13. PROPIA VIDA
ÁNGELO
Observo con molestia a Isabela.
No sé qué es lo que me irrita más, el hecho de saber lo que hizo…o que ella no se muestre arrepentida por eso.
—¿Qué demonios intentabas? —reclamo —sabes muy bien que detesto que las personas se tomen atribuciones que no les corresponden.
—Ah, ¿sí? —responde—. ¿Y por qué no reaccionas igual ante las atribuciones que la niñera se toma todo el tiempo? ¡No dejaba de llamarte!
—¡Porque Lía estaba enferma! —exploto. Isabela retrocede medio paso, pero no parece intimidada—. ¿De verdad estás comparando lo que hiciste con la salud de una niña? ¡Es mi sobrina, maldita sea!
—¡Solo quería que dejara de llamarte! —responde ella también alzando la voz—. Lo lamento, ¿sí?
—No, no basta con un “lo lamento” —sentencio—. No basta porque tengo el presentimiento de que no te arrepientes ni un poco de lo que hiciste.
El silencio cae entre nosotros durante un segundo. Y entonces su expresión cambia.
—Claro que no me arrepiento —dice finalmente.
La incredulidad se abre pasos agigantados dentro de mí, ¿cómo es que nunca me di cuenta de la clase de mujer con la que estaba involucrándome?
—No me arrepiento —repite—. Porque estaba harta de verla llamarte como si tuviera derecho sobre ti. Como si fueras su maldita pareja.
—Daphne no es…
—No me interesa lo que sea o no sea —me interrumpe—. Lo que me interesa es que cada vez que suena tu teléfono y es ella, tú corres.
Siento el enojo subir por el pecho.
—Esas niñas dependen de mí.
—¡No deberían! —insiste—¡Por Dios, Ángelo, no son tus hijas!
Sus palabras me golpean de frente, secas, limpias, como si alguien me hubiera abierto el pecho con un puñetazo.
Siento el aire atorarse en la garganta y por un segundo no sé si lo que me arde es rabia o vergüenza.
Trago saliva, aprieto los dedos con tanta fuerza que me duelen las palmas y aun así no logro apartar la sensación de que algo dentro de mí se está quebrando despacio, con una crueldad que no me da tiempo de defenderme.
—Más vale que cierres la maldita boca, Isabella, porque no tienes derecho a decir nada de eso —siseo—. No tienes derecho a cuestionar la vida que he deseado vivir.
—¿Qué has deseado? —cuestiona soltando una risa —¿Desde cuándo?
Desde siempre, quiero responder. Desde antes de entender siquiera qué era querer algo propio.
Desde antes de aprender a bajar la cabeza.
Desde antes de aceptar que a Paolo solo le interesaba el hijo que encajara en su mundo, no el que tenía delante.
Pero las palabras se me quedan atoradas, porque decirlo en voz alta sería admitir demasiado.
Sería admitir que una parte de mí aún sigue intentando demostrar algo que jamás debí tener que probar.
Isabella me observa y parece notar el silencio.
—Eso es lo que pensé —dice, con una frialdad que me muerde más que el enojo—. No has deseado nada por ti en años, Ángelo. Estás viviendo una vida a medias, la vida que tu hermano dejó porque estás demasiado obsesionado con ser perfecto, con ser él.
La frase me atraviesa con una precisión despiadada.
Siento el pulso golpeándome en las sienes, la rabia subiéndome por el cuello, pero debajo de eso hay algo peor, algo que me deja inmóvil: porque una parte enferma de mí sabe que está tocando una herida real.
Una herida que llevo años cubriendo con trabajo, con responsabilidades, con la idea ridícula de que, si cargo con todo, si aguanto lo suficiente, si no fallo, entonces por fin voy a valer lo que siempre quise valer.
—No estoy intentando ser él —digo al fin, y odio lo bajo que sale mi voz, lo poco que se parece al hombre que ella cree estar provocando.
—Claro que sí —responde—. Porque es más fácil perseguir una sombra que aceptar que no sabes quién eres. No lo sabes porque tú no estás viviendo tu vida, Ángelo. Estás viviendo lo que quedó de la suya. Y te estás ahogando en eso.
Isabella da un paso hacia atrás.
—¿Realmente crees que ella va a tolerar esto? —señala a nuestro alrededor —¿Crees que una mujer como ella va a querer quedarse con esto? Con tus muertos, tus sobrinas, tus problemas, tu madre, tu culpa. Con todo lo que eres.
La miro con una tensión que ya no sé si nace de la rabia o del cansancio.
—Si ella se queda, Ángelo, no será por amor. Será por tu apellido, por tu cuenta bancaria, por todo lo que puedes ponerle enfrente. Nadie se queda por ti. Se quedan por lo que das.
Las palabras me golpean con una claridad brutal.
Siento la sangre subirme al rostro, el pulso desbocarse, la garganta cerrándose como si el aire hubiese decidido abandonarme.
Durante un segundo no veo a Isabella. Veo a Paolo.
Veo a la duda. Veo a toda mi vida reducida otra vez a lo mismo: un hombre al que nadie quiere por lo que es, solo por lo que puede cargar.
Y entonces algo en mí se rompe.
Cruzo la habitación de un solo tirón y la sujeto del brazo con tanta fuerza que ella abre los ojos, sorprendida.
La arrastro hacia la puerta sin darle tiempo a reaccionar, sin darle espacio para seguir envenenando el aire, y ella tropieza conmigo, protesta, intenta soltarse, pero ya no la escucho.
Solo siento la rabia latiendo en cada músculo, quemándome por dentro.
—Suéltame, Ángelo.
La ignoro y la saco casi a rastras de la oficina, abriendo la puerta con el hombro.
Isabella pierde el equilibrio y se resbala apenas antes de recuperar la postura, pero yo no aflojo.
La empujo hacia el pasillo con una violencia que ni siquiera reconozco como mía, y cuando por fin me mira, lo hace con esa satisfacción cruel de quien ha logrado llegar exactamente donde quería.
—¿Qué? ¿No te gusta escuchar la verdad? —escupe.
Me acerco un paso más, lo suficiente para que vea que ya no me importa si esto termina mal.
—La verdad, Isabella, es que no me interesa seguir escuchando “tus verdades” —ladeo ligeramente la cabeza—. No te atrevas a venir de nuevo. Lo que sea que había entre nosotros se ha acabado.
Isabella se queda inmóvil un segundo, como si no esperara que yo lo dijera en serio. Luego su expresión cambia apenas, lo suficiente para que entienda que el golpe la alcanzó, aunque no vaya a concedérmelo.
—¿Se acabó? —repite, con una risa breve y amarga—. Claro. Siempre haces eso, ¿no? Te convences de que cortar algo te hace más fuerte.
Aprieto la mandíbula.
—Fuera.
—Ángelo…
—Fuera de mi oficina. Fuera de mi vida.
Su rostro se endurece por completo. Ya no hay intento de suavidad, ni de excusa, ni de arrepentimiento.
—De verdad crees que ella va a tolerar todo esto —escupe, con una sonrisa cruel que me desgarra por dentro—. Bueno, pues cuando la niñera se canse de tus putos problemas, sabrás que tengo razón.
Isabella se da media vuelta con la barbilla en alto, como si todavía estuviera ganando algo, y yo me quedo ahí, en el pasillo, con el pecho apretado y el pulso golpeándome en la garganta.
Porque duele. Duele más de lo que debería.
No por ella.
Por la sola idea pueda tener razón.
Cuando llego a casa, lo único que quiero es silencio.
Silencio de verdad. Silencio de ese que te permite pensar sin sentir que algo va a romperse dentro de tu cabeza si alguien habla un segundo más.
Pero apenas cruzo la puerta, sé que no voy a tenerlo.
—¡Quiero las caricaturas! —el grito de Bella me taladra las sienes —¡Tío, tío, tío!
Corre hasta chocar con mi cuerpo y se abraza a mi cuerpo.
—Dile a Daphne que puedo ver caricaturas —dice con un mohín.
—Si Daphne ha dicho que no, es no —sentencio —y no se te ocurra hacer berrinches que realmente no estoy de humor, Bella.
Bella se queda inmóvil entre mis brazos. No porque le haya dicho que no. Eso ocurre todo el tiempo. Se queda inmóvil por cómo lo dije.
Sus manos siguen sujetando mi chaqueta unos segundos más, pero su cuerpo pierde esa energía saltarina que siempre trae consigo. Lentamente se aparta lo suficiente para mirarme el rostro, como si intentara encontrar algo que normalmente está ahí y hoy no.
—Solo quería ver un ratito… —murmura.
—He dicho que no —repito, más bajo esta vez, pero igual de firme. —Ahora ve a tu habitación, y deja de molestar a tu hermana.
La esquivo, no me pasa desapercibida la mirada de Daphne, tampoco la de Antonella quien me sigue con la mirada aun cuando subo las escaleras.
Entro a mi habitación dando un portazo, me quito el saco y la corbata mientras siento que me estoy asfixiando. Tengo la cabeza hecha un puto lío y no dejo de repetirme las palabras de Isabella una y otra y otra vez.
Voy hasta el minibar y me sirvo un poco de whisky, lo suficiente para poder acallar mi mente por unos segundos.
Cuando volteo, mi atención se posa en el retrato de Lucca.
El dolor vuelve más fuerte, como una maldita puñalada.
Las lágrimas me queman en los ojos mientras siento toda la marea de sentimientos que he estado reteniendo, desbordarse.
Pero no tengo tiempo para dejarlos salir, porque la puerta se abre, y noto de inmediato a Antonella. Me aclaro la garganta girándome mientras alzo la cabeza y parpadeo alejando las lágrimas.
—No me gusta que entres sin tocar —mascullo intentando eliminar el temblor de mi voz.
Antonella se detiene en seco justo después de cerrar la puerta detrás de ella.
Normalmente habría rodado los ojos. Normalmente habría respondido algo insolente. Normalmente habría dicho que es su casa también. Pero no lo hace.
Se queda mirándome.
—Toqué, pero no me escuchaste.
Resoplo, no sé si es verdad. Me paso una mano por el rostro, dándole la espalda un segundo más del necesario antes de volver a mirarla.
—¿Qué necesitas?
—Nada —dice encogiéndose de hombros.
—Entonces deberías estar abajo —añado. Antonella niega con la cabeza.
—¿Estabas llorando? — La pregunta me hace maldecir.
—Claro que no —sentencio —ahora ve con…
—Si es por papá, está bien.
Sus palabras me hacen mirarla, juguetea con los bordes de las mangas de su suéter mientras se acerca.
—Yo también los echo de menos…
—Anto…
—Pero también era tu hermano —dice —y creo que no has podido echarlo de menos como necesitas porque todo el tiempo estás cuidándonos.
Cierro los ojos un segundo, solo uno. Porque si los mantengo abiertos más tiempo voy a perder el control.
—Ve abajo, Anto.
—No quiero que estés solo —dice en voz baja y me obligo a respirar.
—Antonella por favor, vete, ¿sí? Necesito…
—Somos una familia —dice de pronto —y las familias se apoyan, tío.
—Las familias también se cuidan y yo estoy tan malditamente fallando en todo —las palabras salen sin permiso, con una urgencia que me toma desprevenido.
—¿Qué?
Trago saliva. Miro un segundo el retrato de Lucca antes de obligarme a apartar la vista.
—Te prometí que iba a cuidarlas… —la frase se queda suspendida en el aire, incompleta, inútil—. Le prometí que iba a cuidarlas y…
No puedo terminar. La culpa me aprieta el pecho como si alguien hubiera cerrado una mano alrededor de mi corazón.
—Carajo, soy el peor tío de la historia, ¿ahora entiendes por qué dije que estarían mejor sin mí?
—No digas eso—. No me pasa desapercibido que su voz sale casi molesta.
—Es verdad. No contesté cuando Daphne llamó. Lía estaba enferma y yo… —me paso una mano por el rostro— ni siquiera estaba disponible. Ni siquiera estuve ahí.
—No lo sabías…
—Debí saberlo —respondo con más dureza de la que pretendía—. Debí estar pendiente. Debí estar disponible. Se supone que para eso estoy aquí.
Ella niega con la cabeza.
—No puedes saber todo. —Una risa amarga brota de mis labios.
—Pues debería. Le prometí a tu papá que iba a cuidarlas. Que iba a estar para ustedes. Y ni siquiera puedo contestar un maldito teléfono cuando una de ustedes me necesita.
No espero lo que hace, viene hacia mí y sus brazos se envuelven alrededor de mí, aprieto los párpados mientras me siento incapaz de retener las lágrimas por más tiempo.
—Está bien —dice, pero se aparta casi de inmediato —bueno, no, no está bien, pero Daphne nos explicó. Dijo que no sabías. Nos dijo que pensaste que todo estaba bien. Que no fue tu culpa.
Aprieto la mandíbula en un intento desesperado de contenerme.
—No estoy enojada contigo —añade con una suavidad que no le conozco a su carácter adolescente—. Si eso te preocupa.
Sonrío, me tallo los ojos y sacudo la cabeza. Ella vuelve a abrazarme, rodeándome el torso y apoyando la cabeza en mi pecho.
—Bueno, yo estoy muy enojado conmigo mismo.
—No deberías porque no le fallaste a nadie —susurra—. Sigues aquí.
Maldita sea. ¿Cómo es que las palabras de una adolescente están consiguiendo calmar mi jodido caos?
—No eres el peor tío de la historia— hace una pequeña mueca pensativa. —Eres el mejor que tenemos.
Esta vez soy yo quien la abraza de nuevo. Antonella se ríe, miro hacia la fotografía de mi hermano y poco a poco las palabras de Isabella desaparecen.
No estoy viviendo la vida que el dejó.
Tal vez solo…estoy tomando la única oportunidad, que la vida me dio para tener una familia.