Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 3 Una incómoda verdad.
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3 Una incómoda verdad.

ANGELO.

—Debiste dejar que te acompañara —Isabella se sube el cierre lateral de su vestido—. Pude haber sido de ayuda.

—Lo dudo —respondo mientras me acomodo la camisa—. ¿Quieres que te lleve a casa?

Ella sonríe.

—Podemos hacer algo más. No te he visto mucho estos días.

Retengo el impulso de resoplar.

—Eso es porque hay personas que si tenemos ocupaciones reales, si lo sabes, ¿no?

Es su turno de resoplar y ella no hace el ademán de esconderlo.

—A veces se me olvida lo gruñón que puedes llegar a ser.

Sonrío de lado. Isabella Russo es lo más cercano que tengo a una pareja, aunque nunca nos hemos molestado en ponerle un nombre a lo que existe entre nosotros. Y, si soy honesto, esa es una de las razones por las que no me he molestado en terminarlo.

Ella no me exige explicaciones, no pregunta dónde estuve, no pretende conocer cada parte de mí ni espera que le cuente cosas que no tengo interés en compartir.

Nos vemos cuando ambos tenemos tiempo, cenamos alguna noche, compartimos la cama y después cada uno vuelve a su vida.

Sin promesas, sin escenas innecesarias, sin conversaciones sobre un futuro que ninguno de los dos parece querer construir.

Isabella no intenta entrar en mi cabeza, y yo no intento entrar en la suya. Es sencillo. Cómodo. Lo suficientemente distante como para que no exista el riesgo de que alguien termine esperando demasiado de mí.

Ya pasé por eso una vez, y no planeo repetir el error.

Me bastó una sola vez para entender que permitir que alguien se acerque demasiado solo le da la oportunidad de encontrar el sitio exacto en donde puede destruirte.

Desde entonces aprendí a mantener las distancias, a no ofrecer más de lo necesario y a marcharme antes de que las cosas comenzaran a parecerse demasiado a algo real.

Con Isabella funciona. Ella obtiene compañía cuando la desea y yo tengo a alguien que no hace preguntas cuando prefiero no hablar. Ninguno exige exclusividad, explicaciones ni promesas. No hay reclamos si desaparezco durante días, ni expectativas esperándome al otro lado de la puerta.

O, al menos, así solía ser.

—¿Vas a quedarte mirándome toda la noche? —pregunta al notar que continúo observándola.

—Estoy considerando si llevarte a casa o pedir un auto.

Su sonrisa desaparece apenas.

—Encantador como siempre.

—Nunca te prometí encanto.

—No, Ángelo —responde mientras toma su bolso—. En realidad, nunca prometes nada.

Suspira, se gira al espejo para acomodarse el cabello y luego camina hacia mí. Sus labios se posan sobre los míos, un contacto breve.

—No te preocupes por mí, me pediré un auto —asegura—. Llámame pronto, ¿quieres?

No le doy una respuesta y ella parece no necesitarla.

La observo salir de mi habitación sin decir nada más y, cuando la puerta se cierra, el silencio vuelve a instalarse a mi alrededor. Suelto un suspiro, tiro de la corbata con frustración y termino rindiéndome, dejándola caer sobre la cama.

La pesadez regresa a mi pecho. Esa maldita sensación de la que no he conseguido desprenderme desde que recibí la llamada sobre el accidente.

Hay momentos en los que logro ignorarla, cuando estoy rodeado de personas, cuando tengo asuntos que resolver o cuando Isabella ocupa suficiente espacio como para impedirme pensar.

Pero siempre vuelve. Se acomoda justo debajo de mis costillas y permanece ahí, recordándome que algo cambió para siempre.

Y empiezo a temer que nunca sea capaz de librarme de ella.

Ese es mi problema. Cuando un pensamiento negativo consigue entrar en mi cabeza, se instala como si tuviera derecho a quedarse.

Cuando empiezo a creer que algo malo va a ocurrir, que voy a fallar o que no soy suficiente para lo que se espera de mí, no importa cuántas veces intente convencerme de lo contrario.

La idea crece, se alimenta de cada error y termina convirtiéndose en la única verdad que soy capaz de escuchar.

Estoy familiarizado con ser considerado el villano en la mente de todas las personas que me conocen, eso incluye a mi familia, por supuesto.

Me remuevo incómodo en el asiento que se me ha asignado en el comedor de la casa de mi madre.

Beatrice revuelve el café con suavidad, tiene el semblante cansado, es evidente que ha intentado ocultarlo con el maquillaje, pero hay cosas que son imposibles de esconder.

—¿Cómo están las niñas? —inquiere con suavidad —Antonella me dijo que Hilary se marchó a medianoche, esa mujer no cambiará nunca —dice con amargura —es bueno saber que las niñas se quedarán contigo…

—No por mucho tiempo —la interrumpo.

Los ojos de mi madre se posan en mí. Tan fríos y distantes. Debería de estar acostumbrado, pero una parte de mí jamás se acostumbrará al hecho de ser mirado con tanta frialdad por mi propia madre.

—Entonces es cierto —dice lentamente —vas a renunciar a la custodia.

—Es lo mejor —me aclaro la garganta —para todos.

Mi madre sonríe.

—¿Lo mejor para todos? ¿O lo mejor para ti? —se incorpora lentamente y su mirada se endurece —tú firmaste, ¿lo has olvidado? Tú decidiste esto.

—Yo no decidí nada de esto —me defiendo incorporándome —no decidí que ellas vinieran conmigo, nunca he querido hijos, nunca he deseado absolutamente nada de lo que eso significa…

—Oh, vamos, Ángelo. No me digas que no sabías lo que significaba en el momento en el que firmaste. Tú hermano confió en ti lo suficiente como para pedirte que te hicieras cargo de sus hijas.

—Sabía lo que significaba, pero nunca imaginé que se marcharía de esa forma —objeto con desesperación —nunca se me cruzó por la mente que él pudiera morir.

¿Entiendes eso? Esto es una jodida pesadilla y tenerlas en casa…

.tenerlas en casa solo me hace recordarlo, recordar cada puto día que perdí a mi hermano y es doloroso, mamá, tan doloroso que no puedo…

—Pues entonces debes de ser más fuerte —me reprende —no eres un niño que deba ir lamentándose por la vida.

Aprieto la mandíbula tan fuerte que mis dientes duelen. Porque sí, esta es la madre que he tenido siempre. Una con la que no tengo permitido mostrar debilidad.

—Aun sabiendo que esa mujer nunca se ha preocupado por Antonella, ¿quieres dejar que se marche con ella? No puedes hacer eso —insiste —no puedes fallarle a tu hermano de esa manera.

—No le estoy fallando…

—Claro que lo estás haciendo, porque él siempre confió en ti, a pesar de todas tus malas decisiones…siempre confió en ti. Cuando ocurrió…

—No te atrevas a decirlo —advierto—. Eso no tiene ninguna relación con eso.

—Claro que la tiene, Ángelo —responde con reproche—. Tu incapacidad para tomar decisiones sensatas ya ha quedado demostrada en más de una ocasión.

—Bien, entonces estarás de acuerdo que como soy tan incapaz de tomar buenas decisiones, soy la última persona que debe tener bajo su cuidado a tres niñas —me aparto de la mesa —ahora, si me disculpas, tengo un negocio que dirigir.

Mañana llamaré a la agencia de niñeras y espero que, así como me juzgas…

seas capaz de cuidar de ellas mientras esté fuera.

No espero una respuesta, simplemente le doy la espalda mientras abandono la casa que una vez se sintió como hogar. Pero que ahora ha pasado tanto tiempo que no consigo recordar si realmente alguna vez lo fue.

Mientras conduzco de regreso a casa, no puedo evitar que mi mente regrese a aquello que tanto me he esforzado por olvidar. Porque parece que nadie en esta familia es capaz de olvidarlos, cada error que he cometido se me ha sido restregado en la cara sin consideración.

Pero me he acostumbrado a ser la oveja negra de la familia. Lo he aceptado.

Aunque aceptarlo no hace que sea menos jodido.

No tengo ánimos de nada, el trabajo es lo único que me mantiene fuera del dolor de la muerte de mi hermano y cuñada así que me refugio en el estudio, y paso hora tras hora trabajando hasta que los ojos me arden y la espalda me duele tanto que soy incapaz de seguir sentado.

Sin embargo, cuando salgo dispuesto a tomarme un descanso, me encuentro con las tres criaturas que se han adueñado de mi sala.

Bella es la primera en reparar en mi presencia. Suelta su muñeca para correr hacia mí. Sonrío de lado mientras abro los brazos y la recibo.

—¡Tío! —exclama en el momento justo en el que la atrapo.

—Hola, Bella —saludo—. ¿Se divierten?

Ella asiente, sus coletas se mueven y una ola de ternura me envuelve. Bella toma mi corbata mientras tira de ella y vuelve a hablar.

—¿Por qué mamá no viene por nosotras? —inquiere.

Algo en mí se apaga con esa pregunta. Mi sonrisa titubea. Es un segundo, una grieta. Pero dentro de mí se abre un abismo.

—¿Has llamado a papá? ¿Cuándo viene por nosotras?

El silencio que le sigue a eso es escalofriante, elevo la mirada hacia mi madre.

Los recuerdos de nuestra discusión vuelven, pero me lo trago porque ella tiene que estar aquí para cuidarlas.

Beatrice suspira con pesar antes de incorporarse con Lía en brazos, y acercarse a donde estamos.

Bajo con lentitud a mi pequeña sobrina, sin saber qué es lo que tengo que decir.

—Bell, cariño, ya hablamos sobre esto —susurra Beatrice con dulzura—. ¿Lo recuerdas?

Bella me mira como si yo fuese el encargado de dar una respuesta diferente.

—Quiero a mamá —expresa formando un mohín.

—Hey, ¿por qué no miramos las caricaturas? —no sé en qué punto Antonella se ha incorporado y quitado los audífonos.

—Anto, quiero a mamá —repite—. Tío, llama a papá y dile que queremos volver a casa.

Mi corazón se hace trizas en ese instante. Me acerco, colocándome en cuclillas.

—Me temo que no puedo hacer eso —susurro —porque ellos no van a volver, Bella. Se han ido.

Sus bonitos ojos grises se cristalizan y me siento un imbécil. Cuando ella cruza corriendo por mi lado, sé que lo arruiné.

—Cada día entiendo menos porque te eligió a ti —masculla Antonella antes de cruzar por mi lado.

Cuando se ha ido detrás de su hermana y me quedo con mi madre, ella me observa con desaprobación.

—No quise…

—¿No quisiste? —inquiere —es una niña, Ángelo. Que no quieras que estés aquí no te da el derecho de tratarlas de esa manera.

Da un par de pasos para conseguir colocarse frente a mí.

—Tienes que dejar de evadir la responsabilidad —reprocha—.

Culpar a los demás, eso es lo que siempre haces.

Culpas a tu hermano por elegirte, pero no asumes la responsabilidad de que sabías lo que estabas firmando, y aun así lo hiciste.

Y ahora quieres resolver todo, y que los demás lo resuelvan por ti.

—No estoy intentando culpar a nadie, estoy intentando hacer lo que creo mejor, Beatrice.

—objeto —No soy quien debe cuidar de las hijas de Lucca.

Tú lo has dicho, son unas niñas, no sé cómo tratar con ellas, no tengo lo que se necesita.

¿Crees que no me siento jodidamente mal por fallarle?

¿Por fallarle a la única persona que confío en mí?

—Ángelo…

—Lo echo de menos, mamá. Cada puto día que ha pasado desde el accidente.

Y perdón si me siento perdido ahora y no sé cómo actuar, pero perdí a la única persona que realmente confiaba en mí.

Al único que no dudó de mis capacidades, el único que me devolvió la confianza, lo perdí, mamá.

Así que no te sorprendas si no me siento capaz de cuidar de sus hijas, porque la única persona que me hacía sentirme capaz de todo… ha muerto.

—Cuidar de sus hijas es lo menos que puedes hacer por él.

—Lucca no hubiese querido que las cuidara solo por compromiso. No puedo ofrecerles una vida como se merecen y no hablo del dinero, Beatrice. No puedo ofrecerles lo que necesitan, no soy capaz.

No le permito contestar, le doy una última mirada y cruzo por su lado, sin inmutarme ni volver ante la forma en la que repite mi nombre.