Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 5 GLOBOS
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angelo

Dos días después, parece que el universo decide darme un puñetazo para hacerme reaccionar.

Tal y como Franco me había dicho aquel día, le toma un par de semanas arreglar el asunto de la custodia, sin embargo, los términos enviados por la abuela de las niñas…eran ridículos.

Hilary había hecho algo que en el fondo sabía que podía suceder, pero me negaba a creer.

—No, esto tiene que ser una jodida broma.

—No, me temo que no lo es.

—¡Es ridículo!

—Son los términos.

—Unos términos de mierda —espeto—. La custodia de Bella y Lía, pero no la de Antonella. ¿Qué se cree esa mujer?

Paso una la mano por mi cabello en un gesto frustrado.

—Carajo, no —lanzo los papeles sobre la mesa —detén el proceso. No voy a separarlas. Ellas se quedan.

—¡ Grazie al cielo! —Franco exclama como si le hubiese dado la mejor noticia de la vida—. Estaba algo inquieto por la decisión que tomarías.

Suelto un suspiro mientras me aprieto el puente de la nariz.

—Escucha, dejemos algo en claro. Una cosa es que no me sienta capaz de cuidarlas y otra muy distinta que no me preocupe por ellas.

Esa mujer quiere separarlas, y no, no voy a estar de acuerdo con eso.

Así que notifícale al abogado de la señora Dorian, que el proceso de cesión de custodia se cancela.

Mi amigo sonríe con orgullo.

—Es una buena decisión. Programaré una reunión para informales, es seguro que no estén de acuerdo con eso.

—Bueno, eso no me interesa. Y si intenta hacer algo, recuérdale quien tiene la custodia completa y que, si lo deseo, puede no volver a ver a sus nietas.

—Me agrada cuando eres un hijo de perra en las situaciones correctas —sonrío—. Procura sacarlo solo cuando sea necesario.

Ruedo los ojos, pero no aparto la sonrisa de mis labios. Cuando hace el ademán de marcharse, lo detengo.

—Franco, ¿de casualidad conoces a una buena niñera?

Él arquea una de sus cejas, girándose de nuevo hacia mí.

—¿Qué acaso no tienes una agencia? —niego.

—Resulta ser que las niñeras que han enviado son un desastre.

Van dos que parece que lo único que hacen, es dejar mi casa como un maldito basurero.

Y Lía parece no querer a ninguna, la chica no toleró un par de horas con la bebé y Bella parece querer ser un pequeño demonio así que… necesito a alguien capaz.

—Soy abogado —me recuerda divertido—. No estoy en contacto con niñeras.

—Mantenía la esperanza de que conocieras a alguien.

—Lo siento amigo, no puedo ayudarte con eso —expresa—. Te mantendré informado sobre el asunto de la señora Dorian.

Asiento, él vuelve a tomar sus cosas y sale por la puerta un par de instantes después.

Me dejo caer sobre la cómoda silla, soltando un suspiro pesado mientras abro el navegador de la computadora, y coloco “niñeras en Milán”.

Los resultados se despliegan y veo los cientos de ventanas con anuncios de niñeras y agencias.

Puedo cerrar tratos, dirigir una junta de negocios, intimidar a los accionistas, ¿por qué no podría encontrar entonces a una buena niñera?

No sería tan complicado. Estaba seguro de eso.

Como dije antes, nunca digas que algo puede resultar mal, porque definitivamente resultará como tal.

Conseguí el número de algunas agencias y de niñeras que ofrecían sus servicios, pero ninguna, absolutamente ninguna, duró más de un par de días.

Antonella decía que no eran niñeras en realidad.

—Te prestan más atención a ti, que a mis hermanas —expresó con molestia—. ¿Puedes creer que me preguntó si eres soltero?

No tuvimos éxito, perdí la cuenta de las chicas que pasaron por mi casa, tantas que perdí la fe de encontrar a alguien adecuado.

Mientras tanto, todo iba peor. Bella parecía haber abandonado la actitud de “niña adorable” y pasó a la fase “niña que odia al mundo”. Hacía berrinches, molestaba a Antonella, e incluso, me llamaron de la escuela.

Tiene seis, seis y ya estoy citado con el director, ¿Qué sucedería cuando llegase a los quince?

Y la pequeña Lía parecía extrañar a sus padres, Jackie hacía todo lo posible e incluso mi madre había intentado métodos extraños, más de los que me agradaría admitir, pero nada de eso dio resultado.

Todo está resultando peor.

—Son un desastre —expresa Isabela.

—Son unas niñas —le recuerdo.

—Niñas que arruinaron el vestido que me obsequiaste para nuestro aniversario.

—Puedo obsequiarte otro sin problema —mantengo la mirada fija en el teléfono—. ¿Qué tan complicado es encontrar una maldita niñera?

—¿No se suponía que se irían con su abuela?

—Se suponía, pero la mujer resultó no ser una buena opción —expreso—. Necesito a alguien que cuide de ellas, sobre todo cuando tenga que salir de viaje.

—Es decir que… ¿se quedarán aquí?

Emito un sonido parecido a una afirmación mientras sigo deslizando la pantalla. Isabela toma el celular arrebatándomelo de las manos.

—Oh, por favor, Ángelo. No estarás hablando en serio —pronuncia—. ¿Tú cuidando de esas niñas? ¿De verdad?

Arrugo la frente.

—¿Qué? ¿Crees que no puedo hacerlo?

—Cariño, ambos sabemos que los niños y tú no se entienden de la mejor manera. Además, creí que estabas convencido de que estuviesen con su abuela. Con el casino, los viajes, ¿Cómo esperas tener tiempo para ellas? Tal vez debas dejar que alguien más se haga cargo.

—Isabela, ¿recuerdas eso que te advertí cuando nos conocimos? —ella arruga el entrecejo—. No te metas en mi vida personal. ¿A caso lo has olvidado?

—Ángelo…

—Haré lo que yo considere mejor —sentencio incorporándome—. Y si no estás de acuerdo, sabes en donde está la puerta.

Me incorporo sin molestarme en esperar una respuesta y la dejo ahí a mitad de la sala.

Porque si algo odiaba en la vida, era que alguien dijera, que no era capaz.

Una salida al supermercado es lo que necesito para despejar la mente. O al menos, eso creí.

Avanzo intentando ignorar a mi pequeña sobrina quien intenta convencerme de que le compre una nueva muñeca.

—No lo necesitas —exclamo hacia Bella—. Tienes como diez de esas.

—Pero yo quiero la rosa —musita con un mohín.

—Bien, ponla dentro.

Empujo el carrito mirando a Lía entretenerse con el pequeño oso, y le doy una rápida mirada a Antonella.

—La estas mal acostumbrando —expresa mi sobrina mayor—. Cuando digas que no, te hará un berrinche. Solía hacerlo con papá.

—La diferencia aquí, Anto, es que yo nunca digo no —aseguro.

Sonríe, se aleja algunos pasos y no entiendo hacia dónde va. Avanzamos por el pasillo mientras reviso la lista en el teléfono.

Un par de minutos después, Anto vuelve con algo entre las manos y cuando me lo enseña, suelto una palabrota.

Viene con una maldita caja de condones.

—¿Me los compras?

Suelto una palabrota. Varias, en realidad.

—Deja eso en donde lo tomaste —ordeno—. Ahora.

—Prefieres que me los compre yo a escondidas? ¿O que no los tenga?

—Preferiría no tener que vivir esta escena en absoluto —mascullo. Me paso una mano por la cara—. Preferiría no saber que mi sobrina de dieciséis años siquiera piensa en eso.

La caja sigue en su mano. Ella no la suelta.

—No estoy diciendo que los use hoy —agrega, más suave y eso en realidad no me está ayudando.

Ella suspira como si yo fuera el problema aquí.

—No es para tanto —dice, girando la caja entre los dedos—. Prefiero tenerlos y no necesitarlos, a necesitarlos y no tenerlos. ¿O quieres ser abuelo joven?

—Oh, carajo —echo la cabeza hacia atrás —Antonella…

—Tienes que madurar —responde, muy seria, como si ella no fuera la menor de edad con una maldita caja de condones en la mano.

Suelto una maldición por lo bajo, y juro que la vida me está cobrando todas mis deudas juntas.

Y entonces, claro, como si esto pudiera empeorar… aparece Bella.

Se asoma desde el final del pasillo con una corona de plástico torcida en la cabeza y una bolsa de bombones abierta en los brazos. Nos mira. Mira la caja.

—¿Eso qué es? —pregunta con inocencia—. ¿Son globos?

Antonella se gira hacia mí con una sonrisa que ya sé que significa. Yo respiro hondo. Muy hondo. Cuento hasta tres mil.

—Sí —respondo, rindiéndome—. Pero son… globos de emergencia. Solo los usan los adultos muy responsables.

Bella asiente, completamente convencida.

—¿Y van a inflarlos ahora?

—¡No! —decimos los dos al mismo tiempo.

—¿Encones me compras estos o los que brillan…?

Miro la caja. La tomo de sus manos sin decir nada, la lanzo al carrito con más fuerza de la necesaria y sigo caminando sin mirarla.

—Te juro por Dios que, si algún imbécil intenta tocarte sin respeto, le arranco las manos.

Antonella se ríe por lo bajo.

—Definitivamente necesito una niñera —musito para mí mismo.

Bella me llama de algún punto y giro creyendo que no hay nadie detrás de mí, así que choco contra alguien.

—Lo siento —me disculpo. Con quien choco, resulta ser una chica. Ella eleva la mirada y me dedica una sonrisa.

—Esto va a sonar extraño, pero si estás buscando una niñera, yo puedo ayudarte con eso.

Arrugo la frente.

—¿Tú? ¿Eres niñera?

—No

—¿Perteneces a una agencia de niñeras?

—No, pero…

—¿Entonces por qué habría de contratarte?

—Porque necesita una niñera, y yo puedo hacerlo.

Se planta con firmeza, eleva el mentón y no hay duda en sus palabras. Es joven, pero no demasiado y viste de manera casi formal. Sus facciones son finas, y los ojos color azul intenso me miran en espera de una respuesta.

—No parece una colegiala —expresa Anto a mi costado—. Me agrada.

Ignoro sus palabras y doy un paso hacia la desconocida.

—¿Cómo te llamas?

—Daphne Lennox —se presenta.

—Bien, señorita Lennox, si tan segura está de que puede ser niñera, preséntese mañana. ¿Tiene donde anotar?

La firmeza que antes estaba en ella parece esfumarse, la incredulidad se apodera de su mirada y arqueo una de mis cejas.

—¿Tiene donde anotar sí o no?

—Oh, sí, sí —rebusca algo en su bolso, toma una pequeña hoja de color rosa chillón y una pluma. Le dicto la dirección, ella apunta con rapidez y luego vuelve a mirarme—. ¿Por quién debo preguntar?

—Ángelo Lombardi —ella parpadea—. Nos vemos, señorita Lennox. Espero verla mañana.

Le hago un gesto a Antonella para que me siga, y nos marchamos. Mientras deseo internamente que alguien se apiade de mí, y no haya más peticiones que involucren preservativos y cosas fosforescentes.