43.- NEGOCIACIONES
DAPHNE
Alguien se llevó a Ángelo.
La frase no deja de repetirse en mi cabeza, una y otra vez, como si mi mente se negara a comprenderla del todo y necesitara recordármela constantemente.
Ángelo fue secuestrado.
Lía y Jacob también.
Y ahora la casa está llena de gente.
Policías entrando y saliendo por cada puerta. Voces graves que hablan en radios. El sonido constante de pasos sobre el mármol. Preguntas que vuelven a repetirse, aunque ya las he respondido tres veces.
Pero todo eso parece ocurrir muy lejos de mí, como si estuviera detrás de un vidrio.
Estoy sentada en el sofá de la sala principal, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que mis dedos ya comienzan a dolerme. Todavía llevo el vestido de la gala. El maquillaje está corrido por las lágrimas que no recuerdo exactamente cuándo empezaron a caer.
Franco está de pie frente a uno de los policías, respondiendo preguntas con una calma que no engaña a nadie. Sus brazos están cruzados sobre el pecho, pero puedo ver cómo sus dedos golpean rítmicamente su propio brazo, una señal clara de la tensión que intenta contener.
Antoni, en cambio, no intenta ocultarlo. Camina de un lado a otro de la sala como un animal encerrado en una jaula.
—¿Cómo demonios pudieron sacarlos así? —gruñe, pasándose una mano por el cabello—. ¿Cómo es posible que nadie haya visto nada?
—Estamos revisando todas las cámaras de la zona —responde uno de los detectives con paciencia profesional—. También las del casino.
Hace apenas unas horas estaba ahí. En sus brazos. Mirando el anillo que ahora pesa en mi dedo como si fuera un recuerdo de otra vida. Respiro hondo, pero el aire no llena mis pulmones.
—Señora Lennox —dice uno de los policías acercándose nuevamente a mí—. Necesitamos que nos repita una vez más lo que ocurrió en el estacionamiento.
Levanto la mirada hacia él, intento hablar, pero mi atención se desvía hacia el otro lado de la sala.
Bella y Antonella.
Las dos están sentadas en el suelo, muy juntas, como si necesitaran asegurarse de que la otra sigue ahí. Bella tiene la cabeza apoyada contra el hombro de su hermana mayor, y Antonella mantiene un brazo alrededor de ella con una firmeza impropia de una niña.
Mi garganta se cierra porque hace apenas unas horas Ángelo dijo que quería pasar el resto de su vida conmigo.
Que quería que viéramos crecer a los desastres.
Que quería que fuéramos una familia.
Y ahora…
No sé dónde está. No sé si está herido. No sé si…
La idea ni siquiera logra formarse por completo en mi cabeza antes de que mi pecho se oprima con fuerza.
—Sabían exactamente dónde estaba. Sabían cuándo íbamos a salir. Sabían cómo acercarse sin que la seguridad lo notara.
El detective me observa con atención.
—¿Está sugiriendo que alguien cercano pudo haber ayudado?
No respondo de inmediato, porque hay algo más. Algo que no deja de dar vueltas dentro de mi mente desde que escuché la historia completa.
El secuestro de Lía y Jacob. El ataque en el estacionamiento.
Todo en la misma noche. Todo demasiado perfecto.
—No fue improvisado —digo al fin—. ¿Cómo explicarían que los niños desaparecen la misma noche que Ángelo es secuestrado?
El silencio se instala en la sala. Entonces Franco se endereza lentamente. Lo veo mirar primero a los policías… luego a Antoni… y finalmente a mí.
—Hay alguien que tenía los motivos suficientes para hacer algo así. —Antoni deja de caminar.
—¿De qué demonios estás hablando? —Franco exhala lentamente.
—Renata Davies. Es la ex esposa de Ángelo, recientemente perdió un juicio, quedó en bancarrota prácticamente, tenía los motivos para hacer algo como esto. Y además se delató.
Antoni frunce el ceño.
—¿Cómo?
—¿De quién no tenemos fotos? —inquiere.
—De Jacob —susurro.
Aprieto los párpados. Franco sigue hablando con los policías, cuando abro los ojos de nuevo, ya no encuentro a Bella ni a Anto.
Me incorporo de inmediato, nadie intenta detenerme cuando abandono la sala, y subo las escaleras hacia el pasillo que conduce a las habitaciones.
Primero llego a la habitación de Bella, está sentada en su cama, abrazada a una de sus muñecas y en cuanto ingreso, sus labios tiemblan.
—No llores —susurro acercándome—. No llores, amor.
—Daphne, ¿el tío Ángelo va a volver? —pregunta cuándo se ha refugiado en sus brazos—. ¿Él también irá a donde están papá y mamá?
La visión se me nubla y muerdo el interior de mi mejilla para retener el sollozo.
—No —mi voz sale temblorosa—. Él volverá. No irá a ningún sitio.
—¿Y si se va? —cuestiona con voz rota—. ¿Y si papá lo extraña y quiere que vaya con él?
Luego se inclina hacia mí y esconde su rostro en mi cuello.
—No quiero perder otro papá —susurra.
No encuentro que responder, la desesperación estalla en mi pecho impidiéndome hablar.
—No pienses en eso, pequeña. Tu tío fue por Lía, y a tu primo Jacob. Va a volver —mi voz sale temblorosa—. Él va a volver, porque siempre lo hace, ¿no es cierto? Él no nos dejaría.
Niega, apegándose a mi cuerpo y repito esas palabras, las repito hasta que las clavo en la mente y soy capaz de creerlas.
—Él no nos dejaría.
La mezo con lentitud entre mis brazos, mientras afuera de la habitación las voces de los policías, de Franco y de Antoni siguen moviéndose por la casa.
El mundo entero parece haberse convertido en caos. Pero aquí dentro solo hay una niña intentando creer que no va a perder a nadie más.
Y yo. Repitiendo la misma frase en silencio, una y otra vez, como si al decirla suficientes veces pudiera convertirla en verdad.
Ángelo va a volver.
Ángelo va a volver.
Ángelo va a volver.
ÁNGELO
El dolor vuelve antes que la conciencia.
No es un golpe repentino, sino una marea espesa que asciende lentamente por mi cuerpo hasta instalarse en mi cabeza. Late detrás de mis ojos, golpea contra mis sienes y me arranca un quejido bajo antes siquiera de abrirlos.
Parpadeo varias veces hasta que finalmente logro abrir los ojos.
Siento algo presionando contra mi sien, ¿una gasa? Me humedezco los labios descubriendo otra adherida a la zona en donde Russell me partió el labio.
La sangre se ha secado en mi camisa.
Una risa baja rompe el silencio y levanto la mirada. Renata está frente a mí. Sentada en una silla a pocos metros, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas con elegancia sobre su regazo.
—Mira eso —dice con una sonrisa tranquila—. Nuestro rey finalmente despierta.
El sonido de su voz me termina de arrancar del todo de la niebla.
—Me has colocado gasas, que gentil de tu parte —mascullo.
—No iba a dejar que murieras antes de tiempo. Sería terriblemente poco satisfactorio.
Renata se levanta finalmente y da unos pasos hacia mí. Sus tacones resuenan suaves contra el suelo de concreto hasta que se detiene justo enfrente. Demasiado cerca. Inclina ligeramente el rostro, observando los golpes en mi cara con una atención casi clínica.
—Russell se dejó llevar un poco —comenta—. Ya sabes cómo es cuando se emociona.
Mis manos se tensan contra las cuerdas.
—Si les hiciste algo…—Ella levanta una ceja.
—¿A quién? —La miro con un odio tan puro que casi me sorprende sentirlo tan nítido.
—Jacob. Lía
—Ya te dije, ellos están bien —resopla. Se aleja y la distancia entre nosotros en un jodido alivio.
—¿Qué mierda pretendes con esto, Renata?
Camina despacio alrededor de la silla, sus tacones resonando suaves contra el suelo de concreto. Puedo sentir su mirada recorriéndome la espalda, evaluando cada herida, cada señal de debilidad.
—¿Qué pretendo? —repite, como si degustara la pregunta. Se detiene nuevamente frente a mí. —Justicia.
No puedo evitar soltar una risa áspera que me raspa la garganta.
—¿Justicia? —escupo la palabra—. ¿Ahora te volviste moralista?
Sus ojos se enfrían un poco.
—Tú me quitaste todo, Ángelo. Nos dejaste en la puta bancarrota —dice con desdén.
—Te arruinaste sola —murmuro. El brillo en sus ojos se vuelve peligroso.
—No —niega con frialdad. —Pero ya no importa por qué lo hacemos.
El sonido de la puerta al abrirse capta nuestra atención, Russell ingresa con tranquilidad. Su mirada pasa de Renata a mí, evaluando mi estado.
—Veo que ya despertó —comenta con una sonrisa torcida.
Renata se aparta un poco, dándole espacio. Russell se detiene frente a mí y se agacha lo suficiente para quedar a mi altura.
—Creo que Renata ya te explicó la parte emocional de todo esto —dice—. Yo me encargaré de la parte práctica.
Mi mandíbula se tensa.
—No van a salir de Italia con esto —digo con voz ronca—. ¿De verdad creen que pueden secuestrar a dos niños y salir limpios?
—Ah, Ángelo… —dice con una calma que me irrita más—. Siempre tan seguro de que el mundo funciona como tú crees. Claro que no vamos a salir “limpios” —añade con aire pensativo—. Eso sería sospechoso.
Renata cruza los brazos, observándolo con una expresión satisfecha. Russell se detiene detrás de mí y apoya las manos en el respaldo de la silla, inclinándose apenas hacia mi oído.
—Vamos a salir… inocentes. —Mi mandíbula se tensa. —La policía necesita una historia. Un culpable. Un motivo sencillo que puedan entender sin tener que rascar demasiado.
Se incorpora y vuelve a colocarse frente a mí.
—Un secuestro por dinero. —Hace un pequeño gesto con los dedos, como si estuviera acomodando piezas invisibles. —Un criminal menor. Deudas. Un plan desesperado. Un error.
—Cuando lo encuentren —añade Renata— tendrá el vehículo, el arma… y suficientes pruebas para que todo encaje perfectamente. Y lo mejor de todo —añade— es que ni siquiera podrá defenderse demasiado.
—¿Qué significa eso?
—Significa que cuando la policía llegue a él…
probablemente ya estará muerto. Un secuestro que salió mal —continúa con total tranquilidad—.
Un criminal que se asustó. Un disparo accidental.
Fin de la historia. Y mientras todos están ocupados resolviendo ese caso…
—dice suavemente— nosotros estaremos recuperando lo que nos pertenece.
Aprieto las manos contra las cuerdas hasta sentir cómo se tensan contra mis muñecas.
—Están subestimando a mi familia. —Russell suelta una pequeña risa.
—No, Ángelo. —Se inclina hacia mí otra vez. — La conocemos demasiado bien. Sabemos que harán lo que sea por salvar a los niños.
Su dedo golpea suavemente el respaldo de la silla.
—Y tú también—. señala hacia la mesa que está detrás de mí—. Así que vamos a hacerlo sencillo. Firmas los documentos. Transferencias el dinero. Nos entregas las acciones que pedimos. Y ustedes vuelven a casa.
—Después de todo —añade suavemente—, sería una pena que te perdieras el momento en que tu imperio pase a ser nuestro.
Camina hasta la mesa, lo observo sacar una carpeta, y luego extiende los documentos delante de mí.
Incluso desde la silla puedo reconocer el tipo de documentos.
Transferencias. Cesiones. Mi imperio reducido a hojas de papel.
Russell saca una pluma del bolsillo interior de su saco y la gira entre los dedos.
—Vamos a empezar con algo sencillo —dice. —Vas a firmar. Después de eso, vas a hacer una llamada.
Regreso la atención a los documentos mientras mi cabeza funciona a toda velocidad. No hay salida inmediata. No con Lía y Jacob en sus manos.
—Desátenme una mano —digo con voz baja—. No puedo firmar así.
Russell duda apenas un instante. Mira a Renata y ella asiente. Rodea la silla y corta la cuerda de una de mis muñecas. La sangre vuelve al brazo con un hormigueo brutal que me hace tensar la mandíbula.
Me empuja la pluma contra la palma.
—No intentes nada estúpido.
Inclino la cabeza hacia los papeles, la punta de la pluma toca el documento.
Durante años firmé contratos que construyeron mi imperio.
Ahora firmo los que, al menos en apariencia, lo destruyen.
Mi nombre aparece una y otra vez sobre las líneas marcadas.
Russell revisa los documentos con rapidez, pasando las páginas con una sonrisa que crece poco a poco.
—Ves —dice finalmente—. Cuando quieres, puedes ser razonable. Ahora la llamada.
Un teléfono desechable se coloca frente a mí cuando marca el número. Cuando empieza a sonar, activa el altavoz y acerca el dispositivo a mi rostro. El tono suena una vez. Dos. Tres. Entonces la llamada se conecta.
—Hola Antoni.
—¿Ángelo? ¿Hermano estás bien? ¿Tienes a Lía contigo?
—No la tengo conmigo, pero…
—¿Dónde estás? La policía está aquí y… —Russell apoya el cañón del arma contra mi costado. La advertencia no necesita palabras.
—Antoni —lo interrumpo —. Necesito que me escuches con atención. Necesito que autorices una transferencia —continúo—. Te voy a enviar unos documentos. Firma y mueve el dinero exactamente como aparece ahí.
—¿Qué? ¿Estás loco? Franco está revisando todo y…—Russell presiona el arma un poco más contra mis costillas.
—Hazlo —digo, esta vez con más dureza—. No hagas preguntas.
—Ángelo… —la voz de mi hermano baja—. ¿Quién te está obligando?
—Nadie me está obligando —digo finalmente, forzando un tono de fastidio—. Solo estoy intentando resolver un problema antes de que se convierta en otro escándalo.
—¿Qué problema? —pregunta con cautela.
—Uno que prefiero no discutir por teléfono.
—La policía está aquí porque desapareciste del casino. Daphne está… —Mi pecho se contrae al escuchar su nombre, pero Russell presiona el arma.
—No involucres a la policía —lo corto—. Solo haz lo que te estoy pidiendo.
—¿De cuánto estamos hablando? —Russell desliza un papel frente a mí.
—Cinco millones.
—Maldita sea, esto no tiene sentido.
—Hazlo. —La palabra sale más dura de lo que esperaba. —Te enviaré los documentos ahora mismo. Solo firma y autoriza.
—¿Estás seguro de esto? —Miro a Russell. Miro a Renata. Y luego cierro los ojos un segundo.
—Sí. —La respuesta sale firme. —Hazlo, Antoni.
Russell cuelga la llamada y sonríe satisfecho.
—¿Lo ves? Es fácil cuando cooperas.
Se guarda el celular, toma los documentos, y se marcha. Renata lo sigue y cuando me quedo solo, suspiro con frustración, mientras mi cerebro intenta encontrar una maldita solución para salir con vida de esto.