Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 42.- LO QUE DEBIO DE HABER SIDO
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42.- LO QUE DEBIO DE HABER SIDO

ANGELO

Daphne se acurruca contra mi cuerpo, sonrío bajando la mirada hacia ella, sintiendo una calidez extenderse por todas las fibras de mi cuerpo. La miro elevar la mano, admirando la joya que reluce en su dedo anular.

—¿Alguien sabe de esto? —inquiere. Suelto una leve risa.

—Todos en realidad —admito—. Incluso tu madre.

Un gesto de sorpresa se apodera de su rostro.

—¿Mi madre sabía? ¿Cuándo…? —Se aparta levemente de mi cuerpo, colocando la mano justo donde late mi corazón.

—Bueno, pues tengo mis habilidades para conseguir hacer todo sin levantar sospechas.

Una brisa fría se cuela desde el exterior, Daph se estremece y considero que es momento de volver a casa.

—Deberíamos volver —sugiero dejando un beso en su frente —o terminaremos por enfermarnos con este frío.

Daphne alcanza el vestido, yo tomo mi ropa mientras ambos nos vestimos envueltos en un silencio cómodo, las velas están a punto de derretirse y sonrío cuando descubro a Daph mirando la fotografía de nuestro primer beso.

—¿Necesitas ayuda? —asiente con una sonrisa mientras se aparta el cabello, y tomo con suavidad el cierre para poder subirlo. No resisto la tentación de que mis dedos acaricien levemente la piel descubierta de su espalda, aun cuando acabo de tenerla por completo para mí, nunca será suficiente.

—Las niñas estarán encantadas cuando lo sepan —dice mientras se acomoda el vestido, luego se coloca frente a mí y me ayuda con la corbata —sé que suena extremadamente egoísta porque es tu noche, pero ¿podemos irnos a casa?

—Es nuestra noche —corrijo —y no es egoísta, mia regina. Estoy ansioso de tenerte para mí otra vez.

Se ríe mientras nuestras manos se entrelazan, y salimos de la pequeña sala. Avanzamos por el pasillo y cuando empujo la puerta, el bullicio del exterior se siente en un gran contraste con la intimidad de la que gozábamos antes.

Ambos avanzamos entre la gente, con sonrisas educadas mientras avanzamos hacia la salida. Gracias al cielo nadie parece tener intención de detenernos, así que pronto ya nos encontramos en el estacionamiento

La brisa fresca nos golpea cuando salimos al exterior.

—¿Ese es nuestro auto? —inquiere Daph. Elevo la vista.

Un coche negro espera junto a la acera reservada para mi salida, con el motor encendido y las luces cortas encendidas.  Frunzo el ceño mientras recorro el sitio con la vista.

—No he pedido ningún coche.

Daphne sigue mi mirada, confundida.

—¿Seguro?

Estoy a punto de responder cuando mi teléfono vibra en el bolsillo.

Lo tomo soltando a Daphne por un segundo, el nombre de Franco brilla en la pantalla.

Deslizo para poder responder mientras me giro para localizar a la escolta que se encuentra en la entrada y preguntar que hace un puto coche desconocido en nuestro sitio de estacionamiento.

—¿Qué pasa?

—Escucha, no sé cómo ha pasado, pero…—algo en mi interior se activa casi de inmediato cuando escucho la voz alarmada de mi amigo —acabamos de llegar a casa, y alguien…carajo…alguien ha estado aquí y se ha llevado a los niños.

Por un segundo me paralizo.

—Ya he llamado a la policía, pero…

No termino de escuchar lo que Franco dice.

Un sonido seco estalla detrás de mí y algo golpea mi cuello con violencia. Una descarga eléctrica atraviesa mi cuerpo de inmediato, brutal, como si cada músculo se contrajera al mismo tiempo. El dolor me recorre como un rayo y mis piernas dejan de responder.

Caigo de rodillas contra el pavimento. El teléfono se me escapa de la mano y se estrella contra el suelo. No entiendo que carajos ha pasado, cuando su grito me atraviesa por completo.

—¡Ángelo!

Intento levantarme, pero otro espasmo me sacude con fuerza.

Mis manos no responden. La vista se me nubla, los bordes del mundo se vuelven borrosos, como si alguien hubiera echado tinta sobre mis ojos.

Cuando logro enfocar otra vez, apenas distingo sombras moviéndose a mi alrededor.

Dos hombres. Uno de ellos sujetando a Daphne por los brazos mientras ella intenta soltarse.

—¡Suéltame! —grita, forcejeando. Intento incorporarme, apoyándome con dificultad en una mano.

—No… la… toquen… —Mi voz sale apenas como un susurro

Uno de los hombres me levanta del cuello del traje, obligándome a ponerme de pie mientras el otro abre la puerta trasera del coche que ya nos esperaba. El motor está encendido, vibrando suavemente en la quietud del estacionamiento.

Intento girar la cabeza hacia Daphne. Uno de los hombres la sostiene todavía, y bajo el abrigo distingo claramente el brillo metálico de lo que presiona contra su costado.

Un arma.

—Si haces un escándalo —dice uno de ellos—, el disparo que oirán tus guardias será el que la mate.

Mis hombres están a menos de cincuenta metros. Lo sé. Un solo grito bastaría para que aparecieran. Pero también bastaría un disparo.

Cierro los ojos un segundo. Solo uno. El mundo se balancea a mi alrededor.

¡Reacciona ya, carajo! Algo en mi interior grita con fuerza, pero soy incapaz de obedecerlo.

Uno de los hombres me empuja hacia el coche.

—Muévete.

Mis piernas apenas obedecen. El cuerpo se siente entumecido, como si cada paso ocurriera a través de agua espesa. El mundo comienza a inclinarse otra vez, las luces del estacionamiento se distorsionan en manchas amarillas.

Desde el interior del casino se escucha el golpe de varias puertas abriéndose. Pasos rápidos y voces urgentes. Mi escolta. El sonido llega primero como un eco distante y luego se vuelve cada vez más claro mientras corren hacia la salida.

—¡Deténganse ahora!

Daphne logra librarse por un segundo, solo uno mientras intenta correr hacia mí.

sin embargo, el hombre que la mantenía sujeta reacciona con brutalidad.

Uno de sus brazos rodea su cintura, y la empuja hacia atrás con tanta fuerza que Daphne pierde el equilibrio y cae contra el pavimento con un sonido que me atraviesa el pecho.

Sus manos intentan sostenerla, pero el impacto la arrastra contra el suelo frío del estacionamiento.

Mi cuerpo intenta reaccionar por puro instinto. Intento dar un paso hacia ella. Intento apartar al hombre que me sostiene. Intento hacer algo.

Pero mis piernas no responden. Otro espasmo eléctrico sacude mis músculos y el mundo se inclina otra vez bajo mis pies. Mis manos se cierran en el aire sin fuerza, inútiles, como si ya no me pertenecieran.

La impotencia me golpea con más violencia que la descarga.

La estoy viendo luchar por llegar hasta mí y no puedo hacer absolutamente nada. Siento la rabia trepar por mi garganta, la desesperación arañando dentro de mi pecho.

El hombre que ha empujado a Daphne ni siquiera se detiene a mirarla, corre hacia el coche donde ya me tienen medio dentro.

La puerta trasera se abre con violencia. Me empujan dentro del vehículo y mi cabeza golpea contra el respaldo mientras intento mantener los ojos abiertos.

—¡Ahora!

El motor ruge. Las puertas se cierran.

El último sonido que alcanzo a escuchar antes de que la oscuridad termine de tragarse mi conciencia es el eco de mis hombres corriendo por el estacionamiento… y el grito desesperado de Daphne llamando mi nombre.

El dolor en la cabeza me arranca un quejido bajo, áspero. Intento abrir los ojos, pero los párpados pesan como si alguien hubiera colocado piedras sobre ellos. Todo late. Las sienes. La nuca. El interior del cráneo.

Respiro hondo.

Error.

El simple movimiento hace que una punzada brutal atraviese mi cuello y suba hasta las sienes. El aire abandona mis pulmones en un gruñido ronco. Cada parte de mí duele. No es un dolor limpio. Es un dolor profundo, extendido, como si mis músculos hubieran sido sacudidos desde dentro.

Intento mover las manos y entonces lo siento. Las muñecas no se mueven. Las siento sujetas, algo áspero clavándose contra mi piel, demasiado apretado que duele.

Parpadeo varias veces hasta que la oscuridad que flota en mi visión comienza a disiparse. El mundo vuelve poco a poco, primero como manchas de color, luego como formas.

Una habitación. Paredes grises. Una luz blanca demasiado intensa sobre mi cabeza.

—Al fin despiertas.

La voz llega desde algún lugar frente a mí. Intento enfocar la mirada, pero todo sigue moviéndose un poco, como si el suelo estuviera respirando. Sacudo la cabeza con torpeza. Mala decisión porque eso solo hace que el dolor estalle detrás de mis ojos.

—Ya era hora —añade la voz con una calma irritante.

Parpadeo otra vez. Las siluetas frente a mí comienzan a definirse y me toma dos segundos reconocerla.

Renata.

Está apoyada contra una mesa metálica, observándome con los brazos cruzados, como si yo fuera un experimento interesante. Una pequeña sonrisa curva sus labios. Pero no es ella lo que hace que mi mente se detenga.

Es el hombre a su lado.

Por un instante mi cerebro se niega a aceptarlo. Lo observo, esperando que cambie, que desaparezca, que la visión vuelva a distorsionarse, pero no lo hace. Sigue ahí, de pie junto a Renata. Demasiado cómodo para alguien que debería estar tan confundido como yo.

—¿Russell? —mi voz sale áspera, seca, como si la electricidad hubiera quemado algo en mi garganta—. ¿Qué…?

Él da un paso hacia mí, sin prisa, sin la más mínima culpa en el rostro.

—¿Te sorprende? —pregunta inclinando apenas la cabeza.

Intento incorporarme por instinto, como si mi cuerpo todavía creyera que puede levantarse y poner distancia entre ellos y yo.

El movimiento apenas inicia cuando algo tira con fuerza de mis brazos.

No están detrás de la silla como pensé al despertar.

Mis antebrazos están firmemente atados a los brazos de la silla, las cuerdas rodeando mis muñecas y descendiendo hasta fijarse también sobre mis brazos, inmovilizándolos contra la madera.

El dolor sube inmediato por mis muñecas.

Me sacudo, descubriendo que mis tobillos también están sujetos a las patas de la silla, firmemente amarrados. Cuando intento moverlos, las cuerdas tiran con brutalidad, obligando a mis pies a permanecer donde están.