7 ANHELOS
ÁNGELO
—¿Esta niñera si sobrevivió a los tres desastres? —inquiere Franco con curiosidad.
Ha pasado una semana desde que Daphne llegó a la casa. Y sorprendentemente, las tres niñas parecen adorarla. Sobre todo, Antonella.
—Parece ser que le va mejor que a las anteriores —expreso—. Se lleva bien con Antonella, y Bella parece acoplarse mejor a ella. Así que creo que puede ser la definitiva.
—Es bueno saber eso, porque de lo contrario estarías en problemas —bromea—. Y no quiero quedarme sin mi mejor amigo.
—Oh, vamos, no te pongas sentimental —objeto, pero con una sonrisa en los labios. Me incorporo de la silla, acomodándome el saco mientras observo la hora en el reloj—. Anto debe de estar por salir del colegio.
—¿Y eso qué?
—Tengo que asegurarme de que Daphne esté ahí para recogerla. No quiero que vuelva a escaparse.
—Está en la edad —Franco se deja caer con descuido sobre el sillón—. No vas a decirme que a su edad eras un adolescente ejemplar.
—No fingiré que fui un santo, pero no me escapaba toda la noche, al menos tenía la decencia de volver.
Se suponía que el contacto con Daphne era solo para lo necesario, pero lo cierto es que, por alguna razón, yo quería mantenerme al tanto de todo lo que pasaba con las niñas.
Daphne responde que se encuentra justo en la entrada, y algunos minutos después, envía una foto junto con Antonella. Solo en ese momento me permito guardar el celular.
—Y decías que no las querías contigo.
Resoplo con molestia.
—Es complicado. Pero creo que está resultando mejor de lo que esperé. Tenerlas en casa es un desastre, pero puedo con ello. Es mucho mejor que separarlas. Lucca no me lo hubiese perdonado.
—En eso coincidimos. ¿Cómo lo llevas?
Sé a lo que se refiere, no he hablado mucho sobre la muerte de Lucca. He intentado bloquear todo sentimiento que amenace con hacerme vulnerable. Porque no puedo permitírmelo.
—Estoy bien.
Franco chasquea la lengua. La forma en la que me mira me hace saber que no se lo cree ni un poco.
Camino hasta colocarme en mi silla, mi amigo mantiene la mirada en mí antes de incorporarse del sillón, se acerca hasta el asiento que está justo frente a mi escritorio, y deja un par de golpecitos sobre la mesa.
—No soy tu madre que cuestionará la forma en la que reaccionas, ni Antoni que dirá que estás exagerando…soy tu mejor amigo. A mi puedes decirme la verdad, Ángelo.
Mis manos se aprietan, el conocido nudo aparece en mi garganta, arrebatándome las palabras.
¿La verdad? La verdad es que estoy en la mierda. No existe mejor forma de describirlo. Nunca imaginé que pudiera enfrentarme a vivir sin mi hermano mayor. Es cierto que gran parte de mi vida, la pasé solo. Pero sabía que lo tenía. Sabía que solo tenía que pedir ayuda y él vendría en mi rescate.
Ahora, si la pidiera…sé que nadie acudiría para salvarme.
—Cada día va mejorando —me permito admitir —no hablamos mucho en las semanas previas a…—no soy capaz de terminar la frase —nos alejamos, ya sabes por qué así que creo…creo que eso me está ayudando.
Franco niega con la cabeza un par de veces.
—Eso no quiere decir que no te duela, está bien admitirlo, Ángelo. Nadie va a juzgar porque sufras por la muerte de tu hermano.
No respondo, fijo la atención en las carpetas que están frente a mí, pero eso no impide que mis pensamientos se centren en Lucca.
—Ángelo sé qué crees que demostrar sentimientos por alguien es sinónimo de debilidad, pero tu hermano murió y no has hecho nada más que trabajar y trabajar.
—Es lo que debo hacer. Tengo unos casinos que dirigir.
—Sabes que no, sabes que te duele que Lucca esté muerto, así como cuando ocurrió…
—No te atrevas —advierto mirándolo—. Ese tema no está permitido.
—Ángelo…
—Como llevo mis duelos no es tu problema, Franco. Que las hijas de Lucca estén ahora conmigo no hace ninguna diferencia, seguiré siendo el mismo Ángelo que decidí ser cuando volví a Italia. Y nunca más voy a dejar de serlo.
—¿Y si ahora no es suficiente? —inquiere con brusquedad —. Porque antes solo eras tú. Podías encerrarte en tu mundo y nadie salía herido. Pero ahora están ellas, Ángelo
Mi mandíbula se tensa. Me giro para evitar su mirada, pero ya es tarde. Franco ya me vio. Ya vio ese instante en el que el escudo se agrietó, aunque solo fuera por un segundo.
—Estoy haciendo lo mejor que puedo —murmuro.
—No, estás sobreviviendo. Y hay una gran diferencia.
Sus palabras me atraviesan como un cuchillo. Porque lo sé. Porque cada mañana me levanto sin saber cómo hacerlo, sin entender cómo demonios se supone que se sigue cuando ya no tienes a quien seguirle los pasos.
Porque Lucca era eso: la voz que me empujaba cuando yo no quería moverme. Y ahora el eco es todo lo que me queda.
—No puedes ser el mismo Ángelo de antes —continúa Franco—. No cuando tienes a tres niñas que perdieron a sus padres. No cuando ahora tú eres lo único que les queda de él.
No respondo. El silencio se extiende entre nosotros.
—¿Y qué quieres que haga? —cuestiono —no puedo hacer nada.
—Quiero que te permitas sentir, Ángelo. Aunque sea un poco. Aunque sea en este maldito despacho. —Franco golpea la mesa con los dedos, más fuerte esta vez—. No tienes que ser fuerte todo el tiempo. Nadie lo es.
—Claro que puedo, tengo que hacerlo, porque al menos me aseguraré de que nadie pase sobre mí otra vez —elevo el mentón, mostrándome firme. Porque no puedo tener más esta conversación—. Y si no tienes nada más que decir, déjame solo. Necesito trabajar.
Franco asiente. Dándose por vencido. No objeta, no debate. Solo se pone de pie, me da la espalda y se marcha de la oficina sin mirarme de nuevo.
Cuando me quedo solo, tomo una profunda inhalación antes de apoyarme contra el respaldo de la cómoda silla, y cierro los ojos.
La punzada vuelve, pero como en todas las veces anteriores que se ha presentado, me obligo a mí mismo a dejar de sentirla. No puedo permitirme fragilidad, ni siquiera por Lucca.
Decidí ser alguien diferente cuando volví a Italia, y nada iba a hacerme cambiar de opinión.
Es tarde cuando vuelvo a casa. Dejé de preocuparme por las niñas cuando Daphne aseguró que todas estaban en sus camas así que decidí quedarme un poco de tiempo más en la oficina antes de volver.
La oscuridad me recibe apenas ingreso, me quito el saco y aflojo la corbata mientras camino hacia las escaleras, sin embargo, la luz proveniente de la cocina me detiene.
Es tarde para que Jackie esté ahí, así que cambio la dirección de mis pasos y me dirijo a la cocina.
No espero encontrarme a Daphne en medio de la cocina mientras parece demasiado concentrada preparando algo. Mis pasos apenas suenan contra las losas, me apoyo en el umbral de la puerta de la cocina, mientras la miro tararear una especie de canción que no reconozco.
Pasan un par de minutos, antes de que mi voz rompa la calma.
—Es tarde —se sobresalta cuando me escucha. Gira y solo en ese momento reparo en que tiene una taza de café entre las manos.
—Señor Lombardi —deja la taza sobre las losas antes de mirarme—. No lo escuché llegar.
—¿Las niñas se han dormido?
—Hace bastante rato —informa—. Justo a las nueve.
—Bien.
Retrocedo, dispuesto a marcharme, pero ella me llama otra vez.
—Hay un asunto, respecto a Bella —cierro los ojos por una fracción de tiempo y suspiro—. El director quiere una junta con usted. Dice que la conducta de Bella es “inaceptable” dentro del colegio.
—¿Le explicaste la situación?
—Lo intenté. Pero soy la niñera, lógicamente no quiso escucharme. Dijo que, si Bella incurre de nuevo en esa conducta, tendrán que hablar de suspensión y…
—Por favor, apenas y tiene seis ¿Qué tan inaceptable puede ser su conducta? —resoplo con molestia, lanzando un saco contra una de las sillas y me apoyo contra la barra de la cocina.
—¿Quiere un poco de café?
Apenas asiento, ella se da la espalda y me permito mirarla un poco más a detalle. Parece portar una especie de pijama, su cabello se encuentra recogido en una coleta despeinada que se balancea a cada movimiento.
Un par de minutos después desliza la taza hasta quedar frente a mí. Se posiciona sobre uno de los bancos, así que hago lo mismo.
—Tal vez puede llevarla con algún psicólogo —sugiere—. La pérdida de sus padres fue complicada, debería contar con ayuda para superarlo.
—¿Crees que lo necesite?
—Creo que no ha entendido lo que ocurrió. Llama a su madre, y parece tener la idea de que yo estoy aquí solo mientras ellos vuelven. No soy psicóloga, pero creo que su actitud, es solo un método para hacer que sus padres vuelvan.
—Fue tan repentino, un accidente y ellos murieron —fijo la atención en el líquido caliente—. ¿A qué hora debo ir con el director?
—Sabe que es un hombre ocupado, así que dijo que se presentara a la hora que mejor le pareciera —traza círculos siguiendo el borde de la taza y luego voltea—. Debe hablar con un terapeuta, es lo mejor para ellas.
—Lo tendré en consideración —expreso.
Ninguno habla durante el tiempo que sigue, permanezco en un silencio cómodo simplemente bebiendo café y cuando las tazas quedan vacías, me incorporo.
—No tienes que hacer eso —expreso cuando la miro enjuagar los trastes sucios—. Hay personas que se encargan de la limpieza.
—¿Por qué esperarlos si puedo hacerlo ahora? —se encoge de hombros mientras habla.
—El sueldo no lo incluye.
—Ya es bastante ostentoso —responde con una leve sonrisa. Niego un par de veces antes de tomar el saco, y retroceder con el propósito de ir a mi habitación.
—Buenas noches, Daphne.
—Descanse, señor Lombardi.
—Ángelo —me mira sin entender cuando le respondo, así que me veo en la necesidad de aclararlo—. Solo dime Ángelo.
Sonríe levemente antes de asentir.
—Descansa, Ángelo.
Me despido con una sonrisa, tengo la disposición de ir directamente a mi habitación, pero por alguna razón, termino deteniéndome frente a la de mis sobrinas.
Abro la puerta con ligereza, la lámpara en forma de luna brinda una escasa iluminación, pero perfectamente puedo mirar dormir a Bella y a Lía.