciosa que su madre —aseguro llevando la mano hacia el costado de su rostro—. Esto es tan maravilloso, Daph.

—Ni si quiera han nacido, y ya le causaron el primer casi infarto a su padre —bromea—. ¿Qué será cuando estén aquí?

—Será la mejor de las aventuras —aseguro—. Siempre y cuando no vengan con más sorpresas porque de lo contrario, no creo que mi corazón resista demasiado.

Ella golpea mi pecho con algo de fuerza, pero su risa se escucha, el sonido ligero y divertido me envuelve. Baja la vista por un par de segundos y luego mete la mano en uno de sus bolsillos. Saca un pequeño trozo de plástico pero que reconozco de inmediato.

—La tomó el doctor luego de que las enfermeras te sacaran —dice divertida—. Son nuestros futuros desastres.

Sonrío, tomo la imagen y me concentro en ella. Las figuras son apenas distinguibles, pero puedo visualizar las tres diferentes letras que identifican a cada pequeña mancha.

—Te amo, mia regina —elevo la vista, extendiendo la mano para conseguir acomodarle un mechón de cabello detrás de la oreja—.

Te amo inmensamente, y me siento tan afortunado de que seas mi esposa, la madre de mis hijos, y juro, por lo que más amo en esta vida, que permaneceré a tu lado hasta el final.

Juro que estaré contigo hasta el final de mis días, hasta mi último suspiro.

Porque me haces feliz, me hace tan feliz como nunca lo he sido.

Una lágrima desciende por su mejilla y retiene el sollozo.

—Non so cosa mi hai fatto, ma ti prego, non fermarti mai (No sé lo que me has hecho, pero por favor, nunca pares) —susurro—. Quédate por siempre.

—A tu lado siempre —dice y sonrío porque ya sé lo que viene a continuación—. Mi sexi italiano.