Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 40.- UN DESEO #2
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40.- UN DESEO #2

He estado con Jacob antes de venir, y Daphne había hecho un excelente trabajo intentando contener la prisa de Bella por tener su cuento para dormir.

Solo Dios podía saber qué tan exigente se podía poner esa niña si se lo proponía.

Ella se encuentra cubierta hasta los hombros, escuchando atentamente cada palabra que digo.

—Celebrada la boda, el joven príncipe inundó el jardín de rosas en honor a Bella, a las que superaba en belleza de rostro y corazón.

Cierro el libro que se había convertido en su favorito, porque la princesa llevaba el mismo nombre y sonrío al observar como parece luchar por mantenerse despierta.

—Y colorín colorado…

—El cuento se ha acabado —dice con voz dulce antes de soltar un bostezo.

Las comisuras de mis labios se curvan hacia arriba, dejo el libro sobre la pequeña mesa de noche que hay al costado de la cama y me incorporo. Le acomodo las mantas, apago la lámpara y me inclino hasta dejar un beso en su frente.

—Buenas noches, desastre.  —Cuando me aparto, dispuesto a salir, ella me llama. —¿Sí?

Permanece en silencio, lo que me hace volver los escasos pasos que he avanzado y volver a colocarme en el borde de la cama.

—¿Qué pasa?

Me mira por unos segundos, parece no demasiado convencida de continuar así que le sonrío.

—¿Tú eres un papá? —pregunta y mi entrecejo se arruga.

—Soy el papá de Jacob, así que creo que sí, soy un papá.

Parpadea, formando un mohín en los labios.

—Oh, desastre, ¿qué ocurre? —me acerco un poco más, extendiendo la mano para acariciar su rostro.

Sacude la cabeza, en forma de negativa.

—Buenas noches, tío.

—Sabes que puedes decirme cualquier cosa, ¿no es cierto? —vuelve a mirarme y asiente.

Probablemente no me diga nada ahora, así que me incorporo de nuevo y la miro una última vez antes de salir.

No me aparto de inmediato, así que escucho a puerta que intercomunica las habitaciones ser abierta, y pasos dentro.

Seguramente Antonella ha entrado con su hermana, y aunque no tengo motivo, permanezco a un lado de la puerta.

—¿Puedo decirte mi deseo de cumpleaños? —distingo levemente la voz de Bella.

—Bueno, dicen que los deseos no deben decirse, de lo contrario no se cumplen —dice Antonella y luego un corto silencio se instala—. Aunque eso puede no ser verdad, si quieres decirme, estaré encantada de escuchar.

No hay una respuesta inmediata, así que Anto vuelve a preguntar. Realmente, nunca esperé escuchar lo que Bella dijo, creí que pediría muchos juguetes, o más salidas al parque. Tal vez incluso poder comer mucho pastel, o una mascota.

Pero nunca, jamás pude esperar que bella dijera:

—Deseé que el tío Ángelo fuera nuestro papá.

Algo me atraviesa el pecho, tan fuerte que siento que me arrebata el aire. Tomo el picaporte, dispuesto a entrar, pero me detengo.

¿Qué se supone que le diría?

Mi corazón palpita con fuerza, golpea contra mi caja torácica ocasionando que mi pulso se acelere. El metal contra las yemas de mis dedos se siente frío, más de lo que debería.

—Sé que no puede —añade ella rápido, como si quisiera arreglar algo—. Porque ya tenemos un papá. Y porque los deseos a veces no se cumplen. Pero… si pudiera elegir…

—Nosotras ya tenemos un papá, Bella —susurra Anto lentamente.

—Pero papá no va a volver —objeta Bella—. Mamá tampoco. ¿El tío Ángelo no puede ser nuestro papá? Anto, yo quiero tener unos papás.

Cierro los ojos, apoyándome contra la puerta. Un nudo se instala en mi garganta, apretando tan fuerte que me duele, con tanta intensidad que me arrebata el aliento.

Ingenuamente creí que el asunto de la muerte de Lucca y Jenna estaba resuelto, que no tendría que volver a enfrentarme a eso otra vez. Que equivocado.

Un ápice de valentía me hace abrir la puerta, ambas me miran cuando ingreso y camino hacia la cama de Bella.

—Escuchaste, ¿verdad? —inquiere Antonella. Miro a mi pequeño desastre y le sonrío.

—Sabes que no tienes que pedir esos deseos —me acomodo a su lado —es cierto que ustedes ya tienen unos padres, y aunque no estén aquí contigo, no dejan de serlo porque se hayan marchado antes de tiempo.

—¿Entonces no puedes ser nuestro papá?

—Hay algo que puedo hacer —susurro— y es intentar ser lo mejor para ti. Puedo intentar ser el hombre que te cuide, que te escuche, que vaya a tus funciones de la escuela, que te enseñe a andar en bicicleta y que te quiera tanto que nunca sientas que te falta algo.

Sus labios se separan apenas.

—Eso hacen los papás… —susurra. Mi corazón late tan fuerte que casi me duele, sin embargo, sonrío.

—¿Cómo es que encuentras el modo de salirte con la tuya, desastre?

Sus ojos se iluminan. Sus brazos se lanzan alrededor de mi cuello. Esta vez no dudo. La abrazo con cuidado, sintiendo cómo algo dentro de mí se recompone y se rompe al mismo tiempo.

—No quiero que te vayas —murmura contra mi pecho. Cierro los ojos.

—No tengo planes de hacerlo, desastre.

—¿Daphne puede ser una mamá?

—Bella… —Anto intenta reprenderla.

—Seguro que ella estaría encantada —pronuncio con suavidad.

—Lía ya le dice mamá, ¿yo puedo hacerlo?

Las conversaciones con Daphne se apoderan de mi mente, la manera en la que parecía tan emocionada por el hecho de ser llamada mamá por Lía, su entera disposición para ser aquello que nuestras niñas necesitan.

—Claro que sí, desastre —susurro con una sonrisa tirando de mis labios—. Claro que sí.

Salgo de la habitación, despidiéndome de ambas y cierro la puerta con suavidad detrás de mí.

Mientras avanzo por el pasillo, darme cuenta de que Daphne está tomando más importancia en nuestras vidas de la imaginada, siembra una idea en mi mente.

Mis sobrinas la adoran, Daphne se convirtió de pronto en una figura materna para ambas, en algo que, con cada día que pasara a partir de ahora, solamente se volvería más importante e indispensable.

Y yo la amo tanto, como para querer pasar el resto de mi vida junto a ella.

Ingreso con lentitud a la habitación, miro en dirección a la cama en donde Daphne se encuentra sosteniendo un libro entre sus manos.

—¿Se han dormido?

—En eso están —respondo sonriéndole.

—Bella está encantada de volver a ver a Jacob.

—Bueno, eso solo será hasta que los juguetes sean motivo de peleas —le recuerdo divertido.

Daphne ríe, se desliza por debajo de las sábanas y no puedo evitar la risa ante la imagen de ella luciendo tan adorable.

—Ti amo all'infinito.

Las palabras brotan de mis labios con una espontaneidad que parece sorprenderla.

Pero sonríe, y creo que eso es una de las cosas más bonitas de ella.

La manera en la que sonríe, la forma en la que parece eliminar todo malestar con esa simple frase, como si su sonrisa fuese una especie de súper poder.

—Te amo al infinito —responde—. E incluso después.

—Ven aquí —abro los brazos y ella no duda ni un segundo en venir hacia mí, la recibo, envolviéndola con mis brazos y apegándola a mi pecho.

Estoy seguro de que es capaz de escuchar el latir de mi corazón, de que sabe la manera en la que me ha enloquecido por completo. Y en ese instante, teniéndola entre mis brazos, lo decido. No tengo ninguna duda sobre lo que tengo que hacer.

Voy a casarme con Daphne Lennox.