Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 35.- EL PASADO SE ESFUMA
63%

35.- EL PASADO SE ESFUMA

ANGELO

Tener a Daphne de vuelta en casa se siente bien y es la primera vez en semanas, que la casa vuelve a sentirse como un hogar.

—Ya vivías aquí —murmuro ayudándola con el par de maletas—. Así que no será tan diferente.

—Excepto que…

—Ya no estás aquí por trabajo —termino la frase por ella—. Me alegra que hayas aceptado volver.

—Bueno, esta casa es muy bonita, hay piscina y sala de juegos y…—suelta un grito cuando me acerco para tomarla por la cintura, se aferra a mi cuello cuando sus pies dejan de tocar el piso y su risa me llena por completo.

—Oh, y la damisela ha vuelto —me obligo a parar y dejarla de nuevo sobre el piso cuando Antoni aparece—. Hola, cuñada.

—Hola Antoni —esta vez una leve sonrisa aparece en los labios de Daphne cuando mira a mi hermano—. Gracias por cuidarlo por mí.

Antoni ríe cuando me señala.

—Alguno de nosotros tenía que hacerse cargo, ¿o no?

—Eres un imbécil —mascullo, pero no consigo apartar la sonrisa de mis labios.

—Bueno, tengo trabajo. No sabía que los casinos eran tan demandantes —dice formando una mueca con los labios—. Estoy ansioso porque vuelvas al frente.

No respondo, él cruza por nuestro lado y se despide de Daphne con un ademán. Lo miro salir por la puerta, y solo entonces vuelvo la atención hacia mi chica.

—¿Él ya vive aquí? —su mirada curiosa no me pasa desapercibida, ni la manera en la que arquea levemente una de sus cejas—. Creí que no eran tan…cercanos.

—Si bueno…—me rasco la parte trasera del cuello— cuando me enteré de todo fue…

complicado. Antoni estuvo aquí, y luego se ofreció a quedarse algunos días.

Se mudó aquí estas semanas porque, honestamente, no creo que hubiera sobrevivido solo en esta casa.

Él sabía que, si me dejaba solo con mis pensamientos, terminaría por destruirme.

Acaricio su mejilla, disfrutando de la calidez de su piel, algo que me parece un milagro después del frío gélido de su ausencia.

—Ha sido un proceso extraño. Estamos intentando ser hermanos de verdad, sin las comparaciones de mi madre de por medio. Él está manejando los casinos porque yo... yo necesitaba este tiempo. Necesitaba que tú volvieras para saber si todavía había algo de Ángelo que valiera la pena salvar.

Daphne me mira con esa comprensión infinita que me desarma. Sé que le sorprende ver a Antoni tan integrado en mi vida diaria, pero la tragedia tiene una forma curiosa de unir a las personas o de terminar de romperlas.

—Él se quedará un tiempo más, al menos hasta que yo decida si quiero volver a cruzar esa puerta —admito, señalando hacia el mundo exterior—. Pero ahora mismo, lo único que me importa es que tú estás aquí.

Daphne sonríe. La atraigo hacia mi pecho, escondiendo el rostro en su cabello.

—Me alegra escuchar eso —dice afianzando los brazos alrededor de mi torso.  Mis comisuras se curvan hacia arriba.

—Gracias por no irte, aun cuando soy un idiota.

—A tu lado siempre, mi sexi italiano —susurra tomando mi rostro entre sus manos.

Se colca en puntillas, sonriendo con genuinidad y sellando sus palabras con un beso que consigue hacerme tocar las estrellas.

Estoy nervioso, tanto como no pude imaginarlo. Hay una presión en el pecho que no me deja tranquilo, un sentimiento de incertidumbre que no me ha abandonado. Volteo sobre mi hombro, Daphne está ahí, sonriéndome y dándome un poco de valentía de la que tanto necesito.

Fui a ella porque sabía que no podría enfrentar esto solo, porque Antoni tenía razón, debía ir detrás de mi felicidad, detrás de la persona que me hace feliz.

Y ella, ella lo es todo para mí. Daphne Lennox ahora significa tanto en mi vida, que no podía enfrentar ninguna otra batalla sin tenerle a mi lado.

Cuando el juez entra a la sala, mis nervios explotan.

Franco me palmea la espalda y repite lo que viene diciendo desde el juicio pasado: “Tenemos todo a nuestro favor”.

Un escalofrío me recorre desde la punta de la espalda, hasta el cuello, y me remuevo en mi asiento intentando aparentar serenidad, sé por experiencia previa, que tener todo a mi favor no siempre significa que ganar.

El proceso comienza, las preguntas de rutina, las pruebas, y luego la intervención de los abogados.

—Su señoría, la señora Davies supo desde el primer instante que el hijo que esperaba no era de mi cliente, ella misma lo ha admitido —Franco se mueve por el espacio con seguridad—.

Y, aun así, utilizó pruebas falsas para convencerlo y hacerle creer lo contrario.

La señora Davies ha cometido fraude y Tergiversación.

—¡Objeción! —interviene el abogado de Renata, pero el juez lo rechaza.

—Denegada —responde el juez sin titubear—. Abogado Rinaldi, fundamente sus acusaciones.

—Con gusto, su señoría. — Franco se acerca hasta tomar la carpeta—.

Estas acusaciones se sustentan con el hecho de que la señora Davies falsificó una prueba de ADN para hacerle creer a mi cliente que el menor era su hijo.

Mantuvo esa mentira durante años, lo que derivó en la pérdida de bienes materiales y en un daño directo al nombre del señor Lombardi.

Y no solo eso —agrega—Cuando mi cliente solicitó una segunda prueba de ADN frente a la señora Davies, ese encuentro terminó en una agresión.

—¡Nunca lo agredí! —exclama Renata desde su asiento. Franco gira hacia ella con una leve sonrisa.

—¿Cómo le llama al hecho de golpear a una persona con un florero causando una contusión? Y lo hizo frente a su hijo, ¿o eso es mentira? —Renata no responde.

Franco vuelve al juez.

—También solicitamos que se considere el cargo por difamación.

Las acusaciones de violencia doméstica y abuso sexual jamás fueron comprobadas.

No existe examen médico alguno que respalde esas denuncias.

Por el contrario, su acusación sirvió para obtener beneficios materiales y económicos que sobrepasaban los límites establecidos, dejando a mi cliente prácticamente en bancarrota, despojándolo de patrimonios con alto valor, como lo es el despacho jurídico.

El juez escucha sin interrumpir. El abogado contrario no logra disimular su incomodidad. Eso me dice lo mismo que Franco me repitió durante semanas: la balanza se inclina a nuestro favor.

Cuando me toca pasar al estrado, el abogado me sonríe con frialdad.

—Señor Lombardi —el abogado de Renata se planta con firmeza delante de mí—.  Existe un video de la noche previa a la solicitud de divorcio. En él, usted expulsa de la casa a la señora Davies, quien tenía casi ocho meses de embarazo. ¿Cuál fue el motivo?

Respiro hondo.

—Descubrí que me engañaba con quien ahora es su esposo —respondo con firmeza—. No fue la forma correcta de actuar, lo admito. Pero actué desde la ira.

—¿Cómo se enteró de eso?

—La escuché en una llamada, le decía que solo buscaba obtener de mí tanto como le fuese posible, quería dinero, y lo obtuvo a manos llenas.

—¿La escuchó decir, en esa llamada, que el hijo que esperaba no era de usted?

—Sí. Lo dijo claramente, y por eso solicité el divorcio. Pero como ha de saber, Renata presentó pruebas de ADN en donde establecía que Jacob era mi hijo, así que lo acepté.

—Entonces, si ya lo sabía —el abogado se detiene en seco, girándose hacia mí con una sonrisa de depredador que ha encontrado el fallo en la armadura—, si ella se lo confesó en esa llamada y usted estaba tan seguro de que Jacob no era suyo... ¿por qué esperó cinco años para impugnar?

—Ya se lo dije. Ella presentó pruebas de ADN legales —respondo, manteniendo la voz firme a pesar de la rabia que me sube por el pecho—. Pruebas que ahora sé que fueron manipuladas.

—No me refiero a las pruebas, señor Lombardi.

Me refiero a su voluntad. —El abogado camina hacia el jurado, señalándome con un gesto teatral—.

Usted es un hombre de recursos ilimitados.

Es el dueño de uno de los imperios de casinos más grandes del país.

Si usted escuchó de boca de su esposa que el hijo no era suyo, tenía el poder de exigir sus propias pruebas independientes en ese mismo instante. Pero no lo hizo.

Se acerca de nuevo al estrado, apoyando las manos en la madera, obligándome a sostenerle la mirada.

—Usted aceptó a ese niño. Lo registró, le dio su apellido y lo crió durante media década sabiendo, según sus propias palabras, que había una alta probabilidad de que no fuera su sangre. ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de cinco años de actuar como un padre devoto decide que la "verdad" es urgente?

—Esa es una pregunta muy fácil de hacer desde su posición, abogado.

En aquel entonces, yo no tenía el poder que tengo ahora.

No tenía los recursos, ni los contactos, ni la influencia necesaria para cuestionar un resultado de laboratorio que venía sellado por una institución que, en apariencia, era inquebrantable.

Yo era un hombre joven intentando levantar un imperio y, sobre todo, era un hombre que acababa de ver su vida personal estallar en mil pedazos.

Me inclino levemente hacia adelante, clavando mis ojos en los suyos.

—Usted sugiere que lo acepté por conveniencia, pero la verdad es mucho más simple y dolorosa: me acorralaron.

Renata se encargó de blindar esa mentira con pruebas que yo no tenía cómo refutar en ese momento.

Me obligaron a aceptar una realidad que mis oídos rechazaban pero que los papeles confirmaban.

Suelto una risa seca, desprovista de humor, que hace que el abogado dé un pequeño paso atrás.

—¿Cinco años después? Sí. Porque me tomó cinco años construir la red de influencia suficiente para que, cuando decidiera abrir esta caja de Pandora, nadie pudiera volver a cerrármela en la cara.

Me tomó cinco años encontrar a las personas que el dinero de Renata —mi dinero— había comprado para falsificar esos resultados.

No es que ahora el niño me "estorbe", es que ahora finalmente tengo la fuerza para que la verdad no sea aplastada por la billetera de una mentirosa.

Miro a Renata directamente. Ella no levanta la vista.