41.- DESTELLOS DE FELICIDAD
ANGELO
La noche de la gala en los casinos ha llegado. El momento en donde revelaríamos a Daphne como la nueva imagen de los casinos “Mia Regina”.
Hoy sería una noche especial, probablemente la más especial de nuestras vidas, y la emoción latente en mi pecho me mantenía en un estado de algarabía, como si me creyese capaz de absolutamente todo.
—¿Estás listo? —miro a la deslumbrante mujer a mi lado, porta un elegante vestido verde esmeralda, su piel brilla con pequeños destellos y su cabello cae en ondas cubriéndola la espalda.
Está preciosa. Completamente sublime.
—Mas listo que nunca —susurro afianzando el agarre en nuestras manos.
Hay una cantidad considerable de prensa, los flashes de las cámaras se disparan tan pronto notan nuestra presencia, y nos detenemos un par de minutos para hablar con los reporteros que quieren saber todo lo relacionado con la renovación de los casinos.
Saludo a varias personas en nuestra entrada hacia la terraza, Daphne suelta una exclamación en cuanto mira sus fotografías proyectadas en una de las torres, hay varias más colgadas cerca del pódium y a lo largo de todo el casino.
—Luces tan bella en las fotos como en persona —susurro mirándola—. ¿Qué te parece?
—Es magnífico —responde con la voz emocionada.
Varias mujeres se acercan a hablar con ella, su agarre firme y tenso en mi mano poco a poco comienza a relajarse y tras varios minutos, parece desenvolverse con total confianza.
Jodi aparece unos pocos minutos después, y la confianza de Daphne parece dispararse cuando tiene a su amiga cerca. Antoni a mi costado luce eclipsado por la amiga de mi chica, y me causa algo de gracia el hecho de que, de todas las mujeres de la gala, se haya fijado en la novia de Franco.
—¿Por qué no mencionaste que tu novia tiene una amiga tan guapa? —reprocha.
No pretende sonar discreto, así que sus palabras llegan hacia las dos mujeres delante de nosotros.
—Tiene novio —murmuro acercándome a él—. Y el novio es Franco.
Retengo la sonrisa cuando él maldice.
—Tal vez porque esta amiga guapa, ya tiene novio —responde Jodi con una sonrisa—. Pero me siento halagada de que me considere atractiva, señor Lombardi.
—Yo prefiero Antoni —dice y lo golpeo con el codo cuando emplea un tono coqueto—. ¿Qué?
—No intentes coquetear con ella —advierto—. O Franco te demandará por acoso.
—Oh, vamos. Le agrado a Franco…
—Hasta que se entere que quieres coquetear con su novia —dice Jodi lanzándole una mirada divertida.
Un mesero pasa cerca de nosotros, y me apodero de un par de copas, entregándole una a Daphne.
—Oh, yo creo que tal vez deberías beber un poco —dice mirándome de una forma extraña—. Porque…
—Tío —me giro en cuanto escucho la voz de Antonella—. Este es Leo, el chico del que te hablé.
Dirijo la mirada al chico que sostiene la mano de mi sobrina, él me sonríe con educación mientras extiende la mano, pronunciando su nombre.
—Leo Bianchi, es un placer conocerlo señor Lombardi, gracias por permitirme asistir a su gala.
—Así que tú eres el chico que quiere salir con mi sobrina —respondo tomando el saludo.
—Sí —asiente mientras mira rápidamente a Antonella—. Es decir, antes claramente quiero pedirle su permiso para salir con ella, si está de acuerdo, por supuesto.
Arqueo una de mis cejas, Anto me mira con una sonrisa orgullosa y sospecho el hecho de que haya obligado al chico a decir aquello.
Sin embargo, parece alguien bueno, tal vez tendría que hacer una pequeña investigación para asegurarme de que realmente fuese alguien adecuado para Antonella, pero por el momento, creo que puedo aceptarlo.
—Agradezco que te tomes el tiempo de preguntarlo —admito—. Bueno, creo que puedo permitir que…salgan —arrugo el entrecejo al decir aquello, y Daphne ríe a mi costado.
—Gracias, señor Lombardi.
—¿Por qué no vienes a cenar este fin de semana a la casa? —inquiero—. Antonella estará encantada, ¿no es cierto?
—Será un placer —Leo sonríe—. Gracias.
Los miro marcharse tomados de la mano, y suspiro.
—¡Genial! Eso fue un gran trabajo —dice Daphne con una sonrisa orgullosa.
—Tengo que investigarlo.
—¿Qué? ¿Investigarás a un chico? —inquiere con incredulidad.
—Bueno, debo estar seguro de que quien vaya a salir con mi sobrina, sea el adecuado —una nueva risa la invade y sacude la cabeza.
Bianca se acerca, impidiéndole dar una respuesta y nos sonríe con entusiasmo.
—¿Están listos? —pregunta—. Es hora de la inauguración.
Miro a Daphne, ella sonríe, pero ahora es un gesto nervioso.
—¿Estás lista? —inquiero—. Es hora.
—Hagámoslo —responde con firmeza.
Sonrío, tomando su mano y caminamos hacia el frente, hacia el sitio en donde en unos pocos momentos, dejaríamos ver la nueva cara de nuestro imperio.
DAPHNE
Me siento nerviosa, tanto como probablemente nunca antes me he sentido. Saber que tendré sobre mí la atención de cientos de personas, es abrumador.
Bianca repite las indicaciones, diciendo una y otra vez el momento en el que debo de salir e intento por todos los medios grabarme cada palabra que dice.
—Recuerda salir en el momento en el que diga tu nombre. —repite por enésima vez y tengo que retener el impulso de decirle que ya me ha quedado claro.
Me mantengo erguida, tomando una corta inhalación para calmar la explosión de nervios que se producen en mi interior.
—Quiero presentarles a la mujer que ha inspirado el nombre de los casinos —la voz de Ángelo se escucha y una nueva oleada de nervios me recorren—a la que, a partir de hoy, será el rostro de los casinos “Mia Regina”. Damas y caballeros, quiero presentarles a Daphne Lennox.
Las luces se encienden e iluminan el camino marcado que debo seguir, mis pies reaccionan, me obligo a sonreír a pesar de que cargo con un nerviosismo del tamaño de una gran roca.
Avanzo a paso seguro, recibiendo las luces de las cámaras y los aplausos que las personas a mi alrededor me dedican.
Ángelo sonríe, un gesto radiante, lleno de emoción y satisfacción. Extiende la mano hacia mí y cuando giramos, el gigantesco letrero detrás de nosotros enciende.
El nombre “Mia Regina” se ilumina, mostrando las relucientes letras en color blanco con bordes dorados. Por alguna razón me siento conmovida cuando los aplausos se intensifican y en el momento en el que los juegos artificiales explotan en el oscuro cielo, mi visión se nubla.
Siento el brazo de Ángelo rodearme la espalda, apegándome a su cuerpo.
—Es asombroso —susurro con la voz inundada en emoción—. Es completamente increíble.
Parece no importarle que nos encontramos a la vista de cientos de personas, mientras los juegos artificiales estallan sobre nosotros, Ángelo me toma de la cintura y ahí, frente al gran letrero con la inscripción “Mia Regina”, me besa.
Lo hace de la única manera en la que él puede hacer, dejando en el contacto miles de sensaciones que estallan, que nos elevan tan alto que todo se reduce a nada.
Un beso similar al estallido de las luces sobre nosotros, un beso con el que le dejamos saber al otro, lo mucho que deseamos que esto dure para siempre.
Me siento una especie de celebridad, recibiendo los saludos y sonrisas de todo aquel con el que nos cruzábamos. La gente alaba las fotografías, dice cumplidos hasta cansarse, y ser el centro de tanta atención resulta divertido.
—Bueno, ¿qué tal te está pareciendo la gala?
—Creo que ya lo he dicho —respondo acomodándole la corbata—. Ha sido magnífica.
—Y lo seguirá siendo, porque tengo una sorpresa para ti —asegura dejando un beso sobre mis labios—. Pero primero, debemos encontrar a Antonella.
No nos toma mucho tiempo hallarlos, se encuentran hablando con Jodi y Franco, y no me pasa desapercibida la mirada de complicidad que se lanzan cuando nos ven acercarnos.
—¿Puedo confiar en que la lleves a casa? —inquiere hacia Franco.
—Completamente —responde él—. Llegará sana y salva, lo juro.
—Y yo me aseguraré de eso —añade Jodi—. Ustedes diviértanse.
—Nos estamos divirtiendo —aseguro —pero…
—Mia Regina, ¿puedes venir conmigo un segundo?
Apenas tengo tiempo de responder antes de que Ángelo tome mi mano y me conduzca al lado contrario del salón principal. Las luces del casino brillan a nuestra espalda, el murmullo metálico de las máquinas va quedando atrás mientras avanzamos por un pasillo más silencioso.
—Ángelo… ¿A dónde vamos? —susurro, intentando no tropezar con mis propios nervios.
No responde. Solo sonríe con un gesto que me eclipsa porque nunca antes le he visto una sonrisa tan bonita.
Las luces del casino parpadean a nuestra espalda, el murmullo de las máquinas se va apagando a medida que avanzamos por un pasillo largo, alfombrado, casi secreto.
Se detiene frente a una puerta doble y la abre.
Y entonces entro. Lo primero que noto es la luz.
No es la del casino. No es brillante ni artificial.
Es tenue. Cálida. Decenas de velas descansan sobre mesas bajas y repisas, dibujando sombras suaves en las paredes.
El techo está descubierto, dejando ver vigas antiguas y un tramo de cielo nocturno que se asoma por un gran tragaluz.
La luna cae como un suspiro plateado sobre el suelo.
Luego veo las paredes y mi sistema entero sufre un colapso.
Porque están cubiertas de fotografías.
De nuestras fotografías.
Nosotros en la cocina, riendo sin saber que alguien capturaba el momento.
Yo sentada en el jardín con las niñas abrazadas a mis piernas.
Ángelo dormido en el sofá con Bella sobre el pecho.
Antonella haciendo una mueca frente a la cámara mientras él la mira con paciencia infinita.
Una foto mía observándolos a todos, con esa expresión que no sabía que tenía… hasta ahora.
Y la foto central, nuestro beso en medio del festival escolar que estoy segura de que Anto capturó.
—Ángelo… —mi voz apenas existe. Él me guía unos pasos hacia el centro de la sala. Las velas titilan alrededor.
—Toda mi vida creí que el poder era no necesitar a nadie —comienza, con voz firme pero profunda—. Creí que mientras pudiera controlar cada detalle, nadie podría herirme. Construí esto —mira alrededor— como una fortaleza. Un imperio donde yo dictaba las reglas
Aprieta suavemente mis dedos.
—Pasé años creyendo que este lugar era mi mayor logro.
Que estas paredes representaban poder. Control.
Respeto. Pasé años enorgulleciéndome de esto…
—su mirada recorre las fotografías, las velas, el techo abierto al cielo— siendo alguien que nunca deseé.
Un hombre que todos admiraban, pero que nadie conocía.
Porque nadie se atrevía a verme en mi versión más real.
Nadie se atrevía a mirarme más allá del traje, más allá del apellido, más allá del imperio. Y yo tampoco lo permitía.
Mis ojos arden.
—Hasta que llegaste. Llegaste y no te impresionaron las luces ni el poder. Me miraste cuando yo apenas sabía sostener la mirada. Pintaste mi mundo de colores cuando yo ya me había acostumbrado al gris. Me obligaste a recordar al hombre que fui antes de las pérdidas… antes del miedo.
Se acerca un paso.
—Y no solo me hiciste amar… me amaste de vuelta. Me miraste cuando yo no sabía cómo mirarme a mí mismo. Me elegiste cuando ni yo estaba seguro de merecerlo. Y lo hiciste sin exigirme que fuera perfecto… solo que fuera honesto.
Toma mi rostro entre sus manos.
—Contigo entendí que el poder no es que nadie pueda tocarte. Es permitir que alguien lo haga y confiar en que no va a romperte. Contigo entendí que este imperio no vale nada si no puedo compartirlo. Que todo lo que construí estaba incompleto porque tú no estabas en él.
Su respiración se entrecorta apenas.
—Y si algún día todo esto desapareciera… si las luces se apagaran y las paredes cayeran… mientras tú estés a mi lado, seguiré siendo el hombre más afortunado del mundo. Porque mi mayor logro no es este lugar. Todo lo que soy ahora… está aquí.
Mete la mano en su bolsillo. Sonríe y me mira otra vez, con los ojos llenos de amo.
—Todo este imperio… ahora también es tuyo. No porque lo necesites. No porque dependas de él. Sino porque quiero que cada cosa que construya de ahora en adelante lleve tu nombre junto al mío.
—Ángelo…
Mi voz apenas alcanza a brotar cuando él comienza a arrodillarse, cuando se coloca de rodillas frente a mí y me enseña lo que trae entre las manos. Una exclamación me roba el aliento.
—Daphne Lennox, Mia Regina, amore mío y mujer de mi vida….
Me cubro la boca con las manos, sollozando de la emoción. Mi cuerpo entero tiembla, mi corazón palpita con tanta fuerza que creo que va a detenerse.
—Te quiero en mi vida para siempre. No quiero que te vayas. No quiero que el miedo, el pasado o mis errores vuelvan a intentar separarnos. Quiero despertar a tu lado cuando tenga ochenta años y seguir sintiendo lo mismo que siento ahora.
Sus ojos se iluminan de una forma preciosa.
—Quiero que veamos crecer a los desastres. Quiero que ellas te tengan en su vida que seas su compañera, su amiga, deseo que estés conmigo siempre, por el resto de la eternidad. Deseo que esto dure hasta que dé mi último aliento, y quiero darte el universo entero, porque te lo mereces.
Sostiene el anillo con firmeza.
—Mia regina, ¿me concederías el privilegio de convertirme en tu esposo?
Las lágrimas son incontenibles, asiento con frenesí, siendo incapaz de hacer algo más. Su rostro se inunda en alivio, su mirada brilla y sonríe con más fuerza.
—Sí —respondo—. Claro que sí.
Ángelo toma la joya entre sus manos, se incorpora mientras toma una de mis manos, y desliza el precioso anillo en el dedo correspondiente.
Lo miro, algo estalla en mi pecho y solamente me lanzo hacia él, rodeándolo con mis brazos y sintiendo como miles de dinamitas explotaran en mi interior, y algo parece invocarlas realmente, como si el universo se alineara porque un par de instantes después, el cielo se ilumina con explosiones de colores.
—Eres mucho más de lo que merezco, Daph, pero te juro que me esforzaré cada día por ser el hombre que mereces, para que decidas quedarte siempre conmigo. —Mis ojos vuelven a humedecerse, y tengo que obligarme a mí misma a recomponerme.
Me deshago de las lágrimas, mirándolo con adoración.
—A tu lado siempre, mi sexi italiano.
Sus manos se colocan a los costados de mi rostro y me besa, de una forma profunda, de una manera tan única y especial que el suelo desaparece, y los destellos del fuego sobre nosotros se unen y hacen de este momento…el más especial de toda mi vida.