21.- UNA NOCHE INCREIBLE
ÁNGELO
—¿Cómo fue que nadie me avisó de esto? —inquiero con molestia hacia Frank, el gerente del casino —Saben perfectamente que cuando hay un invitado importante, tengo que estar enterado. ¿Cómo se supone que arreglemos todo en un par de días?
—Lo siento señor, no tiene que preocuparse de nada, ya nos estamos haciendo cargo.
—Ah, ¿sí?
—Así es, señor. Ya está todo resuelto —afirma, señalando la tableta en sus manos—.
El itinerario del invitado ha sido blindado minuto a minuto; desde su llegada al helipuerto hasta su salida, no habrá espacios muertos.
Para garantizar la exclusividad, hemos reducido las entradas al área VIP en un cuarenta por ciento; solo los clientes de nivel diamante tendrán acceso.
Además, incrementé la seguridad con diez efectivos adicionales de la unidad de élite.
Se detiene un segundo, observando mi reacción antes de soltar el resto.
—Y para que el evento tenga el peso necesario, hemos extendido invitaciones a otras personalidades importantes del sector. No será una visita aislada, sino una reunión de alto perfil. Todo bajo control.
Asiento lentamente, procesando la información. El caos controlado es manejable; la sorpresa, no. Frank hace ademán de retirarse, pero se detiene en el umbral, dudando.
—Una última cosa, señor —dice, bajando un poco la voz—. ¿Mantenemos a la señorita Russo como su invitada de honor para el evento?
La sola mención del nombre me produce una punzada de tedio. Ya cumplió su propósito y no necesito distracciones del pasado en una noche donde el prestigio del casino está en juego.
—No —respondo tajante, sin mirarlo—. Borra a la señorita Russo. A partir de ahora, pon a Daphne Lennox.
Frank parpadea, sorprendido por el cambio repentino, pero empieza a teclear de inmediato.
—Entendido, señor. ¿La incluyo en el protocolo de bienvenida?
—Añade su nombre a la lista de jugadores de la casa para la tarjeta —sentencio, fijando mi vista en el ventanal que da al piso de juegos—. Quiero que tenga acceso total. Asegúrate de que todo esté listo para cuando ella llegue.
Frank asiente. Cuando se marcha, la soledad de la oficina me hace suspirar. Inconscientemente deslizo mi atención hacia la fotografía que cuelga en la pared de enfrente, una de las pocas que tengo con mi padre.
La miro durante unos segundos más de lo necesario.
Es una fotografía antigua. Yo debía tener poco más de veinte años. Él está de pie a mi lado, una mano firme en mi hombro, con esa expresión que nunca supe descifrar del todo. No es una sonrisa. Tampoco es desaprobación. Es algo intermedio. Algo que siempre me dejó adivinando.
Sacudo la cabeza cuando noto el rumbo de mis pensamientos. No puedo permitirme ponerme nostálgico ahora.
El sonido de mi celular me saca del trance, lo miro y una sonrisa se curva en mis labios cuando leo el nombre de Daphne. Lo tomo casi de inmediato, y deslizo la pantalla para responder el mensaje.
Hay unos segundos de silencio. Imagino su expresión al otro lado del teléfono. Esa pequeña arruga entre sus cejas cuando duda si responder algo o dejarlo pasar.
Alguien toca la puerta en ese momento.
—Adelante —bloqueo el teléfono mientras miro a quien sea que me busca. Frank aparece de nuevo.
—Lamento molestarlo señor, necesitamos unas autorizaciones para los movimientos del banco.
Guardo el celular, y me incorporo decidido a acabar aquí cuando antes…sintiendo que nunca antes… había tenido tantas ganas de volver a casa.
—Así que… ¿cuál es la noticia que querías darme? —Daphne se acomoda a mi lado en la cama.
—No es nada malo, lo juro —respondo cuando noto la forma en la que me mira.
—¿Entonces qué es?
—Mañana hay un evento en el casino, viene alguien importante, apenas me he enterado, pero tengo que estar presente, para dar la bienvenida y todo eso.
—Supongo que necesitas que cuide a las niñas, ¿cierto? No tengo problema con trabajar en mi día li…
—Quiero que vengas conmigo —la interrumpo—. Quiero que seas mi acompañante, y mi invitada especial.
Daphne parpadea, claramente sorprendida.
—¿Tu… acompañante?
Asiento, observando con atención la forma en que intenta procesarlo. Sus dedos se entrelazan sobre la colcha, como si necesitara algo a lo que aferrarse mientras entiende lo que acabo de decir.
—Ángelo… ese tipo de eventos no son para mí.
—Sí lo son —respondo sin dudar. Niega suavemente con la cabeza.
—No, no lo son. Son para empresarios, socios, gente importante… no para la niñera de tus sobrinas.
Frunzo el ceño.
—No eres solo la niñera de mis sobrinas.
—Para los demás sí lo soy. —La observo en silencio un segundo. Lo dice sin enojo, sin reproche. Solo como un hecho.
—Para mí no. Además —añado, suavizando el tono— no te estoy pidiendo que trabajes. Te estoy invitando. Como mi acompañante.
Hay un pequeño silencio entre nosotros.
—¿Acompañante… acompañante? —pregunta finalmente, como si necesitara confirmar que entendió bien.
No puedo evitar sonreír.
—Sí, Daphne. Acompañante.
Sus labios se curvan apenas, pero todavía parece insegura.
—¿Y qué se supone que debo hacer ahí?
—Nada —respondo—. Estar conmigo. Eso es todo.
—Pero… ¿no dices que es alguien importante? ¿Qué haría yo en un evento como ese? No sé jugar nada, y no creo que…
—Daph, quiero que estés a mi lado. No tienes que jugar nada, no es necesario.
—Ni siquiera tengo un vestido para…
—Eso podemos solucionarlo —meto la mano en uno de mis bolsillos, tomando la billetera y la abro. Saco una de las tarjetas de crédito y la extiendo hacia ella—. Mañana me quedo con los desastres y tú ve por un sexi y bonito vestido, ¿te parece?
—No, no me parece —dice negando con frenesí—. Ángelo es…es…
—Es lo normal —la interrumpo —no es nada del otro mundo. Quiero hacer esto por ti.
—Es tu dinero, no quiero que lo gastes…
—Tengo mucho para gastar —objeto. Ella se ríe, deja un golpe en mi pecho, pero luego desliza su atención hacia la tarjeta.
—¿Estás seguro? —asiento.
—Quiero que estés más deslumbrante de lo que ya eres —me inclino y dejo un rápido beso sobre sus labios—. Así que mañana no te preocupes por nada más que no sea encontrar un vestido.
Salgo de la cama y tomo los zapatos con una de mis manos.
—¿Está claro? Oh, y si quieres pasar a la estética y todo eso que hacen las mujeres…hazlo. Tiene suficiente —informo señalando la tarjeta.
Tomo el pomo de la puerta y antes de marcharme, vuelvo a mirarla.
—Descansa, Daph.
—Buenas noches, Ángelo.
Salgo de la habitación con una sonrisa en el rostro, mañana sería una noche más que increíble, de eso no me quedaba ni una sola duda.
DAPHNE
Jodi me observa con detenimiento.
—¿Qué te parece?
—No tiene nada de sexi —dice—. Es un casino, tal vez deberías de probar con alguno rojo.
Se incorpora del sillón en el que se encuentra y gira hacia la dependienta.
—¿Tendrá algún vestido en color rojo? —inquiere—. De preferencia sin mangas y ajustado, por favor. Que mi amiga debe resaltar esas curvas que tiene.
Sonrío levemente negando con la cabeza, bajo de la pequeña plataforma y me adentro al probador para quitarme el vestido verde esmeralda que había elegido.
—Aún no puedo creer que realmente te dio una tarjeta de crédito —dice Jodi detrás de la cortina del probador.
—Solo fue caballeroso —respondo intentando restarle importancia—. No quiere decir que sea mía, solo es por esta ocasión.
—Por favor, seguramente pronto tendrás hasta una cuenta bancaria a tu nombre.
Me coloco la bata de seda y corro la cortina.
—Lo menos que quiero es que digan que estoy con Ángelo por su dinero, no olvides que soy la niñera de sus sobrinas, no quiero…
Detengo mis palabras cuando la chica regresa con un par de vestidos rojos. Jodi los toma en medio de un grito ahogado y gira.
—Pruébatelos —ordena.
Ruedo los ojos y tomo las dos prendas para después ingresar de nuevo al probador.
El primer vestido que me coloco es demasiado ajustado. Estaba de acuerdo con la idea de la sensualidad, pero esto es demasiado. Y cuando salgo, a pesar de que a Jodi le encanta, concuerda con que tal vez portarlo en un casino no es la mejor opción.
El segundo es más suelto, con el cuello cruzado lo que deja gran parte del hombro al descubierto, tiene unas pocas piedras brillantes en la parte del pecho y la tela suelta que cae en la falda es tan suave que parece seda.
—Creo que me gusta —admito saliendo del probador y subiendo a la plataforma—. ¿Qué opinas?
—Que el señor Lombardi va a irse de espaldas en cuanto te vea —asegura Jodi—. Es completamente espectacular.
Giro, mirando la parte trasera del vestido. Los tirantes cruzados le dan un toque elegante a la espalda, y por delante el cruce deja un poco justo el escote, solo lo suficiente para acentuar la zona del pecho.
Sonrío hacia mi reflejo. Sí, este es.
—De acuerdo, entonces compraré este —la chica parece aliviada de no haber perdido su tiempo en vano.
Pago con la tarjeta que Ángelo me había dado la noche anterior, y salimos de la tienda.
Son casi las cuatro de la tarde y Ángelo debe estar por llegar, habíamos optado primero por pasar a la estética, apenas un corte de cabello y luego opté por unos zapatos en color neutro, probablemente debimos buscar los zapatos primero, pero siendo honesta, sabía que invertiría más tiempo en la búsqueda del vestido.
Cuando nos encaminamos hacia el pasillo principal, Jodi golpea mi hombro.
—Tu hombre sí que es puntal —señala.
Quiero replicar que no es “mi hombre”, pero no tengo oportunidad. Porque entonces lo miro, y las palabras se me olvidan.
Viene hacia nosotras empujando el carrito de Lía, a su costado Bella sostiene una nieve de chocolate mientras se mantiene absorta mirando un escaparate lleno de juguetes.
Viste de forma relajada, unos pantalones cortos y una camisa polo blanca, lleva puesta sus gafas de montura negra y aun así, tan sencillo, sigue pareciendo tan absolutamente apuesto.
—¡Daphne! —Bella corre hacia mí en cuanto me ve.
—Hola, cariño. ¿Qué tal el día con tu tío?
—Ha sido genial —responde ella—. ¿Nos iremos a casa ya?