17.- DECIR LA VERDAD
ÁNGELO
Nunca consideré tener que explicarle esto a alguien en voz alta. Me juré que lo olvidaría. Que nadie lo sabría.
Me juré a mí mismo que nadie descubriría esta parte de mí que se siente tan herida y vulnerable.
Pero ahora estoy a punto de hacerlo. Ahora estoy a unos segundos de abrir la puerta y dejar salir el dolor. Daphne no apresura, tampoco insiste. Solamente permanece en silencio a mi costado, con la mano sobre la mía en un gesto que me da tranquilidad, que me anima a hablar.
—Hace poco más de cinco años, me divorcié de la madre de Jacob, mi hijo —me aclaro la garganta —su nombre es Renata Davies.
La conocí en la universidad, y luego, estuvimos juntos mientras mi carrera como abogado despegaba, se mudó conmigo a San Francisco cuando decidí que quería hacerme de mi propia reputación, lejos de la de mi familia, lejos de Italia.
Cierro los ojos brevemente.
—Pensé ingenuamente que lo que teníamos era lo suficientemente especial como para darle mi apellido, para hacerla parte de mi vida de la manera más formal posible.
Fragmentos de recuerdos llegan a mi mente mientras hablo.
—Mi padre nunca se involucró demasiado en mis asuntos así que cuando se aseguró de que no sería un problema, aceptó.
No tuvimos una gran boda, nos casamos por el civil en una ceremonia casi íntima, porque Renata no quería demasiada atención.
Tuvimos un buen matrimonio, creí que al fin había conseguido formar el hogar que tanto soñé.
Intento ordenar las ideas en mi cabeza, intentando encontrar el modo correcto de expresarme.
—No sé en qué punto nuestro matrimonio dejó de ser suficiente para ella —confieso —yo creía que lo teníamos todo.
Poco después del año de casados, ella me dijo que estaba embarazada, dijo que seríamos padres y yo estaba tan malditamente feliz, porque eso había deseado toda mi vida.
Lucca ya era padre, Bella acababa de nacer y verlo con su familia me hacía desear lo mismo.
Hablaba todo el tiempo sobre eso, mis hermanos estaban encantados, mi madre era la mujer más entusiasta del mundo, y por primera vez parecía que mi padre estaba alegre con una decisión que tomé.
Me aclaro la garganta y tomo una corta inhalación, intentando controlarme.
—Renata me dejó hacer planes, me dejó tener la más grande ilusión. Le construí una maldita habitación, hablaba con todos mis amigos sobre el futuro bebé que venía en camino, sobre el siguiente Lombardi, y cuando me enteré de que sería un niño, fui el idiota más feliz del mundo.
Daphne no presiona, su mano aprieta la mía con suavidad, pero lo suficientemente firme para darme la valentía para continuar hablando.
—Un par de meses antes de que Jacob naciera, llegué temprano del despacho, y la encontré hablando por teléfono.
Al inicio, no conseguí entender con quien hablaba, hasta que dijo su nombre.
Estaba hablando con Russell, mi mejor amigo —la visión se me nubla al recordarlo—.
Le decía que sentía mucho que no pudieran estar juntos, pero que era algo que debía de hacer.
La escuché prometerle que apenas consiguiera lo suficiente de mí, me dejaría y entonces podrían estar juntos, ahí lo entendí.
La rabia me llena otra vez, explota con la misma intensidad en mi pecho.
—El bebé no era mío. Era del hijo de perra que se hacía llamar mi mejor amigo, y eso me destrozó, Daph. Eso me hizo pedazos. Eso acabó conmigo porque las personas en las que más confiaba habían decidido traicionarme.
—Oh, Ángelo… —el agarre en mi mano se vuelve más fuerte.
—Fui tan estúpido, no razoné, no pensé. Solo la eché de casa y al día siguiente solicité el divorcio, y ella usó eso en mi contra.
Creí que el único problema sería que no quisiera el divorcio, pero no fue así.
Nos casamos por bienes mancomunados, así que ella por ley era dueña de la mitad de todos mis bienes.
Además, insistió en que el hijo que esperaba era mío, así que el juez dijo que, para solucionarlo, debía esperar a que el bebé naciera. Y lo hice.
—No sé cómo consiguió una prueba de laboratorio falsa —continúo—.
Se inventó una historia llena de abusos y maltratos de mi parte, lloró frente al juez diciendo que se embarazó porque abusé de ella, y que luego la había echado con violencia de la casa, alguien sacó los clips de video del momento en donde la echo y eso fue suficiente.
Tomo una inhalación.
—Ahí conocí a Franco, era un buen socio del despacho, y fue la única persona a la que se me ocurrió pedirle ayuda, no fui a la cárcel gracias a él.
Pero creo que hubiese sido mejor eso que enfrentar todo el escándalo que provocó.
El nombre de mi padre se vio envuelto en polémicas, artículos hablando sobre que los Lombardi éramos unos abusadores, toda mi reputación se manchó de manera permanente.
Cierro los ojos por algunos instantes, obligándome a continuar. Siento el ardor en los párpados, siendo consciente de las lágrimas que se acumulan porque aún duele. Sigue doliendo.
—Sabía que la única manera de librarme era probando que Jacob no era mi hijo, pero la prueba falsa hizo que tuviera que darle el apellido cuando nació, y con eso venía una cuantiosa suma de miles de dólares que tengo que pagarle cada mes.
Me quitó todo, me quitó mi casa, los fondos de ahorro, su maldito abogado usó la historia falsa de abuso para despojarme de tanto cuando le fue posible.
Se quedó con el sesenta por ciento de las acciones del despacho jurídico, y yo me quedé con una reputación arruinada y pagando una habitación de hotel.
—Pero si Jacob no es tu hijo…
—Me prometí que nunca tendría contacto con él, que solo cumpliría mis obligaciones legales, pero aún estaba en San Francisco cuando nació.
Y mi parte sentimentalista quiso ir a verlo, estaba tan pequeño, tan frágil y él no se tenía la culpa de nada.
Realicé una prueba de laboratorio sin el consentimiento de su madre, y el resultado fue negativo.
Intentamos presentarla ante el juez, pero fue desestimada.
Así que me dije que, si no podía hacer nada al respecto, entonces sería su padre, incluso si no era mi hijo.
Pero no toleraba estar en San Francisco.
—¿Por eso volviste a Italia?
—No tenía nada. Lo único que pude recuperar fue el dinero al vender mis acciones del despacho jurídico.
No toleraría estar cerca de ellos, así que las vendí a un colega, y volví.
Sin nada, con un dinero que no significaba nada a lado de la fortuna de mi familia, con una reputación de abogado arruinada.
Un suspiro entrecortado brota de mis labios.
—Todo fue un desastre al volver. La prensa no perdonó, así que el escándalo continuó aun estando aquí, lo que hizo que mis padres enfurecieran. Mi madre me ignoró al volver, mi padre me llamó su mayor decepción y Antoni dijo que siempre fui muy ingenuo, y que merecía lo que ocurrió.
Solo cuando recuerdo a Lucca puedo sonreír con ligereza.
—Ninguno se puso de mi lado, excepto Lucca.
Fue el único que estuvo para mí, cuando me rompí, cuando fui a aquel bar y tomé hasta que no pude más, fue la única persona que me hizo sentir como que podía recuperarme.
Me ofreció un sitio en su casa mientras conseguía un sitio para vivir aquí, intentó hablar con nuestro padre, pero fue en vano, Paolo nunca volvió a confiar en mí.
De hecho, creo que nadie exceptuando a Lucca lo ha hecho otra vez.
Deja una caricia a lo largo de mi espalda, una que sorpresivamente, me reconforta.
—Nunca pude recuperar la convivencia con mis padres, apenas y toleraban tenerme en casa, así que me distancié.
Hasta que un día, mis hermanos dijeron que no querían pertenecer a los casinos —sacudo la cabeza porque aún después de años, no entiendo del todo el porqué.
—Fue una sorpresa para todos, porque Lucca era el heredero, él sería la siguiente cabeza de los casinos y de pronto, no lo quiso más.
Elevo la vista hacia la fotografía de mi hermano.
—No sé por qué lo hice, pero me ofrecí —sonrío sintiendo las lágrimas nublándome la visión —Mi padre apenas y aceptó, nunca me hizo formar parte, pero cuando se dio cuenta de que era lo único que le quedaba…
no tuvo más opción. Una parte de mí sabe que el creyó que no sería capaz, que siempre estuvo esperando que fallara.
Me limpio con brusquedad el par de lágrimas rebeldes.
—Fui aquello con lo que se conformó al no tener a nadie más —mi voz brota en un sonido amargado.
—Pero le demostraste que eres capaz, lo hiciste.
—¿Y de que me sirvió? —inquiero con una risa amarga —nunca fue suficiente. Mi padre murió pensando que algún día fracasaría. Todo porque en el pasado, le permití a una mujer tenerme bajo su poder.
Me aclaro la garganta, fijando la vista en la única fotografía que tengo de Jacob.
—Ahora tengo que pagar una pensión de miles de dólares para un niño que no es mi hijo, y ver como ese par dirige el despacho que me tomó años levantar. Todo por ser un maldito idiota que confió en la mujer que amaba.
—No, cometiste un error —dice con firmeza—. No merecías ser juzgado de esa manera, Ángelo. Y amar a alguien, no es un error, confiar en las personas tampoco lo es, así que nada fue culpa tuya.
—Claro que lo fue, porque sabía que podía pasar, mi padre me lo advirtió muchísimas veces, pero no escuché.
—No sabías que algo así pasaría. No tenías manera de saberlo.
—No importa ahora, ya nada importa. Me prometí que no volvería a darle a nadie ese poder, que nadie volvería a jugar conmigo de esa manera. Que no volverían a quitarme lo que me pertenecía.
—No deberías cambiar quién eres —susurra—. Eso solo es darle más poder del que merecen.
—No lo entiendes, Daphne, nadie confía en mí —susurro—. Solo es una armadura para que nadie pueda dañarme otra vez.