42.- LO QUE DEBIO DE HABER SIDO #2
Breves fragmentos de recuerdos llegan a mi mente, la llamada de Franco, la breve conversación, y entonces las piezas empiezan a encajar.
—¿Dónde están los niños?
Renata suelta una pequeña risa. Se separa de la mesa y comienza a caminar lentamente hacia mí. Sus tacones golpean el suelo con un ritmo pausado, casi elegante. Cuando se detiene frente a mí, se inclina apenas.
—Siempre tan directo —dice con suavidad—. Ni siquiera un saludo después de tanto tiempo.
La miro fijamente.
—¿Dónde están? —Russell resopla con diversión detrás de ella. —Si les hiciste algo…
—¿Qué harás? —me interrumpe con una sonrisa que se vuelve más afilada—. Me temo que hoy no estás en posición de amenazar a nadie.
Se endereza lentamente, observándome como si evaluara una obra incompleta.
—Aunque debo admitir algo —añade con un brillo extraño en los ojos—. Verte así… atado… después de esa descarga…
Su sonrisa se amplía apenas.
—Es incluso mejor de lo que imaginé.
—Maldita sea Renata, dime en donde los tienes —exijo. Rueda los ojos.
—Justo ahora están bien, pero eso, pero eso depende del grado en el que tú estés dispuesto a colaborar. Porque la adorable Lía es demasiado pequeña como para conocer el dolor, ¿cierto?
—Es una bebé, no te atrevas a hacerle daño.
—Entonces no nos obligues a hacerlo —musita con seriedad—. Y solo haz lo que se te pide.
Tenso la mandíbula, aprieto los puños y siento la ira abrirse camino a pasos agigantados en mi sistema. Me siento impotente al no poder hacer absolutamente nada por mi sobrina, nada más que hacer lo que esos hijos de perra deseen.
—¿Así que llevar a Jacob fue solo parte de tu plan?
—Jacob siempre fue parte del plan —dice Russell—. Llevarlo a tu casa, convencerte con una patética disculpa, hacerte creer que Renata y yo no estamos juntos, y luego todo ocurriría exactamente como pasó.
—Claramente Lía no entraba en la ecuación —Renata resopla—. Pero al llevarnos a Jacob y cruzar por la habitación, la vi. Tan pequeña, esa tierna y dulce niña, así que dije, ¿por qué no hacer una modificación? Hubiese traído a Bella conmigo, pero claramente la escuincla no dejaba de gritar.
—Bien, si lo que quieres es dinero entonces solo llama, y pídelo. No sigas perdiendo tu tiempo.
Russell chasquea la lengua.
—Es demasiado pronto, la policía está cerca —dice y maldigo porque yo mismo le di detalles de todo—. Tendremos que esperar unas horas, al menos hasta que la atención se desvíe un poco.
—¿Cómo sé que no le has hecho daño a Lía? —inquiero.
Ellos se miran, Renata suspira y camina hacia la computadora que está a un par de metros, cuando la gira, algo en mí se alivia al mirar a Lía con Jacob.
—Están aquí, en una de las habitaciones de la planta baja —informa—. Lo suficientemente cerca como para cumplir mis amenazas si intentas pasarte de listo.
Recorro la habitación con la mirada, hay un par de teléfonos desechables en una de las viejas y desgastadas mesas, la computadora está en el mismo sitio y además del arma que Russell me quitó, no parece haber ninguna otra.
—No intentes hacer nada estúpido —advierte Russell apuntándome con el arma—. O no contendré mis ganas de darte un disparo en la frente.
—Hazlo y te quedas sin tu dinero —mascullo con una sonrisa ladeada—. Me necesitas vivo.
Sí, debería aprender a mantener la boca cerrada en situaciones en las que no tengo ventaja.
Russell sonríe. Pero no es una sonrisa divertida. Es la de alguien que estaba esperando exactamente esa provocación.
Se acerca despacio, como si disfrutara cada paso. Apenas tengo tiempo de tensar el cuerpo cuando la empuñadura del arma se estrella contra mi rostro.
Un estallido seco sacude el lado izquierdo de mi cabeza y por un instante todo se vuelve blanco. Luego negro. Luego regresa en manchas borrosas de luz que se mueven frente a mí. El sabor metálico de la sangre invade mi boca mientras mi cabeza cae hacia un lado.
Ni siquiera logro recuperarme cuando su puño se hunde en mi estómago.
El aire abandona mis pulmones de golpe, arrancado como si alguien hubiera apretado mis órganos con violencia.
Un jadeo roto escapa de mi garganta mientras mi cuerpo intenta doblarse hacia adelante, pero las cuerdas que sujetan mis antebrazos a la silla me lo impiden.
El dolor se queda atrapado dentro de mí.
Intento respirar, pero me es imposible. Mi pecho se contrae desesperadamente, buscando aire que tarda varios segundos en volver.
Russell me observa como si estuviera analizando el resultado de su propio trabajo.
—Vivo… —dice con tranquilidad. Luego me toma del cabello y me obliga a levantar la cabeza. El movimiento hace que una nueva punzada atraviese mi cráneo. La sangre me corre por la sien resbalando hasta la mandíbula.
—…o casi vivo.
El siguiente golpe llega directo a las costillas.
Algo cruje. No sé si es la silla, la cuerda…
o mi propio cuerpo. El dolor es tan intenso que un sonido ahogado se escapa de mi garganta antes de poder contenerlo.
Mis manos se tensan por reflejo, intentando moverse, pero las cuerdas que aprisionan mis antebrazos contra la madera se clavan con más fuerza en mi piel.
Estoy completamente expuesto. Completamente indefenso.
Russell vuelve a golpearme. Mi cabeza se sacude hacia un lado.
Siento cómo mi labio se abre contra mis dientes y la sangre llena mi boca.
El siguiente impacto llega antes de que pueda siquiera orientarme, y luego otro más, cada uno empujando mi cuerpo contra la silla que apenas logra mantenerse firme.
El mundo empieza a girar lentamente a mi alrededor, como si todo se moviera dentro de agua espesa. A través del zumbido que retumba en mis oídos alcanzo a escuchar la voz de Renata.
—Russell.
Él no se detiene. Su puño se estrella contra mi mandíbula y mi cabeza golpea el respaldo de la silla con fuerza suficiente para arrancarme un destello blanco en la visión.
—Russell, basta —repite ella, esta vez con más firmeza.
El siguiente golpe no llega. Mi respiración es irregular, dolorosa.
Cada intento de llenar los pulmones se clava en mis costillas como una aguja.
Siento la sangre correr por mi barbilla, cayendo en gotas sobre mi camisa.
Desde el borde de mi visión lo veo limpiarse los nudillos con un pañuelo, con la misma calma de alguien que acaba de terminar un trabajo cualquiera.
—Te dije que lo necesitábamos vivo —comenta Renata con frialdad.
—Sigue vivo —responde él encogiéndose de hombros. Levanta la mirada hacia mí otra vez y sonríe.
—Por ahora.
—Y quiero que siga así —responde ella—. Ven conmigo.
Escucho sus pasos alejarse.
La puerta se cierra con un golpe seco que resuena en la habitación.
Intento mantener los ojos abiertos pero el dolor late en mi cabeza con cada pulso del corazón.
Mi respiración raspa en el pecho. Cada intento de inhalar se clava en mis costillas como vidrio roto, la sangre sigue cayendo por mi barbilla.
Aguanta.
Intento repetírmelo otra vez, pero el mundo empieza a oscurecerse por los bordes.
Las luces se convierten en manchas borrosas.
El dolor se aleja lentamente, como si alguien bajara el volumen del mundo.
Lo último que pienso antes de perder el conocimiento es una sola cosa.
Si les hacen algo…
Después, todo se vuelve negro.