33.- MI PROPIA DESTRUCCIÓN #2
—Por primera vez en tu vida, toma una elección que no comprometa tu felicidad.
Ve detrás de lo que te hace feliz, detrás de quien te hace feliz.
Siempre has decidido pelear tus batallas solo, siempre te has creído autosuficiente y está bien, Ángelo, está bien creer que eres una especie de súper héroe, pero incluso los mejores héroes necesitan de un equipo.
Necesitan de alguien que esté con ellos.
Deja el vaso de cristal a un lado y me mira con mayor intensidad.
—Daphne te ama y si la dejas ir, vas a arrepentirte el resto de tu vida, hermano.
—No quiero hacerle daño —susurro—. Quiero poder ofrecerle lo mejor, quiero…quiero estar con ella y estar libre de acusaciones, no quiero que se involucre con alguien con el apellido manchado. Antoni, Daphne merece el amor más puro y bueno del mundo…
—Y tú puedes ofrecérselo —interrumpe—. Tú puedes darle eso, eres capaz, eres perfectamente capaz de amar a alguien, ya lo has hecho antes, puedes hacerlo ahora.
No respondo, desvío la mirada.
—Ángelo, si fuiste capaz de amar a Renata, si fuiste capaz de hacer tantas cosas por ella, si te sentiste bien por meses y ella no fue la indicada, ¿qué te hace pensar que con Daphne no puede ser mejor?
—Tal vez ya me odia —cierro los ojos ante el pensamiento—. Tal vez no va a querer verme nunca más.
—No vas a saberlo si no hablas con ella —dice sentándose a mi lado. Toma la botella que hay a un costado y rellena nuestros vasos.
No me atrevo a responder. Así que nos quedamos en silencio, hasta que él se incorpora.
—¿Sabes qué? Me quedaré aquí, tu casa me gusta, tal vez pueda pasar un par de días, ¿qué te parece?
Sonrío, negando levemente ante sus palabras.
—Serás un dolor de cabeza.
—Sí, pero es mejor a que estés en este desesperante silencio producido por una casa tan grande. No tengo nada mejor que hacer así que iré a casa, haré un par de maletas y vendré aquí.
Deja a un lado del vaso y se encamina hacia la puerta, antes de que pueda atravesarla por completo, lo llamo.
—¿Sí? —pregunta volteándose—. Advierto que nada de lo que digas podrá…
—Gracias —él deja de hablar—. Será bueno tenerte en casa por unos días.
Parece un tanto desconcertado, y sonríe.
—Te dije que estoy para ti —susurra—. Es lo que los hermanos hacen.
Le sonrío de vuelta, eleva la mano y hace un ademán de adiós antes de abrir la puerta y salir.
Cuando me quedo solo, me derrumbo de nuevo sobre el sofá.
Aprieto los párpados, y me repito que esto es temporal.
Solo temporal.
Me lo repito hasta que soy capaz de creerlo. Hasta que el dolor pesa un poco menos, pero no desaparece.
Y no estoy seguro de que alguna vez lo haga.
Detengo el auto frente a la casa que era de Lucca, la construcción es de un aspecto moderno me da la bienvenida mientras camino hacia la puerta de entrada.
Toco un par de veces el timbre, esperando porque alguien respondiera.
—Ángelo —Hilary saluda con un tono que evidencia lo falso de su amabilidad.
—Vine a ver a mis sobrinas —informo—. ¿En dónde están?
—No están en casa —dice con una mueca—. Tal vez debas volver otro día.
Hace el ademán de cerrar la puerta, pero la detengo.
—¿A caso estás impidiendo que vea a mis sobrinas? —inquiero.
—Antonella está con unas amigas, y Bella en clase de Ballet.
—Antonella nunca va a casa de sus amigas, y hoy es jueves, Bella no tiene clase de Ballet los jueves. Y en todo caso de que así fuera, ¿en dónde está Lía?
Ella no responde.
—¿Tengo que recordarte que puedo visitarlas dos veces a la semana? ¿O quieres que le diga al juez que no me permites ver a mis sobrinas?
—Ya lo dije, no están en casa —y con eso, me cierra la puerta en la cara.
La molestia se apodera de mi cuerpo, golpeo la madera con fuerza.
—¡Esta ni siquiera es tu casa! —espeto—. ¡Hilary!
Suelto una palabrota mientras me aparto y tomo el celular para llamar a Antonella.
El timbre suena varias veces, pero termina enviándome al buzón de voz. Vuelvo a insistir, una y otra vez hasta que al final, solo se escucha el buzón.
Podría entrar a la casa sin problema, después de todo es mía. El hecho de que se estuviesen quedando aquí fue porque prefería que estuviesen en un sitio que las niñas conocían, a un pequeño departamento que Hilary costearía mientras el juicio se llevaba a cabo.
Lo considero, sé exactamente en donde están las llaves de repuesto, pero las palabras de Franco se repiten en mi mente.
No hagas nada que ella pueda usar en tu contra, debes cuidarte las espaldas.
Me aparto, aun cuando por dentro deseo entrar a la casa y comprobar si lo que Hilary dice es verdad. Subo al auto con pesar, abro la aplicación de mensajes y busco el contacto de Antonella.
“ Vine a verlas hoy, Hilary dijo que no estaban en casa. No sé si es cierto o no, ya que no me dio oportunidad de comprobarlo, pero solo quiero decir que las extraño, y estoy haciendo todo lo posible para que vuelvan a mi lado”
Las quiero. No lo olviden.
Envío el mensaje y guardo el celular en medio de un suspiro. Solo debo resistir un mes.
Vuelvo a casa con los ánimos más bajos que de costumbre. Y cuando noto la presencia de mi madre en mi sala, sé que esto va a empeorar.
—De nuevo —lanza la revista en mi dirección apenas ingreso—. De nuevo nos has envuelto en el mismo escándalo.
Me mira con reproche mientras se cruza de brazos.
—Y ahora, manchan la memoria de tu padre, aun cuando ha fallecido no tienen respeto, y todo esto es tu culpa, Ángelo.
No tengo las energías suficientes para discutir con ella. Pero sé que ignorarla tampoco servirá de mucho.
—Sí, como cada cosa mala que le pasa a esta familia, ¿no es cierto? Todo es mi culpa. Para ti siempre voy a ser el culpable.
—Tenías una sola tarea, ¡cuidar de las hijas de tu hermano! ¡El confío en ti! ¿Y qué hiciste? ¡Arruinarlo todo! ¡Siempre arruinas todo!
Mi pecho se hunde con algo parecido a dolor, uno agudo, casi parece físico. De esos dolores en donde parece que el corazón va a detenerse, en donde parece que está dando sus últimos latidos.
—Eres irresponsable, inconsciente, no piensas ni un segundo en la familia…
—¿No pienso en la familia? ¡Maldita sea, mamá, todo lo que hago es por esta familia!
—¿Por esta familia? —se burla, con una risa seca que corta más que un vidrio—. No me hagas reír, Ángelo. Si pensaras en esta familia, no estaríamos viendo tu cara en todas las portadas como si fueras un criminal.
Levanta la revista otra vez, la sacude frente a mí como si fuera una sentencia.
—Tu padre murió creyendo que al menos uno de sus hijos tendría dignidad —escupe—. Y mira lo que dejaste de su apellido.
El silencio que sigue a sus palabras es más pesado que el estallido de los gritos. Siento cómo el aire se escapa de mis pulmones, dejándome vacío, mientras el eco de la mención de mi padre rebota en las paredes de esta habitación que, de pronto, se siente como una celda.
Mi madre me observa con un desprecio tan puro que me obliga a apartar la mirada. No es solo por el escándalo; es la acumulación de años de resentimiento, de juicios silenciosos que hoy, por fin, han encontrado la grieta perfecta para salir.
—¿Dignidad? —mi voz sale apenas como un hilo, cargada de una amargura que me quema la garganta—. Lo que tú llamas falta de dignidad es lo que ha pagado esta casa y cada maldito respiro de tranquilidad que has tenido desde que él se fue.
—¡No te atrevas! —ruge ella, dando un paso hacia adelante—. No te atrevas a ensuciar su memoria. Mi hijo murió en ese accidente, y tú... tú solo eres el recordatorio de que nos quedamos con el hijo equivocado.
Esa frase es el golpe de gracia. Siento el crujido interno, algo rompiéndose justo en el centro de mi pecho. El dolor físico que sentía antes se transforma en una anestesia gélida.
Me quedo inmóvil, mirándola, pero ya no la veo a ella. Solo veo el vacío de los últimos años, el esfuerzo inútil de intentar llenar un hueco que nunca estuvo destinado para mí.
—Tienes razón —suelto, y mi propia voz me resulta ajena, despojada de toda esa autoridad que suelo fingir—. Tienes toda la razón, mamá.
La mirada de mi madre vacila. No esperaba eso. Ella siempre espera que discuta, que me defienda, que levante la voz.
Pero hoy no tengo nada que levantar.
—¿Sabes algo? Antoni está haciendo un trabajo excelente con los casinos —murmuro, mirando un punto fijo en la pared—.
Creo que te está dando la oportunidad perfecta de comprobar que él sería mejor director que yo.
Antoni tiene esa "dignidad" que tú tanto extrañas.
Él no ensucia el apellido. Él es lo más parecido al hijo que perdiste, ¿no es así?
—¿De qué hablas? —Su tono ya no es filoso. Es desconcertado.
Me encojo de hombros.
—De que quizás nunca debí estar al frente. Tal vez tú lo sabías desde el principio y solo estabas esperando que lo entendiera solo.
—Ángelo, no digas tonterías.
—No son tonterías —la interrumpo con una calma que ni yo reconozco—. Antoni es estable. Piensa antes de actuar. No tiene juicios encima.
¿Qué caso tenía seguir haciendo algo que los demás no apreciaban? ¿Por qué me esforzaba en mantener un imperio del cual nadie me cree merecedor?
—Todos los escándalos que dicen han afectado a la familia, han sido por culpa mía. Así que, tal vez deba deslindarme de esta familia. Tal vez nunca debí de haber aceptado el puesto en primer lugar, tal vez debí quedarme en San Francisco, tal vez nunca debí de haber vuelto a Italia.
Mi visión se nubla y la ola de frustración me envuelve.
—Volví esperando encontrar el apoyo de mi familia, esperando encontrar un refugio que claramente no hallé. Pero me quedé, e hice todo cuanto estuvo a mi alcance para demostrarle a Paolo que era digno, para convencerlo de que era capaz, me esforcé tanto para que me notara, y no valió la pena.
Un silencio se instala entre nosotros.
—Lamento que tu familia perfecta sea afectada por mi culpa. Lamento ser el “hijo vivo” que no soportas.
—Ángelo…
—Si Antoni quiere quedarse al frente de los casinos, que lo haga. Hablaré con Franco y formalizaré mi renuncia. Me haré a un lado. Eso es lo que siempre has querido, ¿no?