Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 27.- LUCHA
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27.- LUCHA

ÁNGELO

Me tallo las sienes cuando el dolor punzante se vuelve todavía más fuerte.

—¿Ahora me harás caso y tomarás el par de pastillas que te he dejado? —sonrío sin abrir los ojos cuando reconozco la voz de mi nana.

—No me gusta depender de los medicamentos.

—Y a mí no me gusta que mis niños sean tercos —reprende dejando las pastillas de nuevo sobre el escritorio con ese golpecito seco que significa “no estoy negociando”.

Abro un ojo. —Solo es dolor de cabeza.

—Un dolor de cabeza que has tenido en los últimos años, ¿cierto?

No respondo. Jackie suspira, más suave.

—¿Hablaste con Daphne? —La pregunta me atraviesa.

—Sí.

—¿Sí? —abro los ojos por completo.

—No necesito que me tortures, nana —digo casi en un quejido.

La escucho resoplar.

—Este no es el hombre que he educado —reprende —creí que te había dado una buena educación, muchachito. Yo no crié a un hombre que se rinde fácil.

—Está enojada, y con justa razón…

—Entonces encuentra la manera de compensarlo —dice con sencillez —no puedes esperar que todo se resuelva de la noche a la mañana sin mover ni un solo dedo. Esa mujer ha hecho mucho por ti, así que espero que dejes de lamentarte a ti mismo, y hagas algo al respecto.

Me lanza una mirada de advertencia antes de señalar las pastillas, a regañadientes tomo las capsulas y la botella de agua que está a un costado justo cuando mi nana abandona el despacho con una sonrisa satisfecha,

Intento concentrarme de nuevo cuando la puerta del despacho se abre con brusquedad.

—¡Papá, Bella no quiere darme los juguetes!

—¡Eso no es cierto!

Ambos niños ingresan corriendo al estudio.

—¡Dile que me de los juguetes!

—¡Son míos, trae tus propios juguetes!

—¡Papá! —grita Jacob.

—¡Tío! —se queja Bella.

—¡Niños! —Daphne aparece a prisa—. Lo siento, Ángelo. Vengan aquí los dos, les dije claramente que no molesten…

—¿Se puede saber por qué están comportándose de ese modo? —inquiero incorporándome, ellos guardan silencio —Detesto los gritos, y las peleas. Bella tienes los suficientes juguetes como para prestarle a tu primo, hay que compartir, no seas egoísta.

Una mueca molesta se apodera de sus labios, y se cruza de brazos.

—¡No quiero! —dice —. ¿Por qué tengo que darle todo?

—Porque no va a hacerte daño que los compartas, tienes que aprender a compartir. Jacob solo quiere jugar contigo.

Se cruza de brazos, con la mirada enojada.

—¿No me harás caso? —no responde. —¿Entonces no vas a prestarle tus juguetes? —. Una negativa es lo que obtengo como respuesta—. Bien, ese caso llevaremos a Jacob a la juguetería para comprar sus propios juguetes.

—Eso no es…—Daphne intenta hablar, pero el grito de Bella la interrumpe.

—¡Ya no te quiero!

Sale corriendo del estudio tan a prisa que no tengo tiempo de detenerla. Jacob me mira por un par de segundos, y luego el también corre hacia fuera.

—¿Y ahora que hice? —cuestiono hacia ella.

—Decir que llevarías a Jacob a una juguetería, no fue en realidad la mejor idea —dice Daph—. Bella está algo…sentida.

—¿Algo sentida?

Suspira, acercándose un poco más hacia mí.

—Míralo de este modo, es una niña de seis años que pierde a sus padres, luego viene a vivir con su tío y tiene toda la atención posible, juguetes que desea los tiene, paseos en el parque, toda tu atención…—hace una mueca y entiendo el rumbo que toma— y ahora tiene que compartir eso con Jacob.

—Bien, ahora tengo que lidiar con una niña celosa, lo único que me faltaba —resoplo.

—No es una niña celosa —objeta—. Solo está en la edad en las que se creen el centro del universo —se acerca un poco más y me señala—. Más específicamente, de tu universo.

—¿Qué recomiendas?

—Que hables con ella —dice como si fuese la cosa más simple del mundo—. Te adora y es seguro que, si empleas las palabras adecuadas, consigas que todo se arregle.

—Bien, lo haré —vuelvo la atención a la computadora y Daphne deja un golpe en la mesa—. ¿Qué?

—¡Ve ahora! —dice con reproche—. ¿Pretendes esperar hasta mañana?

—¿Ahora? Daph tengo trabajo y…

— ¡Ahora, anda!

—¡Ya voy! —esquivo el escritorio bajo la mirada de Daphne.

Cruzo por su lado, dispuesto a encontrar al pequeño desastre que parecía poder incendiar mi casa si se lo proponía. Camino hacia la habitación, pero no está ahí, Jacob está en la suya y no parece interesado en saber en dónde está Bella.

Cuando cruzo por mi habitación, la puerta entreabierta llama mi atención. Empujo con ligereza la madera, y ahí la veo.

Está frente a los cuadros familiares, mirando una foto de su padre.

—Hasta que te encuentro, desastre —voltea, le miro los párpados enrojecidos y algo en mí se retuerce.

—No me digas desastre —dice en un hilo de voz.

—Bueno, principessa, ¿qué es lo que ocurre?

Camino con lentitud hasta llegar a la cama, a unos escasos pasos de distancia de donde ella se encuentra. No me mira de inmediato, juega con las mangas de su suéter antes de girar.

—¿Ya no me quieres?  —La frase me parte en dos.

—¿Cómo me preguntas eso? Claro que te quiero. No he dejado de quererte ni un segundo.

Hace un puchero, ese gesto pequeño que siempre me desarma.

—¿Por qué pasas mucho tiempo con Jacob? —cuestiona con un mohín—. Solo le lees cuentos de dormir a él, y vas a llevarlo a una juguetería.

Extiendo la mano hacia ella, Bella la toma y la atraigo hacia mí. La tomo en brazos, colocándola sobre mis piernas y acomodo los mechones rubios que le cubren el rostro.

—Porque él me necesita ahora —digo suave—. Porque durante mucho tiempo no estuve para él… y quiero arreglar eso.

Baja la mirada.

—¿Y yo? —Le tomo las manos. Son tibias, diminutas, tan llenas de confianza que me duele el pecho.

—Tú no tienes que preguntarlo, mi amor. Tú siempre has estado en mi corazón. No he dejado de quererte, desastre. ¿Cómo podría? Si eres mi favorita.

Se abraza a mi cuerpo, esconde su rostro en la tela de la camisa y me abraza con fuerza.

—¿Prometes que no me vas a cambiar por nadie?

—Prometo que no hay nadie en el mundo que pueda quitarte tu lugar —susurro, besándole el cabello—. Porque tú no eres un puesto en la fila… eres parte de mi corazón.

Hay un silencio y luego su suave voz se escucha otra vez.

—Extraño a papá y a mamá.

—Yo también los echo de menos, muchísimo —confieso.

Pasan algunos momentos en los que ella solamente permanece abrazada a mi cuerpo. Luego de un rato, la aparto y tomo su barbilla consiguiendo que me mire.

—¿Sabes algo? Le prometí a tu padre que cuidaría mucho de ti y de tus hermanas, le prometí que les daría lo mejor.

Y eso es algo que haré, Bella. Yo siempre voy a estar para ti, ¿sí?

Recuerda eso, sin importar qué, el tío Ángelo siempre va a cuidar de ti, siempre voy a quererte a ti y a tus hermanas. Somos una familia, ¿verdad?

—¿Vamos a estar juntos siempre?

Sonrío, acariciando su cabello.

—Siempre —prometo

—Te quiero mucho, tío… mucho mucho, así como quería a papá.

El pecho se me aprieta. Cierro los ojos, porque no sé qué hice para merecer que me compare con el hombre que más la amó en el mundo.

—Me honra muchísimo que digas eso, desastre —susurro abrazándola un poco más.

—¿Puedes leerme un cuento esta noche? —pide.

—Claro que sí, los que quieras.

Me regala una sonrisa y termina por marcharse, cuando me quedo solo en la habitación, vuelvo la atención a la fotografía que Bella se encontraba mirando antes de mi llegada.

En ella Lucca sonríe hacia la cámara, una sonrisa radiante, genuina.

Yo también lo echaba de menos, más de lo que me gustaría admitir.

—Me gustaría que estuvieses aquí —susurro en dirección a la fotografía—. Estoy haciendo las cosas como tú siempre quisiste, me gustaría que lo vieras, Lucca.

Tomo una corta inhalación, reteniendo el aire por un par de segundos, y luego lo dejo ir.

La calma en la casa volvió luego de mi charla con Bella, o al menos, eso creí.

El gusto no me duró mucho, ya que esa misma noche, Hilary se presenta a mi hogar.

—Creo que no deberíamos hablar sin nuestros abogados —murmuro cuando la miro entrar al estudio.

—Será una corta conversación —dice—. Supongo que te ha llegado la demanda.

—Sí, y es ridículo lo que pides —espeto incorporándome—. Lucca me dejó la tutela y custodia de sus hijas, y hasta donde sé, Jenna estuvo de acuerdo con eso.

—Jenna era una mujer que solo hacía lo que su esposo mandaba —asegura con molestia—. Tu hermano no era bueno con ella.

—No voy a permitir que hables de mi hermano —advierto—. Porque no tengo duda de que fue un esposo y padre excelente.

—Eso crees tú —sisea— ¿Nunca has pensado porque Jenna no iba de visita a Londres? ¿O por qué yo no la visitaba con la frecuencia que me gustaría? Tu ejemplar hermano le prohibía muchas cosas, Ángelo. No era un esposo ejemplar, no era el esposo que mi Jenna merecía.

—Oh, ¿y ahora has decidido decir todo esto? Justo cuando quieres quitarme la custodia.

—Las niñas estarán mucho mejor atendidas conmigo que contigo —asegura—. Tendrán la vida que Jenna siempre deseó para ellas, lejos de todo este mundo exigente, tú sabes bien eso, Ángelo. Sabes que merecen una vida mejor.

—¿Vida mejor? ¿Las has visto? Ellas están felices aquí.

Nunca dejaré que te las lleves, ¿para que luego las separes?

No creas que no sé qué no deseas la custodia de Antonella.

En cambio, yo, las quiero a las tres, yo cuido de las tres, y si tengo que ir a un juzgado para mantenerlas unidas, lo haré. Jenna amaba a Antonella.

—¡Claro que no! ¡Fue el estúpido requisito que tu hermano le dio para poder darle el maldito apellido Lombardi! —grita—. Y Jenna estaba tan cegada por todo lo que tu hermano significaba que aceptó cuidar de una niña que no lleva su sangre.

La ira me consume, recorre cada espacio posible en mi sistema y tengo que obligarme a mantenerme bajo control, por muy difícil que eso pudiera resultar.

—No tenemos nada más que hablar —espeto—. Si quieres hablar de otra cosa, tendrás que llamar a mi abogado.

—Ángelo, dame a Bella y a Lía y esto se acaba —insiste—. O de lo contrario me obligarás a actuar y a decir cosas que no quiero decir.

—Si realmente no quieres decirlas, no lo hagas —respondo con indiferencia—. Antes de hacer cualquier cosa, piensa en tus nietas. En el daño que pueden sufrir.

Hilary me observa con dureza y eleva el mentón con suficiencia.

—Porque pienso en ellas, es que estoy haciendo esto —asegura—. Porque no voy a permitir que estén bajo el cuidado de un hombre, que es un maltratador.

La ira se enciende en mi cuerpo.

—¿Piensas que puedes venir a mi propia casa y acusarme de maltratador? —inquiero acercándome a ella—. ¿Crees que voy a permitirlo?

—No soy yo quien tiene un historial sucio con la justicia —dice acomodándose el bolso—. Al parecer, no eres tan diferente de tu hermano.

—Vete, ahora —exijo—. Antes de que me olvide del respeto y te saque a rastras.

Hilary sonríe.

—Comienzas a mostrar quién eres realmente, Ángelo Lombardi —retrocede y ensancha la sonrisa—. Voy a quitarte a mis nietas, y no habrá nada que puedas hacer para impedirlo.

Cuando la puerta se cierra, algo dentro de mí se rompe. Lanzo un grito que me quema la garganta y tengo que clavar las manos en el escritorio para no mandar todo al suelo.

¿Quién demonios cree que es…? ¿Quién se atreve a hablar de mi hermano, de Jenna, de las niñas…?

—Ángelo…

Su voz entra suave, como luz colándose por una persiana. Me giro. Daphne está en la puerta, con los ojos llenos de preocupación.

—¿Puedes darme un segundo?

Ella no lo hace. Sino que se acerca, sus manos acarician la piel de mis brazos y su toque me hace sentir vulnerable.

—Lo sabe. Lo ha averiguado. Es seguro que lo use en la corte y si eso pasa…carajo…voy a arruinarlo todo.

—Claro que no…

—Por supuesto que sí —la corto, con la voz áspera—. Porque siempre arruino todo, Daph. Sin importar lo mucho que me esfuerce… siempre termino jodiéndolo.

El silencio se vuelve pesado.

—Van a decir que soy un monstruo —suelto, apretando los puños—. Que no merezco cuidarlas. Que soy peligroso. Y lo peor… es que una parte de mí cree que tal vez tengan razón.

Daphne da un paso hacia mí, pero no me toca todavía. Como si entendiera que primero tengo que soltar todo. La miro por fin. Y me derrumbo.

—Lo siento mucho… mia regina —susurro, la voz rota, suplicante.

Sus ojos brillan de inmediato. Porque sabe exactamente por qué me estoy disculpando.

—Mírame —susurra. No quiero. Me da vergüenza. Pero me obliga con la suavidad de sus manos. —No eres absolutamente nada de eso, eres humano, Ángelo. Cometes errores, como todo el mundo. ¿Cómo puedes considerar siquiera que eres peligroso?

La visión se me nubla.

—Un hombre peligroso no ama a tres niñas de la forma en la que tú lo haces. Alguien peligroso no estaría tan asustado de que su hijo pueda odiarlo. No sé quién te ha hecho creer eso, cielo, pero no es verdad.

—Daph…

—Deja de torturarte por cosas que no han pasado, por culpas que no te pertenecen. Ahora eres alguien diferente, eres mejor. Y eso es lo que importa. Deja de pensar que estás solo, aún nos tienes de tu lado.

Sonrío.

—¿Incluso a ti?

Se ríe.

—Sobre todo a mí. Yo siempre estaré de tu lado, mi sexi italiano.

Y como si quisiera dejarlo en claro, me toma del rostro, y sella sus palabras con un beso que hace que todo…absolutamente todo…deje de existir.