Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 12 dESASTRES POR RESOLVER.
19%

12 dESASTRES POR RESOLVER.

ÁNGELO.

Son cerca de las tres de la mañana cuando vuelvo a casa, me quito el saco antes de entrar y suspiro mientras ingreso las llaves en la cerradura.

Apenas abro la puerta, la silueta de Jackie es reconocible, se incorpora con prisa hasta llegar a donde me encuentro, y me intercepta antes de llegar a las escaleras.

—¿Dónde demonios estabas, Ángelo? —reprende.

—Hola nana, yo…

—¿Se puede saber porque no tomas el maldito celular?

Bien, que Jackie esté enojada es seña clara de que algo va mal.

—Estaba…ocupado. Vine apenas noté las llamadas de Daphne, intenté llamarla, pero…

—Daphne llevó a Lía al hospital.

—¿Qué? ¿Al hospital? Pero ¿qué fue lo que le pasó?

—Lo sabrías si te hubieses molestado en tomar el teléfono —reprende —¿Tienes idea de la irresponsabilidad que es?

Suelto una palabrota, me olvido del cansancio, del sueño y de todo mientras me vuelvo hacia la puerta.

—¿En qué hospital están?

—Ángelo…

—Nana dime el hospital —insisto.

Me da el nombre, la escucho llamarme, pero no me detengo.

Llamo a Daphne cuando me encuentro en el auto, pero no toma ni una sola de mis llamadas.

Conduzco sobre el límite de velocidad, las calles vacías me permiten conducir mucho más rápido de lo que debería, gracias al cielo ningún policía cree que es buena idea detenerme por conducir sobre el límite establecido, y en menos tiempo del que pensé, he llegado al hospital.

No me preocupo si he estacionado bien el auto, simplemente bajo y corro hacia el interior. No me toma mucho tiempo reconocer a Daphne, Antonella está a su lado y mi madre justo en frente.

Grandioso, lo último que necesitaba es que Beatrice estuviese enterada de esto.

—¿Cómo está? —la mirada de las tres mujeres recae en mí.

—Oh, ¿ahora si quieres saber cómo está? —Daphne es la primera en responder, se cruza de brazos en un gesto indignado y me observa con molestia.

—Daphne…

—Tiene una infección —interviene mi madre—. El médico dice que probablemente algo que comió. ¿Dejaste que tu novia se las llevara?

—Isabela no…

—Bueno, pues según Daphne ha seguido la comida acostumbrada de Lía, y a menos que bajo tu cuidado haya ingerido algo más, no queda otra opción más que pensar que tu novia le dio algo de comer.

—¿Está bien ahora?

—Han conseguido que la fiebre baje, pero se quedará en observación hasta mañana —Beatrice toma su abrigo—. Debo irme, tengo que tomar un vuelo a Florencia al medio día, y ya que has venido, creo que puedo irme tranquila.

No me pasa desapercibido el tono molesto con el que habla. Se despide de manera amable de Daphne y envuelve a Antonella en un abrazo, luego solo se marcha.

Observo a la chica que parece querer ignorar por completo mi presencia.

—Si quieres puedes ir a casa a descansar, estaré…

—No es necesario —expresa sin mirarme—. ¿No tienes asuntos más importantes?

—¿Qué…? —sacudo la cabeza —tenía el teléfono en silencio. Fui a casa apenas vi tus llamadas, intenté llamarte de vuelta, pero no respondiste. ¿Cómo iba a saberlo?

—Curioso que lo preguntes. Porque alguien sí contestó. —El desconcierto me llena.

—¿Qué? —parpadeo confundido.

—Sí, Ángelo. Alguien respondió tu maldito teléfono. Y créeme… escuché suficiente. —Aprieta los labios, reprimiendo la furia que le vibra en la voz.

Me quedo inmóvil, sin entender de qué habla. Siento el peso del desconcierto hundirme el estómago.

—No… yo… no contesté la llamada, estaba ocupado y… —me interrumpo, porque de pronto me doy cuenta de algo—. Isabella.

El silencio de Daphne me lo confirma.

—¿Realmente follar con tu novia es más importante que tu sobrina? —inquiere con molestia cruzándose de brazos.

—No fue así.

—Oh, pues según lo que yo escuché, fue exactamente eso lo que ocurrió.

—No me di cuenta de que tomó la llamada…

—No hubiese hecho diferencia —Anto interviene—. Porque no te importamos.

—Principessa...

—No —me detiene mirándome con recelo—. Mientes, lo haces siempre. Papá siempre tomaba el teléfono por más ocupado que estuviera, lo llamabas siempre tarde, y él siempre atendía.

La culpa me atraviesa.

—Mamá se enojaba porque siempre tenía que ir por ti —reclama—. Debías hacer lo mismo por nosotras.

—Anto...

—Pero no te importamos, nunca lo haremos porque tú no eres nuestro padre.

No me da tiempo de responder, me esquiva y cruza por mi lado con rapidez. Daphne se incorpora, mirándome con decepción.

—Estabas haciendo un buen trabajo —dice—. Ya te las habías ganado.

Ella también me esquiva para conseguir ir detrás de mi sobrina, cuando se ha marchado cierro los ojos y me dejo caer con descuido sobre la silla.

Estoy jodido.

Observo a Lía removerse sobre la pequeña cama.

—Estará bien —dice el médico—. Una infección controlada a tiempo, pero debe cuidar mejor su alimentación. Los bebés son sensibles, debes adecuarse a los alimentos antes de consumirlos de pronto, para prevenir alergias.

—¿Cuando podré llevarla a casa? —inquiero.

—En un par de horas, señor Lombardi —el médico me sonríe una última vez antes de salir de la habitación.

La televisión frente a nosotros reproduce las caricaturas que mantienen entretenida a Lía, sin embargo, me inclino sobre la cama para poder tomarla en brazos.

—Eres un pequeña para odiarme —murmuro acomodandole el cabello—. Pero eso no impide que seas pequeña para escuchar mis disculpas. Lo siento, pequeño desastre, realmente lo siento.

Dejo un beso en una de sus mejillas y me siento un poco mejor cuando Lía sonríe.

Daphne tuvo que volver a casa para encargarse de Bella y de Anto, ambas ahora estaban en el colegio y esperaba que en poco tiempo más, pudiesemos volver a casa.

Tal y como lo dijo el médico, una hora y media después, por fin podíamos irnos a casa.

—¿Todo en orden? —inquiere Antoni.

—Todo en orden —respondo—. Solo tiene que tomar un par de medicamentos.

—Bueno, te sigo en el auto que quiero ver a mis sobrinas —dice caminando a mi costado.

Mi hermano había llegado por la mañana, luego de que mi madre le informara lo que había ocurrido.

—Están en el colegio —le informo.

—Bueno, entonces esperaré a que vuelvan —dice restándole importancia.

Acomodo a Lía en su asiento, y me aseguro de que se encuentre bien antes de rodear el auto para llegar a mi asiento.

Esta vez no conduzco con demasiada prisa porque llevo a una bebé en los asientos traseros, y creo que esa es la única manera de mantenerme bajo el límite.

Detesto el tráfico, y al parecer Lía también porque cuando estamos a mitad de camino, atrapados en una de las avenidas más concurridas, comienza a llorar.

—¿Por qué con Daphne nunca lloras así? —inquiero estirandome tanto como el cinturón me lo permite—. ¿Es porque ella te agrada?

Sacudo el muñeco que ha lanzado al suelo, Lía lo toma y lo mira por un par de instantes antes de lanzarlo de nuevo. La fila de autos avanza, y me veo en la necesidad de ignorar al pobre oso de peluche, y avanzar.

—Tienes el genio de tu padre —murmuro—. La belleza de mamá, pero el caracter de papá, vaya combinación.

—¿Papá? —la dulce voz se deja escuchar y piso el freno de manera abrupta, ocasionando que el sonido de una bocina se escuche.

Volteo hacia Lía, mantiene su pequeño dedo pulgar dentro de su boca. No recuerdo que Lucca haya dicho si Lía había pronunciado esa palabra, no lo creo, de haber sido así, lo hubiese tenido al teléfono una hora gritando de la emoción.

Sacudo la cabeza obligandome a reaccionar y a avanzar por la avenida que se ha despejado un poco.

—Sí, tienes el caracter de tu padre —respondo después de un rato—. Seguro que si te hubiese escuchado, perdería la cabeza.

Gracias al cielo no vuelve a llorar por lo que resta del camino. Estaciono en el lugar acostumbrado y un par de instantes después el auto de Antoni ingresa a la casa.

Tomo a Lía en brazos, colgándome su mochila en uno de mis hombros mientras me encamino hacia la entrada.

Apenas ingresamos a la casa, Daphne se acerca.

—Cariño, me alegra tanto verte bien —Lía practicamente se lanza a los brazos de la chica frente a nosotros, deja un sonoro beso en una de sus mejillas, y luego fija su atención en mí.— ¿Ya está bien?

—Solo debe tomar el medicamento, la receta está en la mochila —respondo entregándosela—. Dale un baño, y que descanse.

Asiente, no dice nada más y me da la espalda para encaminarse a las escaleras.

—Bueno, no me había tomado el tiempo de admirar a tu niñera, pero...

—Por favor no lo digas —pido con fastidio—. Es la niñera de nuestras sobrinas, ten respeto.

—¿Tú me hablas de respeto? —inquiere con diversión—. Eso es nuevo.

—Es la niñera de nuestras sobrinas —repito—. Contrólate.

Antoni arquea una de sus cejas, en un gesto divertido.

—Oh, hermanito, ¿te molesta que...?

—Antoni, eres un fastidio —lo interrumpo encaminandome hacia las escaleras—. Puedes esperar a las niñas aquí.

Ignoro el grito que lanza llamándome de regreso, y solo voy hacia mi estudio. Tenía trabajo por hacer, no asistir a las oficinas del casino e ignorar las llamadas pasaban factura, y esa era todo el trabajo pendiente que seguramente me mantendría ocupado por el resto del día.

Lía esta bien, Daphne podría hacerse cargo así que no me preocupo por eso.

Cuando las dos mayores vuelven, Antoni se queda con ellas y no tengo la necesidad de salir, así que permanezco frente al computador por varias horas más, intentando acabar.

Es tarde para cuando al fin acabo, cierro la computodora al mismo tiempo que me incorporo, estiro la espalda y los músculos agradecen el movimiento.

Mi estómago comienza a protestar así que bajo a la cocina para encontrar algo, y como parece que ya es un hábito, Daphne está ahí.

—¿Siempre tienes la costumbre de dormir tarde? —inquiero. Ella voltea, no parece muy feliz de verme pero lo disimula bien. Esta vez no me ofrece cafe, ni absolutamente nada más que una sonrisa que a kilómetros se nota que es fingida.

—Solo a veces —responde.

Me preparo el café, y cuando toda la mezcla está en la cafetera, me apoyo contra la barra esperando que se termine.

—¿Estás enojada? —le cuestiono.

—¿Por qué habría de estarlo?