44.- INTENTAR NO SIEMPRE ES SUFICIENTE #2
El dolor explota en mi pierna como si alguien hubiera encendido fuego dentro del hueso. El grito se me escapa antes de poder contenerlo mientras mi cuerpo cede y caigo al suelo.
Pero no suelto a Lía. Ni siquiera cuando la pierna deja de responder.
—¡Papá! —grita Jacob.
La sangre comienza a empapar mi pantalón mientras intento incorporarme, el aire atrapado en mi pecho.
—Si no quieres que le dispare otra vez a tu padre… ven aquí, Jacob —ordena Renata con frialdad.
Lía rompe en llanto. Su pequeño cuerpo se sacude contra mí mientras intento mantenerla en brazos a pesar del dolor que me atraviesa la pierna.
La sangre corre caliente entre mis dedos cuando presiono la herida.
Renata se acerca y me arrebata a Lía de los brazos antes de que pueda detenerla.
—¡Joder…! —gruño, intentando levantarme.
Pero la pierna no responde.
—Ahora esperaremos a que Russell llegue —dice—. Y si tu familia no paga lo que corresponde… juro que te mato aquí mismo.
Toma a Jacob del brazo, pero él se resiste.
—¡No! ¡No quiero! ¡Papá!
Mi pecho se desgarra al escucharlo. Renata lo arrastra por el pasillo mientras la sangre sigue manando entre mis dedos. El dolor es brutal, pero no puedo permitirme desmayarme. No ahora. No cuando ellos están aquí. Presiono la herida con más fuerza, respirando entrecortado.
Solo tengo que aguantar.
—Son solo niños… —mascullo cuando Renata vuelve—. Déjalos fuera de todo esto. Si quieres tenerme aquí, hazlo. Pero por favor… déjalos ir.
Renata sonríe.
—Ángelo Lombardi… suplicando. —Levanta el arma y me apunta directo al pecho. — Nunca pensé que vería este día.
—Russell no va a volver. —Su expresión se endurece.
—Cállate.
—Piensa un segundo. —Ella no responde, pero sé que está escuchando. —Cuando me golpeó allá arriba, cuando me obligó a firmar, cuando me hizo llamar a mi hermano…
La miro fijamente.
—¿Quién estaba dando las órdenes? —Su mandíbula se tensa. —El dinero es lo que él quiere.
Sus dedos se aprietan alrededor del arma.
—Russell ya tiene lo que necesita. Las transferencias empezaron. El movimiento ya quedó registrado… Y tú estás aquí.
La duda aparece en sus ojos.
—¿Sabes lo que pasa ahora? —continúo—. Él se asegura de que todo el dinero llegue a las cuentas… y desaparece.
Renata niega con la cabeza.
—No.
—Claro que sí —respondo—. Porque si esto sale mal, alguien tiene que cargar con la culpa. Y adivina quién está aquí con el rehén, el arma y los niños.
Su respiración se vuelve más rápida.
—Russell no está atrapado aquí conmigo, Renata—. Hago una pausa. — Tú sí. Así que puedes quedarte… esperando a que vuelva un hombre que probablemente ya se está largando con tu dinero.
La miro directo a los ojos.
—Me matas aquí, ¿Qué harás luego? No podrás ir a un aeropuerto, seguramente están buscando a Jacob y a Lía, estarán buscándote también.
—No siempre vas a ganar.
—¿Crees que gané? —inquiero—. ¿Crees que lo hice? ¡Tienes a mi hijo y sobrina en una maldita habitación! ¡Me has disparado! ¿Crees que yo considero esto una victoria? ¡Me has jodido! ¡Por cinco años te saliste con la tuya! Me quitaste todo cuanto pudiste.
—¡Y lo recuperaste!
—Porque te metiste con lo que más amo en el mundo, porque te advertí que si dañabas a mis niñas no iba a quedarme de brazos cruzados. Y cumplí. Por ellas, para tenerlas, para recuperarlas, no fue por mí.
No responde, se aleja y lanza un grito frustrado.
—Es tu oportunidad de irte y al menos poder escapar, o intentar hacerlo.
—Me llevaré a Jacob.
—¡No! —grito cuando camina hacia el pasillo—. ¿No lo entiendes? ¡Será imposible que salgas con él! Su fotografía está circulando, alerta Amber, Renata.
—Ya sé lo que haces —dice volviendo—. Quieres que me vaya, quieres que te deje a Jacob y harás que me atrapen, harás que me lo quiten, ¿no es cierto? Eso es lo que planeas.
Una risa la asalta y sacude la cabeza.
—No soy estúpida, Ángelo.
El dolor se intensifica y cierro los ojos, mis manos han comenzado a temblar, y una sensación helada me envuelve.
—Renata…—mi voz brota en un susurro—. Solo detente. Solo para. Nuestro hijo está llorando, asustado en esa habitación por lo que acaba de verte hacer, ¿realmente esto es lo que quieres?
Cada vez es más complicado respirar, me repito que solo debo mantenerme despierto, que debo ignorar la sensación de fatiga en mi organismo.
—¿Quieres que recuerde como me disparaste? ¿Cómo hiciste que el hombre que considera su padre muriera? Porque tengo un disparo, una maldita herida que no deja de sangrar y es cuestión de minutos para que quede inconsciente. Y cuando eso pase, estarás perdida.
—Cállate.
—Si lo quieres, si lo amas tan solo un poco, detente.
Su barbilla tiembla, mira en dirección al pasillo y cierra los ojos.
—La puerta tiene seguro —dice mirándome fríamente—. Suerte intentando abrirla.
Y luego se va.
—¡Joder! —un grito brota de mis labios cuando ella se marcha.
Intento incorporarme, el dolor explota en mi pierna y vuelvo a caer contra el polvo.
Apoyo una de mis manos contra el suelo y con la otra me sostengo de la pared, apenas y consigo ponerme de pie, cierro los ojos reteniendo la maldición y la sensación caliente de la sangre brotando de la herida me da escalofríos.
—¡Papá! —ubico con rapidez la puerta de donde viene la voz de Jacob.
Mi cuerpo se siente débil, un leve mareo me aturde y cuando volteo, miro la cantidad considerable de sangre que ha brotado de la herida.
Me toma más tiempo del que me gustaría llegar hasta la puerta, esta vez está como la anterior, atascada con el seguro. Empujo la madera, pero esta es más resistente, más firme.
—Jacob, apártate —pido.
—Ya —habla con voz temblorosa desde el otro lado.
Dicen que, en una situación de riesgo o estrés, el cuerpo es capaz de producir tanta adrenalina que puede conseguir cosas que, en un estado de calma, no pueden ser posibles.
Una dosis de fuerzas extra lo suficientemente fuerte como para ayudarnos a hacer lo que deseamos, y creo que es así como aún con la herida en la pierna, con el dolor incrementando de forma exponencial, con el mareo y el frío en mi cuerpo, soy capaz de echar la puerta abajo.
El golpe seco que hace al caer levanta una nube de polvo, me cubro la nariz y escucho a Jacob toser. Cuando el polvo se dispersa, lo miro. Sostiene a Lía en sus brazos mientras cubre el rostro de su prima con su pequeña mano.
—Ven aquí, hijo.
—Estás herido —dice mirando el pantalón—. Mamá te hizo daño.
—Está bien, debemos salir de aquí —me inclino para tomar a Lía, la rojez en sus ojos y los leves respingos que hace es señal clara del tiempo que ha pasado llorando—. Está bien, está bien.
Avanzamos por los pasillos, pero el dolor en la pierna me impide continuar, me apego a una de las paredes, sintiendo mi respiración pesada y el cuerpo cansado.
—¿Papá? —volteo hacia Jacob—. Sangras mucho.
—Estoy bien —miento.
El brazo en el que sostengo a Lía comienza a cansarse así que la dejo en el suelo solo un segundo, siento un leve mareo envolverme.
—Vamos.
Antes de que pueda tomar a Lía, Jacob lo hace. Sonrío cuando él me mira y avanza, tambaleándose con ligereza.
—Con cuidado, campeón.
Salimos finalmente al exterior de la bodega. El aire frío golpea mi rostro y por un segundo siento un alivio absurdo. Solo necesitamos alejarnos. Solo unos malditos metros. Pero entonces escucho el sonido. Un motor encendiéndose. Mi cabeza se levanta de golpe.
Las luces de un auto encienden, enfocan el camino y es una fracción de segundo, un escaso tiempo en el que volteo y distingo el auto acelerando en mi dirección. Es demasiado pronto como para correr, muy poco tiempo como para apartarme, está a menos de tres metros, dos, uno…
—¡Jacob! —grito—. ¡Detente!
Pero ya es tarde. El motor ruge y las llantas chillan contra el pavimento.
Jacob se gira, confundido, todavía sosteniendo a Lía.
El coche avanza hacia nosotros. Me lanzo hacia ellos, empujando a Jacob con todas las fuerzas que me quedan.
La parte delantera del auto me impacta. Mi cuerpo se levanta del suelo como si fuera nada, durante un segundo no hay gravedad. Solo oscuridad. Y después el pavimento llega.
Mi espalda golpea primero, luego la cabeza.
El sonido del impacto retumba dentro de mi cráneo y todo mi cuerpo se sacude contra el concreto.
El aire desaparece de mis pulmones. Intento inhalar, pero no puedo.
Mi pecho se contrae una y otra vez, desesperado, mientras mi cerebro sigue despierto incluso cuando todo lo demás parece haberse apagado.
Los sonidos se vuelven extrañamente claros. Demasiado claros.
Un llanto. Un grito. El dolor se expande por cada rincón de mi cuerpo, un fuego brutal que late con cada latido del corazón. Y entonces lo escucho.
—¡Papá!
Cierro los ojos.
Daphne
Mis niñas.
Jacob.
Sus rostros aparecen uno tras otro en mi mente, como si mi propio cuerpo supiera que se está quedando sin tiempo. Una punzada de desesperación me atraviesa el pecho.
No así. No aquí.
No delante de ellos.
Escucho las voces, pero son demasiado lejanas, tanto que soy incapaz de prestarles atención.
Lo siento, mis niñas. Lo siento, Jacob.
Lo siento, mia regina.
Lo intenté.
Maldita sea, juro que lo intenté.
«Lo siento, lo siento, lo siento.»
El mundo comienza a oscurecerse lentamente.
Y lo último que escucho… es la voz de mi hijo suplicándome despertar.