Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 33.- MI PROPIA DESTRUCCIÓN #3
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33.- MI PROPIA DESTRUCCIÓN #3

Intenta hablar, pero la interrumpo.

—Tan pronto como el juicio acabe, me deslindaré de absolutamente toda responsabilidad para con esta familia.

Si consigo recuperar a las niñas, viviremos lejos de esta familia.

Porque no voy a permitir que las hagas sentir de este modo, porque nunca voy a dejar que las hagas sentir que son insignificantes e insuficientes para esta familia.

Ignoro el ardor en mis ojos, y decido que he tenido suficiente.

Cuando me doy la vuelta, dispuesto a dejarla sola en la sala, me detengo. Hay una pregunta que me ha acompañado como una astilla bajo la piel desde que mi infierno comenzó.

—¿Tú me crees?

Ella parece confundida.

—¿Crees lo que dicen de mí? —mi voz sale más baja, más rota de lo que quisiera—. ¿Crees que soy el hombre de los periódicos? ¿Que hice todo eso… que lastimé… que fui capaz de…?

No termino la frase. No puedo.

—¿Tú crees que realmente le hice todo eso?

—Tal vez lo exageraron—. suelto una risa irónica.

—¿Lo exageraron?

—Por favor, Ángelo. Eso pasa, un golpe cerca del rostro, un par de gritos e intentan armar toda una escena —dice y no me lo creo—. Tal vez le hiciste algo como eso y ella exagera todo.

El dolor me atraviesa, de una forma inigualable.

De una manera que termina por destruirme.

Me giro lentamente para mirarla. Ella ni siquiera se da cuenta de la magnitud de lo que acaba de decir.

Para ella, el hecho de que yo pueda ser un maltratador, un hombre capaz de levantarle la mano a la mujer que ama es una posibilidad aceptable.

—Ni siquiera te importa si es verdad o no —murmuro con una náusea creciente—. No te horroriza la idea de que tu hijo sea un monstruo; solo te molesta que el monstruo sea poco discreto.

Ella sacude la cabeza.

—No, no es eso es que…estas cosas pasan. Así como Lucca… —la miro, intentando entender—. Jenna exageró un poco y…

Siento que el suelo desaparece bajo mis pies.

El zumbido en mis oídos se vuelve un estruendo ensordecedor que ahoga los latidos de mi propio corazón.

Durante años, la imagen de Lucca fue mi norte, mi estándar inalcanzable, la luz que me hacía sentir como una sombra perpetua.

Él era el hombre perfecto, el padre ideal, el hijo que merecía vivir.

—¿Qué acabas de decir? —mi voz es un hilo sangrante, apenas un susurro que lucha por salir de una garganta cerrada por el horror.

—No pongas esa cara, Ángelo —dice ella, y su tono de "asuntos familiares" me revuelve las entrañas—.

Lucca tenía un carácter fuerte, como tu padre.

A veces las cosas se salían de control en la intimidad, pero él siempre se arrepentía.

Jenna entendió que el apellido estaba por encima de un par de... incidentes.

« Incidentes »

La náusea me golpea con la fuerza de un impacto frontal.

Me apoyo en la pared porque mis piernas han dejado de responderme.

Veo las fotos de Lucca en los portarretratos de la sala: su sonrisa impecable, su postura de caballero, el hombre que yo intentaba emular cada mañana mientras me despreciaba a mí mismo por no ser suficiente.

Todo es una mentira podrida.

—¿Me estás diciendo... que él la golpeaba? —Las palabras me queman al salir—. ¿Que el hermano al que siempre he admirado, ese con el que me comparaban cada maldito día, era un maltratador?

—Oh, no seas dramático. Fueron solo un par de veces, Jenna era muy sensible y...

—¡Cállate! —rujo, y esta vez el grito me sale desde el fondo del alma, rompiendo el aire de la sala—. ¡Cállate de una maldita vez!

—¡No me hables con ese tono! ¿Te sorprende? ¿Nunca te lo dijo? Por eso se mostró tan condescendiente contigo cuando empezó todo esto. Porque pasó por una demanda similar. Solo que Jenna fue una mujer sensata… y retiró los cargos.

Me siento golpeado con brutalidad, de una manera que me provoca nauseas.

Por eso se mostró tan condescendiente contigo.

Hilary tuvo razón.

«Tu hermano no era un hombre bueno»

Miles de recuerdos llenan mi mente, me golpean una y otra vez mientras intento entender, mientras cada una de las piezas se va uniendo.

«Ellas hacen esto, Ángelo.» «Siempre intentarán dejarte mal» «No creo que hayas hecho algo como eso, pero tal vez ella lo merecía»

Son breves fragmentos de conversaciones que vienen a mi mente. Recuerdo a Jenna usando mangas largas los días que estuve en casa, cuello alto un par de veces.

«A veces tenemos que ser duros, tú tienes que serlo. Tienes que dejarle saber que no pueden volver a pasar sobre ti»

He pasado toda mi vida sintiendo que debía parecerme a él, que tenía que ser igual.

El asco sube por mi garganta como una marea negra, espesa y amarga. Me apoyo en la pared, sintiendo que el yeso está frío, pero nada comparado con el hielo que acaba de solidificarse en mis venas.

«Ojalá fueses como Lucca».

Esa frase fue mi condena, el mantra que escuché en cada cena, en cada crisis, en cada fracaso.

Me esforcé tanto por alcanzar esa sombra, por pulir mis aristas y convertirme en ese hombre de mármol que ella tanto adoraba, que terminé convirtiéndome en un monstruo por derecho propio solo para encajar en el molde de un abusador.

—Ángelo…— miro hacia la entrada, Antoni está ahí. Y la manera en la que me observa, me deja saberlo.

—Tú lo sabías —murmuro sintiéndome herido—. Maldita sea, tú también lo sabías.

—Lo admirabas demasiado —susurra con una compasión barata que se le da a alguien que acaba de descubrir que ha estado viviendo en una mentira.

—Largo de mi casa —exijo—. Largo los dos.

—Ángelo…

—¡Dije fuera! —bramo haciendo retroceder a mi madre—. ¡Largo de aquí!

Antoni se acerca, toma el brazo de mi madre y la saca de la casa. El silencio me abruma, me sofoca tanto que siento que no puedo respirar. Me apego a una de las paredes, la opresión en el pecho aumenta y busco mi celular con desesperación.

Marco el número que ya me sé de memoria. Porque la necesito, porque no puedo más con esto.

—Daph…—susurro con voz rota cuando responde.

—Lo siento, mi amiga no puede tomar su llamada, señor Lombardi —la voz de Jodi al otro lado de la línea me obliga a aparentar calma.

—Jodi…necesito…necesito hablar con Daphne —mis manos tiemblan y siento la respiración hacerse más irregular.

—Ella no puede atenderlo ahora, señor Lombardi.

Las lágrimas se acumulan en mis ojos, el dolor en el pecho aumenta, no soy capaz de responder.

—¿Ángelo? —su voz se cuela por mis oídos, haciéndome sentir tan frágil.

—Daphne yo…—una nueva discusión se escucha al otro lado de la línea, alguien arrebatándole el celular supongo. Y luego, luego la llamada se cuelga.

Ella no quiere hablar conmigo.

Pierdo el control, lanzo el teléfono contra una de las paredes, un sonido seco se escucha y el artefacto cae, liberando varias piezas en el suelo.

Un grito furioso brota de mis labios, me raspa la garganta, pero la sensación ardorosa no se compara con nada de lo que experimento ahora mismo.

No soy capaz de hacer nada más que sentirme consumido por una sensación dolorosa, por una nueva ola de fragilidad y vulnerabilidad.

Sintiéndome tan miserable como hace cinco años.

Y me arrepiento, me arrepiento de haberme quitado la armadura, porque la necesito más que nunca, la necesito para que deje de doler, para no sentir como a cada segundo, me deshago otra vez.

Pero no la hay, la he desechado, y desearía nunca haberlo hecho. Desearía no haber vuelto a Italia, desearía no haberme hecho cargo de las hijas de Lucca, desearía no quererlas tanto, desearía poder deshacer los últimos cinco años de mi vida.

Pero deseo ver a Jacob, tenerlo conmigo otra vez, escucharlo llamarme papá. Quiero verlo sonreír por mi causa.

Y deseo que mis niñas vuelvas, mirar a Bella correr por la casa, mirar sus dibujos coloridos, escucharla decir que me quiere.

Deseo mirar a Lía dar pequeños pasos antes de lanzarse a mis brazos, observarla sonreír y chillar de emoción al verme, deseo ver a Antonella, y escucharla decir que soy su tío favorito, escuchar sus quejas sobre cualquier cosa.

Deseo que Daphne esté aquí, deseo que ella sea quien me envuelva con su fortaleza, deseo que sea quien me repita que todo va a pasar. Deseo que me diga una de sus frases sarcásticas que seguro me harán reír.

Deseo volver a escucharla decir que me ama.

Deseo ver su sonrisa radiante, el brillo en sus ojos, deseo mirarla reír y cuidar de Lía, deseo oler de nuevo su dulce aroma, deseo nunca haberla apartado de mí.

Deseo que mi familia vuelva.

Pero ahí, en medio de un pasillo que comienza a volverse oscuro, me doy cuenta de que no volverán.

Que estoy solo otra vez, que es probable que todo salga mal y no poder recuperarlos otra vez.

—Solo quiero que vuelvan —susurro con voz rota—. Por favor.

Es una súplica al aire, un lamento que se impregna en las paredes, que se escapa por las ventanas, pero no llega a ningún sitio.

—¿Ángelo? —la voz de Antoni se escucha—. Hermano…

No soy capaz de responderle, escucho sus pasos acercarse y bajo el rostro.

Lo siento colocarse a mi lado, y cruzar un brazo por mis hombros.

—Está bien —dice con voz calmada—. Déjalo ir.

Él me dice que lo deje ir, pero ¿cómo se deja ir el aire cuando te estás asfixiando?

He vivido para ellos. He sido el villano para que ellos fueran los santos.

He aceptado el odio de mi madre para que ella pudiera seguir amando a un fantasma.

Y ahora que sé la verdad, el vacío es tan vasto que me aterra.

Antoni me sostiene con fuerza, permitiendo que me desmorone, que sea débil, que sea ese Ángelo que nadie quiso conocer. El silencio de la mansión nos envuelve, un silencio que ahora sé que está hecho de secretos y sangre.

No me queda nada. Ni el honor de mi hermano, ni la confianza de mi familia, ni el calor de mi mujer. Solo este llanto amargo y la revelación devastadora de que todo el sacrificio fue por una mentira.

Ahí contra una de las paredes de la sala de mi hogar, vuelvo a quedar en pedazos, experimento por segunda ocasión, mi propia destrucción.