Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 29.- EL MENOR DE LOS PROBLEMAS
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29.- EL MENOR DE LOS PROBLEMAS

ANGELO

El día de volver a San Francisco llegó y Jacob parecía no querer marcharse de casa.

—¿Volveré pronto? —me cuestiona cuando vamos camino al aeropuerto.

—Claro que sí, apenas tengas vacaciones —aseguro—. Te prometo que haré lo posible para que estés conmigo.

Asiente, sin embargo, no parece estar convencido en lo absoluto.  Lo miro, teniendo la necesidad de saber cómo se ha sentido en este par de semanas, de saber si realmente la vida conmigo… le agrada. Porque de otro modo, sería incapaz de luchar por él, no lo arrastraría a una vida que él no desea.

—Campeón —me mira de nuevo —¿Te has divertido?

Asiente.

—Eso no pareció muy convincente. —Lanza un suspiro que me parece adorable, y se desparrama en el asiento.

—Sí me divertí, pero voy a echarte de menos.

Mi corazón sufre un maldito vuelco, me aclaro la garganta, guardándome los sentimientos que claramente no debería mostrarle a un niño de cinco años.

—Yo también voy a echarte de menos, muchísimo —sus ojos se encuentran con los míos otra vez.

—¿Por qué no vives con nosotros? —lo inocente de su pregunta me desarma —¿por qué mamá siempre está molesta cuando habla de ti?

Aprieto la mandíbula, una punzada dolorosa me atraviesa el pecho. No sé supone que un niño esté preguntando esas cosas. No se supone que tenga que sentirse de ese modo.

—A veces los adultos hacemos cosas que lastiman a los demás —finjo una sonrisa —a veces cometemos errores, y esos errores tienen consecuencias. Pero eso no quiere decir que no te queremos, tu mamá y yo te amamos muchísimo.

—¿Mamá te lastimó, o tu lastimaste a mamá?

La punzada en el pecho se vuelve más honda. Carajo. ¿Cómo le digo lo mucho que su madre me ha herido?

—Nos lastimamos los dos —admito, con la voz más honesta que puedo darle—. Y cuando eso pasa, a veces lo mejor es no vivir en la misma casa… para no seguir haciéndonos daño.

Un corto suspiro brota de sus labios.

—¿Por qué no puedo quedarme aquí? — intento ocultar mi sorpresa.

—¿Te gustaría vivir conmigo?

—Sí —dice y algo en mí se revuelve con furia—. Pero mamá se pondrá triste.

—No tiene que ponerse triste. Y si vivir conmigo es lo que quieres, entonces podemos arreglarlo.

La emoción brilla en sus ojos.

—¿De verdad?

—Claro que sí. Voy a encargarme, ¿de acuerdo?

Vuelve a asentir, acompañando el gesto con una pequeña sonrisa.  Y con eso, tengo la absoluta certeza, de que ahora tengo a alguien más por quien luchar.

No quiero estar aquí, no tolero tener que dejarlo de nuevo, pero en este momento, no hay mucho que pueda hacer al respecto.

—¡Cariño! —Renata sale de la casa apenas el auto estaciona. Jacob abre la puerta con prisa y corre hacia su madre.

Me tomo el tiempo para bajar, y luego sacar sus maletas del auto antes de acercarme.

—Ángelo —saluda.

—Renata —le entrego las maletas, Jacob gira hacia mí y le sonrío. Abro los brazos cuando se acerca, y lo cargo apartándome un poco.

—Voy a extrañarte —dice abrazándose a mi cuello—. ¿No puedes quedarte? ¿Aunque sea un ratito?

—Me encantaría, pero tengo que volver con tus primas —le recuerdo—. Pero te llamaré, y sabes que puedes llamarme cuando lo desees, siempre responderé.

Lo dejo de nuevo sobre la acera y me hace un ademán de adiós, al mismo tiempo que Russell aparece en la puerta.  Renata voltea, mirándolos por un segundo y solo cuando Jacob ingresa a la casa, vuelve a su postura retadora.

—Supe lo de tu nueva novia —dice—. Te habías tardado, pero ¿una niñera? ¿en serio?

—Un gusto verte, Renata —musito dándole la espalda.

—Hilary Dorian me llamó —me detengo cuando dice aquello—. Parece que está muy interesada en hacerme participe de un juicio por custodia.

—No te metas en esto, no es tu asunto. —Advierto encarándola.

—Oh, la seguridad de tres niñas está en juego —dice con fingida compasión—. ¿Cómo podría ignorarlo?  —Doy un paso al frente, repitiéndome que debo mantenerme bajo control.

—Diré esto una sola vez, no te metas, Renata.

—Quieres quitarme a Jacob. No creas que no imagino lo que pretendes, quieres llevártelo.

—Es mi hijo, puedo hacerlo si lo deseo.

—Si intentas alejarlo de mi lado, le diré la verdad —amenaza—. Le diré que no eres su…

—Cállate —exijo con la mandíbula apretada—. No te atrevas a decirlo.

Ella sonríe, satisfecha con la reacción que está obteniendo.

—Lo tuviste dos semanas, y eso es lo máximo que pasará contigo, Ángelo. Si intentas quitármelo, él sabrá la verdad.

Vuelvo sobre mis pasos, repitiéndome que tengo que mantener el control.

—Atrévete. Pero entonces me encargaré de destruirte.

Decirle la verdad a Jacob va a arruinarte, Renata —aseguro—.

No pensaste en eso cuando hiciste todo ese escándalo en la corte, ¿no?

No creíste que pudiera considerar a Jacob mi hijo, ni que quisiera pasar tiempo con él.

No tomaste en cuenta de que tal vez, yo quisiera luchar por mi hijo.

Retrocedo, elevando el mentón con suficiencia.

—Si haces algo para dañarlas, si te atreves a decir algo, tu amado esposo va a perder todo lo que tiene —amenazo—. Documentos en blanco y con firma, Renata, ¿los recuerdas? Atrévete a hacer algo para lastimar a mis niñas y juro que desearás no haberme conocido.

No responde, la ira explota en su mirada y sonrío.

—¿Quién está atada de manos ahora? ¿Qué fue lo que me dijiste ese día? “La decisión está en ti” —vuelvo a sonreír y retrocedo unos pasos—. Que pases buen día, Renata.

No me molesto en esperar una respuesta, continúo con mi camino hacia el auto y una vez dentro, cierro los ojos y maldigo.

Hilary parecía en la entera disposición de usar todo cuanto tuviera a su alcance para quitarme a mis sobrinas, usar mi pasado en la corte familiar sería una ventaja para ella.

Un arma que no debo permitir que use.

Decido no quedarme en el hotel de San Francisco y cancelar la reservación. No olvido que Daphne no está en su mejor momento para cuidar de los desastres, así que es mejor que vuelva pronto.

Le envió un mensaje a mi chica cuando llego al aeropuerto, contar con un avión privado ahorraba las horas de espera en las salas de abordar, así que apenas llego me basta menos de una hora hacer todo lo necesario, y subir al avión.

Es un vuelo largo, así que cuando al final llegó a casa, no tengo ánimos de hacer nada más que dormir.

—Hola —Daphne baja las escaleras cuando me escucha llegar. Su voz adormilada me hace sonreír. Son cerca de las tres de la mañana, así que no esperaba encontrarla despierta.

—Hola —respondo caminando hacia ella—. Deberías estar descansando.

—He descansado lo suficiente —admite—. Tú madre fue muy gentil al venir y cuidar de las niñas. No me permitió levantarme de la cama. Además, Jackie me cuidó bastante bien.

Sonrío, abriendo los brazos para recibirla cuando estamos lo suficientemente cerca.

—¿Cómo te sientes? ¿Estás mejor?

—Los medicamentos han ayudado, estaré completamente bien en un par de días. ¿Cómo estuvo tu viaje?

—Pudo haber ido mejor. —Sonríe con suavidad, sin presionarme.  Una de sus manos para acariciar mi rostro.

—Todo va a salir bien.

—Eso espero —me acerco para dejar un beso sobre sus labios, luego subimos juntos las escaleras. —Debes ir a descansar, tomaré un baño.

—¿A las tres de la mañana? —inquiere.

—He pasado poco más de veinticuatro horas de vuelo así que necesito una ducha —digo arrugando la nariz—. No me demoro, te alcanzo en unos minutos.

Ella asiente, riendo levemente mientras va hacia su habitación. Cuando la miro entrar tomo una inhalación y me dirijo hacia mi propia recámara.

Intento no demorarme demasiado porque el cansancio parece hacerse mayor a cada segundo que transcurre. Espero a que el agua esté lo suficientemente caliente como para permitirme entrar bajo la regadera, y todo mi cuerpo parece sentirse aliviado al contacto con el agua.

Me demoro más de lo que planee, así que cuando voy hacia la habitación de Daphne, ella está envuelta en las sábanas, y luce profundamente dormida, sonrío, me deslizo con suavidad intentando no despertarla, ella se remueve apenas, girando hacia mí y sonrío cuando casi inconscientemente, se acurruca contra mi pecho.

Dejo un beso sobre su cabello, y luego cierro los ojos. Sintiéndome bien de estar aquí.

Sintiéndome bien de estar en casa.

Intento funcionar con normalidad, intentando que la ausencia de Jacob no me pese demasiado.  Pero no lo consigo, no tengo cabeza para ir a los casinos así que decido trabajar desde casa. Sin quitarme el pijama y usando por primera vez la sala como oficina.

Daphne está a mi costado, leyendo algo que parece tenerla bastante entretenida, así que ninguno espera la llegada de mi hermano justo al medio día.

—Quien diría que eres capaz de tener un día libre —sonríe —¿Aún en pijama ambos?

—Hola Antoni —saluda Daphne incorporándose —iré arriba.

—Un gusto verte, cuñada —sonríe y a Daphne se le enciende el rostro.

—Igual, Antoni —dice dándonos la espalda para subir las escaleras.

Cuando ya está lo suficientemente lejos, me giro hacia mi hermano.

—¿A qué debo tu visita?  —inquiero.  Él sonríe otra vez, se quita el saco y lo deja sobre uno de los respaldos de los sillones antes de ir a la cocina. —¿Ahora vas a ignorarme? —insisto siguiéndolo.

—Bueno, ¿qué quieres que te diga? Si digo la verdad, que es que quise venir a visitarte dirás que no me crees.

Ruedo los ojos con fastidio.

—Hablo en serio —mascullo—. ¿Qué quieres?

Se detiene frente a la nevera y la abre, toma una lata de soda y la destapa, el sonido al escaparse el gas es todo lo que suena mientras ambos permanecemos en la cocina.

—Mamá me contó lo de la demanda —dice dejando la lata a un lado—. Y quise venir a hablar contigo. ¿Estás bien?

—Sí, es decir, tengo casi todo a mi favor —le informo.

—¿Casi todo?

—El asunto de San Francisco —Antoni hace una mueca—. Hilary habló con Renata, parece que está intentando hacerla testigo en el juicio, para intentar dejarme como persona no apta para el cuidado de las niñas.

—Eso es una mierda, eres el más apto para cuidar de ellas —dice con seguridad—. Siempre supe que esa mujer estaba detrás del dinero de nuestra familia, encontró su oportunidad ahora.

—¿Sabes que quiere un acuerdo? Quiere que le ceda la custodia de Bella y Lía y promete dejar todo el asunto de Jacob atrás. Pero sabes bien que no podemos confiar en ella, además, parece que está empecinada en creer que Lucca no trataba a Jenna de la mejor manera.

—¿Cómo?

—Dijo que Jenna en realidad planeaba irse y dejarlo. Algo así como huir de casa porque Lucca no era precisamente un buen esposo, ¿puedes creerlo?

Mi hermano parece brevemente incómodo.

—Lucca dijo que Jenna y él estaban teniendo problemas, y que ella quería irse un tiempo a Londres, con su madre. Fue una de las últimas discusiones que tuvieron, porque ella quería llevarse a las niñas, a las tres.

—¿Jenna si quería irse? —Se encoje de hombros.

—Supongo que es algo que no sabremos—. sacudo la cabeza.

—No puede ser cierto —aseguro —Como la mierda que no, conocíamos a nuestro hermano, Antoni. ¿Cómo puedes siquiera considerarlo? Lucca amaba a Jenna y a sus hijas, no vas a creer en las palabras de una mujer que va detrás de una herencia millonaria.

Antoni eleva las manos.

—Bueno, en todo caso sabes que, si necesitas algo, cualquier cosa, puedes llamarme —dice—. Lo digo en serio.

Lo miro por un par de instantes.

—Lo agradezco —asiente, toma de nuevo la lata de soda y le da un largo trago—. Y perdón por el puñetazo.

—No, yo dije un par de idioteces, me lo merecía —sonríe y se aparta de la barra—. Tengo unos asuntos que resolver, solo vine a ver como estabas.

Asiento, ambos salimos de la cocina y cuando él atraviesa la puerta de la entrada, se detiene.

—Lo digo en serio, Ángelo. Si necesitas cualquier cosa, llámame.

—Lo haré, lo prometo.

Solo cuando digo aquello se marcha, lo miro subir al auto y permanezco en la entrada hasta que sale de la casa.

Tomo una inhalación y vuelvo adentro. Las palabras de mi hermano siguen dando vueltas en mi mente. No tengo forma de saber si mi hermano fue alguien diferente al hombre que todos conocíamos.

Si mi hermano fuese todo aquello de lo que se le acusa, sus hijas no lo amarían tanto.

Y decido quedarme con ese pensamiento y no darles ninguna oportunidad a los cuestionamientos internos de surgir, porque justo ahora, eso es lo que menos necesito.

—Estás muy tenso —dice Daphne ingresando al estudio—. ¿Todo en orden?

—Tengo demasiado trabajo —suspiro apartando la mirada de la computadora.

—Bueno, a mi parecer estás de este modo desde que tu hermano se marchó —dice y me mira con detenimiento.

Detestaba que Daphne pudiera darse cuenta con facilidad cuando alguien no estaba siendo del todo sincero.

—¿Quieres hablar sobre eso? —toma asiento en una de las sillas que están frente al escritorio, apoya los codos sobre la madera y sostiene su barbilla con las manos.

Me tomo unos momentos para responder, considerando si esto es buena idea o no.

—¿Alguna vez te has preguntado si las personas que conociste no eran en realidad del modo que parecían ser?

—Bueno, las personas tienen diferentes modos de actuar, dependiendo de las circunstancias, pero creo que siempre hay una conducta predominante, una que no importa la situación, se deja ver.

—¿Puede ser posible que alguien pareciera ser la persona más increíble, pero en realidad no lo fuese?

Daphne parece pensárselo.

—Creo que muchas veces eso ocurre cuando idealizamos a las personas. Cuando las admiramos o queremos tanto, que no nos permitimos ver su apariencia real, sino que nos convencemos con que la imagen mental que tenemos de ellos es así.

Un silencio se instala entre nosotros, uno que no sé cómo romper.

—¿Tienes esa duda de Lucca? —No me atrevo a decirle que si de inmediato.

Era ridículo dudar mi hermano ahora, él siempre fue bueno, siempre fue mi ejemplo a seguir, se suponía que Lucca era el mejor de los Lombardi.

—Daph, ¿qué pasa si mi hermano no fue en realidad la persona que yo creo que era?

Ella intenta responder, pero la puerta del estudio se abre con rapidez, tanta que los dos volteamos hacia ahí.

Franco ingresa, con papeles en mano los cuales deja caer con brusquedad delante de mí.

—Tienes una orden del juez, para presentarte en dos días a una audiencia —dice y el pulso se me dispara—. Hilary quiere impugnar la tutela testamentaria de tus sobrinas.

Y en ese instante sé que los cuestionamientos sobre mi hermano son ahora el menor de mis problemas.