15.-ARMADURA
ÁNGELO
No sé cuándo fue la última vez que me divertí tanto. Es decir, eliminando el alcohol y los clubes. Simplemente preocupándonos por pasarla bien.
Llevamos apenas un par de horas y he descubierto que Daphne Lennox es fascinante. Y una parte de mí, está tan cómoda que asusta.
—Así que, ¿abogado? —inquiere mientras se acomoda en el sillón que hay en la sala. Lleva la mano hasta el recipiente con palomitas acarameladas que recién han salido de la máquina.
—Sí —sonrío de lado —aunque, no lo ejerzo del todo.
—¿Por qué? —Me encojo de hombros.
—Ejercí por algunos años cuando vivía en San Francisco, tenía un despacho, muy bueno, por cierto.
Ella parece genuinamente interesada.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué pasó? ¿Decidiste que los casinos eran más interesantes?
Sonrío levemente.
—No resultó tan bien como me hubiese gustado, así que decidí enfocarme en los negocios de la familia. Mejor paga —ella ríe levemente —en serio, no me tengo que preocupar por los temas legales, Franco se hace cargo de todo.
Compartimos una sonrisa mientras me acomodo girando el cuerpo hacia ella.
—¿Y qué hay de ti? —toma una inhalación, y esta vez la sonrisa que intenta ponerle a la respuesta es más pequeña, más frágil.
—Estudié comunicación porque me gustaba escribir —dice al fin, girando una palomita entre los dedos antes de dejarla de nuevo en el recipiente—. Siempre me ha gustado entender a la gente, contar historias, ese tipo de cosas.
—Suena bastante bien.
—Lo era —admite—. O al menos lo parecía cuando tenía veinte años y creía que iba a trabajar en una revista importante o en televisión o algo así.
Sonríe apenas al decirlo, pero hay algo en esa sonrisa que no termina de sostenerse.
—¿Y qué pasó? —Duda un segundo.
—La vida —responde finalmente, encogiéndose de hombros con suavidad—.
Mi papá murió dejándonos deudas. Antes de eso ya había abandonado a mi mamá y nos dejó el desastre completo cuando se fue.
Después murió, así que… bueno, no hubo mucho tiempo para pensar en lo que quería hacer con mi carrera.
Hace apenas un año que me gradué, pero no he podido ejercer como tal.
Tuve que trabajar en lo que fuera para ayudar en casa, pagar lo que se podía, y cuando por fin terminé la universidad, ya estaba demasiado metida en sobrevivir como para lanzarme a buscar el trabajo que realmente quería.
Me acerco, extiendo la mano para tomar la suya y eleva la mirada hacia mí.
—Sabes que si necesitas algo puedes pedirlo —afirmo —no quiero presumir, pero me va bastante bien así que puedo ayudarte si lo necesitas.
Noto el rubor en sus mejillas casi de inmediato.
—No, no —sacude la cabeza —eres mi jefe.
—Somos amigos —objeto —los amigos se ayudan.
Ella mantiene la mano entre las mías un segundo más de lo necesario antes de apartarla con suavidad. El rubor en sus mejillas no desaparece, al contrario, parece intensificarse.
—Te lo agradezco —dice con una pequeña sonrisa, claramente incómoda pero sincera—. Lo tendré en cuenta.
Asiento, aunque sé que no lo hará. Porque Daphne no parece el tipo de persona que pide ayuda fácilmente. Parece que tenemos eso en común.
Hay un pequeño silencio entre nosotros. No es incómodo, pero tampoco es ligero. Es de esos silencios en los que uno siente que algo más está por decirse.
Y entonces lo hace.
—Me alegra que no hayas continuado con Isabella —dice de pronto.
Arqueo la ceja, claramente sorprendido por el comentario.
—Quiero decir… —se apresura a añadir, bajando la mirada un segundo antes de volver a levantarla— mereces a alguien mejor.
—¿Alguien mejor? —repito, apoyándome ligeramente hacia atrás en el sofá.
—Sí —dice con más seguridad ahora—. Alguien que entienda tu vida. A las niñas. Esta casa. Todo lo que haces por ellas.
—No es tan sencillo —intento sonreírle.
—Lo sé —admite—. Pero eso no significa que no sea verdad.
Se encoge ligeramente de hombros, como si estuviera intentando restarle importancia a lo que acaba de decir.
—Solo… creo que mereces a alguien que esté orgullosa de lo que haces. No alguien que lo vea como un problema.
Bajo la vista un segundo, debatiéndome sobre si responderle con honestidad o dejarlo pasar.
—Estoy bien así —admito finalmente.
—¿Así como?
—Sin complicaciones, con cosas simples. No busco una relación ni tener, familia y esas cosas —me encojo de hombros —me gusta lo simple.
—¿Simple? —replica, con un deje de ironía en la voz—. Me parece más bien triste.
—No necesito complicaciones, Daphne —objeto adelantándome a su posible sermón.
Asiente, se inclina levemente hacia adelante y sé que no va a callarse lo que piensa.
—Solo espero, que no confundas lo simple con lo vacío. Porque una cosa es buscar tranquilidad, Ángelo, y otra muy distinta acostumbrarte a sentir nada.
Desvío la mirada hacia el ventanal, donde las luces de la calle apenas se reflejan en el cristal.
—A veces sentir nada es lo más seguro que uno puede hacer.
—Tal vez. Pero también es la manera más fácil de quedarse solo.
No encuentro que responder.
—No quiero que pienses que estoy juzgándote. Es solo que no me pareces del todo ese tipo de hombre.
—¿Qué tipo de hombre crees que soy entonces? —pregunto arqueando la ceja.
—El que se hace el fuerte, pero que en el fondo siente más de lo que admite —responde sin dudar— El que se esconde detrás de la culpa porque no sabe qué hacer con todo lo que siente.
—Daphne…
—No tienes que esconderte en relaciones sin sentido solo porque te resulta más fácil no involucrarte.
Un nudo se presenta en mi garganta. Porque ella ha descrito al hombre que solía ser. Al Ángelo antiguo que creía ingenuamente que podía ser feliz.
—Te preocupas demasiado por mí.
Ella sonríe con sinceridad.
— Tal vez no estás acostumbrado a que se preocupen por ti… pero eso no significa que no lo merezcas.
Sus palabras me golpean con una suavidad que duele. Por un instante no sé qué responder. Porque nadie me había dicho algo así en mucho tiempo. Quizás nunca.
—No sé si merezca eso, Daph—admito, bajando la mirada.
—Todos merecemos que alguien se preocupe por nosotros, Ángelo.
Bosteza brevemente. Y por mi bien, es mejor que corte esta conversación.
—Creo que deberías ir a descansar, mañana temprano te llevaré a casa, ¿de acuerdo? —ella nota mis intenciones, pero no dice nada.
—No hay necesidad, puedo tomar un taxi y…
—Te quedaste porque yo te lo pedí, lo justo es que yo te lleve a casa —interrumpo—. Y no acepto un no por respuesta.
—Bien, de acuerdo, sé que no podré ganar una discusión contigo así que, me veré en la obligación de aceptar.
—No te quejes tanto, mi auto te encantará —aseguro.
Salimos y me aseguro de apagar todas las luces, cuando atravesamos la sala, el sonido de risas viene hacia nosotros.
Parece que el grupo de amigos de Antonella apenas se marchará.
Daphne y yo vamos hacia la cocina a dejar los platos que hemos utilizado, y para cuando volvemos, los chicos se han ido.
Subimos las escaleras en silencio, la oscuridad y silencio de la casa nos envuelven por completo mientras llegamos a la segunda planta.
—Fue agradable el tiempo en la sala —dice con una leve sonrisa—. Gracias.
—No me agradezcas, creo que era buena idea divertirnos un poco —me encojo de hombros intentando restarle importancia—. Es tarde, descansa.
La miro subir las escaleras y de alguna forma, su nombre brota de forma inesperada. Ella se detiene, girando hacia mí.
—¿Sí?
—Gracias por recordarme que todavía puedo sentir algo.
Sonríe. Lo hace de verdad.
—Descansa, Ángelo.
Esta vez la sonrisa que llega a mis labios es completamente genuina.
Solo cuando la pierdo de vista soy capaz de ir a mi habitación.
Me cambio de ropa y voy hacia el baño de la para lavarme los dientes, cuando he hecho lo necesario vuelvo a la cama y mi cuerpo se siente aliviado al contacto con el suave colchón.
No ha pasado mucho tiempo, cuando la puerta de la habitación se abre. Está oscuro, pero consigo ver a la pequeña figura que avanza a pasos lentos hacia mí.
—¿Bella?
—Tío, ¿puedo dormir contigo? —inquiere en un susurro.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
Cuando está lo suficientemente cerca, noto que trae abrazado a un oso afelpado, se talla los ojos y miro la rojez en ellos.
—Oh, principessa, ¿Qué ha pasado?
—Tuve una pesadilla —dice en un hilo de voz y formando un mohín.
—Ven aquí —abro los brazos y ella no duda en eliminar la escasa distancia que hay entre nosotros—. Ya ha pasado, solo fue un mal sueño.
Espero que se acomode a lado de la cama, pero se termina acurrucando en mi pecho. Por inercia, cierro los brazos y la apego.
—Buenas noches, tío Ángelo —dice suavemente.
—Descansa, desastre.
Acaricio su cabello hasta que su respiración se vuelve completamente suave. Sonrío levemente y me acomodo con suavidad para no moverme demasiado.
Daphne tiene razón, vale la pena quitarse la armadura por ellas. Porque si había alguna persona por las que me permitiría bajar la guardia, serían ellas.
Solamente ellas.
A la mañana siguiente Bella aún permanece contra mi cuerpo. Tengo que salir con la mayor lentitud posible para evitar despertarla.
Voy hacia el baño para lavarme la cara y me coloco una ropa más presentable, es temprano así que no creo que Daphne se haya marchado aún, pese a eso, intento no demorarme demasiado tiempo.
La casa como es habitual está silenciosa un domingo por la mañana, Jackie se encuentra preparando el desayuno para cuando bajo, y junto a ella está Daphne.
—Buenos días —saludo captando la atención de ambas, pero sobre todo la de Daphne.
Soy consciente de la manera en que me mira y retengo la sonrisa, la he atrapado mirándome en más de una ocasión, me causa gracia la manera en la que intenta ser discreta, pero termina fracasando, aunque ella creyese que pasa desapercibida.
Y no me molesta en lo absoluto, porque yo también la miro. Cuando juega con Bella en el jardín, en la piscina con ese bonito sostén negro, no soy ciego. No puedo evitar mirarla.
—Buenos días —Jackie nos saluda —¿desayunarás?
—¿Quieres que te lleve? —inquiero hacia Daphne—. ¿Has desayunado?
—Ya lo hice —responde con una ligera sonrisa—. Si no es molestia…
—Para nada —interrumpo—. Nana, desayunaré cuando vuelva.
No me pasa desapercibida la sonrisa que mi nana tiene, pero por mi bien, la ignoro.
Salimos de la cocina, y espero abajo mientras Daphne sube por sus cosas a su habitación, son cerca de las ocho de la mañana y no tengo ningún pendiente para realizar, así que decido pasar el día en casa.
Además de que el domingo, es el único día en el que puedo pasar tiempo con las niñas sin tener pendientes en la mente.
Es exclusivamente de mis sobrinas.
—Listo —dice acomodando su bolso en uno de sus hombros—. ¿Nos vamos? Tengo que…
—Oh, maldición, que bueno que estás en casa —Franco ingresa a paso apresurado, elevo una de mis cejas mientras lo observo con intriga.
—Buenos días para ti también, amigo —saludo con sarcasmo—. ¿Qué te trae a mi casa un domingo temprano?
—Es algo serio —me tiende la carpeta que sostiene en la mano y la tomo—. Te dije que esos imbéciles no aceptarían tan fácil el acuerdo.
Abro la carpeta, al inicio imagino que debe tratarse de algún asunto de los casinos, pero conforme avanzo con la lectura, me doy cuenta de lo equivocado que estoy. Es un nuevo citatorio al juzgado familiar de San Francisco.
—¿Qué quiere ahora?
—El abogado Benson me ha llamado, están investigando tus finanzas. Te ha acusado de dar menos dinero del que corresponde.
Una palabrota abandona mis labios al mismo tiempo que siento la rabia explotar dentro de mi pecho.
—Quiere apelar el hecho de que Jacob venga a Italia, dice que es tu manera de librarte de pagar la pensión —continúa—. Debemos ir a San Francisco esta noche, Ángelo. Porque los muy idiotas apenas envían el citatorio, si no vas usarán eso a su favor.
—Eso es lo único que le interesa a esa mujer, el maldito dinero —espeto con molestia—. No tengo más opción que hacerlo, ¿verdad?
Él niega.
—Prepararé todo, necesitaré los informes financieros, la cantidad es la correspondiente pero no dudo que quieran usar algo en tu contra.
—Prepara y solicita lo que necesites —autorizo—. Sabes que tienes libertad de hacerlo. Nos vamos esta noche.
Mi amigo asiente, se despide de Daphne de manera rápida y cuando se marcha, giro hacia ella.
—Lamento eso, vamos…
—Puedo quedarme —ofrece—. Parece que estarás bastante ocupado.
—No, Daphne —niego con prisa—. Es tu día libre, suficiente haces trabajando todos los días.
—Ángelo, ambos sabemos que no tienes cabeza para cuidar de ellas —extiende una de sus manos hasta tomar la mía, el tacto me toma por sorpresa, pero no me aparto—. Llamaré a mi madre y le diré que nos veremos la próxima semana.
—Te daré un día en el trascurso de la semana —prometo.
—De acuerdo —toma la correa de su bolso y sonríe—. Estaré aquí así que si necesitas hacer algo…
Claro que tengo que hacer algo, un viaje de imprevisto a San Francisco me obliga a ir al casino para dejar todo en orden, tal vez debería llamar a Antoni para que se hiciera cargo por un par de días.
—No sé mucho sobre lo que ocurre, pero realmente espero que todo resulte bien —sonríe, un gesto que, en estos momentos, parece más bonito de lo que creo que es.
—Gracias, Daph.
—Coloca la armadura —dice haciendo un ademán de fuerza con sus brazos—. Esta vez merece que te coloques la mejor.
Es mi turno de sonreír. Es la primera vez que alguien me dice algo como eso. No soy capaz de decir nada, ella retrocede aún con la sonrisa en los labios y hace un gesto con la mano, indicando el piso de arriba.
—Iré a ver si han despertado.
—Bella está en mi habitación —le informo—. Durmió conmigo.
Parece un tanto sorprendida, pero no dice nada más. Asiente y me da la espalda, cuando ha subido algunos escalones, la llamo.
—Daphne —se detiene casi de inmediato y voltea—. Gracias.
—Es un placer.
No dejo de mirarla hasta que se pierde en el piso superior, solo entonces sacudo la cabeza y suspiro.
¿Qué rayos ocurre conmigo?