Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 30.- EL MENOR DE LOS PROBLEMAS
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30.- EL MENOR DE LOS PROBLEMAS

ANGELO

—¿Un juicio? —Antonella me mira con algo parecido a temor—. ¿Por qué?

He optado por hablar con la mayor de mis desastres. Porque lo cierto es que, aunque sé que tengo gran parte a mi favor, no sé lo que pueda resultar del juicio y prefiero que ella sepa la verdad, aun cuando eso me rompa el corazón.

—Hilary quiere quitarme la tutela que tus padres me cedieron y…

—¡No! —exclama—. ¡No puede hacer eso! Tío no…

—Hey, tranquila —coloco las manos a los costados de su cuerpo—. Todo va a resultar bien, tus padres me dejaron la tutela y no hay nada de malo para preocuparse.

—Si no hay nada de malo, entonces, ¿por qué me estás diciendo esto? —inquiere—. ¿Crees que algo pueda salir mal?

—Pasa que hay cosas, Anto, de las cuales fui acusado antes —musito—. Cosas que no son agradables y no quiero que sepas, no sé si Hilary use eso, no sé si se atreva a mentir, así que quiero que sepas esto, que voy a ir a un juzgado y voy a hacer mi mayor esfuerzo para que todo siga igual.

Sus ojos se cristalizan y baja la vista.

—No quiero que tengamos que irnos a otro sitio —dice en un hilo de voz.

—¿Quién dijo que irán a otro sitio? —inquiero—. Te dije que somos una familia, así que como familia que somos, tengo que ir a defendernos.

Ella sonríe con sutileza.

—Confiamos en ti.  —Mi corazón da un vuelco furioso tan pronto como ella dice aquello.

—Y no voy a defraudarlas —sonrío hacia ella, intentando aparentarle que todo va bien—. Ahora te dejo para que continúes con tus deberes.

Salgo de la habitación sintiéndome sofocado, Daphne permanece algunos segundos más con ella antes de salir, y tan pronto como lo hace, siento que voy a explotar.

—Tranquilo —susurra tomando una de mis manos.

—¿Cómo puedo estarlo cuando tengo que presentarme mañana a una audiencia? —cuestiono—. Daph esa mujer pudo haber dicho cualquier mentira.

—Ángelo, si hubiese usado lo que temes, alguien de servicios infantiles ya hubiese venido por las niñas —señala—. Sabes bien que una acusación de maltrato y abuso no es fácilmente ignorada, se toman en serio. Si Hilary hubiese usado eso, ellas no estarían aquí.

Intento creer en sus palabras, en que definitivamente no había modo de que Hilary usara lo que ocurrió en San Francisco en mi contra, pero, aun así, soy consciente de que hay una minúscula probabilidad de que fuese algún as bajo la manga.

—Realmente no quiero perderlas.

—Y no lo harás —dice con una sonrisa cálida.

Deja un apretón en el agarre de nuestras manos, y solo entonces sonrío. Dejo de sostener su mano para abrir los brazos y atraerla hacia mí. Ella envuelve mi torso con sus brazos, y se aferra a mi cuerpo de una manera que me hace sentir tan bien.

—Voy a necesitarte ahí —susurro—. Estarás, ¿verdad?

—Dije que estaría para evitar que perdieras la cabeza —eleva uno de sus hombros en un movimiento curioso y luego me dedica un guiño—. Y cumplo lo que prometo.

Se coloca en puntillas, sus labios acarician los míos, y le creo.

Le creo porque de otro modo… no hay forma que salga con vida de esto.

He intentado ser funcional todo el día, pero he fracasado terriblemente.

Interactuar con Bella, jugar con Lía, las conversaciones de Antonella…

todo se siente como un pinchazo directo al corazón porque sé que en cualquier momento alguien puede arrebatármelo.

Así que esa noche no voy hacia mi habitación, sino que me escabullo hacia el único sitio en el que mi mente se apaga.

Con Daphne.

Ella aún no duerme cuando toco su puerta, y parece estarme esperando porque una sonrisa espléndida se apodera de sus labios mientras me hace un hueco en la cama.

—¿Estás bien? —inquiere cuando me deslizo a su lado.

—No lo sé —admito.

—¿Sigues pensando en la audiencia de mañana?

—Es imposible no hacerlo, Daph —suspiro—. La última vez que estuve en un juicio parecido, nada resultó bien para mí.

—Eso no —dice con seguridad—. No es la misma situación, sí, tal vez esa mujer tiene información que no te favorece, pero son mentiras, Ángelo.

Eres un hombre diferente ahora, más fuerte, más inteligente.

Sabes bien que cartas jugar, sabes qué movimiento hacer, y las niñas te adoran.

Cualquier persona que les pregunte se dará cuenta de eso, ellas son felices, son felices aquí, contigo.

Extiende una de sus manos para conseguir acariciar mi rostro.

—Eres un hombre diferente —susurra con dulzura—.

Y no estás solo. Las mentiras siempre salen a la luz, cariño.

Tal vez esta es la oportunidad que has estado esperando, para demostrarle a todos que se equivocaron contigo, para recuperar a Jacob, para hacer eso que tanto deseas.

Tal vez esta es la oportunidad que esperabas, para dejarle ver a todos a ese hombre que eres en realidad.

La miro, siendo incapaz de decir algo más que…

—Te amo, Daph.

No me doy cuenta de lo que pronuncio, hasta que el sonido de mis palabras nos envuelve, hasta que ella eleva las cejas, sorprendida ante la declaración, pero no me arrepiento, no lo hago en lo absoluto.

—Realmente te amo, mia regina —susurro colocando las manos a los costados de su rostro, no lo pienso ni un segundo, me inclino hacia ella eliminando la corta distancia y atrapando sus labios entre los míos.

El sentimiento explota en mi pecho, el roce de nuestros labios consigue eliminar todo rastro de duda, de dolor, de incertidumbre. Me lleva al sitio al que solo Daphne consigue hacerme llegar.

Solo soy capaz de apartarme cuando el aire nos falta, y la mirada iluminada que posee solo me hace querer besarla otra vez.

—Y yo te amo a ti —susurra y eso es más de lo que puedo tolerar.

Porque nunca antes me he sentido así, tan amado, nunca antes me he sentido tan importante para alguien. No he sentido jamás la clase de amor que siento por Daphne Lennox.

Mis manos se apoderan de sus caderas mientras giro para acomodarme sobre ella, Daphne envuelve los brazos alrededor de mi cuello y me apega a ella, como si quiera sentirme mucho más cerca.

En un acto instintivo, mis manos contornean su silueta, viajando por debajo de la tela y deleitándome de la suavidad de la piel.

Suelta un jadeo cuando mis manos llegan a los costados de sus pechos, y ejerzo presión con el pulgar justo en el centro de estos.

—Ángelo…—susurra.

—Lo sé —murmuro contra sus labios—. Sé que dijiste que no ibas a acostarte conmigo.

—Bueno, puede ser que tal vez haya cambiado de opinión. —Me toma unos segundos reaccionar ante sus palabras, y cuando lo hago, solo vuelvo a besarla.

Me quito la camisa en un movimiento rápido, Daphne muerde su labio inferior y el solo gesto consigue hacer que la presión en mi entrepierna aumente.

—¿Estás segura?  —La pregunta se queda suspendida entre los dos, vibrando en el aire caliente que compartimos. No responde de inmediato. Sus manos suben despacio por mi pecho desnudo, recorriendo la piel y enviando sensaciones que no ayudan a mi erección, o más bien, que ayudan muchísimo.

—Completamente, señor Lombardi —dice finalmente con un tono que me arrebata la cordura.

La escucho pronunciar mi apellido y siento cómo la última fibra de mi autocontrol se rompe. «Señor Lombardi». Maldita sea, sabe exactamente qué hilos tensar para hacerme perder la cabeza.

—Que malditamente bien suena mi apellido en tus labios—susurro sobre sus labios con la voz enronquecida, antes de capturarlos en un beso que ya no tiene nada de paciente.

Me deshago del resto de mi ropa con una urgencia que raya en lo salvaje. Mis manos tiemblan ligeramente, algo inaudito en mí, pero ella tiene ese efecto: me reduce a instinto puro.

La observo sobre las sábanas y el control que tanto me jactó de tener se desintegra como ceniza.

Daphne es una visión que me quema la retina porque es una especie de visión gloriosa.

Me posiciono entre sus piernas, sintiendo el calor abrasador que emana de su cuerpo, una invitación que hace que la presión en mi entrepierna sea casi dolorosa.

—Mírame, Daph —exijo. Mi voz no es más que un gruñido bajo, cargado de una posesividad que no puedo, ni quiero, ocultar—. Quiero que veas exactamente quién te está haciendo esto.

Mis labios recorren la línea de su mandíbula, bajando por su garganta hasta llegar al inicio de sus pechos, donde su corazón late desbocado.

—Ángelo…

Bajo mi cabeza, enterrando el rostro en el hueco de su cuello, inhalando su aroma a flores.

Vuelvo a besarla, esta vez sin prisa. Sin hambre descontrolada.

Como si quisiera memorizar la forma exacta en que su boca encaja con la mía.

Sus dedos se enredan en mi cabello, y el pequeño sonido que se le escapa contra mis labios hace que todo en mí se tense.

La levanto con cuidado, sin dejar de besarla.

Ella rodea mi cintura con las piernas y su risa baja, casi incrédula, se mezcla con mi respiración pesada.

—Pensé que ibas a resistirte más —murmura contra mi cuello.

—Estoy intentando ser un caballero —respondo, aunque mi voz no suena demasiado convincente.

Me elevo sobre ella, apoyando mi peso en los antebrazos para quedar a milímetros de su boca.

Sus ojos están nublados, brillantes, fijos en los míos.

El aire entre nosotros es tan espeso que casi se puede tocar.

Mis labios recorren la línea de su mandíbula, bajando por su garganta con besos húmedos y mordiscos suaves que la hacen jadear.

Deslizo mi mano por su vientre plano, sintiendo cómo sus músculos se tensan ante mi tacto. Bajo más, rozando la seda de su ropa interior, deteniéndome justo donde el calor es más intenso. Ella arquea la espalda, buscando mi mano, pero me detengo.

—¿Esto es lo que quieres? —le susurro al oído, mientras mi lengua delinea el lóbulo de su oreja—. ¿Quieres que deje de ser un caballero?

—Ángelo… por favor… —suplica. Su voz es un hilo roto que me arrebata la poca cordura que me queda.