14.-RETO Y MISTERIO
DAPHNE
En la casa de Ángelo, hay una pared justo al frente de la puerta principal en donde cuelgan varias fotografías familiares. En el tiempo que llevaba trabajando en la casa, no me había tomado el tiempo para mirar con detenimiento cada foto.
Siempre pasaba por ahí deprisa, concentrada en las niñas, en la cena, en cualquier otra cosa… pero esa mañana algo me hizo detenerme.
Tal vez fue el silencio, tal vez fue porque estaba pensándolo demasiado, o simplemente fue porque una parte de mí necesitaba desesperadamente entender un poco más de mi intrigante jefe.
Mis ojos terminan inevitablemente en la fotografía central.
Los tres hermanos Lombardi están juntos.
Lucca está en medio y realmente no me sorprende.
Incluso en una fotografía antigua ocupa el espacio como si el mundo hubiera sido diseñado para girar alrededor suyo.
Es rubio, con una sonrisa amplia, de esas que hacen que uno entienda enseguida por qué era tan querido.
Tiene los hombros anchos, la postura relajada, segura.
Parece el tipo de hombre que siempre supo cuál era su lugar en el mundo.
El tipo de hombre al que las cosas importantes le llegaban con naturalidad.
A su lado está Antoni. El parecido entre ellos es evidente, pero Antoni es distinto. Su piel es más bronceada, su expresión es más atrevida, en varias fotos aparece con lentes de sol, o la camisa desabrochada, no luce el habitual aspecto elegante. Pero extrañamente es como si encajara de inmediato.
Y luego esta Ángelo, con el semblante más serio, pero por mucho el más atractivo.
Ángelo no posee un cabello completamente lacio, pero posee más risos que Antoni.
Es algo así como una extraña combinación que lo hace lucir extremadamente apuesto, y el cuerpo, vaya que es mucho más trabajado que el de sus hermanos.
Su porte elegante, sin perder el aire de suficiencia y autoridad, siempre vestido con trajes y camisas elegantes y sin una sola sonrisa, o tal vez solo una pequeña en una que otra fotografía.
—Tenemos buenos genes, ¿no es así? —me sobresalto al escuchar la voz a mi costado.
Giro la cabeza de golpe y me encuentro con Antoni, recargado con naturalidad junto al marco de la puerta, observándome con una sonrisa ladeada que no llega a ocultar del todo la curiosidad en su mirada.
—Los tres se parecen mucho —comento, dejando que mi mirada regrese al retrato central.
—Por desgracia —admite él, y esa respuesta sí me arranca una sonrisa. Su atención se posa en la fotografía por unos segundos más, especialmente en Lucca
—¿Eran muy unidos? —pregunto al final, sin apartar los ojos del retrato. Antoni tarda un momento en responder.
—Ángelo y Lucca sí —dice al fin—. Creo que, por ser el mayor, Lucca siempre sintió que debía cuidarlo. Sobre todo, cuando volvió a Italia. Fue la única persona a la que Ángelo realmente dejó acercarse. A todos los demás los mantuvo lejos.
Me giro apenas hacia él, intrigada.
—Debe de haber habido un motivo, ¿no?
Antoni suelta una pequeña risa.
—No me hables tan formal —pide con una sonrisa—. No soy como mi hermano, que ama las formalidades.
Sonrío levemente.
—Respondiendo a tu pregunta… no tengo idea de qué pasó exactamente.
Creo que entre hermanos siempre hay uno con el que conectas más.
En nuestro caso fueron Lucca y Ángelo. Yo viajo mucho, no suelo quedarme demasiado tiempo en un solo lugar, así que no pasé tanto tiempo con Ángelo como ellos dos.
Lucca, en cambio, siempre hacía lo posible por vernos a ambos, pero sobre todo a él.
Bajo la mirada un segundo, pensando en lo poco que realmente conozco de Ángelo comparado con todo lo que he llegado a sentir por él sin querer.
—Parecen ser muy distintos en personalidad —admito. Antoni asiente enseguida.
—Lo somos. Ángelo siempre ha sido más cerrado. Por eso me sorprende tanto que se haya abierto contigo.
Levanto la vista con curiosidad.
—¿Qué? —Antoni ladea la cabeza con una media sonrisa.
—Vamos, es evidente que tiene mejor relación contigo que con cualquiera de esta casa. Ángelo no suele ser así. Siempre fue más frío, más reservado, más… autosuficiente.
—Solo somos amigos —murmuro, aunque el calor empieza a subirme al rostro. La sonrisa de Antoni se ensancha apenas.
—Mi hermano no suele ser amigo de cualquiera. Mucho menos de mujeres —dice con una diversión descarada que me hace entrecerrar los ojos—. Es la excepción, señorita Lennox. Me sorprende que todavía no haya querido llevarte a su cama.
Siento el rostro arder de inmediato y me aparto un paso, más por orgullo que por comodidad.
—Bueno, soy la niñera de sus sobrinas —le recuerdo—. Creo que tiene algo de respeto por sus empleadas.
Antoni se ríe con ganas, como si mi respuesta le hubiera parecido mucho más graciosa de lo que debería.
—Ángelo no tiene respeto por nada —dice con total seguridad—. Por eso le da tantos dolores de cabeza a nuestra madre. Es impulsivo y…
—¿Y te quejas de que no se abre contigo? —lo interrumpo, cruzándome de brazos—. Tal vez es justo por eso. Porque no dejan de juzgarlo. ¿No crees?
Antoni me mira como si no esperara que le respondiera de esa forma.
—Si yo tuviera un hermano que todo el tiempo me dice que soy impulsivo e irrespetuoso, tampoco tendría muchas ganas de contarle lo que me pasa —añado, más suave ahora, pero sin perder la firmeza—. Tal vez deberías tenerlo en cuenta.
Y por primera vez desde que empezó la conversación, Antoni deja de sonreír un segundo. No parece molesto. Solo… sorprendido. Como si no fuera común que alguien defendiera a Ángelo con tanta naturalidad.
Luego su expresión se suaviza.
—Vaya, ahora entiendo por qué no ha podido mantenerse lejos de ti.
—¿Qué quieres...?
—Dime que no te está molestando —ambos volteamos cuando la voz de Ángelo se escucha. Mira a su hermano, luego a mí.
—Hola —saludo —volviste temprano.
—Si bueno, nadie me necesita en el casino —admite.
No me pasa desapercibida la forma en la que se ha estado comportando los últimos días. No sé bien lo que ha pasado desde la noche en la que lo seguí a su habitación pero es como si algo se hubiese... apagado en él.
—¿Qué haces en mi casa Antoni? —inquiere.
Antoni me lanza una mirada, luego dice algo relacionado con su madre, y parece ser lo suficientemente importante para que Ángelo le haga un gesto y decidan ir a otro sitio.
Sin embargo, no he dejado de mirarlo así que cuando él voltea sobre su hombro me atrapa mirándolo y una pequeña sonrisa se filtra en sus labios.
Le devuelvo el gesto.
Los pierdo de vista cuando llegan al segundo piso. Cuando estoy segura de que me he quedado sola, cierro los ojos soltando un suspiro y me apego a la pared.
Ahora entiendo por qué no ha podido mantenerse lejos de ti.
Una extraña sensación se apodera de mi pecho.
Ángelo Lombardi, ¿qué estás haciendo conmigo?
Es media tarde cuando al fin Ángelo se libera y consigo colarme en su despacho.
—Hola —él eleva la mirada cuando escucha mi voz.
—Hola, ¿todo bien?
—Sí, las niñas están bien —él asiente —¿puedo preguntarte algo?
Mantiene la mirada fija en el documento frente a él, luego de un par de segundos, eleva la mirada devolviéndome su atención.
—Tengo la sensación de que vas a preguntar de cualquier manera —sentencia. Paso por alto el sarcaso de su voz, y me acerco.
—¿Está todo bien?
—¿Por qué no lo estaría?
—No se responde una pregunta con otra pregunta —reclamo —y no me mientas. Puedo ver que algo va mal desde que...bueno desde que discutimos. Creí que las cosas se habían arreglado.
—Y así fue.
—¿Entonces porqué parece que no?
Suspira, cierra las carpetas y también su portatil. Luego se pone de pie, rodea el escritorio y se apoya en la madera mientras se cruza de brazos. Durante unos segundos no dice nada. Se mantiene en silencio hasta que por fin toma una inhalación y dice:
—Tengo muchas cosas en la cabeza.
—¿Cómo qué? —Se encoge apenas de hombros.
—El juicio. Las niñas. La empresa. Mi madre. Antoni. Hilary apareciendo cuando quiere aparecer, Isabella… —suspira otra vez— demasiados asuntos.
La mención de Isabella me causa un pinchazo de molestia.
—¿Quieres hablar de eso? —arruga el entrecejo, y sacude la cabeza.
—No, no quiero molestarte con mis problemas…
—No me molestas —insisto —somos amigos, ¿o no? Aunque a tu novia le moleste.
Sonríe apenas.
—No es mi novia. —resoplo. Él me mira claramente divertido—. Sé que no te agrada…
—No. No es eso —admito —es que…no lo sé. Solo…me pregunto cómo puedes continuar con alguien como ella. Sé que no es de mi incumbencia, pero…—sacudo la cabeza —¿por qué continúas al lado de alguien que parece que no te agrada?
—Solía agradarme —admite —mucho.
—¿Tú la quieres? —cuestiono.
—Eso no tiene nada que ver. —responde a la defensiva.
—Claro que tiene que ver —respondo, sin apartar los ojos de él—. Porque si la quisieras, se notaría. Y si no la quieres… entonces no entiendo qué haces compartiendo tu vida con alguien que ni siquiera parece agradarte.
—Daphne… —el tono que emplea deja muy en claro que quiere dar por terminada la conversación.
—No te merece —suelto de repente —no te merece en lo absoluto, ella es superficial, grosera, y desconsiderada y tú…
—¿Y yo…?
Su voz no suena molesta, ni irritada. Suena genuinamente interesado por saber qué es lo que tengo por decir. Abro la boca, pero por un segundo no encuentro las palabras. Porque decirlas en voz alta cambia algo. Lo vuelve real.
—Y tú eres distinto —termino diciendo al fin. Él suelta una pequeña risa, sin humor.
—No sabes lo que dices.
—Claro que lo sé —replico—. Eres atento con las niñas, estás pendiente de todos en esta casa, aunque no lo admitas, te haces cargo de responsabilidades que nadie más quiere y aun así encuentras tiempo para asegurarte de que todos estén bien. Eso no lo hace alguien superficial.
Sonríe apenas.
—No tienes que defenderme —dice en voz baja.
—No te estoy defendiendo. Solo digo la verdad.
Guarda silencio unos segundos. Luego apoya las manos en el borde del escritorio detrás de él, como si necesitara algo firme donde sostenerse.
—Solía agradarme —repite finalmente, más despacio que antes—. Isabela solía agradarme mucho, pero…todo ha cambiado ahora y yo…bueno… yo creo que las niñas no necesitan a alguien como ella.
No respondo.
—Respondiendo a tu pregunta sobre porque sigo con ella, bueno…ya se acabó. Y si dijera que no me siento aliviado…sería una completa mentirosa.
—¿Se acabó?
Asiente. Se pasa una mano por el cabello, despeinándolo un poco.
—Era algo que tenía que pasar. —guarda silencio un segundo antes de continuar—. Isabella quiere una vida distinta a la que tengo ahora. Y no puedo dársela.
—¿Y tú? —pregunto con suavidad—. ¿Quieres esa vida?
Sus ojos se levantan hacia mí.
—No.
La respuesta llega sin dudar.
—No quiero dejar a las niñas. No quiero apartarme de esta casa. No quiero volver a fingir que todo puede seguir igual que antes. Ellas me necesitan —añade, más bajo—. Y yo… las necesito a ellas también.
Me acerco, lentamente hasta que nuestros cuerpos casi se rosan, noto la leve tensión en él mientras me coloco en puntillas, y enrosco mis brazos alrededor de su cuello, abrazándolo.
Su fragancia me envuelve, cierro los ojos dejándome llevar.
El suspira, noto como se relaja mientras sus brazos me envuelven la cintura.
—Esto se te está haciendo costumbre —bromea. Sonrío contra su hombro, sin apartarme.
—Tal vez.
No hago ningún intento por soltarlo. Y él tampoco.
Su respiración se vuelve más lenta mientras sus brazos permanecen alrededor de mi cintura, firmes, como si necesitara ese abrazo más de lo que está dispuesto a admitir.
Por un instante, el despacho deja de sentirse como un lugar lleno de preocupaciones y documentos pendientes. Solo estamos nosotros.
Sus manos siguen en mi cintura, y por primera vez parece darse cuenta. Se aclara la garganta suavemente, aunque no se aparta.
—Gracias —dice entonces.
—¿Por qué? —Ahora si me suelta, nos apartamos y él se encoje de hombros.
—Por absolutamente todo Daph.
No tengo tiempo de responder, el estruendo de risas se escucha seguido de música fuerte y Ángelo me mira desconcertado.
—¿Qué…?
—Ah, Antonella invitó a sus amigos —sonrío —¿no te molesta, o sí?
Creo que va a gritar, que va a decir algo más pero solo se ríe.
—Es sábado, puede hacerlo.
Asiento.
—Me alegra saber que estás bien, no iba a irme tranquila…
—¿Irte? ¿A dónde? —inquiere con confusión. Lo miro, por un segundo me siento descolocada.
—Es sábado —le recuerdo.
Él maldice. Cierra los ojos mientras se pasa la mano por el cabello, luego me mira y extiende la mano para tomar la mía.
—¿Por qué no te quedas? —inquiere de pronto.
—¿Necesitas ayuda con…?
—No, no —interrumpe, se aclara la garganta y fija su atención por completo en mí—. Los amigos de Antonella estarán en la sala de cine, pero…tengo además una sala recreativa. Billar, futbolito, un pequeño boliche. Hay comida y bebidas, ¿quieres quedarte?
Parpadeo, por una fracción de tiempo entiendo lo que quiere.
Quiere que me quede a pasar tiempo, con él.
—¿Te gustaría? Puedo llevarte mañana temprano a casa —se ofrece—. ¿Qué dices?
Sonrío levemente.
—Me gustaría. —me lanza una sonrisa aliviada mientras asiente.
—Me libero de esto —señala el escritorio —y te busco, ¿de acuerdo?
—Claro.
Parece mi señal para marcharme, así que le sonrío una última vez y me doy la vuelta para irme, él me llama antes de salir así que volteo.
—¿Sí?
—Me alegra que estés aquí. Todos somos más felices desde que llegaste.
Sonrío, pero no respondo enseguida. Porque no sé si él entiende realmente lo que acaba de decir.
—A mí también me alegra estar aquí —murmuro al final.
Le sostengo la mirada un segundo más antes de salir, y mientras avanzo por el pasillo no puedo evitar pensar que algo entre nosotros acaba de cambiar… aunque ninguno de los dos se haya atrevido todavía a decirlo en voz alta.