Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 2 ¿Por qué yo?
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2 ¿Por qué yo?

ÁNGELO

—Tiene que haber una manera —mascullo lanzando la nota que el abogado que llevaba todos los asuntos de Lucca me había entregado un minuto atrás. Una maldita nota a mano. —Lucca debió estar mal de la cabeza.

—Su hermano estaba perfectamente —me informa el hombre —en su testamento es muy claro que usted es el único heredero de todos sus bienes. Y tanto Jenna con él, dejaron en la tutela testamentaría que usted se haría cargo de las niñas.

—No hay forma —miro a Franco.

—Tiene tu firma, Ángelo —me recuerda—. No hay ningún error. Ahí dice claramente que tu aceptaste…

—¡Porque no pensé que muriera! —espeto—. ¿Quién piensa que su hermano puede matarse en una carretera federal? No creo que seas un abogado tan incompetente como para no conseguir resolver esto.

—Claro que puedo hacerlo, pero llevará tiempo. Tal vez semanas. Tendrás que renunciar a la custodia y…

—No me interesa —expreso—. Apresura los tramites, Franco. Que para eso te pago.

No me molesto en despedirme de los dos hombres del estudio, salgo tan rápido de la habitación y solo cuando me encuentro afuera puedo respirar con normalidad.

—Si vuelves a llamarme incompetente delante de otro abogado, te dejaré solo con tu mierda —reclama cuando me alcanza—. Y vaya que me necesitas.

—Bueno, ponías demasiados peros para un asunto sencillo —respondo pasándome las manos por el cabello.

—Es que no lo entiendo. Son tus sobrinas y solo quieres anular la custodia, ¿así sin más?

—Escucha, Franco. Apenas y las conozco, y ellas apenas me conocen a mí. No voy a pretender ahora que seré el tío generoso que les da un hogar y puede hacer perfectamente la función de padre, porque no es así. Estarán bien con su…

—¿Con su abuela? —Me cuestiona—. Tú y yo sabemos lo que Hilary Dorian opina sobre la mayor de tus sobrinas.

No respondo. Porque sé perfectamente a lo que se refiere.

Antonella fue producto de una aventura de Lucca.

Mi hermano tenía alrededor de veinte años, cuando su novia quedó embarazada.

Fue todo un escándalo, pero como siempre, mis padres le perdonaron absolutamente todo, y luego de llegar a un arreglo con la madre de Antonella, ella cedió la custodia, y no al hemos visto desde entonces.

Años después Lucca conoció a Jenna. Y mi cuñada siempre consideró a Antonella como su hija, aunque su madre no opinara lo mismo.

—¿Realmente quieres que estén con Hilary?

Me detengo cuando llegamos al segundo piso y giro encarándolo.

—¿Por qué estás tan preocupado?

—Porque son unas niñas, joder —dice exasperado—. Unas niñas que acaban de perder a sus padres, y ahora están aquí en otra casa con un hombre que quiere deshacerse de ellas.

—Si lo dices así, suena horrible.

—Porque es horrible, Ángelo —reprende—. Lucca te dejo la custodia por algo, de lo contrario hubiese quedado en manos de Hilary, o de tu madre incluso, pero no, te pidió que cuidaras de sus hijas, y tú aceptaste.

Tú le dijiste que sí y firmaste el documento, con Lucca presente.

¿En serio quieres rehusarte a su última voluntad?

—No vas a manipularme con esa mierda —expreso—. Lucca sabía bien que no soy capaz de cuidar a tres niñas, apenas y puedo conmigo mismo. Y sabía también que manejar los casinos me consume por completo, aunque quisiera, no tengo espacio en mi vida para ellas.

—¿Entonces porqué carajos firmaste? —inquiere con impaciencia —eres abogado, sabes bien lo que esa tutela significaba. No me vengas con que no consideraste los riesgos ni por un segundo.

No soy capaz de responderle.

—¿Pero sabes qué? Creo que tienes razón. Las librarás de crecer con un idiota desalmado —dice con molestia, cuando hace el ademán de cruzarse por mi lado, lo detengo.

—Se lo debía —Franco me mira —no podía decirle que no, no después de lo que hizo por mí. Cuando firmé acababa de pasar…—me detengo —de pasar el desastre de San Francisco, realmente no creí…

Mi amigo suspira. Asiente y hay un corto silencio antes de que él hable de nuevo.

—Me llevará dos semanas, quizá tres —expresa—. Si la cita con el tribunal se acepta, en menos de un mes podrán irse con Hilary sin ningún problema.

—Gracias —susurro sintiéndome tan solo un poco más aliviado.

Pero Franco no parece aliviado. Se limita a suspirar, me da la espalda…y se marcha.

Y aunque sé que lo que estoy haciendo no es lo que se espera de mí… no soy capaz de fingir que quiero hacerlo.

Porque sería mentir.

Y puedo ser absolutamente todo… pero un mentiroso jamás.

No voy a condenarlas a crecer con un hombre como yo, un hombre incapaz de amar a alguien…e incapaz de permitirse sentir, aunque sea un poco de amor.

Llevo toda la tarde encerrado en mi habitación. No he bajado a comer, no tengo ánimos de hablar o reunirme con nadie, así que es evidente que estoy escondiéndome del mundo.

Sin embargo, hay alguien de quien no puedo esconderme.

Y esa es la mujer que me ha cambiado los pañales desde que era un crío y sigue limpiando mis desastres.

—¿Es que no planeas bajar a comer? —inquiere entrando a mi habitación como si le perteneciera. —Tienes que alimentarte, no puedes estar a base de alcohol.

—No estoy a base de alcohol —miento.

—Ángelo…

—Está bien, nana. Bajo en un segundo —tomo una inhalación —¿puedes dejarme solo mientras tanto?

Ella no se va. Y cuando da un paso al frente, sé que lo último que planea hacer es dejarme solo.

Jackie Wilson ha trabajado conmigo desde que tengo uso de razón.

Ha estado conmigo en cada etapa de mi vida.

Me ha querido sin tener que hacerlo, no somos familia de sangre…

pero fue la primera persona aparte de mis hermanos que me hizo sentir querido.

Así que ha aprendido a leerme, y sabe que no estoy bien.

—No tienes que fingir conmigo —dice y siento como la fragilidad golpea con puños mi coraza —está bien, bambino , Lucca se ha ido…no tienes que ser fuerte.

Mis uñas se clavan en mis palmas, siento el ardor en mis párpados y el nudo apretar en medio de mi garganta tan fuerte que duele. La respiración se me corta, y algo en mi pecho se retuerce tan violentamente que llevo la mano a la zona.

No me permití llorar en el funeral, porque tenía que sostener a una pequeña niña de cinco años que apenas conozco. No pude llorar porque había una adolescente de dieciséis aferrándose a su pequeña hermana de un año.

No me permití llorar porque ellas ya lo hacían. Ellas habían perdido a sus padres. No necesitaban ver a quien se supone que cuidaría de ellas…roto también.

—No puedo —susurro tallándome los ojos.

La armadura a la que me he aferrado por tanto tiempo vuelve. Me aclaro la garganta, y mantengo los ojos cerrados por un par de segundos…es todo lo que necesito para recuperar el control.

—Debes ser más gentil contigo mismo, bambino —dice Jackie acercándose.

Su mano se coloca sobre mi espalda, e imparte una suave caricia. Sabe bien que no obtendrá nada más de mí así que me da una última mirada antes de dejarme solo otra vez.

—Maldita sea —me tallo los ojos de nuevo mientras echo la cabeza hacia atrás y tomo un par de respiraciones que me regresan el control.

Ahora las pocas ganas que tenía de bajar se han esfumado. Así que camino hasta la puerta, le coloco el pestillo, y me acerco al minibar.

Esta vez no solo me sirvo un vaso, sino que tomo la botella y le doy un largo trago.

El líquido quema en mi garganta, gruño cuando la sensación caliente se adueña de mi esófago, pero vuelvo a beber.

Porque esto es una mierda y sí tengo que pasar los días siguientes entre papeleos y abogados, prefería embriagarme ahora tanto como fuese posible. Tanto para olvidar que mi hermano está muerto, que mi cuñada se fue con él y que ahora, tengo que hacerme responsable que sus hijas.

Embriagarme para olvidar que ahora tengo a tres niñas en mi casa, y que no tengo ni una maldita idea de cómo resolver esto.

Los llantos que se escuchan rompiendo el silencio me hacen maldecir. Dirijo la hora al reloj, son apenas las tres de la mañana y hay alguien llorando como si la vida le dependiera de eso.

Coloco la almohada sobre mi rostro como si de esa manera pudiera eliminar el sonido, evidentemente no da resultado y termino incorporándome de la cama al mismo tiempo que suelto una maldición.

Salgo de la habitación, encaminándome hacia el cuarto en donde las dos hijas menores de Lucca se encontraban.

—¿Por qué llora de ese modo? —inquiero abriendo la puerta.

Antonella aparece frente a mí, sostiene a su hermana en brazos y recorro la habitación, intentando buscar a Hilary. La mujer había llegado esta mañana, y me había prometido que se quedaría un par de noches para cuidar de las niñas.

—¿En dónde está tu abuela?

—Hilary se marchó —dice con obviedad.

—¿Se marchó? —inquiero encendiendo la luz—. Se supone que ella cuidaría de Lía…

—Sabes nuestros nombres, vaya sorpresa —responde.

Resoplo. La bebé sigue llorando en brazos de su hermana, y suspiro al darme cuenta de que, a pesar de que intenta calmarla, no lo está haciendo bien.

—Dámela —exijo. Intenta protestar, pero ya me encuentro a escasos pasos de distancia tomando a la bonita bebé en brazos.

Nuestros genes son hermosos, eso tengo que admitirlo. Lía se apega a mi cuello, me muevo por la habitación mientras la sostengo con firmeza bajo la atenta mirada de la adolescente.

—Llevamos aquí un par de días y apenas te has aparecido —se cruza de brazos al hablar.

—Tengo ocupaciones —respondo palmeando con ligereza la espalda de Lía—. Y contaba con que tu abuela estuviese aquí para cuidar de ustedes.

—Hilary solo cuida de Bella y Lía —expresa.

—Porque son pequeñas —le recuerdo. Los llantos se han calmado, así que detengo mi caminata por la habitación. —Pero no me agrada la idea de que se vaya sin avisarme.

No me da una respuesta, el silencio nos envuelve mientras me paseo por la habitación, Bella duerme a unos pasos, me aproximo a mirarla y algo en mi pecho se retuerce, luce tan angelical, tan…serena.

Pero en cuanto soy consciente del parecido con Lucca…carajo. Aparto la mirada. Son niñas…no debería dolerme tanto mirarlas.

La bebé entre mis brazos se ha dormido de nuevo, así que me inclino sobre su cuna, y la recuesto con suavidad.

—Tío Ángelo…—la voz de Antonella rompe el silencio —Hilary dijo que Bella y Lía irán con ella. ¿Yo también tengo que hacerlo?

—No tienes que preocuparte por eso —mascullo.

—No quiero —dice —¿por qué no podemos quedarnos contigo?

Cierro los ojos. Mis manos se envuelven en el borde de la cuna.

—Es complicado —respondo al fin —ahora ve a dormir, mañana tienes colegio.

Me aseguro de que Bella siga dormida y le doy un último vistazo a Lía antes de darles la espalda y salir de la habitación.

—Papá quería que estuviésemos aquí —me tenso cuando habla—. Siempre decía que, si algo ocurría, debía llamarte, que sabrías qué hacer.

—Pues lamento decepcionarte, porque no tengo ni puta idea de que hacer, Antonella.

—me siento desesperado de tener que aclararle esto —lo siento muchísimo, perdiste a tus padres, y no imagino lo complicado que fue perderlos a ambos al mismo tiempo, pero te prometo que estarán bien.

Me aseguraré de eso antes de tomar cualquier decisión.

—Él quería que estuviésemos aquí.

—No puedo hacerme cargo de ustedes, aunque quisiera, tengo trabajo. Lo sabes, ¿no? Esa fortuna que heredaron es gracias a lo que hago. Yo soy quien maneja todo el imperio de los Lombardi, no puedo cuidar de ustedes, y tu padre lo sabía bien.

—No entiendo por qué te eligió a ti. —Sonrío levemente.

—Yo tampoco, Antonella. Ve a dormir, mañana deben ir a la escuela.

No espero una respuesta y me encamino a mi habitación, cierro la puerta con lentitud, apoyándome en ella antes de soltar un largo suspiro.

«No entiendo por qué te eligió a ti.»

Yo tampoco lo entendía.

—Lucca, ¿Cómo esperas que sea capaz de cuidarlas? —inquiero—. Estarán mejor con Hilary, sé que lo entiendes.

Me aparto de la puerta, camino hasta lanzarme de nuevo a la cama, cierro los ojos con fuerza antes de tomar una profunda inhalación y luego liberar el aire, cuestionándome lo mismo una y otra vez.

«Lucca, ¿por qué yo?»