34.- OTORGAR EL PODER #2
Sus ojos destellan con sinceridad, me deja verlo como realmente es, me permite ver la imagen del Ángelo real, ese que parece haberse escondido aquella noche en el hospital.
Me deja verlo, sin apariencias y sin armaduras, solo como lo que es.
Un increíble hombre, asustado de ser dañado otra vez.
—Déjame mostrarte que puedo darte un amor puro, que puedo darte tanta paz como necesites. Que soy capaz de ser el hombre que necesitas.
Se detiene por un segundo, y su mirada vuelve a adquirir ese brillo característico, el color de sus ojos vuelve a ser ese azul claro tan bonito.
—Déjame demostrarte, que soy capaz de darte el amor que mereces.
—Ángelo... —susurro, y siento que mis propios ojos se empañan al ver ese brillo recobrado en su mirada.
Es un hombre que ha sido golpeado por la vida, traicionado por su sangre y abandonado por quienes debían amarlo sin condiciones. Y aun así, aquí está, de pie frente a mí, ofreciéndome paz cuando él es quien más la necesita.
No necesito que me demuestre nada, porque el simple hecho de que haya venido hasta aquí, que haya dejado de huir de sí mismo para buscarme, es la prueba más grande de todas.
—Ya lo hacías. Me lo diste desde el primer momento en el que dijiste que me querías.
Sonríe, su mirada se cristaliza, la fortaleza se esfuma.
—No necesito un hombre perfecto, no necesito a alguien sin pasado, no quiero, ni deseo a nadie más, que no seas tú. Solo necesitaba que me dejaras luchar a tu lado, que me dejaras ser ese apoyo, lo único que necesito, es que me dejes pelear esas batallas junto a ti.
—Daph…
—Y es justo lo que estás haciendo ahora —susurro— no voy a dejar que pierdas la cabeza, no voy a irme nunca, lo prometí ¿no es verdad? Te dije que no me iría nunca.
Asiente.
—Así que aquí estoy —retiene la respiración y sé que está a punto de romperse —. Ti voglio tanto bene , amore mío. Estaré aquí siempre a tu lado, para luchar contigo.
Se abraza a mi cuerpo casi al instante, cierro los ojos sintiéndome envuelta en una nube de calidez al tenerlo de nuevo tan cerca.
—No voy a irme nunca —repito y lo siento aferrarse a mí. —A tu lado siempre, mi sexi italiano.
Sonríe, se aproxima envolviéndome de nuevo en un abrazo que no sé con exactitud cuánto dura, pero cuando se aparta, y pasa el dorso de su mano para eliminar el rastro de lágrimas de sus mejillas, me arrepiento de no haber insistido más.
Me arrepiento de no haber estado ahí para él. Han sido solo tres semanas, pero se sintieron como una maldita eternidad.
—Lamento tanto haberte apartado, Daph…
—Shht…—coloco uno de mis dedos sobre sus labios—. Está bien, no voy a reclamarte por eso. Lo entiendo, entiendo lo que hiciste, aunque casi te odio por eso.
Él sonríe, un gesto suave que me hace imitarlo.
—Han sido tres semanas de mierda.
—Definitivamente —coloco las manos a los costados de su rostro, y lo beso.
Dios, sí que lo eché de menos. Sus manos se aferran a mi cintura mientras me apega a su cuerpo, el gesto es firme y me coloco en puntillas solo para conseguir sentirlo mucho más cerca.
—Creí que me odiabas —susurra tan cerca de mi rostro.
—Casi lo hago —admito.
Niega, apartándose levemente de mi cuerpo. Pasa una de sus manos por su cabello, sacudiéndolo con ligereza.
—Franco mencionó algo—murmuro con cautela—. ¿Quieres…?
Me detengo cuando me mira, su mirada vuelve a ensombrecerse y sé que definitivamente necesita hablar de eso.
—Prepararé café —hablo—. Tengo todo el tiempo del mundo para escucharte.
Casi no puedo creer lo que Ángelo dice. Parece otro hombre, hablando de alguien por el cual no siente nada más que decepción.
—No sé cómo no me di cuenta —musita—. Jenna era…era maravillosa. Era una madre excelente, una mujer increíble. Y pensar que mi hermano fue tan…tan malo con ella es impensable.
—¿Tú madre te dijo eso?
—Antoni —le da un corto sorbo a la taza y suspira—. Parece que la demanda por violencia doméstica ocurrió poco antes de que yo volviera a Italia, según mi hermano, Lucca amenazó con quitarle la custodia de las niñas, se respaldó de nuestra posición y poder para intimidarla. ¿Puedes creerlo, Daph?
Niego.
—Pero las niñas, ellas…
—Eso es lo peor, que todo fue oculto. Antoni dice que lo descubrió cuando visitó a Lucca de sorpresa y encontró a Jenna llorando en la sala.
Sus hijas nunca presenciaron ningún maltrato, por eso sería tan fácil para Lucca quedarse con las niñas, porque ellas lo adoraban.
Has visto como hablan de su padre, no creerían que fuese capaz de maltratar a su madre cuando ellas no lo veían.
Dios, todo esto es tan confuso. ¿Cómo Lucca Lombardi pasó de ser el hijo y hermano ejemplar a un hombre abusivo?
—Mi madre dijo que por eso fue tan condescendiente conmigo, yo creí que él realmente confió en mí, pensé que realmente sabía que yo no hice nada de lo que se me acusó, pero solo me apoyó, porque el hacía lo mismo. Porque no fue extraño para él.
Suspira de nuevo, extiendo la mano cuando miro sus músculos tensarse e imparto una caricia suave por su espalda.
—Le hice caso cuando dijo que no debía dejar que nadie pasara sobre mí, escuché cada una de sus malditas palabras, Daph.
Porque era mi hermano, porque lo admiraba tanto, porque él siempre fue el favorito, el hijo ejemplar.
Le hice caso cuando dijo que, si no quería pasar de nuevo por eso, tendría que volverme alguien poderoso, que no debía darle la oportunidad a nadie más de dañarme.
Baja la vista, cerrando los ojos por unos cortos segundos.
—Me convertí en alguien que no deseaba porque mi hermano, ese al que admiraba y quería tanto, dijo que debía hacerlo.
Un corto silencio se instala entre nosotros, no es incómodo, parece incluso necesario con todas las cosas que han sido dichas.
—No podemos hacer nada para cambiar las acciones de las personas, cielo —acaricio la piel de su brazo —no es culpa tuya confiar en quien, a pesar de todo, siempre te apoyó.
Sacude levemente la cabeza.
—No quiero pensar en él, en dos días tengo que volver a los juzgados. La demanda contra Renata parece estar a mi favor, han solicitado una prueba de ADN, eso es lo que necesito para que la verdad se sepa al fin.
Se detiene por un corto tiempo, cuando me mira sé exactamente lo que va a pedir.
—¿Quieres que vaya contigo? —inquiero con suavidad.
—Sí —sonríe levemente —aunque entendería que no pudieras. Franco dijo que has comenzado a trabajar así que…
—Iré —susurro con una pequeña sonrisa tomando una de sus manos—. Si me necesitas, estaré ahí.
Sonríe, lo hace de una manera genuina, sincera.
—Lamento tanto haberte apartado de mí —dice con sinceridad—. Te prometo que nunca más lo haré, lo juro.
Extiendo una de mis manos para acariciar el costado de su rostro, en un gesto que me permita decirle que eso ya no importa más.
—Dije que me gustaba elegir mis batallas —murmuro—. Y las que te involucren, yo siempre voy a elegir pelear junto a ti, sin importar qué, sin importar las consecuencias, estaré en primera línea de guerra, dispuesta a dar todo por ti.
Me acerco más a él, eliminando la distancia en un corto beso pero que está lleno de sentimiento.
—Me gusta hacer mis elecciones —susurro—. Y siempre te elegiré a ti.
—Y yo a ti, mia regina —sonríe en la última palabra—. Y yo a ti.
Vuelve a besarme con más intensidad, con más sentimiento que antes. Dejándome saber que a veces, a veces perdíamos batallas, pero el fin de la guerra aún estaba muy lejos de llegar.
A veces las batallas se pierden, pero eso no significa una guerra perdida. Solo nos hace más fuertes, solo nos obliga a ser más resistentes, casi invencibles. Teníamos luchas por enfrentar, pero esta vez, lo haríamos juntos.
Uno al lado del otro, como debió de haber sido, como siempre será.