Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 12 dESASTRES POR RESOLVER. #2
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12 dESASTRES POR RESOLVER. #2

—No tengo la menor idea, por eso pregunto —resopla, se acomoda el cabello y niega.

—Realmente no entiendo como es que tener sexo puede ser más importante que algo que involucra a tus sobrinas.

—Ya dije que no estaba enterado de que Isabela contestó el teléfono —me defiendo—. No sabía lo que estaba pasando, ni que escucharías algo que no debías.

—¿Y eso te hace sentir mejor? Porque desde donde estoy parada, parece que tus prioridades siempre son otras.

—Daphne… —trato de acercarme, pero ella da un paso atrás, manteniendo la distancia—. No fue mi intención. Te lo juro. No sabía que contestaría la llamada, no sabía que escucharías… nada de eso.

—Pues lo escuché —responde, con los ojos brillantes y la mandíbula tensa—. Y, aun así, llegaste tarde al hospital porque estabas ocupado en otra cosa. ¿Eso es todo lo que puedo esperar de ti, Ángelo? ¿Qué llegues después, con las excusas listas?

El golpe de sus palabras me deja sin aire por un segundo.

—No son excusas —respondo con la voz más baja de lo que quisiera—. Es la verdad.

Paso ambas manos por mi rostro, intentando ordenar algo que ni siquiera sé cómo explicar sin que suene peor de lo que ya suena.

—No sabía que Isabela había contestado el teléfono. No sabía que estabas escuchando. No sabía que había pasado algo con las niñas. Si lo hubiera sabido, habría estado ahí antes que nadie, Daphne.

Ella niega con la cabeza.

—Siempre dices eso.

—Porque es cierto.

Intento acercarme otra vez, pero vuelve a retroceder. Ese gesto me atraviesa más que cualquier otra cosa que haya dicho.

—¿Por qué no me crees? —pregunto al fin. La pregunta sale sola. —¿Por qué es tan fácil pensar lo peor de mí?

Mi pecho sube y baja con rapidez. Siento la presión acumulándose en la garganta.

—Estoy aquí. Estoy intentando explicarte lo que pasó. Estoy diciéndote la verdad.

La miro, buscando algo en su expresión que me diga que todavía hay espacio para mí en medio de su enojo.

—No elegí eso por encima de mis sobrinas —añado, con la voz quebrándose apenas—. Jamás haría algo así. Estoy intentando hacer lo mejor que puedo, y lo estoy haciendo solo, Daphne. Y aun así basta una llamada que ni siquiera contesté yo para que creas que no estaba donde debía estar.

Aprieto la mandíbula.

—No llegué tarde porque no me importara. Llegué tarde porque no sabía.

El aire entre nosotros se vuelve pesado.

—Pero si decides creer que no me importan… entonces no sé qué más puedo hacer para convencerte de lo contrario.

No me da una respuesta, conozco bien la sensación que se abre paso en mi sistema, la reconozco. Así que suelto una palabrota mientras me giro, y huyo. Lejos de ella, lejos de las dudas que parece tener ahora en mí.

Entro con rapidez a mi habitación, doy un portazo mientras tomo una inhalación intentando controlarme. Avanzo hasta el baño, me sostengo contra el lavamanos y aprieto los párpados.

Respiro. Otra vez. Y otra.

Sé que lo que me tiene así no es el enojo de Daphne. Es el hecho de haber visto en sus ojos algo que conozco demasiado bien.

La misma duda.

La misma mirada. La misma que Paolo tenía cuando pensaba que iba a fallar antes siquiera de intentarlo.

El sonido de la puerta me hace voltear, escucho sus suaves pasos hasta que se detiene en el umbral.

—Vete —pido girando el rostro de nuevo.

—Lo siento —dice y cierro los ojos de nuevo. —No quise….yo…lo lamento. Tienes razón. No debí dudar de ti. Estaba asustada… Lía estaba en urgencias, nadie sabía qué pasaba, tú no respondías y cuando escuché esa llamada… pensé lo peor. Pero no debí hacerlo contigo. No contigo, Ángelo.

Sus pasos se acercan despacio. No me giro todavía.

—Sé que estás haciendo todo esto solo —dice con suavidad—. Sé que estás intentando sostener algo que nadie te enseñó a sostener. Y no debí ser otra persona más haciéndote sentir que no es suficiente.

Trago saliva. Algo dentro de mi pecho se afloja apenas. Me giro entonces y la encuentro frente a mí, con los ojos húmedos, mirándome como si realmente le doliera haberme herido.

—No eres otra persona más —murmuro. —Pero soy un desastre Daph. Tienes que admitirlo.

—No claro que no —asegura.

—Claro que sí. No sé como acercarme. No sé que es lo que debo hacer cuando estoy con ellas, no sé que decir, yo nunca imaginé que tendría tanta responsabilidad, cuidar de ellas es...

es más de lo que imaginé. Y me asusta no ser capaz, me asusta el fallarle a Lucca...

el...el volver a darle la razón a mi familia.

Es duro ver a mi hermano en ellas, ¿de acuerdo?

Las miro y lo veo a él y...carajo —cierro los ojos.

—Es que cada vez que las miro, veo a Lucca.

Su risa, su manera de hablar, incluso sus caprichos…

todo me recuerda que él no está. Y me duele. Me duele hasta los huesos.

Siento la presión sobre mi pecho y cierro los ojos obligándome a mí mismo a recuperar el control. Un tacto suave me hacer abrir los ojos de nuevo. Daphne esta frente a mí, tiene una mano sobre la mía.

—Deja que duela —dice —lamento haberte herido, tienes razón. Estás haciendo todo esto solo a pesar de tu dolor y eso es increíble Ángelo. Nadie puede juzgar la forma en la que decides criar a tus niñas.

No soy capaz de responder.

—¿Si te abrazo no me despides? —inquiere de pronto.

La sorpresa me arranca una risa breve, torpe, casi incrédula. Niego con la cabeza. No soy capaz de decir otra cosa.

Ella se acerca despacio, como si aún me estuviera dando oportunidad de detenerla. Me tenso por reflejo al principio. No porque no quiera. Porque no sé cómo se hace esto. Porque hace demasiado tiempo que nadie me sostiene cuando estoy cayéndome.

Pero luego sus brazos rodean mi espalda. Y algo dentro de mí cede. Me permito inclinarme apenas hacia ella. Lo suficiente para apoyarme. Lo suficiente para no sostener todo el peso yo solo por una vez.

Su abrazo es cálido. Firme. Real.

Y entonces entiendo por qué se siente tan extraño.

Porque llevo más de una década sin permitir que nadie me abrace cuando estoy roto.

Esta es la primera vez, y se siente bien, se siente jodidamente bien.

—Estás perdonada —susurro afianzando el abrazo, ella se ríe, el sonido vibra contra mi pecho, pero no se aparta.

Y una parte de mí, una pequeña y patética parte, desea que no lo haga nunca .