22.- ERES INCREIBLE #2
—Tú también eres importante , mia regina ... eres más importante de lo que crees. Y me aseguraré, que, de ahora en adelante, no lo dudes nunca más.
Una lagrima desciende por su mejilla, me mira con un brillo en los ojos, y luego solo me envuelve con sus brazos.
—Gracias —susurra—. Eres maravilloso, Ángelo.
Permanece contra mi cuerpo un corto tiempo más y luego se aparta otra vez, acaricio el costado de su rostro y no dudo en besarla. Es una caricia suave, como un pequeño recordatorio de lo mucho que significaba ahora para mí.
—¿Quieres volver? Sino podemos quedarnos aquí, o volver a casa.
Niega, se limpia las lágrimas y sonríe.
—Creo que debemos volver, y disfrutar de la noche —dice con seguridad.
La fortaleza vuelve a envolverla, vuelve a apoderarse de ella y regresa a ser la Daphne que conozco. Me incorporo, extendiendo mi mano hacia ella y no duda en tomarla.
—Dijiste “mi mujer” —comenta mientras nos incorporamos.
—Bueno, creo que soy algo posesivo—. Sonrío. Le acomodo un mechón detrás de la oreja, sin pensar demasiado—. En ese momento necesitaba que nadie volviera a tocarte. Esa era la forma más rápida de dejarlo claro.
Ella baja la mirada, pero sonríe.
—¿Qué significa ser “tu mujer” entonces?
La miro a los ojos, dejando que el silencio de la habitación enfatice lo que voy a decir. No es una etiqueta que yo regale con facilidad; de hecho, nunca la he usado.
Acomodo un mechón de cabello detrás de su oreja otra vez, dejando que mis dedos rocen su mejilla un segundo más de lo estrictamente necesario. Ella sonríe, una sonrisa pequeña y privada que me hace sentir que, por una vez, no soy yo quien tiene todas las cartas bajo control.
—Significa que tienes un lugar que nadie más puede ocupar, Daphne —respondo, bajando la voz hasta que solo ella pueda escucharme—.
Significa que, en este casino, y en cualquier lugar donde yo esté, mi sombra te cubre.
Nadie te cuestiona, nadie te falta al respeto y, sobre todo, nadie se atreve a ponerte una mano encima sin enfrentar las consecuencias.
Me acerco un poco más, reduciendo el espacio entre ambos hasta que puedo oler su perfume. Es embriagador, mucho más que cualquier licor caro de mi reserva personal.
—Pero también significa —continúo, rozando con el pulgar el dorso de su mano— que, para el mundo exterior, eres mi prioridad. Fue una declaración de propiedad. Me gusta que sepan que, bajo este techo y fuera de él, eres la única persona que tiene el pase libre a mi lado.
—Ni siquiera me has preguntado formalmente si quiero salir contigo —suelta con una seguridad que me desarma.
Me quedo en silencio un segundo, una sonrisa se extiende por mis labios mientras dejo salir una risa que me hace vibrar el pecho. Me gusta que no se deje intimidar por mi posesividad.
—Es cierto —admito, dando un paso hacia ella para recuperar el terreno perdido.
La tomo de la cintura con suavidad, pero con firmeza, obligándola a mirarme de frente—.
He estado tan ocupado asegurándome de que el mundo sepa que eres mía, que olvidé el pequeño detalle de que tú tienes que estar de acuerdo.
Me inclino un poco, dejando que mi aliento roce su oído mientras mi tono se vuelve más bajo y personal.
—No quiero más ambigüedades, ni quiero que lo nuestro dependa de una situación de emergencia en el casino —digo con total sinceridad—. Me gustaría muchísimo que lo que sea que tenemos sea formal , mia regina.
El término se siente correcto en mi lengua, una corona que solo ella puede llevar.
Su sonrisa se ensancha, sus manos se deslizan hasta quedar sobre mi pecho.
—¿Estás seguro de eso? ¿Qué pasa si mañana sale un escándalo?
—Daphne, llevo años lidiando con escándalos —respondo—.
Nací con uno pegado al apellido. Dirijo negocios donde la mitad de la gente espera verme caer.
Siempre hay rumores. Siempre hay alguien hablando.
Si viviera pendiente de eso, no habría construido nada.
Lo único que me preocuparía… es que tú no estés preparada para ese ruido.
Su expresión cambia.
—No me asusta el ruido. Me asusta que te afecte—. Una sonrisa leve se me escapa.
—A mí me afectaría más fingir que no me importas.
El silencio cae entre nosotros.
—No estoy acostumbrado a hacer declaraciones públicas —añado—. Si dije que eres mi mujer, es porque lo pensé antes de abrir la boca.
—¿Lo pensaste? —pregunta, con una chispa divertida.
—Siempre lo pienso —objeto—. Solo que no siempre lo explico. Y honestamente… me importas demasiado como para fingir algo que no siento.
Sonríe de la manera más radiante que puede existir.
—Entonces supongo que eres mi novio.
La palabra suena exquisita en sus labios.
—Te quiero, Daph —susurro casi tan bajo que parece un sonido inaudible—. Es una locura, ¿no? Quererte en tan poco tiempo.
—No es una locura —responde con seguridad—. Y si lo es, entonces somos unos dementes.
—¿Lo somos?
—Claramente, porque yo también te quiero, Ángelo.
No recuerdo la última vez que alguien me quiso sin condiciones. Sin contratos. Sin esperar dinero, apellido o favores.
Solo… a mí.
Coloco las manos a los costados de su rostro y solo la beso, y me pierdo en ella, me pierdo en la sensación cálida que nos envuelve, en la explosión de sensaciones intensas porque, sin duda alguna, es una locura.
Ambos hemos caído ante el otro, las armaduras se esfuman y los misterios desaparecen.
Solo somos nosotros, perdiendo completamente la cabeza el uno por el otro.