6 Me agradas #2
Luego de eso, me concentro en terminar la pequeña maleta con ropa para una semana, solo llevo conmigo lo necesario.
Al día siguiente mi madre se ofrece a llevarme en su auto, un modelo antiguo pero que, según ella, cargaba con un gran valor sentimental. Nos despedimos justo en la entrada de la casa, y esta vez las puertas se abren tan pronto me planto delante.
La misma señora que me atendió ayer me recibe, la amabilidad y calidez que desbordar me hacen sentir bien recibida. Me enseña la habitación, un bonito cuarto que parece ser demasiado elegante, me pide dejar las cosas y acomodarme y luego ir al estudio del señor Lombardi.
Es tan raro llamar de esa manera a un hombre tan joven. No parece que tenga los treinta todavía. Pero no cuestiono nada. Hago lo que pide al pie de la letra y cuando he terminado…voy a verlo.
—Daphne —saluda con una sonrisa apenas me mira—. Me alegra que vinieras y no huyeras con el cheque.
—No planeaba hacerlo.
Se incorpora, me hace un gesto con la cabeza y lo sigo hacía de nuevo hacia afuera.
—Te presentaré con mis sobrinas —informa—. Están ahora en el jardín trasero.
Lo sigo hacia el sitio que ha mencionado, ellas reparan en mi presencia casi tan rápido. La mayor tiene a la bebé en brazos y me mira como si quisiera analizarme por completo.
—Ella es Daphne. Será su niñera a partir de hoy —informa—. Antonella se respetuosa, por favor.
—Lo intentaré—. Ángelo resopla.
—Ella es Bella —dice señalando a la niña de cabello rubio—. La pequeña Lía, y la mayor, Antonella.
Tan pronto dice eso, Antonella me entrega a la bebé. La acomodo en brazos, rogando porque no decida que es buena idea ponerse a llorar.
—Supongo que te has instalado, así que te dejo. Si necesitas algo, llama a la señora Wilson, ella te dará lo que necesites.
—Gracias—. Cuando se marcha, vuelvo la atención a las niñas.
—No pareces querer acostarte con mi tío —expresa Antonella—. Me agradas.
—¿Perdón? —pregunto, porque honestamente necesito confirmación.
—Todas las que han venido, solamente quieren meterse en su cama. Parecen más interesadas en él que en nosotras. Tú no.
Bueno, no podía negar que el hombre es apuesto. Demasiado. No soy ciega así que perfectamente pude notar que Ángelo Lombardi no pasa desapercibido, podría estar con un saco de patatas, y seguir viéndose como un dios.
—Bueno, estoy aquí por el empleo —aseguro con una leve sonrisa.
—Suerte con eso entonces —dice señalando a sus hermanas. No me permite decir algo más porque cruza por mi lado, marchándose al interior de la casa. Acomodo a la pequeña en brazos, y luego miro a su hermana jugar sobre el césped. Ambas son bellísimas, como pequeñas modelos.
—Bueno, Daphne, ya estás aquí así que solo hazlo lo mejor que puedas —susurro para mí misma—. Y todo va a estar bien.
Me acerco a la pequeña, quien está demasiado entretenida con sus muñecas como para mirarme.
—¿Qué es una niñera? —inquiere con curiosidad. Me dejo caer a su lado, acomodo a la bebé en una de mis piernas, mientras observo a su hermana.
—Una niñera es alguien que cuida de ti cuando los padres no pueden —expreso.
—Pero mis papis si pueden —dice y me mira. Tiene unos bonitos ojos grises—. Solo que tío dice que no van a venir. ¿Tú sabes por qué?
Me cuesta mirarla. Su vocecita es suave, pero no temblorosa. Hay una firmeza extraña en su forma de hablar. Me acomodo a su lado, con la bebé sobre mis piernas, y respiro hondo antes de responder:
—A veces… las personas que queremos mucho tienen que irse —susurro—. Aunque no queramos. Aunque no tenga sentido.
Ella no dice nada. Solo baja la mirada y juega con la manga de su blusa. Pienso que quizás ya no va a decir nada más, pero luego susurra:
—Mi tío dice que no van a volver. La abuela dice que él va a cuidarnos, pero… está ocupado todo el tiempo.
La miro. No esperaba tal honestidad de una niña pequeña.
—Llega tarde. Y a veces no nos mira. A veces se encierra y solo está trabajando. No sale hasta que es muy de noche —un corto suspiro brota de ella —No cuenta cuentos. No canta. No pregunta si tuve pesadillas.
—¿Y las tienes? —inquiero extendiendo la mano para acariciarle el cabello.
Ella apenas asiente, con un movimiento tan leve que casi no se nota.
—Pero él también está triste, ¿verdad? —me pregunta como si necesitara una respuesta —creo que cuando está triste…se olvida de cantar y contar cuentos. Pero lo hará cuando esté feliz, ¿verdad?
Le sonrío con toda la ternura que puedo reunir, aunque en el fondo siento cómo se me encoge el pecho.
—Sí, Bella —le doy la mejor de mis sonrisas —. Cuando él esté feliz, va a cantar y contar cuentos. Pero mientras, yo soy buena cantando…y contando cuentos.
Sonríe entusiasmada.
¿Por qué estás pequeñas niñas tenían que estar enfrentándose a esta situación tan complicada?
Bella no me da oportunidad de seguir atormentándome porque se pone de pie, y se acomoda hasta quedar frente a mí.
—Si Anto dice que le agradas, a mí también. Y Lía también piensa igual. —Se acerca hasta su hermana quien ríe cuando Bella roza su nariz contra la de ella—. Nos agradas a las tres.
Esta vez la sonrisa que brota de mis labios…es genuina.
¿Quién diría que necesitaría la aprobación de tres adorables niñas para sentirme satisfecha