4 LEY DE VIDA
ANGELO
Mi vida justo ahora parece una espiral de malas situaciones que comienzan a hacerme creer que estoy a punto de perder la cordura .
He pasado de jurar que nunca tendría hijos, a tener a tres niñas bajo mi cuidado que amenazan con destruirme toda la casa.
Tuve la brillante idea de intentar contratar una niñera para que las cuidara mientras yo estuviese fuera, porque, aunque Jackie se ofreció, darle a dos niñas y una adolescente a cuidar, es demasiado.
Suficiente ya tuvo conmigo.
Pero la búsqueda de la niñera está siendo más complicado de lo que pensé.
¿Qué tal difícil puede ser encontrar a alguien que cuide de ellas?
He contratado a una maldita agencia, pero es como si no lo hubiese hecho porque cuando llego el martes por la tarde a mi hogar… la casa es un auténtico desastre.
—¿Cómo te haces llamar niñera? —inquiere Antonella sosteniendo a su Lía en brazos—. ¡Ni siquiera le has dado de comer!
Bella brinca de un lado al otro, con el rostro manchado de chocolate, y cuando me ve, corre en mi dirección.
—No, no, no…—mis intentos de detenerla son en vano, y un par de instantes después la tengo abrazada al pantalón, las yemas manchadas de chocolate terminan por ensuciar la camisa blanca, suspiro resignado antes de inclinarme y cargarla.
—¿Se puede saber que ha ocurrido?
Antonella y la chica que no aparenta tener más de veinticinco, posan la atención en mí.
—Deberías preocuparte por buscar una niñera de calidad —espeta con molestia mi sobrina—. Y no a cualquier colegiala que solo quiere…
—Antonella —reprendo consiguiendo que mi sobrina deje inconclusa la frase—. ¿Dónde está Beatrice?
—Se fue apenas la “niñera” llegó —informa haciendo comillas entre sus dedos—. Dijo que estaríamos en buenas manos, pero vaya que estaba equivocada.
—¿Quién eres? —giro hacia la chica.
—Dana…
—Sí, bueno, ¿realmente eres una niñera? —interrumpo—. Porque mi hogar es un desastre.
Recorro la sala con la vista, reteniendo la maldición porque sostengo a una niña en brazos.
—Apenas llegué —se excusa con una sonrisa—. Solo necesito acoplarme a ellas y…
—Fuera —mascullo—. No te preocupes por la paga que le haré llegar el cheque a la agencia.
—Pero…
—Es evidente que no podrás cumplir con el trabajo, quiero a alguien que sea eficiente desde el segundo en el que cruce la puerta —sentencio—. Estás despedida, por si no quedó claro.
La chica cruza por mi lado soltando una palabrota, el sonido de la puerta al ser cerrada con más fuerza de la necesaria retumba por toda la casa.
—Tendré que llamar a la agencia de limpieza —mascullo con molestia bajando a Bella—. ¿Hace cuánto que están solas con la niñera?
—Desde esta mañana —informa—. ¿Tienes una agencia para todo?
Sonrío levemente.
—Es más fácil. Una llamada y en menos de una hora hay alguien haciendo el trabajo por mí.
—Sí, papá decía que eras un perezoso —una sonrisa involuntaria brota de mis labios.
Pero luego la mención de Lucca trae una punzada dolorosa. Sé que Antonella se ha dado cuenta, porque su sonrisa decae. Hay un silencio tenso que me hace querer huir y refugiarme en mi despacho, pero no lo hago, porque ahora no hay nadie más que pueda cuidar de las tres niñas frente a mí.
Bajo la vista hacia mi camisa reconociendo la silueta de las manos de Bella en ella.
—¿Llamarás a una agencia para lavar la camisa? —Antonella me cuestiona arqueando una ceja, pero no soy capaz de darle una respuesta porque alguien más ingresa a la casa.
Los tacones de Isabella repiquetean con prisa contra el suelo del recibidor.
Viene impecable, como siempre, pero la expresión de su rostro me dice que no viene a darme los buenos días.
Al entrar a la sala, sus ojos recorren el desastre: los juguetes tirados, las manchas en las paredes y, finalmente, a mí, con una huella de chocolate perfecta marcada en el pecho.
—Tenemos un almuerzo hoy, ¿lo olvidaste? —suelta Isabella, cruzándose de brazos.
Maldición. Con el caos de la niñera inútil, el evento se me había borrado por completo del mapa.
—Surgió un contratiempo —digo, intentando mantener la voz firme mientras señalo sutilmente el desorden—. Acabo de despedir a la inepta que envió la agencia. No puedo dejarlas solas.
—¿Y Jackie? —pregunta ella, impaciente.
—Es demasiado para ella. No voy a cargarle la mano.
Isabella bufa, mirando su reloj de diseñador. Para ella, esto es un simple problema de logística; para mí, es un recordatorio constante de que mi hermano ya no está para encargarse de su propia vida.
—Pues resuelve rápido. No podemos faltar —sentencia, impaciente.
—No hay nada que resolver. No voy a dejar a Lía y a Bella solas en este estado —respondo, sintiendo que la frustración de hace unas horas regresa con fuerza.
Antes de que Isabella pueda replicar, Antonella, que ha estado observando la escena con los brazos cruzados y una chispa de diversión rebelde en los ojos, da un paso al frente. Todavía carga a la pequeña Lía.
—Yo me puedo quedar a cuidarlas —suelta mi sobrina con una inocencia demasiado ensayada—. Vayan a su almuerzo importante. Nosotras nos arreglamos aquí.
La miro fijamente, entrecerrando los ojos.
Conozco esa mirada. Antonella no está siendo un ángel de la caridad; quiere que me vaya para tener vía libre.
Ya la he cachado antes intentando escaparse con sus amigos del instituto, y dejarla sola al mando de la casa con dieciséis años es firmar un contrato para que terminen haciendo una fiesta o destruyendo lo poco que queda en pie.
—Buen intento, Antonella —le digo, usando mi tono de autoridad—. Pero no. No te vas a quedar sola para colarte Dios sabe dónde en cuanto cruce la puerta.
—¡Por favor! —protesta, perdiendo la fachada servicial—. ¡No voy a hacer nada! Además, ¿entonces qué vas a hacer? ¿Llevarlas contigo?
Miro a Isabella, que me observa con horror ante la sola mención de presentarnos en un restaurante de cinco estrellas con una adolescente rebelde, una niña manchada de chocolate y un bebé.
Luego miro a Antonella, que me desafía con la mirada, y a Bella, que sonríe ajena a todo con los dientes negros de dulce.
—Exactamente —respondo, resignado, mientras camino hacia las escaleras—. Se cambian todas. Nos vamos todos al almuerzo.
—¿Estás loco? —se queja Isabella a mi espalda, pero ya no la escucho.
Subo los peldaños de dos en dos, arrancándome los botones de la camisa sucia. Mi vida es oficialmente un circo, y yo soy el payaso principal.
Una salida a almorzar era lo menos que necesitaba ahora, pero ¿acaso podría acabar peor?
Realmente no quiero averiguarlo.
Hay una ley de vida, nunca preguntes si algo puede ir peor, porque definitivamente lo será.
Ley de Murphy, la llaman.
Isabela baja del auto dando un portazo que me hace plasmar una mueca.
—¡Adiós, Isa! —grita Antonella—. Un gusto conocerte.
Ella no se vuelve para devolver la despedida, por el contrario, se adentra al complejo de lujosos departamentos sin siquiera mirarnos.
—Para ser alguien tan fina, es tan mal educada.
—Tu hermana le arruinó un vestido de cientos de dólares —le recuerdo encendiendo el motor del auto y avanzando hacia la avenida.
—¿Cómo sabes que es de cientos de dólares?
—Porque yo se lo compré —mascullo.
—Mi meta es conseguir un novio que… —se calla en cuanto nota la mirada que le dedico por el espejo retrovisor— que me regale vestidos de cientos de dólares —finaliza.
—¿Hay alguien de quien deba saber? —le cuestiono—. Porque no quiero chicos en mi casa. Regla número uno.
Rueda los ojos mientras acomoda a su hermana sobre sus piernas.
—Eres peor que papá —expresa. Le dedico una rápida mirada, mantiene la vista fija en la ventanilla y me concentro de nuevo en la carretera.
—Lucca siempre fue el mejor de los tres —me permito admitir—. Creo que, al ser el mayor, se llevó todo lo bueno.
—Si ustedes eran tan unidos, ¿por qué no ibas a casa? ¿Por qué solo nos veíamos para las celebraciones?
Afianzo el agarre en el volante. Sé exactamente por qué. Porque fui yo quien se distanció de todos, fui yo quien cometió error tras error y causó el conflicto familiar. Fui yo quien arruinó todo.
Lucca fue la única persona que confió en mi otra vez, pero nunca dejé de sentirme culpable por romper la relación con nuestro padre. No me sentía, ni me siento, merecedor de convivir con su familia.
Y ahora me arrepiento tanto, de haber desperdiciado tanto tiempo porque él se ha ido para siempre.
—Lo siento, no debí de preguntar eso. No tienes que responderme.
Permanezco en silencio, debatiéndome sobre si es buena idea responder o no porque los sentimientos siguen a flor de piel. Porque hablar de mi hermano con sus hijas resulta más doloroso de lo que pude haber imaginado.
—Porque fui un idiota —confieso —cometí errores que tuvieron graves consecuencias, creo que, de los tres, yo soy el Lombardi que menos decisiones acertadas toma.
—¿Quedarte con nosotras también formará parte de esa lista de malas decisiones? —inquiere con suavidad.
Mis manos se aferran al volante. El nudo en mi garganta me impide responder. Sacudo la cabeza, como si eso pudiera despejarme, como si negar fuera suficiente para borrar todo lo que siento. No puedo mirarla. No todavía.
No es hasta que el semáforo se pone en rojo, hasta que el auto se detiene, que reúno el valor.
—No quieren estar conmigo —sentencio, y me duele más de lo que debería—. En serio que no. No soy la persona que puede hacerse responsable de tres niñas. Me odiaría a mí mismo por condenarlas a ser infelices a mi lado.
—¿Por qué estás tan seguro de que seremos infelices contigo? —cuestiona —si papá confiaba tanto en ti… ¿por qué habría de dejarnos con alguien que podría hacernos infelices?
El corazón se me hace pedazos ante la pregunta. Porque no tengo una respuesta. Porque he pasado cada noche intentando encontrarla, pero sigo sin hallarla.
Pero lo cierto es que no quiero admitir que me aterra fallarles. Supongo que eso me convierte en un cobarde, preferir huir en vez de intentarlo. Pero fallé una vez y las consecuencias fueron catastróficas.
Fallar ahora…