36.- EL PASADO SE ESFUMA
ANGELO
«Van a volver a casa»
Me repito la frase una y otra vez mientras camino hacia la entrada del edificio. He hecho un gran trabajo controlando mis nervios, pero cuando Franco viene hacia mí con rapidez, sé que algo va mal.
—¿Qué pasa? —inquiero —¿Ha surgido algo…?
—Acabo de enterarme de esto. El juez llamó a Bella y Antonella a declarar.
—¿Qué?
—No tengo los detalles, pero es probable que pasen al estrado —forma una mueca en los labios—. Preparé algunas preguntas rápidas, te juro que no mencionaré nada que tú no quieras.
—No se supone que deban pasar por esto —musito—. ¿Hilary está de acuerdo?
—No tengo idea, no sé si fue sugerencia del abogado de Hilary, o si fue el juez quien lo solicitó —admite—. Quiero confiar en que ellas no han sido manipuladas por su abuela, y que podrán responder las preguntas con honestidad.
—¿Crees que algo como eso pueda pasar? Quiero decir, que ellas digan…
No consigo terminar la frase, considerar que Hilary hubiese conseguido colocarlas en mi contra era una posibilidad, pero ahora, ahora se vuelve una muy grande.
Las grandes puertas de madera se abren, y Franco mira sobre su hombro, volviendo a su postura firme y segura.
—Es hora —me hace un gesto, sacudo la cabeza con discreción intentando eliminar las recientes dudas que mi amigo ha sembrado, y lo sigo.
La corbata vuelve a sentirse como un nudo que me ahoga, sin embargo, tolero la sensación. Hilary ingresa un par de minutos después, la sigo con la mirada, observando con detenimiento cada uno de sus movimientos, intentando descifrar que es lo que ha hecho.
Fijo mi atención al frente y cuando el juez entra, la rigidez se apodera de mi cuerpo.
Sé exactamente lo que sigue, he estado en muchos juicios cuando ejercía mi profesión de abogado, debería sentirme familiarizado con lo que sucede a mi alrededor, con las presentaciones que hacen, con cada uno de los protocolos.
Pero contrario a eso, me siento fuera de balance, como si no consiguiera encontrar ni una sola gota de estabilidad en este momento, y eso es agobiante.
Cuando me llaman al estrado, empleo toda mi fortaleza para caminar hacia el frente aparentando que no estoy a punto de sufrir un colapso nervioso.
—Hemos recibido la notificación de que los cargos acusatorios sobre abuso y maltrato hacia el señor Lombardi han sido retirados, ¿eso es correcto, señor Lombardi?
—Es correcto, su señoría —el asiente mirando los papeles.
—Así como también ganó una demanda por difamación, lo que hace que las acusaciones de la señora Dorian, sean desestimadas —tomo una inhalación, sintiendo mis músculos relajarse tan solo un poco.
—Su señoría, si me lo permite…—el juez hace una seña para que el abogado de Hilary continúe—.
A pesar de que las acusaciones han sido desestimadas, la preocupación de la señora Dorian aún permanece, son tres niñas bajo el cuidado de un hombre que nunca ha tenido niños bajo su tutela.
¿Cómo puede un hombre que nunca ha tratado con niños cuidar adecuadamente de tres niñas?
—De la misma manera en la que un padre primerizo cuida de sus hijos —respondo con firmeza—. ¿O es que el hecho de nunca haber cuidado a un niño me hace incapaz e incompetente para la tarea?
—¿Usted cree que ha hecho un buen trabajo, señor Lombardi? —inquiere el abogado acercándose.
—Lo creo absolutamente, no tengo ninguna duda de que lo he hecho.
—Tengo una pregunta más para usted —dice—. ¿Está seguro de que Jenna Lombardi en verdad quería que sus hijas se quedaran con la familia del hombre que abusaba físicamente de ella?
—Objeción —interviene Franco—. Está insinuando hechos que no han sido probados en este proceso.
—Aceptada —dice el juez—. Reformule su pregunta.
El abogado se inclina un poco hacia mí, como si quisiera arrancarme una confesión con los dientes.
—Señor Lombardi, ¿puede afirmar bajo juramento que Jenna Lombardi expresó claramente su deseo de que usted tuviera la custodia de sus hijas?
Aprieto los dientes. Jenna nunca me lo pidió, fue Lucca quien habló conmigo. Así que digo la verdad.
—Lo único que sé, es que la firma de Jenna estaba en el documento en donde me establecen como el tutor de sus hijas —respondo en tono firme—. No me consta lo que dice sobre mi hermano, no estuve enterado de sus situaciones privadas, de haberlo hecho, hubiese hecho algo para ayudar.
—¿En serio? Porque todos sus amigos, y todos sus familiares coinciden en que usted tenía al difunto Lucca Lombardi en una especie de altar, el más admirado por la familia, ¿realmente va a decirnos que no sabía lo que su hermano hacía? ¿Qué no era consciente del maltrato que ejercía?
—Nunca supe de eso, estuve años viviendo en San Francisco, así que evidentemente no pasaba mucho tiempo con él.
—Y por lo que sabemos, tampoco lo hizo al volver. ¿Cuántas veces visitó a sus sobrinas en los cinco años que pasaron desde su regreso a Italia? ¿Fueron más de cinco veces al año?
Me tardo en responder.
—¿Fueron acaso dos? —continúa—. ¿O solamente las veía en las celebraciones navideñas?
—Eso no…
—¿Cómo espera, señoría, que un hombre que nunca estuvo interesado en mantener contacto con sus sobrinas ahora quiera cuidarlas como un padre?
—No pretendo ser su padre —la paciencia comienza a desaparecer—. Sé bien que no lo soy, y lo que hice antes…
—Lo que hizo antes, el no estar interesado en conocer e interactuar con las hijas de su hermano, es señal suficiente para saber que no eran importantes para usted, señor Lombardi. Dijo que las llama desastres, ¿qué persona llama desastre a una niña de cinco años? ¿A una niña que dice querer?
—¡Si! ¡Las llamo desastres! ¡Pero son mis desastres! —exploto—. Las quiero tanto aun cuando enlodan mi sala o hacen berrinches, las amo, con todo mi corazón. Sé que no soy su padre, que nunca lo seré, pero mi hermano me confió lo que más amaba en el mundo.
Tomo una inhalación, armándome de toda la valentía que poseo.
—No me arrepiento de tenerlas conmigo, no me arrepentiré jamás. No soy el mejor hombre y cometí errores, probablemente más de los que me gustaría, pero no me importa gastar toda mi fortuna en procesos legales con tal de recuperarlas.
El abogado permanece en silencio por algunos segundos y luego, dice aquello que nunca creí escuchar.
—Señor Lombardi, ¿y si le dijera que las niñas no quieren volver con usted?
Cada musculo de mi cuerpo se tensa, mi espalda queda rígida, obligándome a erguirme. La boca se me seca, mi fortaleza se esfuma en un segundo.
—Eso no es posible, ellas no…
—¿Y si lo fuera?
Mi corazón se estruja, se retuerce de una manera dolorosa, tan fuerte que me sofoca, que me arrebata el aliento al grado de no poder respirar.
—En ese caso, solo me gustaría saber el motivo —hablo con la voz tan estable como puedo.
—Si hubiera un motivo, si ellas tuvieran uno, ¿las dejaría ir?
Quiero decir que no, que no sería capaz. Que deseo tenerlas conmigo, pero en realidad, si ellas no desean volver, si ellas realmente tienen un motivo, no las retendría. Desvío la mirada intentando encontrar fortaleza en donde evidentemente no la hay.
—¡Su señoría, esto es hostigamiento! El abogado está planteando escenarios hipotéticos con la clara intención de quebrar emocionalmente a mi cliente. No hay ninguna declaración oficial de las menores en ese sentido.
El juez mira a la contraparte.
—Abogado, le voy a solicitar que modere sus preguntas.
Pero el hombre sonríe apenas, satisfecho de la herida que ya abrió.
—Es todo su señoría…
—Voy a responder. —El juez asiente.
—Adelante, señor Lombardi.
Me aclaro la garganta. La sala entera se siente demasiado grande, demasiado silenciosa.
—No sé si ellas no quieren volver conmigo… —mi voz sale más rota de lo que quisiera—. Pero si fuera cierto… si realmente no quisieran… entonces tendría que preguntarme qué hice mal.
El abogado levanta una ceja, como si eso confirmara algo.
—¿Así que las dejaría ir?
—Si ellas tienen un motivo, si es un motivo verdadero, un motivo justificable, entonces las dejaría ir.
Porque las amo tanto que no las retendría en un lugar en donde no son felices, las amo tanto como para aceptar que, si son felices en otro sitio, entonces ahí deben de estar, incluso si eso significa tenerlas lejos de mí.
Tomo una corta inspiración que me proporciona un ápice de valor.
—Amo a mis sobrinas y probablemente no fui el mejor demostrándolo, pero no voy a obligarlas a volver a un sitio en donde no desean estar.
Si ellas quieren estar conmigo, lucharé con todas y cada una de mis fuerzas, con todos los recursos que poseo, pero si no es de ese modo…
—mi voz tiembla— entonces las dejaré ir.
—Es todo, su señoría.
Apenas y soy capaz de volver a mi sitio sin romperme, agradezco que el juez dicte un breve descanso, salgo tan rápido de la sala sintiéndome sofocado, sintiendo que no soy capaz de estar ni un solo minuto más en esa sala.
—Ángelo…—la voz dulce que se hace escucha detrás de mí consigue detenerme. El frío me golpea, lo siento atravesarme la piel y me estremezco.
—¿Y si él tiene razón? —me giro hacia ella sintiéndome desesperado—. ¿Si realmente no quieren volver conmigo?
—No…
—Daph, ¿Qué tal si ya las he perdido? —el aire me falta, la visión se me nubla y pronto me siento tan malditamente vulnerable, tan frágil que me reprendo a mí mismo el haberme quitado la armadura.
Porque la necesito, la necesito más que nunca.
—Eso no puede ser posible, y si es así, debe de haber una explicación —asegura tomando mi rostro entre sus manos— Hey, mírame. Debe de haber algo, porque ellas te adoran, ellas te aman tanto como tú a ellas.
—No puedo, yo…
—Ángelo, necesito que seas ese hombre que no se deja pisotear por nadie. Necesito que seas ese hombre que se coloca la armadura, y lucha.
—Daph…
—Una vez te dije, que hay ocasiones que ameritaban usar la armadura, ¿recuerdas? —asiento levemente—. Esta es una de esas ocasiones, ellas lo merecen, merecen que no te rindas.
Tomo una inspiración, recuperándome un poco. Cierro los ojos y siento el tacto cálido de Daphne en mi rostro.