Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 26.- DISCULPAS Y VERDADES #2
44%

26.- DISCULPAS Y VERDADES #2

Lía se mantiene contra el torso de su tío, la gasa en la frente me hace sentir de nuevo tan culpable, ninguno de los dos habla durante el camino de regreso y el espacio se envuelve en un silencio incómodo.

Cuando llegamos a la casa, dudo en si es buena idea seguirlo hacia la habitación. Antonella nos recibe tan pronto bajamos del auto y la mirada de reproche que ella también me dedica, solo empeoran mi estado.

Ángelo no se aparta de Lía hasta que ella duerme, y cuando se asegura que todo está en orden en la habitación, solo entonces parece querer hablar conmigo.

—¿Debería exigirte que no utilices el celular cuando estés en horas laborales? —inquiere.

—Sabes bien que siempre estoy al pendiente de ellas —objeto—. Fue una llamada de mi madre, fue algo importante yo…

—Bueno pues la próxima vez asegúrate de no tener a Lía contigo —reprende.

—¿Qué ocurre contigo? —reclamo—. Ángelo me estoy disculpando, no intento negar mi culpabilidad porque sé que debí de estar más al pendiente de Lía, pero…

—¡Es que no hay excusa! —grita y retrocedo—. ¡Tienes un solo trabajo, Daphne! Cuidar de mis sobrinas, ¿quieres que comience a cuestionarme si eres buena en eso? ¿Debo buscar otra niñera que no permita que mi sobrina se rompa la frente?

Sus palabras son como bofetadas físicas que me dejan sin aliento.

Retrocedo otro paso, sintiendo que el pasillo se vuelve infinitamente largo y que el hombre frente a mí es un completo extraño.

El pánico por el accidente de Lía, que todavía me hace temblar las manos, se transforma de golpe en una humillación punzante.

Su mandíbula está tan tensa que parece que va a romperse, y ese brillo protector y feroz que suele usar para defenderme de los demás, ahora está dirigido directamente hacia mí, como un arma cargada.

La jerarquía que creí que habíamos destruido en la intimidad se ha levantado de nuevo, más alta y fría que nunca.

—Si deseas buscar otra niñera, no soy quién para negarte eso —logro decir, aunque siento una opresión en el pecho que me quita el aire—. Si quieres despedirme por el incidente de hoy, entonces hazlo, asumo la consecuencia.

—Ganas no me faltan —escupe él, sin un ápice de duda.

Cruza por mi lado, su hombro rozando el mío con una indiferencia que me hiela la sangre. No hay un "lo siento", no hay un reconocimiento de que soy la mujer que ama. En este momento, soy solo una falla en su sistema perfecto.

Me quedo ahí, a mitad del pasillo, escuchando el eco de sus pasos alejarse. Intentando no dejar que toda la presión, termine de desbordarse en mi interior.

ÁNGELO.

Intento mantener la concentración en los documentos digitales que se muestran en la pantalla, pero fracaso terriblemente.

Suelto una palabrota mientras cierro la laptop y me incorporo, dispuesto a abandonar el estudio.

Tengo más de una cosa en la cabeza, el asunto de la demanda de Hilary, los problemas del casino que parecían incrementarse cada vez más, y el incidente con Lía habían dejado un dolor punzante en mi cabeza.

Los niños se han dormido desde hace horas, así que decido bajar a prepararme un poco de café. La luz de la cocina está encendida, y escucho los ruidos claros de que alguien está preparándose un café. Cuando llego, encuentro a Daphne, está de espaldas, mientras manipula la cafetera.

El recuerdo de nuestra discusión vuelve a mi mente. La punzada de culpa se me clava más hondo.

—Hola —ella voltea brevemente.

—Hola, ¿quieres que te preparé un café?

—Está bien, puedo servírmelo solo —susurro.

No hay una respuesta, se sirve una taza y parece tener toda la intención de marcharse, así que me muevo, cerrándole el paso antes de que pueda escaparse.

—Te debo una disculpa. Por lo de esta tarde.

—No me debes nada, tienes razón —dice sin mirarme—. Es mi trabajo cuidar de ellas y creo que no lo estoy haciendo del todo bien.

—Soy un idiota, Daph, no quise decir eso —me disculpo— no quise decir que no las cuidaras bien, porque me consta que lo haces. No voy a despedirte por…

—Oh, bueno, gracias por aclararlo —dice con molestia encarándome—. Porque realmente estaba preocupada por mi empleo.

—Daph…

—Si crees que no soy apta para cuidar de tus sobrinas, dímelo de una vez, Ángelo. Presentaré mi renuncia y puedes buscar a alguien más. Sin rencores.

La palabra renuncia me cae como un disparo. La suelto de inmediato.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Por qué? —me sostiene la mirada—. Tú lo insinuaste.

—Estaba asustado —digo al final—. No enojado contigo. Asustado. No dudo de que eres increíble con los desastres, sé que lo eres. Nunca quise poner en duda eso, es solo que tengo tantas cosas en la cabeza ahora que no pienso con claridad lo que digo. Pero no dudo de ti.

—Nunca he pensado en limitar mis responsabilidades con tus sobrinas solo porque estemos saliendo —asegura—. Pero si eso es lo que tú crees, tal vez…

—Ni siquiera lo digas —mascullo—. No lo he pensado. Estaba enojado, ¿sí?

—¿Esa es tu excusa para decir que tienes tantas ganas para despedirme? —reclama.

—No quiero despedirte. Fue impulso del momento. No quiero a nadie más cuidando de los desastres y con todo lo que ocurre, te necesito cerca.

—¿Para desquitar tu enojo conmigo? No gracias, paso.

—No me desquité contigo.

—Sí lo hiciste. Estabas asustado —continúa—. Lo entiendo. Pero no puedes lastimar a las personas solo porque tienes miedo. Las cosas no funcionan así, Ángelo.

Aprieto la mandíbula. —No intenté lastimarte.

—Pero lo hiciste. —Silencio. —Si estás aterrado, dilo.

Si tienes miedo, dilo. Pero no me hables como si fuera un error que estás considerando borrar de tu vida.

Yo no funciono así. Si vamos a estar juntos, no puedes convertirme en el saco donde descargas lo que no sabes manejar.

No soy tu enemiga, Ángelo. Estoy de tu lado.

Pero no voy a aceptar que me trates como si fuera reemplazable cada vez que el mundo te asusta.

—No eres reemplazable.

—Entonces actúa como si lo creyeras.

Me esquiva, sé que tengo que decirle la verdad, sé que estoy siendo un imbécil y necesito sacar lo que me ahoga antes de que sea demasiado tarde.

—La abuela de las niñas me ha demandado —se detiene, pero no me mira —Quiere quitarme la tutela. Tendremos que ir a juicio probablemente. Es seguro que investiguen, cualquier cosa que pueda representar un peligro, puede hacer que me las quiten.

Por fin gira hacia mí.

—¿Por qué?

—Fui acusado de abuso y maltrato, Daph. Los cargos jamás se quitaron, ante los juzgados familiares fui un hombre abusivo antes, si Hilary se entera de eso y lo presenta ante la corte…

—Pueden poner en duda tu capacidad para cuidar de las niñas.

—Luchar por demostrar lo contrario nos sumergiría en una batalla legal, y si el juez piensa que los desastres corren peligro o están siquiera en riesgo, pueden cederle la custodia. Y no quiero perderlas, Daph.

Sonríe con suavidad, llevando una mano hacia mi rostro.

—No vas a perderlas, porque eres increíble. Y lo bueno siempre pesa más, Ángelo.

—Lo lamento —su mirada se suaviza. Suelta un suspiro, y se aproxima.

—Aun sigo enojada contigo y probablemente necesite un par de días para dejar de estarlo, pero voy a estar a tu lado.

Se acerca, sus labios se posan en mi mejilla.

—Intenta dormir un poco.

Se marcha, y yo me quedo en medio de un silencio, intentando convencerme de que, como dijo Daph…lo bueno siempre pesa más. Porque sé que, si Hilary Dorian usa esa arma, es muy poco probable salir vencedor.

Y sé lo que perderlas me hará, sé que enfrentar una nueva batalla y perderla, acabaría conmigo más rápido de lo que yo mismo me atrevo a admitir.