Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 6 Me agradas
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DAPHNE

Observo la dirección escrita en el pequeño papel, y luego elevo la mirada. La impresionante construcción frente a mí casi me roba el aliento. El taxi detrás de mí acelera y el ruido del motor me obliga a avanzar.

—Vamos, tú puedes —susurro mientras tomo una inhalación convenciéndome de que esto no puede ser tan malo. ¿Cierto?

Sacudo la cabeza cuando me detengo frente al intercomunicador de la casa. La construcción es impresionante aún desde detrás de las rejas el jardín que se muestra frente a mí luce radiante.

¿Cómo es que acabé en este sitio?

Maldigo el nombre de mi padre y a la gran cantidad de deudas que dejó al decidir que era buena idea mudarse con su amante, fue un alivio que se fuera, pero cuando murió, un par de meses después, las deudas se hicieron presentes.

Estaban a nombre de mi madre, y desde que se fue, no volvió a pagar así que, a su muerte, fuimos notificadas de sus innumerables deudas bancarias.

Pero la más importante fue la hipoteca de nuestra casa. Una deuda de la cual no sabíamos de su existencia hasta que fue demasiado tarde.

Demasiados pagos atrasados, intereses elevados por los cielos.

Me obligo a mí misma dejar de pensar en todo el caos que mi vida personal es, y me concentro en fingir tranquilidad para la entrevista. Necesito el empleo. No me puedo permitir arruinarlo.

Presiono el botón del intercomunicador y la luz roja se enciende, una voz por la bocina se deja oír, preguntando mi nombre y el motivo.

—Daphne Lennox, vengo por el trabajo de niñera —hablo. La voz del hombre al otro lado dice algo y luego, un sonido extraño y la reja se abre.

Tomo una inhalación mientras avanzo por el camino empedrado que conduce hacia la entrada de la mansión, cuando estoy en la puerta, coloco la mejor de mis sonrisas justo en el momento en el que la puerta se abre.

Sin embargo, desaparece en cuestión de segundos cuando me doy cuenta de lo que ocurre dentro. Los gritos agudos, el llanto de un bebé y una adolescente vestida como si estuviese en un ataque zombi.

—¡Bella deja de grita! —el imponente Ángelo Lombardi se encuentra con una bebé en brazos, intenta detener los llantos de la niña que está haciendo una rabieta en el piso y dándole miradas reprobatorias a la adolescente que está en el borde de las escaleras.

La familia Lombardi es conocida por la cadena de exitosos y excéntricos casinos, los mejores de toda Italia.

Grandes famosos solían asistir y gastar exuberantes cantidades de dinero, Pietro Lombardi, el fundador consiguió hacerse de una fortuna cuando los creó, luego su sucesor, Paolo Lombardi y ahora, su nieto, Ángelo.

¿Cómo se todo eso? Fácil, Google tiene todas las respuestas. ¿Quieres saber algo? Consúltalo en Google. Él te dirá todo.

Tenía que asegurarme quien era el hombre al que tuve la brillante idea de presentarme como niñera.

—¡Fue solo una fiesta!

—¡No llegaste a dormir! —reclama—. ¡Ve a tu habitación, tienes prohibido salir hasta que lo diga!

—¡Eres lo peor! —la chica da un par de pisotones antes de subir las escaleras. Nadie parece haber reparado en mi presencia, así que cuando la amable señora que me permitió la entrada habla, él parece sobresaltarse.

—Ángelo —dice con suavidad —la señorita Lennox está aquí.

Solo entonces nos mira. Y carajo…luce muchísimo más apuesto ahora.

Con el cabello desordenado, la camisa hecha un desastre y ojeras apenas visibles, pero sigue siendo tan apuesto.

Mandíbula marcada, barba perfectamente recortada y los ojos de un azul claro.

Un par de risos caen por su frente, y al verme, se planta con firmeza.

—Señorita Lennox, creí que no vendría —habla—. Ahora…

Un nuevo grito se deja oír, y bajo la vista hacia la niña que se abraza a uno de sus pies, la bebé ha suspendido su llanto y ahora mantiene su pequeño pulgar dentro de su boca.

—¡Bien, te llevaré al parque, pero silencio! —exige. —Santo Dios, van a acabar conmigo.

La niña se incorpora, limpiándose las lágrimas y sonríe.

—Eres un pequeño demonio —masculla entre dientes. Luego gira hacia la mujer que aún permanece con nosotros—. Jackie, ¿podrías llevarlas a su habitación? Necesito hablar con la señorita Lennox.

—Por supuesto—la mujer toma a la bebé en brazos y tras un par de palabras a la más grande, la conduce hacia las escaleras.

Ángelo se aclara la garganta. Lo miro acomodarse la camisa, luego pasa los dedos por su cabello y vuelve a lucir tan imponente.

—Me alegra ver que no se ha arrepentido —dice acercándose —sígame, por favor.

No espera una contestación, y mientras sube los escalones me permito admirar por un par de segundos la perfecta retaguardia que posee.

Sacudo la cabeza con discreción alejando cualquier pensamiento no profesional de mi mente, me aferro con las manos a la correa del bolso como un mecanismo para no tener pensamientos…peculiares sobre el que podría convertirse en mi nuevo jefe.

Llegamos a una de las habitaciones de la planta superior, y él abre la puerta para dejarme pasar.

Es una oficina amplia, perfectamente ordenada, con una enorme estantería de madera, una pared cubierta de diplomas y una ventana desde donde se ve todo el jardín trasero.

Cada rincón grita “lujo” pero al mismo tiempo parece tan… frío.

—Bien, supongo que ya ha visto a lo que va a enfrentarse —me hace una seña con la mano para que tome asiento, y luego él se acomoda del otro lado del escritorio.

—¿Son sus hijas? —Google no decía nada sobre hijas.

—Son mis sobrinas —informa—. Antonella, Bella y Lía, dieciséis, seis y un año de edad.

—Las edades más complicadas —expreso. Una sonrisa tira de sus labios mientras asiente con ligereza.

—¿Ha tenido experiencia con niños antes?

—No.

—¿Estudió algo relacionado con infantes? ¿Pedagogía? ¿Educación?

—No, en realidad estudié comunicación —él arquea una de sus cejas—. Pero soy buena con los niños.

—¿Buena con los niños? —inquiere—. ¿Cree que podrá atender a un bebé, a una niña de seis y lidiar con una adolescente que cree que controla el mundo?

—Creo que seré capaz.

Parece observarme detenidamente. Como si quisiera asegurarse de que digo la verdad y me siento inquieta porque evidentemente no lo estoy haciendo. No sé si soy buena con los niños y no estoy para nada convencida de ser capaz…pero tengo que encontrar una manera de que me del empleo.

—Bien, en ese caso…—tamborilea los dedos sobre el escritorio—.

No será entrada y salida, podrá irse el sábado en la noche, y volverá lunes antes de que las niñas entren a la escuela.

Ocupará una habitación en la casa, no tendrá necesidad de uniforme y estará al pendiente de mis sobrinas en todo momento.

Toma un pequeño cheque del cajón, y escribe algo en él.

—Si acepta, cobrará el primer cheque hoy —informa, y luego lo desliza hacía por el escritorio. —creo que no tengo que explicar que realmente me urge encontrar a una niñera.

Me abstengo el preguntar poque.

—¿Este es el sueldo?

—¿Le parece poco?

Me parece demasiado, pienso, pero no soy tan estúpida como para decirlo, así que niego.

—No quiero errores, el mínimo descuido con ellas y estará despedida. ¿Tiene alguna duda?

Niego. Él toma un corto suspiro y voltea brevemente hacia un punto detrás de mí.

—Sus padres…ellos…fallecieron hace algunas semanas. Está siendo complicado para todos. Pero más para Bella. Tiene seis y apenas está acostumbrándose a no tenerlos. Hace berrinches, como pudo darse cuenta, y le cuesta aceptar lo que pasó. Así que solo sea buena con ellas.

Sonrío levemente.

—No tiene que preocuparse por eso, señor Lombardi.

Asiente levemente y se incorpora, así que yo lo hago también.

—Puede empezar desde mañana, para que pueda venir con las cosas que necesite.

—Gracias, señor Lombardi —coloca una sonrisa y rodea el escritorio.

—La acompaño a la salida.

Salimos del lujoso estudio y caminamos en silencio.

—Mi chofer la llevará hasta su hogar —expresa cuando nos encontramos en el exterior—. Nos vemos mañana, a las siete de la mañana. Por favor…no huya con el cheque.

Ángelo no sonríe cuando lo dice, pero hay un dejo de ironía en su voz que me arranca una pequeña risa.

—No soy tan lista como para planear una fuga millonaria, señor Lombardi —respondo, intentando aligerar el ambiente. No me responde. Un par de minutos después, un impresionante auto negro se estaciona frente a nosotros. Él me abre la puerta, y sonríe con amabilidad.

—Hasta mañana —dice.

—Hasta mañana —respondo con seguridad.

Él cierra la puerta con suavidad y retrocede. El chofer arranca, y mientras el auto avanza, lo miro por el retrovisor. De pie, con las manos en los bolsillos y los hombros tensos, como si llevara sobre ellos el peso de todo el mundo.

Y tal vez, en cierto modo… lo haga.

Mi madre parece estar aliviada al darle la noticia de que he encontrado un empleo.

—Será temporal, ¿cierto? —inquiere.

—Solo mientras salimos de las deudas —le recuerdo—. No puedes estar desgastándote tanto, ma. El sueldo como niñera será suficiente.

—Te echaré de menos, solo te veré un día. ¿Es un sitio seguro? ¿Estarás segura en esa casa?

—Lo estaré, mamá —sonrío levemente para intentar tranquilizarla—. No tienes nada de qué preocuparte, estaré bien.

Mi madre extiende las manos para colocarlas al costado de mi rostro.

—Estoy tan orgullosa —susurra—. Vamos a salir de esta, mi niña. Te lo prometo.

Su mirada se cristaliza, sé cuánto desea que sea así. Cuando desea que ya no tengamos que preocuparnos por como llegaremos a fin de mes, o si esta vez el banco perderá la paciencia y nos echará a la calle.

Sé cuánto desea que todo sea diferente. Porque yo lo deseo también.

Pero es lo que hay, las deudas con el banco no serán fáciles de pagar, los intereses han corrido demasiado, nos llevará años cubrirlas. Así que la esperanza de poder salir estaba muy lejana. Pero estaba ahí.

—Lo sé, ma. Vamos a salir.

Me abrazo a su cuerpo, aferrándome a ella y a la sensación de bienestar que me proporciona, creyendo en sus palabras, y en las mías también.