Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 36.- EL PASADO SE ESFUMA #2
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36.- EL PASADO SE ESFUMA #2

—Aún puedes hacer una última lucha por nuestras niñas.

Me atrevo a mirarla, ella sonríe con suavidad, y el roce de sus manos contra mi piel alivian la tormenta en mi interior.

—Son nuestras niñas —repito y ella asiente.

—Lo son, y deben volver con su familia —solo en ese punto su mirada se cristaliza—. Así que ve y da todo.

Me acerco, envolviéndola entre mis brazos y apagándola a mi cuerpo, su aroma me envuelve, lo hace como tantas veces lo ha hecho antes, pero ahora se siente diferente.

—Ángelo…—la voz de Franco se escucha— debemos volver.

Me aparto, pasando las manos por mi rostro antes de conseguir mirarlo.

—¿Estás bien?

Miro a Daphne, y hago lo que ha dicho, hago exactamente lo que ha pedido.

—Lo estoy —respondo con firmeza—. Ahora lo estoy.

—Van a pasar —susurra Franco a mi costado— primero entrevistarán a Bella. Ángelo, sé que no las has visto en semanas, pero necesito que seas tan frío como puedas.

—¿Qué?

—No necesitan pensar que quieres manipularlas —expresa—. Solo mantente al margen, ¿sí? Sé lo que te digo.

De mala gana asiento, el juez comienza a explicar que habrá la presencia de dos menores en la audiencia, cuando hay niños, suele ser diferente. Las preguntas no suelen ser tan directas, y no se permiten interrupciones, se les da todo el tiempo del mundo para que puedan responder.

Cuando dicen el nombre de Bella, mi corazón da un vuelco furioso, sé que Franco pidió que me mantuviera al margen, pero al verla entrar con los brazos cruzados por delante y el ceño fruncido, quiero correr hacia ella.

Quiero abrazarla y decirle cuanto la eché de menos. Pero no lo hago, permanezco en mi sitio hasta que ella eleva la mirada, y me encuentra entre la gente.

—¡Tío! —intenta correr hacia mí, pero la mujer que la acompaña la retiene, Franco coloca una mano en mi hombro, impidiendo aparecer el instinto que tengo de moverme del asiento.

Solo puedo sonreírle desde los metros que nos separan, y ella lo hace también. Algo en mí se alivia el reconocer la emoción en sus ojos, al mirarla parecer tan entusiasmada de verme.

—Hola, Bella —Franco se posiciona frente a ella con una leve sonrisa. Mi sobrina responde el saludo y me enternezco ante la manera en la que balancea los pies de adelante hacia atrás debido a la altura del estrado.

El abogado de Hilary ya había hecho unas preguntas de rutina, y ahora es el turno de Franco.

—Bella, háblanos de tu tío Ángelo, ¿puedes pequeña? —ella asiente—. ¿Cómo es que él te llama?

—Nos dice desastres —responde con una sonrisa que enseña los dientes.

—¿Y eso te molesta? —Niega con frenesí, consiguiendo que sus coletas se muevan levemente.

—Así nos dice porque nos quiere, Daphne dice que es una palabra cariñosa, y me gusta.

—¿Y él cuida de ti?

—Sí, siempre está con nosotras, me lee cuentos para dormir y va a mis presentaciones de Ballet, el otro día… ¡llevó flores! —dice y hace un ademán para darle énfasis a sus palabras—. Nos lleva al parque, y de vacaciones, ¿verdad tío Ángelo?

Centra la atención en mí y me mira ilusionada.

—Así es —respondo sonriendo, sintiendo una nueva emoción llenarme el pecho.

—Bueno, me alegra escuchar eso, ahora dime ¿qué hace cuando está enojado? ¿Te ha asustado alguna vez?

—No, pero cuando se enoja queda rojo como un tómate —una ligera risa colectiva se deja oír—. Él es muy bueno, nos quiere mucho.

—Si tuvieras que elegir entre vivir con tu tío Ángelo, y tu abuela, ¿con quién te gustaría?

—Con el tío Ángelo —responde sin dudar—. No me gusta viajar sola en aviones, ni me gusta la casa a la que la abuela nos llevó.

Le dedico una rápida mirada a Hilary, ella aprieta los puños sobre la mesa.

—¿A qué casa te llevó, Bella? ¿No a la casa del bosque?

—Viajamos en avión, mi hermana Anto, Lía y yo —dice y su voz comienza a bajar.

Mis manos se forman en puños sobre la tela del pantalón, por eso no podía verlas, porque ellas no estuvieron aquí.

—¿Viajaste en avión? —inquiere Franco—. ¿Y tú abuela fue con ustedes?

Bella niega.

—Bella, así que ¿prefieres estar con tu tío Ángelo? ¿Esa casa te gusta? ¿Eres feliz ahí?

—Sí —dice y siento que recupero fuerzas—. Quiero volver. Lo extraño mucho.

Parece olvidar que le pidieron que permanezca sentada, se baja del estrado con un brinco y esquiva con rapidez a Franco, apenas y registro que viene hacia mí. La mujer que la acompaña intenta detenerla, pero consigue escabullirse, hasta donde me encuentro.

Abro los brazos, recibiéndola al instante en el que se lanza contra mí. La estrecho contra mi pecho, cierro los ojos por una fracción de tiempo porque, joder, las he extrañado, tanto como nunca imaginé que lo haría.

—Tío, ¿podemos ir a casa? —inquiere mirándome con suplica—. Quiero ir a casa contigo.

—Tengo que…—no puedo terminar de hablar, cuando nota la presencia de la mujer detrás de ella, lanza un grito y se aferra a mi cuerpo.

La sostengo contra mí, sus brazos se envuelven alrededor de mi cuello, y la tela se arruga bajo sus pequeños puños.

—Bella, tienes que ir…

—¡No quiero! —grita y su voz se rompe—. No quiero ir, quiero quedarme contigo.

—Bella…

—¡No! —tan pronto la mujer intenta apartarla, su llanto se escucha. Eso es más de lo que puedo tolerar, coloco las manos en su espalda, pidiéndole con la mirada a la mujer que nos dé un par de minutos.

—Aparta las manos —La voz autoritaria de Franco se escucha.

—¿Qué? ¿Cómo voy a…?

—Haz lo que te digo —insiste— para que vean que no las retienes, aparta las manos.

Bella se aferra más a mi cuerpo cuando siente que aflojo el agarre, llora contra mí y no soy capaz de hacer lo que Franco pide. No puedo soltarla, no cuando parece necesitarme tanto.

—Ángelo, hazlo ahora.

Soy incapaz de soltarla, incapaz de apartar las manos de su pequeño cuerpo que se aferra al mío. Maldigo, aparto las manos de Bella y elevándolas a los costados de mi cuerpo, consiguiendo una mirada detenida por parte del juez.

—Bella…

—¡No quiero ir! ¡Quiero quedarme contigo! —cuando siente las manos de la mujer sobre su cuerpo, vuelve a gritar y se aferra con más fuerza—. ¡No dejes que me lleven otra vez! ¡Tío Ángelo!

Un dolor agudo me atraviesa, me hace cerrar los ojos y sentirlos arder.

En ese momento, mando al diablo las advertencias de Franco y mi propia estrategia.

Bajo los brazos de golpe y la rodeo por completo.

El alivio de Bella es instantáneo; sus sollozos cambian de tono, volviéndose hipidos pequeños mientras se funde contra mi pecho.

Echo el cuerpo hacia atrás en el asiento y la subo a mis piernas, apretándola contra mí con una fuerza que dice mucho más que cualquier argumento legal.

No me importa que esto parezca desacato.

No me importa que el juez piense que soy un hombre impulsivo.

—Desastre, ¿qué hablamos de los berrinches? —me obligo a olvidar que me encuentro en una sala de juzgado, ahora no soy un abogado, ahora mismo no soy un hombre que intenta luchar por ellas.

Ahora mismo soy su tío, y ella me necesita. Necesita saber que no voy a dejarla otra vez.

—¿Confías en mí? —Ella asiente débilmente, hipando.

—Entonces confía en esto: no me voy a mover de aquí.

No quiero que llores más, esta mujer…—señalo hacia adelante— ella va a cuidarte mientras termino aquí.

Voy a estar sentado en esta silla mirando exactamente hacia esa puerta por la que vas a salir con ella.

Y en cuanto el señor de la túnica negra termine de hablar conmigo, voy a ir por ti.

Lo prometí, ¿recuerdas? Los Lombardi no rompemos promesas.

Miro de reojo a la mujer de servicios sociales, que espera a un par de metros con una expresión algo más suave. Bella se aferra a mi cuello una última vez, dándome un abrazo que se siente como una despedida y una súplica al mismo tiempo.

—¿Lo juras, tío Ángelo? —me pregunta en un hilo de voz.

—Por mi vida, pequeña —respondo, besando su frente—. Ahora ve.

Esta vez baja de mis piernas sin oponer resistencia, y toma la mano de la mujer.

—Te quiero, tío Ángelo.

—Yo también te quiero, desastre —susurro, y mi voz se quiebra apenas en esa última palabra.

Me quedo inmóvil, viéndola caminar hacia la puerta.

Es pequeña, demasiado pequeña para la inmensidad de esta sala y para el peso de las decisiones que se toman aquí.

Cuando la puerta se cierra finalmente tras ella, el silencio que queda es ensordecedor.

Me obligo a enderezar la espalda y a cerrar los puños sobre mis rodillas para que nadie note el temblor que recorre mis manos.

Franco continúa con su intervención, y Hilary parece cada vez más nerviosa, como si no esperara esto, una parte de mí se regocija de verla tan nerviosa, tan ansiosa, de ver que está sintiendo exactamente lo mismo que to experimenté en la audiencia pasada.

Me repito que nada ha acabado, que aún faltan las preguntas a Antonella, y sé que ella me aprecia, sé que tengo su afecto, pero han pasado cuatro semanas, y con las palabras de Bella, no me cabe duda de que Hilary pudo usar cualquier cosa para convencerla de decir algo falso.

Antonella ingresa, acompañada por la misma mujer, y esta vez, el abogado de Hilary es el que habla. Soy consciente de que mi sobrina no me mira, que apenas y consigue sostenerme la mirada, y eso me inquieta. Cuando el abogado le pide que hable de nuestra relación, la duda se siembra en su mirada.

—¿Puedo preguntar algo antes? —inquiere con voz inestable, girándose al juez.

—Claro que sí.

—¿Mi tío corre riesgo de ir a la cárcel ahora? —Franco y yo compartimos una mirada confundida.

—Señorita Lombardi —responde el juez, suavizando el tono ante la evidente angustia de mi sobrina—, este es un proceso civil sobre custodia y patria potestad.

No estamos aquí para juzgar delitos penales.

Solo queremos saber si el señor Lombardi es una persona adecuada para cuidar de ti y de tus hermanas.

—Lo es —un débil susurro brota de ella—. Es una persona muy buena.