Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 16.- DECIR LA VERDAD #2
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16.- DECIR LA VERDAD #2

—Cumplo mi deber con él —mascullo perdiendo la paciencia—. He hecho todo lo que has querido, pedido y solicitado. Me has tenido como un maldito títere en los juzgados y no he hecho absolutamente nada para detenerte. Pero debes parar, ya me has jodido lo suficiente, ¿qué es lo que quieres?

—Solo obtengo lo que merezco, Ángelo —dice con firmeza.

—Eres una…

—Shh —coloca uno de sus dedos sobre mis labios y le aparto la mano con un movimiento brusco—. Cuida la manera en la que me tratas, no querrás otra demanda, ¿o sí?

Aprieto la mandíbula y me repito a mí mismo que no debo darle herramientas para joderme. Porque evidentemente las usará.

—Podrás llevarlo a Italia, no me opondré a eso y…

—Si querías obtener lo que mereces, hubieses sido más inteligente —la interrumpo—.

Serías justo ahora la señora Lombardi, gozarías de todos los privilegios que ser la esposa del líder de los casinos Maximous traen consigo.

Vivirías en una casa el triple de grande que esta, tarjetas de crédito sin límite, codeándote de la alta sociedad.

Renata me mira con molestia, soy consciente de la manera en la que aprieta las manos para contenerse.

—Pero decidiste jugar en mi contra —la decepción se filtra en mi voz—. Decidiste abandonarme Renata y ese, ese fue tu principal error porque yo lo hubiese dado todo por ti. Te hubiese dado el mundo entero, estaba dispuesto a hacerlo.

—No me amabas…

—Claro que te amé —susurro—. Claro que lo hice, muchísimo. Y ese fue mi error. Uno que no volveré a cometer.

Retrocedo, obligándome a armarme de nuevo con el escudo que me rehúso a abandonar.

No le doy oportunidad de responder, y tampoco quiero escuchar lo que tenga para decir, así que solo me alejo, con la intención de olvidar lo que acaba de pasar y continuar, como si absolutamente nada hubiese ocurrido.

Franco no estuvo muy de acuerdo con volver tan aprisa, pero yo no quería quedarme ni un solo día más en San Francisco, así que no descansamos demasiado y al día siguiente tomamos el avión privado de la empresa y volvimos.

Mi humor no es el mejor, y me reprocho a mí mismo el permitir que lo que ocurrió en S.F me afectara más de lo que debería.

Cuando llego a casa, no espero encontrarme a Daphne, a mi hermano y a mis sobrinas en el interior de la piscina.

—¿Desde cuándo le gusta pasar tiempo en casa? —inquiero para mí mismo. Jackie sonríe.

—A las niñas les hace bien —informa —¿necesitas algo…?

—No —respondo con firmeza —estaré en mi habitación, que no me molesten.

Subo sin esperar una respuesta, dejo la maleta justo en el centro de la habitación y me lanzo a la cama sin siquiera molestarme en cambiarme de ropa por una más cómoda.

Odio darme cuenta de que eso aún me afecta. Pero es imposible, lo que ocurrió hace poco más de cinco años, jamás se me olvidará, por mucho que lo intentara.

No sé en realidad cuando tiempo permanezco sin hacer nada, con el celular apagado, las cortinas corridas e intentando dormir, cosa que claramente no consigo. Sin embargo, tampoco puedo permanecer de este modo porque alguien llega a casa.

Alguien que, en vez de mejorar mi humor, solo lo empeora.

Hilary Dorian.

—Vaya, hasta que te dignas a visitar a tus nietas. ¿Qué te trae por aquí?

—Sabes que no puedo viajar con tanta frecuencia como me gustaría —responde—. ¿Crees que pueda hablar con ellas?

Señalo el jardín, la molestia vuelve cuando noto a mi hermano y a Daphne hablar sobre uno de los camastros.

Joder Ángelo, ¿qué está mal contigo?

—Están en la piscina —señalo—. Puedes ir con ellas si quieres.

Un asentimiento es todo lo que obtengo como respuesta, cruza por mi lado y yo me quedo a mitad de la sala intentando entender que rayos ocurre conmigo.

Creo que el viaje a San Francisco me afectó más de lo pensado.

Camino hacia la cocina para buscar un poco de agua, es demasiado temprano para beber alcohol, aunque mi cuerpo lo pida a gritos.

—Hola —volteo de forma instintiva cuando escucho la voz de Daphne.  Tiene el cabello algo húmedo, pero lleva una ropa distinta. Una sencilla blusa color crema, y unos pantalones cortos.

—Hola —respondo.

—Las niñas estaban esperándote —informa—. ¿Llegaste hace mucho?

Miro la hora, son casi las seis de la tarde y el sol comienza a ocultarse, tomando en cuenta que llegué al medio día, sí, hace mucho.

—Hace algunas horas —respondo dándole un trago al vaso que sostengo—. ¿Desde cuándo te llevas bien con mi hermano?

Ella arruga la frente con ligereza.

—Es agradable, convivimos porque ha pasado aquí tiempo con tus sobrinas —responde—. Les ha hecho bien.

Asiento, no digo nada más y giro dándole la espalda.

—Ángelo, ¿todo bien? —inquiere con suavidad—. Estas muy tenso.

—¿Las niñas están con su abuela? —inquiero ignorando la pregunta, y ella lo nota.

—Sí, se quedaron en el jardín. Antoni está ahí.

—Bien —hago el ademán de cruzar por su lado, pero me detiene. Una de sus manos se coloca en mi brazo, impidiéndome el andar.

—¿Todo en orden? —insiste—. No es mi asunto y sé que lo detestas, pero…

—Estoy bien, Daph —respondo sonriendo levemente—. No tienes que preocuparte.

No quiero darle oportunidad para responder, porque sé que seguiría haciendo preguntas y yo no tengo más fuerza para seguir callando.

Así que solo me marcho.

Enfocarme en el trabajo después de eso tampoco ayuda mucho, la última conversación con Renata no sale de mi mente. Ni siquiera cuando Bella llegó al estudio y me obligo a mí mismo a dejar de pensar en eso.

Con ellas puedo fingir que nada pasa, pero a la rubia que me miraba con detenimiento sé que no puedo mentirle. Y eso es absurdo, Daphne no significa nada, ¿por qué entonces con ella siento la necesidad de ser sincero?

Para el final del día me encuentro más agotado que de costumbre, como si de cierta manera alguien me hubiese arrebatado todas las energías, tanto que rechazo la invitación de Antoni de salir a tomar algo, y decido volver a encerrarme en mi habitación.

Antes de hacerlo, paso por la habitación de Bella y Lía, y lo que veo solamente termina de derrumbarme.

Daphne sostiene a Lía entre sus brazos mientras canta una canción de cuna, la suave voz me envuelve, y me lleva al sitio que me esfuerzo tanto por abandonar.

Los recuerdos vuelven, la manera en la que deseaba tanto tener algo como eso.

De pronto mi mente me conduce hacia esa noche, hacia el momento en donde mi vida entera se destrozó.

Me recuerdo a mí mismo añorando eso con Renata, haciendo planes estúpidos de una familia, poniéndola a ella como prioridad.

Me aparto cuando se vuelve demasiado, y me alejo con prisa hasta que consigo dejar de escuchar la voz de Daphne.

No pienso mucho el hecho de tomar la botella de cristal y servirme un vaso lleno del líquido que me acabo de un solo trago.

El alcohol quema en mi garganta, tanto que emito un gruñido, pero vuelvo a llenar el vaso.

Necesito dejar de pensar en eso, necesito olvidarlo.

Y si para eso tengo que acabarme toda la maldita botella, entonces lo haría.

Pero por alguna razón, alguien no desea que culmine ninguno de mis planes.

—¿Qué crees que haces? —la voz molesta de Daphne me llena los oídos.  La miro caminar con rapidez hacia mí y me arrebata el vaso.

—¿Qué te pasa? —reclamo—. No puedes…

—Antonella aún no se duerme —informa—. ¿Quieres que te vean borracho?

—No me importa.

—Oh sí, eso ya me quedó claro —musita con molestia. Me aparta el brazo de un manotazo cuando quiero tomar la botella.

—Oh, Dios. Déjame beber a gusto —pido—. Estás aquí para cuidar de ellas, no de mí.

—No, no vas a emborracharte con ellas en esta casa. No les hará bien verte…

—Tal vez debería dejar que se fueran con alguien mejor —mascullo.

—¿Qué?

—No soy bueno para ellas.

Por un corto momento, ella permanece en silencio.

—Claro que eres bueno para ellas, Ángelo. ¿Por qué piensas de ese modo? —paso una de mis manos por mi cabello, sintiéndome sofocado.

—Porque estoy harto de fingir que puedo jugar a tener una familia —musito con amargura—. Estoy harto de pretender que puedo hacerlo, Daphne. No soy capaz.

—Claro que eres capaz, lo has hecho excelente en este tiempo. Ya te las has ganado, tú mismo lo dijiste.

—Solo es una ilusión, solo es cuestión de tiempo para que eche todo a perder. No quiero nada de esto, no quiero una familia Daphne, no quiero nada de lo que eso significa.

—Ángelo…

—Y si supieras la verdad, estarías de acuerdo conmigo —mi voz brota en un sonido torturado.

No responde, permanece en silencio por un tiempo suficiente para hacerme creer que a lo mejor va a irse, pero no lo hace.

—Entonces cuéntamela —pide con suavidad.

Fijo la atención en ella, no hay nada más en su mirada que un deseo de ayudar. Me dejo caer al borde del colchón sintiéndome sin fuerzas, ella camina hasta colocarse a mi lado, y luego coloca la mano justo sobre la mía.

—Si quieres contarme, te escucharé. A veces solo hace compartir lo que nos hace daño, de esa manera, todo se vuelve menos pesado, más llevadero.

Lucca decía lo mismo, decía que nunca debíamos guardarnos las cosas que herían, porque entonces solo nos estaríamos condenando a nosotros mismos a una muerte lenta.

Así que decido no condenarme, decido tener la valentía para hablar.

Y entonces lo hago, le digo la verdad.