17.- DECIR LA VERDAD #2
—Eso es mentira —dice—. Porque los desastres confían en ti.
Yo confío en ti, Ángelo. Nos tienes a nosotras, Lucca te dejó una familia, las niñas te adoran, están felices aquí.
Fue injusto todo lo que te hicieron, no lo merecías, pero no puedes renunciar a tus sueños, solo por haber tenido una pesadilla.
—¿Confías en mí?
—¿Fue lo único que escuchaste? —inquiere divertida.
La miro a detalle, no sé si es el alcohol, los sentimientos del momento, pero de pronto, tengo una necesidad incontrolable de besarla. Necesito hacerlo.
—¿Confías en mí? —insisto.
—Claro que confío en ti —susurra—. No eres una mala persona, Ángelo. Todos somos el villano en una historia mal contada.
Extiende la mano para acariciarme el rostro.
—Solo mírate, tienes veintisiete años, y diriges todo un imperio. Eres catalogado como uno de los empresarios más jóvenes con mayor reconocimiento.
Sus dedos apenas rozan mi piel y, aun así, siento el impacto como si hubiera presionado una herida abierta. No retiro el rostro. No me muevo.
Dejo que me vea. Que me lea.
—Eso no dice nada de quién soy —murmuro—. Solo habla de lo bien que aprendí a no fallar en lo único que me exigieron
—Habla de disciplina. De constancia. De alguien que no se rinde.
Suelto una risa baja, sin humor.
—Habla de control, Daphne. De no permitir que nada se me vaya de las manos. Las personas… siempre son lo primero que se pierde.
Sus dedos se detienen en mi mejilla, firmes ahora.
—Tal vez porque nunca te enseñaron a sostenerlas sin apretarlas demasiado.
Esa frase. Esa maldita frase. Aparto la mirada por primera vez en la vida, no soy de los que huyen, pero no puedo seguir sosteniéndosela.
—Ahora no importa, después de todo, creo que funciono mejor en solitario.
—Eso no es verdad —responde sin dudar—. Es solo la versión que te repites para no admitir que te duele necesitar.
Vuelvo a mirarla, sintiéndome de pronto a la defensiva, porque lo que Daphne hace conmigo…me desequilibra.
—Estar solo es más simple —digo—. No hay expectativas. No hay decepciones. Nadie sale lastimado.
Ella niega despacio.
—Aprendiste a sobrevivir, Ángelo —continúa—, pero no a vivir. Y no te culpo. Nadie te enseñó algo distinto.
—Sobrevivir ha sido suficiente —susurro.
—Hasta ahora.
—Hasta ahora —repito —Ahora hay tres niñas que me miran como si yo supiera exactamente qué hacer. Como si no me estuviera muriendo de miedo de arruinarles la vida.
Ella sonríe con calma.
—No les estás arruinando la vida. ¿Cómo podrías, Ángelo?
—inquiere casi con ternura —eres un tío maravilloso, lo que pasa es que no te permites bajar la guardia por temor a perderlo todo.
Pero debes aprender que tu armadura, no es para siempre.
Que hay momentos en donde debes retirarla. Ellas no van a aprovecharse de eso.
Siento una presión en el pecho, pero es distinta. Nueva. Maravillosa.
—¿Por qué eres tan buena, Daph? —sus ojos brillan.
Me acerco, ella no se aparta, permanece firme en su sitio sin inmutarse.
De pronto me encuentro a mí mismo deseando apoderarme de sus labios, una necesidad incontrolable de tenerla contra mí.
El impulso me llena, me impide pensar si es buena idea o no.
Observo sus labios, la habitación está ligeramente a oscuras, pero puedo mirar la forma en la que los abre con ligereza, cuando fijo los ojos en ella, lo decido.
Llevo la mano hacia la parte trasera de su cuello y la atraigo a mí. Mis labios se apoderan de los suyos, el contacto genera una explosión dentro de mí tanto que deseo que no se acabe nunca.
No se aparta, no hace el ademán de detenerme, solamente continúa con el contacto.
Y no se siente como un error.
Sus manos se colocan a los costados de mi rostro y profundiza el contacto, envuelvo su cintura con una de mis manos apegándola a mi cuerpo mientras mantengo firme el agarre en la parte trasera del cuello.
Joder, esto se siente maravilloso.
—No, no —se aparta con brusquedad y todo se esfuma—. Esto…esto…
—¿Esto…?
—Estás borracho —me señala con reproche—. Y sentimental.
—No estoy borracho, pero sentimental puede que un poco —me incorporo y doy un paso al frente, ella retrocede y rio levemente—. Oh, vamos, Daph.
—Soy la niñera de…
—¿Le encontrarás una excusa a todo lo que diga? —inquiero.
No responde, permanece de pie y no dudo en acercarme. Soy consciente de la manera en la que retiene la respiración e intenta mantenerse firme.
—Si quieres que me disculpe, lo haré —pronuncio con suavidad—. Lo siento, fue producto del…
Sus brazos se envuelven alrededor de mi cuello en una fracción de tiempo y pronto tengo sus labios apoderándose de los míos.
No es un roce suave, es un movimiento en sintonía que amenaza con hacerme volar la cabeza.
Envuelvo su cintura con uno de mis brazos y la apego a mí para sentirla mucho más cerca.
Cuando se aparta, una bonita sonrisa se filtra en sus labios.
—Siento mucho todo lo que ocurrió —dice con suavidad—. No merecías nada de eso.
—Creo que era lo que debía de pasar —respondo bajando la vista por algunos instantes—. No vas a presentar tu renuncia mañana por esto, ¿verdad?
No me aparto de ella, no quiero separarme porque se siente extrañamente bien. Daphne ríe levemente, coloca una mano sobre mi pecho y da un par de palmaditas.
—Solo si no te pones extraño por la mañana —advierte.
—Te aseguro que no.
Se toma el tiempo para apartarse, muerde su labio inferior mientras retrocede y el gesto me hace querer besarla otra vez, pero me contengo.
—No bebas más —dice señalando la botella de alcohol.
—Ya no va a ser necesario —le aseguro.
Retrocede y por alguna razón, tengo el deseo de pedirle que no se marche. Daphne es capaz de causar un terremoto bajo mis pies, uno que no sé cómo parar.
—Buenas noches, Ángelo —dice suavemente, sonriéndome de una manera genuina, sincera. Probablemente nadie me ha sonreído así en mucho tiempo.
No me mira diferente luego de contarle toda la verdad, nada ha cambiado, y una parte de mí se sentía aliviada por eso.
—Descansa, Daph —eleva la mano en un gesto de adiós, y cuando se marcha, el sentimiento de bienestar aún perdura conmigo.