Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 7 ANHELOS #2
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7 ANHELOS #2

Me acerco hasta las camas que están casi juntas, ambas duermen profundamente, sus respiraciones son suaves y antes de poder darme cuenta, estoy sonriendo.

—No debiste dejarlas, Lucca —susurro acariciando la cabeza de la pequeña—. Van a necesitarte.

Luego voy hacia la puerta que comunica a la habitación de Antonella. La habitación está un poco más iluminada, y me permite ver todo le desorden que hay.

Sin embargo, solo fijo la atención en Anto.

Parecía la más afectada de las tres, creyendo que tenía la responsabilidad de cuidar de sus hermanas, haciendo la figura que solía pertenecer a sus padres. No debía ser tan duro, e intentaba ser tan comprensible como podía, pero a veces es demasiado.

Cuando volteo, mi atención se posa en la fotografía que cuelga de una de las paredes.

Es una familiar, en donde aparecen Lucca, Jenna, y las tres hermanas.

Ubico el momento, fue para el cumpleaños número quince de Anto.

Me he resistido a mirar fotografías de mi hermano, porque sabía que no iba a tolerarlo.

Pero aun sabiendo eso, no dejo de mirar.

Sonríe hacia la cámara, con un gesto cálido mientras abraza a su esposa e hijas. Él siempre fue así, hogareño, cálido, siempre fue feliz.

Odio admitir que la razón de nuestro distanciamiento fue justamente eso. Su familia. Porque él tenía todo lo que yo en un momento deseé. Porque todos parecían obtener todo lo que yo anhelaba, pero la vida se encargaba de negarme.

Y aunque intenté solucionarlo, nada fue lo mismo. Y perderlo me hace sentir tan culpable, porque ahora es cuando me doy cuenta del tiempo que desperdicié. De todas las horas que pude pasar con él, y ahora solo están en el olvido.

Y ahora tengo que cuidar de sus hijas, y jugar un papel que nunca imaginé. Ellas implican sacrificios, y yo me prometí a mí mismo no volver a hacer ninguno por absolutamente nadie.

Sin excepciones.

Pero una vez más la vida se encarga de recordarme que mis anhelos, no puede volverse realidad.

Estar en un pasillo con niños correteando como si la vida les dependiera de ello, definitivamente es el último lugar en donde quiero estar.

Gracias al cielo la reunión con el director no demoró demasiado, más que darme un reporte con todas las conductas “inadecuadas” de Bella y hacerme saber que esperaba que pudiera hacer algo al respecto, soy libre de marcharme.

—¿Estás enojado conmigo? —me cuestiona cuando estamos en el auto. La miro, se ve adorable con sus coletas y observándome como si no fuese capaz de armar un berrinche que puede acabar con tu cordura.

—¿Debo estar enojado contigo? —inquiero—. No te has portado muy bien en el colegio.

Aparta la mirada.

—Señor Bruno, ¿usted considera que debería estar enojado con la señorita Bella? —mi chofer me mira por el espejo retrovisor, antes de observar de forma rápida a mi sobrina.

—Creo que no señor, ¿qué puede hacer esa adorable niña?

Soy consciente de la manera en la que Bella sonríe, así que vuelvo mi atención hacia ella.

—No lo sé, principessa, un pajarito me contó que has estado haciendo berrinches en el colegio. ¿Es eso cierto?

Asiente.

—Bueno, agradezco la sinceridad —expreso—. Aunque no es correcto. Lo sabes, ¿verdad?

—¿Daphne también va a enojarse conmigo?

Parece más preocupada por eso que por lo que acabo de decirle.

—Tal vez, no lo sé —emite un quejido que me parece adorable y luego echa la cabeza hacia atrás. Luego lleva sus manos hacia el rostro, y lo cubre con ellas—. Bella...

—No quiero que te enojes conmigo. No quiero que Daphne se enoje conmigo.

—Bien, de acuerdo, nadie va a enojarse contigo —le aseguro—. Pero lo estaremos si sigues comportandote de esa manera. Hacer berrinches no es de señoritas. Y mucho menos de una tan adorable como tú.

La preocupación se esfuma de su rostro y vuelve a sonreír con más fuerza. Pasa el resto del camino entretenida con la tableta, cuando nos detenemos en la entrada de la casa Daphne ya está en la puerta para recibirla, así que me despido con un gesto, y salgo de la casa de nuevo en el auto.

—Parece que comienza a adaptarse a ellas —exclama el señor Bruno.

—Creo que solo era cuestión de tiempo —expreso con una sonrisa—. Comenzamos a entendernos.

—Le tocó las edades más complicadas. La señorita Antonella está en la etapa en la que se descubre a si misma, la adolescencia ya es complidada en sí y añadiendole que ha pasado por una gran perdida, será un proceso mayor.

Su hermana Bella se cree la dueña del mundo, a los seis todos los niños creen que pueden salirse con la suya, y la pequeña apenas y comienza a descubrir el mundo, todas requerirán el mayor de sus esfuerzos, señor.

—Lo sé, y realmente no sé si me encuentro preparado para eso.

—Nadie está preparado para algo como eso, pero si me permite darle un consejo, solo es cuestión de aprender. De querer hacerlo, de saber que se es capaz, y estar dispuestos a hacer cualquier cosa, por nuestros pequeños.

Me mantengo en silencio, sin saber exactamente como responder.

—Esas niñas valen la pena, señor. No lo dude.

No lo dudo, nunca lo he hecho. Y es por eso que la cuestión de no ser suficiente, me aterra más de lo que podía imaginar.

Porque son lo ultimo que me queda de Lucca. Porque ahora, no quiero decepcionarlas, porque esperan más de mí que ninguna otra persona.

Porque debo ser capaz, debo ser mejor para ellas, y no sé si seré capaz de conseguirlo.

—Has estado ocupado toda la semana, Ángelo —reclama Isabella cruzandose de brazos—. Apenas y nos hemos visto.

—Isabella, es temporada alta en los casinos —le recuerdo—. No tengo tiempo para lo que sea que planees que hagamos.

—Según sé esta es tu noche libre —empuja levemente el respaldo de la silla haciendo que esta gire, lleva puesto un corto vestido lo que le facilita acomodarse sobre mis piernas—. Y luego de tanto trabajo, creo que está bien que te relajes un poco.

Sus labios rozan los míos antes de apartarse unos escasos centímetros.

—¿Qué dices?

—Lo siento, le prometí a Bella que pasaría toda la tarde con ella y sus hermanas. Si quieres, puedes unirte.

Se aparta con brusquedad, soltando un soplido molesto.

—¿Sigues intentanto jugar al padre? —inquiere—. ¿Desde cuando le dedicas tu unica noche libre a unas niñas?

—Cuida tu tono, que esas “niñas” son mis sobrinas. Son importantes para mí.

—Oh, Ángelo, ambos sabemos que no es verdad —dice con firmeza—. Estabas convencido de no quererlas contigo, ¿qué cambio? ¿Realmente esperas que crea que te importan tanto?

—No me interesa lo que tú...

—Por favor, podrás convencer a todos pero no a mi.

No quieres nada de esto, sabes lo que tenerlas contigo te hará, eso exactamente que no quieres que ocurra.

¿No fue eso lo que dijiste cuando comenzamos a salir?

¿No fueron todas esas advertencias lo que quisiste dejar en claro desde el segundo en el que nos acostamos?

—No sabes nada —musito con molestia—. Así que cierra la boca, y no te metas en asuntos de mi familia.

Antes de que ella pueda darme una respuesta, dos toques en la puerta captan nuestra atención.

—Ángelo las niñas están listas para... —Daphne se detiene tan pronto como mira a Isabella—. Lo siento, no quería interrumpir.

—No interrumpes nada —aseguro—. Isabella ya se iba, ¿no es cierto?

—Vas a cansarte de este estúpido juego de familia feliz, Ángelo —espeta tomando su bolso—. Y no vengas a mi cuando eso pase.

Sale del estudio dando un portazo. Daphne me mira como si no entendiera que caba de ocurrir y por breves instantes, la molestia se dispara en mi sistema.

—¿Quieres que les diga que no podrás ir? —inquiere suavemente.

—No, no. Diles que voy en un segundo —expreso—. Solo necesito un momento.