44.- INTENTAR NO SIEMPRE ES SUFICIENTE
ANGELO
No sé cuánto ha pasado, he perdido la noción del tiempo, sé que no es mucho, pero pareciera como una maldita eternidad.
Las ataduras en mis manos duelen, el contacto de las cuerdas contra la piel quema con el mínimo movimiento, pese a eso, no dejo de intentar librarme de las cuerdas.
La cabeza me duele, y lo hace más con cualquier leve movimiento del cuello. Gracias al cielo Renata se ha mantenido lejos de mí, y por mi propio bien, he decido cerrar la boca.
Muevo el cuello soltando un leve quejido. Renata me mira entornando los ojos hacia mí.
—¿Qué? ¿No puedo quejarme? —inquiero—. Creo que es lo menos que puedo hacer.
Rueda los ojos y vuelve la atención al celular.
—Espero que tu hermano sea rápido para pagar —dice sin mirarme.
—Renata —ella regresa la mirada hacia mí. —Quiero ver a Lía.
—La estás viendo.
—No, quiero verla —repito—. Por favor.
Entrecierra los ojos mirándome con detenimiento. Parece considerar sus opciones, mantengo la esperanza de que entre la lista se encuentre soltarme. No dice nada, se incorpora y sale de la habitación. Suelto un suspiro pesado mientras una maldición abandona mis labios.
Muevo el cuello a pesar del dolor, enderezo la espalda e intento mover los pies porque pasar horas en una misma posición comienza a pasar la factura.
Cuando miro la pantalla de la computadora, veo a Renata tomando a Lía en brazos, Jacob y ella intercambian algunas palabras y parece advertirle algo.
Maldita sea, luego de esto realmente juro que Jacob no volverá a su lado. Recuerdo la orden del juez, si ambos cometían de nuevo alguna especie de crimen, podría quedarme con la custodia de Jacob.
Y esto definitivamente es un crimen grave.
—Parece que alguien te extraña —me alivio cuando miro a Lía, además de un poco de suciedad en la ropa, no hay nada más. En cuanto me ve, extiende los brazos hacia mí e inclina el cuerpo hacia adelante.
—Hola, princesa —me inclino hacia adelante y las ataduras me arrancan una mueca. El tirón en mis brazos es inmediato, las cuerdas se clavan más en la piel. Dejo de mirar a mi sobrina para mirar a Renata—. ¿En serio? ¿Planeas solo dejarla aquí?
No responde.
Lía tambalea sobre sus pequeños pies hasta llegar a mí. Sus manos diminutas se aferran a mis piernas para no perder el equilibrio.
—Tío…
La palabra sale suave, arrastrada por su forma infantil de hablar y mi pecho se contrae. Intento inclinarme más hacia ella, pero las cuerdas me lo impiden.
—¿Estás bien? —pregunto en voz baja.
Lía no entiende del todo la pregunta. Solo me mira y luego levanta los brazos hacia mí. Quiere que la cargue. El gesto me rompe un poco por dentro.
—Cariño… —murmuro, mirando las cuerdas que mantienen mis brazos pegados a la silla—. No puedo.
Ella frunce el ceño con esa confusión típica de los niños cuando algo no tiene sentido.
—Up…
Renata suelta una risa corta.
—Creo que te está pidiendo algo.
—Tiene un año, Renata, ¿qué crees que quiere? —cuestiono—. ¿Podrías soltarme?
—No —dice con firmeza. Lía vuelve a levantar los brazos hacia mí, insistente, sus pequeñas manos abriéndose y cerrándose en el aire. Respiro hondo.
—Vamos, Renata —digo con la voz baja, intentando no perder la calma—. ¿Qué crees que voy a hacer? ¿Escapar con una bebé en brazos?
Ella entrecierra los ojos.
—No es por mí —insisto—. Es por ella. No entiende qué está pasando.
Lía vuelve a levantar los brazos hacia mí. El gesto es tan simple, tan pequeño, que incluso Renata parece dudar un segundo.
Lía suelta un pequeño quejido de frustración y vuelve a apoyarse contra mis piernas. Renata resopla con fastidio.
—Dios… qué escándalo.
Se acerca con paso decidido. Durante un segundo pienso que simplemente se la llevará, pero en lugar de eso se detiene detrás de mí.
Siento el tirón de las cuerdas.
Una. Luego otra. El nudo de mis antebrazos se afloja. La sangre vuelve a circular por mis brazos con un hormigueo doloroso mientras Renata corta las ataduras con una pequeña navaja, luego libera mis tobillos.
—Cinco minutos —advierte—. Si intentas algo, te juro que no te va a gustar cómo termina.
En cuanto mis manos quedan libres, me inclino hacia adelante. Lía ya está extendiendo los brazos con una sonrisa enorme, completamente ajena a todo lo demás. La levanto con cuidado, ignorando el dolor que me atraviesa los brazos cuando la acerco a mi pecho.
Renata se aparta, se coloca justo a un costado de la puerta, apoyándose en ella y cruzándose de brazos.
—Eres adorable con bebés —vuelvo la atención a Renata. Sonríe con ligereza mientras mira a Lía—. Siempre supe que como padre serías estupendo.
—Bueno, me quitaste la oportunidad de comprobarlo —musito.
—¿Sabes algo? Si nunca te hubieses enterado, si no hubieses escuchado esa llamada, nunca te hubiese dejado —apego a Lía a mi cuerpo, quien parece demasiado entretenida con uno de los botones.
—¿Esperas que lo crea? Dijiste que ibas a dejarme apenas tuvieras lo suficiente.
—¿Me crees idiota? Nada de lo que pudiera conseguir se comparaba con lo que tendría si me quedaba a tu lado. Tienes razón, sería tu esposa, sería dueña en parte de todo lo que posees, nunca iba a dejarte, Ángelo.
—Eso no importa ahora. No iba a quedarme contigo sabiendo que me engañaste.
—Mantenía la esperanza de que sí —confiesa.
Sonrío, sacudiendo la cabeza con ligereza. Lía se remueve entre mis piernas y me incorporo. Renata parece alarmarse cuando lo hago, mis piernas se sienten aliviadas y camino con ligereza unos pasos, sosteniendo a mi sobrina contra mi pecho.
Lía ríe cuando dejo varios besos en su mejilla.
—Tío, leche —elevo la mirada hacia Renata—. Leche.
—Tiene hambre —murmuro—. ¿No le diste comida? Dijiste que le diste de comer.
—Le di, si un par de galletas cuentan como comida.
—Renata…—me incorporo y ella vuelve a su posición defensiva—. Es una bebé, no puedes tenerla sin comida por horas.
—Entonces dile a tu hermano que pague, así puedes alimentarla —dice y sonríe—. Ahora, vuelve a la silla si no quieres que me la lleve.
—Intenta quitármela, y verás de lo que soy capaz —reto.
Lía lloriquea entre mis brazos.
—¿Tienes algo para que coma? —inquiero—. No puedes esperar que realmente no coma nada.
—Dios…
—Leche… —repite, más suave.
—Ahora mismo, princesa —le digo. Dejo a Lía con cuidado sobre la silla.
Renata ya me ha dado la espalda. Está inclinada sobre una bolsa vieja, revolviendo dentro con evidente fastidio.
Ubico entonces la madera. Una tabla vieja apoyada contra la pared que sostiene la puerta para que no se cierre. Mi mirada vuelve a Renata quien está demasiado concentrada buscando algo.
—¿Crees que…? —gira hacia donde se supone que estaba antes.
«Solo un golpe, Ángelo, no vas a matarla.»
Mis brazos se mueven antes de que mi mente pueda detenerlos. La madera corta el aire. El golpe seco contra su cabeza resuena en toda la habitación. Renata ni siquiera alcanza a terminar la frase. Su cuerpo se desploma con un ruido seco, cayendo frente a mí.
—Bien, esto es en defensa propia. Te tenía secuestrado y actuaste en defensa propia, dudo que vaya a la cárcel por esto —mascullo para mí mismo caminando hacia Lía—. Vamos, amor, tenemos que salir de aquí.
Me apresuro a tomarla en brazos, le doy una última mirada a la mujer en el suelo y luego salgo. Bajo las escaleras con rapidez, intentando no caer por ellas.
—¡Jacob! —grito cuando estoy abajo—. ¡Jacob!
—¡Papá! —el eco de la voz viene de alguna habitación—. ¡Papá estoy aquí!
Camino hacia el pasillo, todas las habitaciones están abiertas, excepto una. Cuando intento abrir la puerta, esta no cede.
—Jacob, estoy aquí —hablo empujando con más fuerza, pero es casi imposible de abrir.
—Papá quiero irme, ya no quiero estar aquí —dice con voz rota—. Quiero ir contigo, a casa.
—Sí, hijo, iremos a casa —seguramente han cerrado la puerta con seguro. Considero subir de nuevo y buscar la llave con Renata, pero sería perder tiempo.
—Bien, princesa, quédate aquí —dejo a Lía en el suelo y luego examino la puerta—. Jacob, necesito que te apartes porque la puerta puede caer.
Sus pasos se escuchan así que deduzco que ya se ha alejado, tomo una inhalación antes de golpear mi cuerpo contra la puerta, polvo cae mientras repito la acción y la madera se inclina.
—Vamos —mascullo mientras vuelvo a golpear con fuerza y algo cruje—. ¡Vamos!
Un último golpe me basta para que la madera caiga con un golpe seco.
—¡Papá! —Jacob corre hacia mí pasando por encima de la vieja madera.
—Vamos, tenemos que irnos —apresuro. Me acerco para tomar a Lía, y luego sujeto con firmeza la mano de Jacob.
Antes de que pueda siquiera dar un paso más. Una voz nos detiene.
—Si no quieres que te dispare, detente.
La voz de Renata me congela.
Suelto una serie de insultos antes de girarme y descubrirla a mitad de las escaleras. Una mano presiona la parte trasera de su cabeza y entre sus dedos hay un rastro oscuro de sangre. Su equilibrio no es firme; baja un escalón con cuidado, como si el suelo se moviera bajo sus pies.
En la otra mano sostiene el arma.
—Déjame ir —mascullo—. O tú serás la que acabe perdiendo todo.
Lía se remueve en mis brazos. Jacob se esconde detrás de mi cuerpo. Renata desciende otro escalón, tambaleándose apenas.
—Te dije que detesto que las personas intenten pasarse de listas —sonríe, aunque el gesto le tiembla—. ¿Creíste que podías matarme así de fácil?
—No quería matarte —aclaro—. Ese golpe no fue para matar.
—Como sea… —escupe—. No voy a dejar que me arruines de nuevo.
—Mamá, no le hagas nada a mi papá —la voz de Jacob se quiebra detrás de mí—. Por favor.
—Jacob, cielo, ven aquí.
—No —se aferra más a mi costado—. Eres mala. Tú y Russell son malos. Quiero ir con papá.
Aprieto el brazo alrededor de sus hombros mientras sostengo a Lía con el otro.
—¿Vas a matarme? —pregunto, sosteniendo la mirada de Renata—. ¿Delante de tu hijo? ¿Lo harás mientras sostengo a una bebé en brazos?
Por un segundo su mirada vacila. Solo un segundo. Y entonces el disparo rompe el aire.
El impacto llega un instante después.