Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 34.- OTORGAR EL PODER
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34.- OTORGAR EL PODER

DAPHNE

Han pasado tres semanas, casi veintiún días desde la última vez que escuché su voz, desde el día en el que Jodi tomó mi celular y lo bloqueó de todas las aplicaciones de mensajes, y luego colgó la única llamada que Ángelo me hizo.

Quise asesinarla, la eché de mi habitación, y casi de mi casa, hasta que se disculpó tantas veces que perdí la cuenta.

Intenté llamarlo de vuelta, habilité los chats y le envíe varios con la esperanza de obtener una respuesta, pero no hubo. Los mensajes no llegaban, las llamadas iban directo al buzón de voz así que fue fácil deducirlo.

Tal vez fue su forma de decir que no quería hablar conmigo.

Intentaba no pensar demasiado en lo que había ocurrido, no recuerdo haber llorado tanto como los días siguientes a nuestra ruptura, mi madre intentaba ser de consuelo tanto como podía, pero no servía de mucho.

Luego de la primera semana entendí que, si él no quería tenerme cerca, no sería yo quien diera el primer paso.

Maldito sea el orgullo.

Me había acoplado tanto a la rutina de las niñas que cada día las extrañaba un poco más. Extrañaba cuidar de Lía, y escuchar a Bella hablar sobre sus recitales. Echaba de menos a Anto, y las pláticas divertidas que solíamos tener.

Y lo extraño a él.

Tanto como no imaginé.

Conseguir un trabajo ayudó a no pensar demasiado en todo lo que había ocurrido, ayudó a no pensar en la herida que seguía latente en mi sistema, sin llegar a curarse del todo.

Decidí encontrar un nuevo empleo una semana después de haber roto con Ángelo, no era un gran puesto, ni tampoco una empresa de gran prestigio, pero por algo se comenzaba.

Estaba en el departamento de marketing digital de una empresa de telecomunicaciones, me encargaba de las redes sociales y spots publicitarios, emplear mi creatividad en la publicidad ayudaba a despejar la mente, a pensar en otra cosa que no sea en Ángelo Lombardi.

Hoy es mi día libre y no quería pasarlo encerrada en casa, así que pensé que ir con Jodi ayudaría, aunque evidentemente no lo hizo.

Ahora estoy camino a mi hogar, he optado por caminar el trayecto de vuelta a casa, con suerte eso ayudaría a despejar mi mente, aunque sea un poco, son cerca de diez minutos en donde me obligo a pensar en todo, menos en el apellido Lombardi.

Sin embargo, al final de los diez minutos de recorrido, mi mente vuelve al mismo sitio al reconocer el flamante auto estacionado afuera de mi hogar. Me detengo de inmediato, considerando la idea de volver sobre mis pasos y escapar, porque a pesar de todo, no estoy lista para enfrentarlo.

No seas una cobarde.

Cierro los ojos, tomando una inhalación intentando convencerme de que no puede ser tan malo. Mis pies se mueven, avanzando los pasos para eliminar la distancia, empujo el portón y entonces lo veo.

El sale de la casa, porta unas gafas oscuras, los labios en una fina línea y no mira al frente así que no me ha visto.

Pero inevitablemente lo hace. Sus pasos se detienen casi de inmediato. Noto como tensa los hombros, y su respiración se agita.

—Hola —susurra quitándose las gafas.

Me detengo, permaneciendo a poco más de un metro de él. Tiene el semblante cansado, las ojeras son levemente notorias, y su mirada apenas se ilumina cuando me ve.

—Hola —respondo acercándome un par de pasos—. ¿Qué haces aquí?

Parece un tanto nervioso, mira sobre su hombro y luego vuelve la atención hacia mí.

—Vine…vine a hablar contigo, pero tu madre me dijo que no te encontrabas en casa, así que…—sacude levemente la cabeza y baja la vista.

Han pasado tres semanas, pero me atrevo a decir que incluso luce un poco más delgado, con la barba sin recortar, totalmente distinta a como suele llevarla. Mi pecho se contrae con fuerza dejando una sensación dolorosa, considerando la idea de que él aún me necesite.

—Cielo —Ángelo parece recomponerse cuando escucha la voz de mi madre—. Has llegado, el señor Lombardi deseaba hablar contigo. Iré a trabajar, así que estarán en privacidad —dice dedicándonos una sonrisa.

Cuando cruza por nuestro lado y se marcha de la casa, un silencio incómodo se instala entre nosotros.

—Lo lamento —dice aclarándose la garganta—. No quiero molestarte, que tengas buen día, Daphne.

Está huyendo otra vez, lo sé. Puedo ver el dolor en sus ojos antes de que se coloque las gafas de nuevo. Las palabras que dijo en el hospital vuelven a mi mente así que sé que, si no digo algo ahora, él se marchará y probablemente no volverá. Así que me trago el orgullo.

—¿Por qué viniste, Ángelo?

La pregunta lo hace detenerse. Permanece dándome la espalda, con los hombros tensos apenas moviéndose por su respiración.

—Ángelo… —insisto un poco más suave—. Mírame.

Niega con la cabeza.

—No puedo, jodidamente no puedo porque si lo hago no me podre ir.

Mi corazón late con fuerza.

—¿Y quién dijo que tienes que irte?

Lentamente, como si tuviera miedo de que yo fuera un espejismo que se desvanecería al primer movimiento, empieza a girar.

Cuando finalmente sus ojos encuentran los míos, el impacto es casi físico.

No hay rastro del hombre arrogante que manejaba los hilos del casino; lo que queda es un náufrago.

Sus ojos están inyectados en sangre, cargados de una fatiga que va mucho más allá de la falta de sueño.

Es la mirada de alguien que ha visto su mundo entero arder y se ha quedado solo para recoger las cenizas.

—Daphne... —su voz es un hilo de voz, un crujido seco que me rompe el alma.

Doy un paso hacia él, acortando esa distancia que de repente me parece un abismo.

Su barba descuidada, su ropa un poco más holgada de lo normal...

todo en él grita que se ha rendido. Pero es su expresión, esa mezcla de esperanza aterrada y culpa devoradora, lo que me hace querer abrazarlo hasta que el dolor desaparezca.

Ángelo puede ser muy testarudo para muchas cosas, pero a veces, en ocasiones como está, necesita que le den cierto empujón para actuar. Así que tomo una inhalación, y le sonrío con suavidad.

—Ven conmigo.

No dice nada, pero me sigue. Caminamos en silencio hacia la entrada, me aseguro de cerrar la puerta detrás de mí y cuando me giro, él ya se ha quitado las gafas. Las guarda en el bolsillo interior de su saco con manos que no están tan firmes como él cree.

Está nervioso. Ángelo Lombardi nervioso.

—¿Y bien? —pregunto, dejando el bolso sobre la mesa.

Se queda de pie unos segundos, como si no supiera dónde colocar el cuerpo. Luego pasa una mano por su cabello, exhala.

—Cometí un error, Daph, y lo siento mucho —su voz brota en un susurro torturado— lo hago de verdad.

—Vaya momento para darte cuenta, ¿no lo crees?

—Mia regina…

—No, no me llames así —exijo sintiendo la daga atravesarme el pecho.

—Sé que cometí un error, pero…pero ahora quiero remediarlo, ahora estoy dispuesto a luchar, Daph. Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa que me pidas.

—No se trata de cuando tú lo decidas. Se trata de luchar juntos, de no rendirse, y tú lo hiciste, Ángelo, tú me dejaste ir.

Cierra los ojos y una expresión torturada se adueña de su rostro.

—No quise hacerlo, Daph…solo quería lo mejor para ti. Solo deseaba que estuvieses bien, yo quería…

—No me dejaste decidir, me quitaste la oportunidad de elegir lo que yo deseaba hacer —reprocho—. Y ahora vienes, dándote cuenta de que aún me necesitas, ¿no?

—Daphne…—suplica— claro que te necesito, no puedo hacerlo sin ti.

—Claro que puedes, estabas muy seguro ese día —señalo.

Su rostro se contrae, vuelve a cerrar los ojos y baja el rostro. Soy consciente de la manera en la que su cuerpo se tensa, como sus hombros se elevan y su respiración se agita.

—Te necesito a mi lado —suplica—. Te aparté y lo siento muchísimo, me he arrepentido de eso desde que te marchaste del hospital, Daph. Ha sido una maldita tortura. Así que te suplico, que no me apartes.

—Lo mismo te pedí ¿recuerdas? Y no me escuchaste.

—Daph…

—No hay nada que podamos arreglar….

—Daphne, por favor —se acerca, su mano encuentra la mía y mi pecho se contrae con fiereza—. No puedo hacer esto solo, está siendo demasiado.

Su mirada se cristaliza y todo en él está envuelto en desesperación.

—Por favor, no te apartes de mí.

Mis ojos se humedecen, arden tanto que las lágrimas son incontenibles.

—Ángelo, esto no va a funcionar.

—Claro que lo hará, puedo hacer más, Daph. Yo puedo…yo puedo hacer más. Déjame intentarlo, déjame mostrarte que puedo hacerlo, que soy capaz. Déjame demostrarte que no miento cuando digo que te amo.

Niego y él luce desesperado.

—He intentado estar sin ti, me he convencido de que es lo mejor para ti.

Pero todo se está yendo al carajo, Daph.

Y estoy perdiendo la cabeza, te necesito, como nunca antes he necesitado a alguien, y estoy harto de perder cosas, estoy harto de conformarme, estoy hasta la mierda de harto de solo sobrevivir.

Coloca las manos a los costados de mi cuerpo, luego toma mi barbilla y la eleva, consiguiendo conectar la mirada con la mía.

—Solo te he dicho una mentira, y eso esa es que no deseo seguir con esto.

Porque quiero hacerlo, porque eres lo mejor que me ha pasado en la vida, porque estoy harto de fingir que soy invencible, tú eres mi felicidad, tú eres lo que necesito, eres esa parte de mi vida que mantiene el control, eres la mujer de mi vida.

Mi corazón da un vuelvo tan furioso que parece capaz de colapsar, mi pecho se hunde con fuerza y dejo de mirarlo, cierro los ojos con fuerza porque duele. Duele tanto.

—Lucca dijo que no debía dejar que nadie pasara sobre mí otra vez —vuelvo a mirarlo cuando menciona a su hermano—. Dijo que no debía darles esa oportunidad.

Lo miro tomar una inhalación, como si tratara de darse valentía a él mismo para continuar hablando.

—Pero estoy dispuesto a otorgarte el poder, estoy dispuesto a arriesgarme por ti —su mano viaja hasta un costado de mi rostro, trazando una línea invisible que me hace sentir todo un torbellino en mi interior.

—Ángelo…

—Porque si no lo hago, Daph, si te dejo ir, voy a arrepentirme el resto de mi vida.